"It's getting dark too dark to see, feels like I'm knockin' on heaven's door"
(…Se está poniendo oscuro muy oscuro para ver, se siente como que estoy
golpeando las puertas del cielo…)
Knocking on heaven´s door
La recepción del edificio era más grande a como la recordaba, y apenas hacía un día que había entrado por primera vez.
-Buenos días.- saludó con una sonrisa la castaña sentada en el gran escritorio blanco.
-Buenos días…
-Paula.- puntualizó la chica.- soy Paula, señor Sebastian.- sonrió más ampliamente con gesto gentil.
-Soy solo Sebastian, Paula.- le devolvió una pícara media sonrisa, la chica se sonrojo ante el galante gesto.- mucho gusto.
-E… el señor Grell te espera en el piso siete.- se apresuró a decir antes de hacer más evidente su nerviosismo.
-Gracias.
Sebastian caminaba apresurado temiendo llegar tarde a la primera llamada de un superior, no quería causar una mala impresión ya que no era cosa suya la impuntualidad. Miró su reloj: faltaban tres minutos para lo hora en que el pelirrojo lo había citado, no vio el caso de andar corriendo escaleras arriba por lo que le fue necesario utilizar el ascensor para mayor rapidez. Subió al ascensor con disgusto ya que involuntariamente le daban algo de nauseas al emprender el camino arriba o abajo (en la dirección que fuese). En el trayecto miró su reflejo por el enorme espejo que había dentro de éste y soltando un bufido se apresuró a acomodar sus mechones alborotados. No pudo evitar pensar en todas las personas que ocupaban un lugar en este al día, sin duda alguna fue diseñado especialmente para toda la bola de narcisistas a los que les pesaba utilizar las escaleras.
Miró con impaciencia los números marcados en la parte superior de la puerta, uno a uno se iban iluminando con una llamativa luz azulina al ascender de un piso a otro… quizá lo último lo había imaginado, después de parpadear un par de veces distinguió el destello de un color amarillento. "Vaya… azul… que color tan hermoso…" pensó riéndose de sí mismo, nunca había sido fanático de ese color… hasta apenas la noche anterior.
Sutcliff le esperaba a la entrada del ascensor en el piso siete; vistiendo un ajustado pantalón negro, una camisa blanca de manga larga debajo de un chaleco negro y zapatos rojinegros con una ligera plataforma, con el cuerpo inclinado hacia la derecha recargado en una con una pose inusualmente sensual, daba el total porte y elegancia que lo caracterizaba como una de las mejores adquisiciones de la empresa.
-Buenos días Sebas…tian…- saludó el pelirrojo ladeando la cabeza mientras se mordía el labio, exhibiendo su afilada y reluciente sonrisa.
-Buenos días Señor Sutcliff…
-¡Bah! Por favor, deja las formalidades a un lado. Bastante difícil es conocer a alguien que no lleve el temperamento tan pesado que cargamos nosotros; los modelos.- contestó llevando una mano a su cabeza, inclinando ahora su cuerpo del lado de Sebastian haciendo ademán de una frágil chica a punto de desmayarse.- dime sólo Grell.- murmuró lanzando un beso en el aire.
El aludido quedó pasmado ente el asombro, realmente era un tipo extraño.
-Sígueme.- volvió a decirle riendo bajo, la mueca de incomodidad del pelinegro era hermosamente vergonzosa.
El oji-verde lo guio por un largo y reluciente pasillo blanco con puertas azules separadas entre ellas por lo menos a tres metros de distancia unas de otras (sí, esta vez no se imaginaba las puertas en color azul). Daba la impresión de ser el último piso de un gran hotel donde se encuentran las suites más excéntricas y caras.
-Aquí es.- se detuvo en la penúltima puerta del pasillo sacando un gran juego de llaves de su bolsillo del pantalón.- es una suerte Sebas-tian… mi estudio es el de enfrente.- volvió a decir guiñándole un ojo.
-¿Trabajan exclusivamente en un estudio? Es decir, ¿todos tienen uno propio?
-Solo el mocoso y yo…- contestó con cierto aire de incredulidad al referirse al oji-azul.- el piso siete es, en efecto, el piso exclusivo para las estrellas de este lugar. Los demás se concentran en los cinco pisos siguientes; todo ellos siguen un horario para utilizar los estudios grandes y para agendarse con los nueve fotógrafos disponibles…
Dejó de escuchar la siguiente explicación del oji-verde, había más de cuatrocientos modelos más trabajando en la prestigiosa Earl Gray y solo nueve fotógrafos, de pronto la magnífica idea de trabajar en ese lugar ya no le pareció tan buena; se puso a pensar por un momento en el trabajo excesivo que eso implicaría y por otra parte, en que entró creyendo que solo trabajaría con el pequeño peli-gris.
-Pero…- susurró despacio.- creí que…
-¿Qué?- articuló girándose bruscamente para verlo mejor.
-Creí que sólo trabajaría con uno…- contestó dudando de lo que en realidad quería decir, no quería hacer tan notoria la ansiedad de volver a estar con el joven Ciel,
-¿No escuchaste lo que acabo de decir? ¡Menudo maleducado!- canturreó burlesco lanzándole una chamarra blanca de tela delgada en la cara, le tomó unos pocos segundos el distinguir la fragancia impregnada en ella, ese aroma dulce sin duda era del oji-azul.-acabo de decirte que solo Ciel y yo… ah… y recientemente Alois… en fin, que solo nosotros tenemos fotógrafos y maquillistas personales… por lo tanto tú y solo tú eres el responsable y encargado de darle los atuendos adecuados que están aquí- señaló un amplio armario de finas puertas de ébano.- que son traídos todos los días por los mismos diseñadores que nos contratan.
Sebastian dejó escapar un suspiro ahogado, le invadía una sensación extraña cada vez que lo pensaba. El oji-verde se recostó en un gran y amplio sillón posado frente a la extraordinaria vista del cielo despejado reflejado entre los grandes ventanales de cristal retorciendo de manera insinuante su cuerpo y pasando las manos entre los contornos de su figura.
-Aquí pondremos a prueba tu creatividad… Sebas-tian… veremos que tan bien haces lucir a Phanthomhive frente a la cámara…- dirigió una mirada cómplice al pelinegro, quién simplemente la esquivó fijando la vista hacia otro lado.
La manija de la puerta se giró sin previo aviso, dejando entrar a un hombre delgado y alto, bien peinado y con un traje debidamente ajustado, quién lo primero que hizo fue lanzar una mirada asesina al oji-escarlata.
-¡Will!- gritó Grell saltando del sofá.- no te esperaba tan temprano.
-Sutcliff…- susurró mirándolo con molestia, alternando la vista hacia Sebastian y hacia él..
-Buenos días.- saludó el pelinegro tendiéndole la mano educadamente.
-Buenos…- contestó ignorando el gesto del aludido, mirando de nuevo al pelirrojo como si lo estuviera amenazando con la mirada.
-Bien Sebas-tian, tengo que irme.- caminó hacia la puerta detrás del trajeado, mientras este se acomodaba las gafas.- aquí tienes un último regalo, de parte del jefe.- dijo entregándole una pequeña mochila de mano en color negro, una tarjeta de acceso y las llaves, para después sin darle más explicaciones salir de aquel estudio.
Se dirigió a ver los letreros pegados en la pared del corredor. "Cuarto de revelado. Quinto piso, segunda puerta a la izquierda…" leyó memorizando la dirección de su interés. Decidió dirigirse allí después de salir del estudio, llevaba consigo siempre en un maletín de cuero colgado al hombro una cámara digital, una de rollo y otra más antigua y vieja.
Llegado hasta dicho punto observó una delgada ranura en el lugar donde debería estar el cerrojo, no se lo pensó dos veces y pasó por ahí la tarjeta, cediéndole el paso al instante.
Ingresó en el cuarto oscuro iluminado por una tenue, muy tenue luz roja a juego con sus ojos. Extrajo de su cámara fotográfica el rollo y se apresuró a sacar primero los negativos, escogiendo con minucioso cuidado las fotos que más le habían gustado. No le tomó más de veinte minutos el revelado de las fotos. A tientas entre los papeles sobre las barras buscó un sobre dónde meterlas para luego salir con sigilo, no queriendo que nadie lo viera.
Dio por concluida su cita por el resto del día y se disponía a salir del edificio con paso lento, hasta que el vibrador del celular, seguido por una bien distinguida canción de The Gazette sonó a todo volumen. Sacó el aparato de la bolsa izquierda de la chaqueta verde que llevaba puesta. "Número desconocido…" se dijo a sí mismo. "¿Quién podrá ser?"
-¿Bueno?
-Se… Sebastian… Hola…- saludó con voz dulce tartamudeando ligeramente.
-¡Ciel!- exclamó claramente sorprendido apretando más el aparato contra su oreja.-¿Cómo estás?
-Bien.- contestó secamente recobrando su tono firme.- ¿Dónde estás?
-En el estudio.- volvió a decir sorprendido por el repentino cambio de voz.- Sutcliff acaba de mostrármelo.
-Ah… Bien.- hizo una pausa.- bien… quería pedirte que tomaras un café conmigo.
Era la tercera sorpresa de los últimos cinco minutos que le hizo abrir los ojos como platos, pasmado de asombro.
-Me halaga su invitación.- comentó de manera sincera.- ¿A dónde quiere que vayamos?
-Si no tienes nada que hacer… te espero en una hora en el café de ayer… es decir… te veo en exactamente una hora en el café a donde coincidimos ayer y más vale que estés allí.- espetó de manera autoritaria, provocando una sonrisa en los labios del mayor.
-Bien, joven amo, lo veré en una hora exactamente.
Ciel colgó tan pronto escuchó su confirmación al otro lado de la línea, apretando el aparato con ambas manos sobre su pecho. Ansioso. Volvió a ser aquel niño que aguardaba impaciente, ilusionado.
