¿Entrar ahora o esperarlo a que apareciera? He ahí la gran pregunta. Tenía más de veinte minutos esperándolo; no tenía otra cosa que hacer. Buscó el periódico, entró en la librería buscando algo para entretenerse en el transcurso de una hora pero nada había sido de su interés. Mia tuvo el día libre y salió con sus amigas, le preguntó si quería ir con ella con esperanza que socializara con alguna de ellas sin tener éxito; no era de la clase de personas que disfrutaba una vida social activa y no gustaba tampoco el salir con tanta gente. Le gustaba la tranquilidad, siempre había sido muy hogareño.
Había pasado exactamente una hora desde su llamada cuando visualizó la imagen del joven doblando la esquina. Estaba nervioso, lo notaba porque las manos a cada costado estrujaban suavemente sus prendas tan pronto lo vio.
-Hola…- atinó a decir después de mirarlo unos segundos en silencio, ahora que lo tenía tan cerca le parecía más alto.
-¿Hola?- objetó el mayor de manera burlesca.- buenos días- sonrió.
Ciel se quedó mudo, nunca nadie lo había hecho perder el habla.
-¿Entramos?- ladeó la cabeza sin quitar su sonrisa. Empujó suavemente la puerta y dejó a Ciel pasar por delante, seguía sin decir una palabra.
Los siguientes veinte minutos se dedicaron a recorrer el lugar con la mirada, tomar asiento y ordenar. Se sentaron al fondo a la derecha, la quinta mesa para dos personas junto a la pared bajo un cuadro con dos elegantes figuras del siglo XIX, perteneciente a un joven conde junto a su mayordomo, la mesa que se interpuso entre ellos el día anterior. Ciel ordenó una rebanada de pastel de chocolate (uno de sus postres favoritos) y un té de yerbabuena, mientras que Sebastian pidió un pastel de vainilla y fresa y un café.
-¿Habías venido aquí antes de ayer?- preguntó el mayor irrumpiendo el silencio.
- Fue mi primera vez.- comentó volviendo hacia él su mirada azulina.- ¿y tú?
-Fue mi primera vez en cuatro años.- sonrió mirando la azucarera sobre la mesa.- este lugar le pertenece a mis abuelos, y casi todas las pinturas y cuadros aquí son contribución mía.
-¿Realmente?- inspeccionó el lugar entero con la mirada, había más de treinta y dos imágenes distribuidas por todo el lugar.- Te gusta el estilo victoriano, ¿eh?
-Algo así.- admitió.- las fotografías las encontré en una vieja cámara que encontré de niño en el sótano de la casa de mis abuelos.
El oji-azul apoyó sus codos sobre la mesa y luego su mentón entre las manos, fijando su atención en su rostro, aquello lo invitó a continuar.
-Al parecer la cámara llevaba varias generaciones en mi familia, según mi abuela era de un antepasado que vivió en la época victoriana en casa del conde de las imágenes; el cual fue encargado de tomar las fotografías.
-Veo que de ahí viene tu afición a la fotografía.- dijo ya entrado en confianza.-¿Qué me dices de las pinturas?
-Ah…- arqueó una ceja.-esas las pinté yo. Las imágenes dañadas no pudieron ser reveladas correctamente, intenté recrearlas yo mismo en el lienzo.- objetó orgulloso.
Ciel internamente quedó boquiabierto, pocas personas había conocido con cualidades interesantes y sin duda él consiguió superar a todas ellas.
La camarera llegó y sirvió a cada quién sus respectivos alimentos.
-¿desea algo más?- preguntó sonriente a Sebastian olvidándose por completo de Ciel, pero no le molestó sentirse ignorado.
-Gracias, estamos bien….- el enojo le vino de repente cuando él contestó sonriéndole también.
La chica se retiró meneando ligeramente la cadera, como si eso fuera a llamar la atención del mayor. Ciel desvió la mirada de tal escena, y Sebastian rio levemente.
-¿Qué es tan gracioso?
-¡Ja,ja! Nada, nada.- dijo recobrando el rostro medio serio y picando el postre con el tenedor.- no lo sé… es una señal desesperada de que necesita atención de alguien… de que necesita a alguien.- levantó la vista hacia el menor, quién al momento le esquivó la mirada.- tu… ¿tienes a alguien especial?- lo dijo como queriendo y no queriendo saber la respuesta, en cierta forma presentía que un sí sería algo molesto.
-Yo… tengo… novia, claro.- comentó entre dientes el menor picando su pastel con fuerza.
-¿Perdón?
-Nada… pregunté si tú tienes novia.- dijo mecánicamente, volviendo de nuevo a verlo a la cara.
-Ah…- metió otro bocado antes de contestar.- sí, tengo novia.
Ciel dio un sorbo a su té antes de que su apetito se esfumara, se sentía decepcionado, pero de sí mismo. No soportaba la idea de que hubiera en él un sentimiento tan trivial como el que sentía.
-sabes… ahora no sé si realmente la quiero.- dijo mientras observaba el café meneando la cuchara.- es diferente a como cuando me enamoré de ella…
-Pues que mal por ella.- objetó molesto.
-¿cómo dices?
-digo que…- "mierda" maldijo Ciel, lo había pensado en voz muy alta.- digo solo que… eres un gran chico… Sebastian… lo siento mucho por ella, realmente no sabe apreciar a tan maravillosa persona que tiene al lado.- bajó la vista y jugueteó con la azucarera. Al mayor le dio ternura el contemplar aquella escena.
-¿tú crees?- ladeó la cabeza sonriendo… feliz… una expresión que únicamente Emma y Mía conocían. El menor no le hizo caso ni se volvió a verlo, el calor de sus mejillas aumentaba y las tenía de un hermoso tono rosado que no quería que el mayor notara.- mírame…- pidió en voz baja sosteniendo su mano juguetona con la suya, queriendo que dejara en paz la azucarera. El roce fue cálido, duró apenas unos segundos. Ninguno deshizo aquel pequeño instante agradable, placentero.
Después de reaccionar ambos alejaron sus manos apenados, con un hermoso carmesí tintado en sus mejillas.
Cambiaron drásticamente de tema fingiendo que no había sido nada. Las horas siguientes conversaron de gustos y afinidades comunes, el tiempo para ambos pasó demasiado rápido. Rieron, bromearon… hasta que una llamada inesperada interrumpió aquel momento.
Sebastian sacó el teléfono celular y miró la pantalla; "llamada entrante: Emma" leyó el ella. Ciel intrigado lo observó atento, para su sorpresa no contestó.
-Creo que es hora de irse.- esbozo un sonrisa y señaló el gran ventanal.- es muy tarde.
-¿Tanto ha pasado?- se dijo Ciel en voz baja cabizbajo, no tenía ganas de irse.
-El tiempo vuela cuando uno se divierte.- agregó posando una mano en su hombro.- déjame llevarte a tu casa.
Sebastian y Ciel optaron por irse caminando de regreso, si tomaban un taxi o el trasporte público habría sido menos tiempo juntos, habían encontrado extraña la compañía del otro. Continuaron conversando, el tiempo volvió a ser insuficiente.
-Aquí es.- dijo el peli gris deteniéndose en la entrada de un gran edificio de al menos treinta pisos.
-Bien joven amo- añadió el mayor tendiéndole la mano.- será un gusto trabajar con usted de ahora en adelante.
El menor dudoso correspondió al gesto. Aquello le resultaba insuficiente. Tras unos segundos cayó en la cuenta que Sebastian no deshacía aquel apretón de manos, obligándolo a separar la vista de sus manos para verle el rostro.
Levantó su vista. El mayor tenía la cabeza de lado, ambas miradas se cruzaron. Reflejaban calidez y un sentimiento devoto… algo que ambos creían extinto.
