Hola a todos! Antes que nada quisiera decir que es un gusto que se hayan tomado el tiempo para leer mi historia.

La verdad es que no entiendo muy bien cómo funciona ésta página; por lo que lamento no responder a sus reviews como es debido pero, de verdad agradezco a quienes me dejan sus comentarios n.n

También les quisiera comentar que actualmente esta historia se está publicando en la página de Amor Yaoi, donde aparezco bajo el mismo seudónimo y donde también tengo actualizado hasta el capítulo 18. Además de otras historias que aún logro subir, pero lo haré pronto.

Prometo actualizar cada dos días hasta lograr ponerlos al corriente n.n

Nos estamos leyendo. Saludos!

JokerFunthom

Would you please stay and come inside, baby? Would you please stay and please be mine?

Te quedarías y entrarías, bebé? Por favor podrías quedarte y por favor serías mía?

If you can´t hang

"Los pasillos de la escuela eran lo suficientemente anchos como para que pasaran diez personas sin estorbarse entre ellas, sin embargo, fuera cual fuera su rumbo era inevitable toparse con cualquiera de los cuatro estúpidos cabezas huecas que gustaban de fastidiarlo.

Alto, delgado, cabellos azabaches, piel marmórea, ojos color borgoña, un chico solitario, con lentes y bien vestido era el blanco perfecto para los ricos mediocres que se ocupaban de hacer lucir hermosa la escuela, el estudio era algo innecesario para ellos; su posición económica les tenía las puertas abiertas en cualquier sitio.

Como sea, la escuela era un infierno.

Llevaba siempre la cabeza baja, era la burla de los chicos y la lástima de las chicas; era algo así como el "mejor amigo" de todas, más nunca el novio de nadie.

Así era un día de su vida: se levantaba temprano y pronunciaba una plegaria a lo alto para pedir que el día terminara pronto, salía a correr con los auriculares puestos. Regresaba a casa, su madre dejaba puesto el desayuno en la mesa; antes de comerlo tomaba un baño con agua caliente y frotaba sin mucho cuidado las líneas carmesí que cada desesperado arrebato sentimental dejaban las navajas en sus piernas y sus muñecas; era de alguna forma una sensación masoquista que lo hacía pasar el día menos tenso. El dolor físico lo distraía del peso emocional que poco a poco, lo asfixiaba.

Tomaba el autobús de camino a la escuela y bajaba inútilmente un par de cuadras antes para que nadie lo viera llegar en él; pero ni aun así se salvaba de las burlas. Todos en la escuela sabían que no era más que un pobre diablo con suerte y cerebro; un hijo de una mujer soltera y medio hermano de una joven linda (Mía) con quién nadie podía competir en intelecto, salvo él.

"Buenos días" era lo que ansiaba escuchar de alguien, quién fuera, al cruzar la reja que delimitaba la zona de guerra. "Lindo suéter, cuatro ojos" era lo más cercano a un saludo que podían decirle.

Llegaba al aula sin mucho ánimo y tomaba siempre el último asiento pegado a la ventana, pero indudablemente era lo que más disfrutaba del día, esperar en ese sitio para verla. Llegaba siempre con el cabello chocolate suelto, un bonito vestido y unos tacones a juego, elegante, hermosa, bien perfumada… pensaba que no había chica igual a Emma Gridirech.

Al llegar saludaba a sus amigas, las dos rubias presumidas con maquillajes exagerados, y después pasaba por los asientos dejando que su mirada bailara entre los rostros del salón, deteniéndose siempre a contemplar al chico solitario al fondo del salón para dedicarle un gesto con la mano y una sonrisa.

Suspiraba, le devolvía el gesto. Podía soportar el resto del día con solo ese saludo, un detalle de ella valía todo.

El instante duraba poco. Claude Faustus hacía su aparición y envolvía con ambos brazos la cintura de la chica, giraba en sus pasos y le daba la espalda a Sebastian para quedar de frente a su novio, quién la besaba sin mucha pasión, pero demandante de hacerle saber a Michaelis que esa chica era suya.

El menor bajaba la mirada al contemplar la escena y la dirigía a los libros sobre el escritorio, deseoso de estallar en llanto y curioso por saber qué se sentía rozar los labios de una chica tan linda.

Un día aquello cambió.

Su madre enfermó de gravedad y ambos, él y Mía, dejaron la escuela un par de semanas sin dar razón a nadie. Al cabo de otra, ella murió. Dedicaron una semana más al funeral, a resolver sus problemas económicos y a arreglar las enemistades familiares. Sus abuelos arrepentidos de haberle dado la espalda a su hija cuando más los había necesitado creyeron conveniente acoger a sus nietos en ese tiempo que quedaron desamparados. Mía abandonó la universidad y se mudó a Londres con sus abuelos y comenzó a trabajar en la propiedad céntrica que poseían que convirtieron en un café de paso, donde a ella especialmente por ser su nieta le pagaban muy bien. Con esto le fue posible el juntar lo suficiente para alquilar un departamento propio y ayudar a su hermano con la universidad.

Sebastian regresó a la escuela. Ese día su rutina se repitió como de costumbre, exceptuando el desayuno. Llegó hasta su lugar de costumbre, todos lo observaban con cierta lástima al notarle el atuendo completamente negro y los ojos escarlata aún más rojos de lo habitual; comprendió entonces que algo no estaba del todo normal. La clase dio inicio y Emma no había aparecido, pero sus cosas estaban en su escritorio. Así pasaron las siguientes tres clases.

Tomó sus libros y se dirigió por el pasillo a su casillero, el cual era fácil de distinguir para todos en el lugar, pues era el único en toda la escuela que tenía escritos insultos en letras rojas y negras. Suspiró resignado, ya se había acostumbrado. Caminó de regreso al aula y al pasar por el pasillo con ventanas hacia el patio distinguió a la chica sentada bajo un árbol con la cabeza enterrada en las piernas. Sola. Ella estaba sola. Se lo pensó dos veces, decidió dejar pasar la oportunidad y cambió el destino de su rumbo para dirigirse a ella.

Atravesó el campo juego con andar lento y llegó hasta dicho árbol, Emma seguía en la misma posición, pero ahora claramente escuchaba que sollozaba.

-¿E… estás bien?- preguntó temeroso deteniéndose frente a ella. La chica levantó la mirada y la esquivó avergonzada al momento, ella creía que sería Faustus y no él.

-No…- enterró la cabeza nuevamente entre las piernas y reanudó el llanto.

Sebastian cayó en la cuenta de que era un mal momento y era mejor dejarla sola, él mismo lo habría querido así de ser su caso. Dio media vuelta y empezó a caminar por donde había llegado.

-Espera…- lo llamó. Sorprendido volteó hacia ella y en efecto, lo estaba llamando.- quédate…

Se acercó y se sentó a su lado. Conversaron. Ella inconscientemente sonrió estando con él, se sentía bien su compañía.

Claude los miraba a cierta distancia junto a su grupo de colegas. "Creí que no volvería. No había caso en seguir con ella sin Michaelis para fastidiarlo…" hablaba en voz alta a su grupo de amigos. "Dale alas, déjalo que vuele un rato." Lo incitaban. "Ella no se negaría a volver a ti…"

Emma y Sebastian comenzaron a salir al cabo de tres meses. Se sentía más que soñado ahora que estaba con ella, la hizo su mundo, le dio las estrellas. Ella en él encontró al amigo que Claude nunca supo darle, él la escuchaba y la entendía, la respetaba y le daba su lugar; era un detalle hermoso. Ambos se graduaron de la universidad y pensaron en formalizar aquella linda relación que llevaban construida al cabo de un año y medio. Pero ninguno esperaba el repentino regreso de Claude.

"Necesito verte" le dijo a Emma un día antes de la cena en casa de sus padres que Sebastian estuvo planeando con tanto esfuerzo. No se negó. Se citaron, se vieron, terminaron en la cama. Como ella esperaba, el sentimiento que tenía hacia Faustus aún seguía vivo, su relación con Michaelis volvió a ser como en un inicio; tan poca cosa.

A esa cita le siguieron varias. Michaelis ya estaba fuera…"

Los rayos de la mañana lo obligaron a despertar. Dio un largo suspiro y frotó sus ojos con ambas manos. Miró el techo y soltó una carcajada, producida por aquel recuerdo. No recordaba la satisfactoria sensación de hacerle la vida de cuadros a su querido primo y revivirla le provocaba euforia.

Unas manos delgadas con uñas limadas le recorrieron su torso desnudo, abriendo camino entre las sábanas para subirse en su cuerpo y besarlo dulzura.

-¿Qué te parece tan gracioso?

Suspiró y la tomó por la cintura, dándole la vuelta hábilmente para quedar sobre ella.

-En nada, linda. Es sólo que fui un tonto al dejarte ir.- descendió a su cuello y lo lamió con deseo.- eres hermosa… Emma…- gruñó quedo mientras sus manos se deslizaban hacia su cadera. Ella gemía con los ojos cerrados, incapaz de detenerlo…

-Es tarde.- dijo sentándose en la cama una vez que hubieron terminado.- llévame a la estación o perderé el tren.

El aludido se giró dándole la espalda y se cubrió la cara con las sábanas.

-¿Es necesario?- inquirió con desgano.

-Vamos, será solo un fin de semana.- agregó la chica sobando su espalda.- después de eso tendremos la semana entera para nosotros.

"Uno… dos… tres… ¡maldición Sebastian! ¿Qué diablos estás haciendo?" daba gruñidos el menor apenas a la primera llamada que le hacía después de haber puesto algunos días de por medio. Aquella primera cita en el café (decidió que así había sido, una cita) fue suficiente para darse cuenta que no podía sostener una simple relación laboral con el peli-negro.

Salía apenas del cuarto de baño, justo empezaba a enredar la toalla a su cintura cuando el sonido del móvil lo desconcentró. Mía no estaba en casa, no vio necesidad de cubrir sus atributos para atravesar la sala e ir por el móvil al buró de su cuarto. Justamente llegó al quinto timbre, se detuvo un momento a contemplar las fotografías bajo el aparato, las mismas que había revelado en el estudio de la empresa, en todas ellas salía él y el pequeño oji-azul. Se mordió el labio y contestó al sexto timbre.

-Por fin respondes.- bufó al otro lado de la línea. El mayor sonrió.

-Que gusto que al fin llame, joven amo.- dijo contento, el llevar tantos días sin noticias suyas empezaba a desesperarlo.-dígame, ¿qué desea?

-Comenzaremos a trabajar hoy mismo.- repuso con tono autoritario, pero de alguna manera dulce.- comenzaremos a las doce en punto.- el mayor miró el reloj de la sala, marcaba las diez veinticinco. Creyó tener tiempo suficiente para ir por Emma a la estación a la hora que habían acordado.

-Bien, Ciel. Te veré allá.- respondió amable.

-Seb… Sebastian…- tartamudeó un par de veces su nombre.

-¿Sí?- sonrió ampliamente como un idiota, encontraba gracioso aquel estado del menor. Le encantaba la manera en que su nombre sonaba en sus labios.

-Ven antes… quiero verte…- no se atrevió a terminar, colgó.

Sebastian sostuvo el aparato un par de segundos y cogió una fotografía del buró. Miró a Ciel en ella por un largo rato, cuando acordó miró hacia su entrepierna. Inconscientemente había obligado a su amigo a tomar posición de combate con solo pensar en el menor. "Ciel… ¿qué estás haciéndome?" Se preguntó en voz alta, cerró los ojos y se tumbó en la cama…

Ciel hundió la espalda en la silla de esponja mientras Matilda polveaba su rostro. Faltaban quince para las doce y Sebastian aún no aparecía.

Cinco minutos más tarde, llegó corriendo. Deshacerse del problema de su entrepierna le llevó más tiempo del que había esperado, su mente vagó por minutos imaginando el rostro del peli-gris que llegar al punto se sintió vacío. No bastaba imaginarlo.

-Matilda.- llamó el menor a la joven sin quitarle la vista de encima a Sebastian.- déjanos solos.

-Sí.- pronunció la castaña de mala gana tomando sus cosas y dirigiéndose a la puerta.

Sebastian la observó irse. Cuando vio la puerta cerrase tras ella se giró hacia Ciel nuevamente, topándose con los ojos azulinos cargados de un brillo radiante, que aunque no sonreía directamente, ese brillo delataba la alegría de volver a verse.

-¿Empezamos?- inquirió sonriendo de medio lado.

-Sí, mi señor.

Ciel le recordó los lugares del estudió que Sutcliff le había mostrado anteriormente, le dio las mismas indicaciones y le ordenó que empezaran de inmediato, tenían tiempo de retraso y las fotografías debían estar para el lunes en la mañana.

-Acomoda tu brazo derecho tras tu cabeza…- indicaba el mayor mirándolo por el lente de la cámara, acercándose para enfocar mejor.- gira un poco…- volvía a decir y el menor obedecía. Indudablemente tenía buenas ideas para hacer que el menor luciera inigualable en cada fotografía.

-Cambiemos el vestuario.- propuso Ciel poniéndose de pie sobre el sillón.- no creo que quieras desperdiciar tantas fotos con el mismo atuendo, ¿o sí?

Caminaron juntos hasta el amplio armario, miraron unos segundos los montones de ropa que había en él.

-¿Qué te parece este conjunto?- inquirió el menor tomando unos vaqueros blancos y un suéter beige con detalles verdosos.

-Me gusta más éste…- respondió el mayor mostrando un short negro, unas botas de piel y un saco rojo que parecía pequeño, pero puesto en él sin duda se acomodaría a la perfección.

Asintió. El mayor tomo las prendas mencionadas y las tendió en la silla frente a un espejo.

-Sebastian…- le llamó en voz baja cuando el mayor se alejaba.

-¿Sí?

-Ayúdame a vestir…- bajo la cabeza y sus mejillas ardieron.

-¿A vestir?- se acercó curioso sin dejar de mirarlo y tomó el short negro con ambas manos.- si me permite preguntarle… ¿no es ese el trabajo de Matilda?- habló sonriendo sutilmente, el peli-gris no notó que mordía sus labios.

-Sólo hazlo…

-Sí, mi señor.

Le indicó que tomara asiento en la mencionada silla. Tomó primero la chaqueta que llevaba y la dejó de lado, se deshizo de sus pantalones entallados de mezclilla y por consiguiente de la playera violeta. Quedó únicamente en interiores, quiso contemplarlo por una vez así. Atesoró aquella imagen en su mente, el dulce y vergonzoso rostro de Ciel era una delicia.

-¿Vas a quedarte así todo el día?- pregunto el menor cuando el peli-negro no salía de aquel estado.

-Mis disculpas.- respondió y colocó la prenda negra entre sus pernas, ascendiendo por ellas lentamente, disfrutando el leve contacto con la piel lechosa del oji-azul.

Ciel cerró los ojos deleitándose con los roces de Sebastian mientras colocaba cada prensa en su sitio. Sus manos eran hábiles y no había un solo error en sus movimientos.

-Está listo.- habló el mayor y el peli-gris abrió los ojos.- volvamos.

Caminaron de nuevo al sillón y Ciel rápidamente se tumbó en él mientras Sebastian cogía la cámara y cambiaba el lente.

Se recostó a lo largo del sillón y cruzó las piernas mirando el techo. El peli-negro se volvió mirando a través de la cámara y aquella imagen le resultó fascinante, incluso, imaginó que Ciel humedecía sus labios con su pequeña lengua juguetona cuando atinó a que el mayor lo veía.

-¿está bien esta posición?- preguntó inocentemente echando la cabeza hacia atrás. El oji-escarlata no respondió.

-Si me permite…- se acercó a él peligrosamente y se arrodilló en el suelo, quedaron a la misma altura. Tomó la mano derecha del menor y la llevó hacía su cabeza, tomó la izquierda y la bajó a la altura de su cintura.- giré un poco el cuerpo, joven amo.- Pidió amablemente y el menor obedeció.- eché hacía atrás la cabeza.- así lo hizo.- cierre los ojos…

El peli-gris obedeció sin chistar cada orden del mayor. Sebastían se puso de pie y lo miró un par de segundos, su posición era insinuante y su expresión tan confiada… hasta que notó que su respiración no cuadraba con su rostro relajado, su pecho subía y bajaba cada vez más deprisa. Apoyó una mano el cojín al lado de la cabecilla del menor, quién no abrió los ojos, su cuerpo quedó sobre el del más pequeño y acercó su rostro a escasos centímetros, sentía su aliento rozar sus belfos. Tomó valor y cogió aire; cerró los ojos y se hundió en sus labios…