"…Tu eres como un sueño y yo tan solo soy un pobre soñador…"

El móvil del Sebastián comenzó a sonar en el bolsillo de su chamarra, ambos desviaron la mirada y la fijaron en la silla donde estaba esta. Caminó con rapidez para sacarlo; "Llamada entrante: Emma" fue lo que leyó en la pantalla.

-Ya deberías irte…- comentó el oji-azul con molestia poniéndose de pie.- no creo que quieras hacerla esperar…- se giró y le dio la espalda al peli-negro. Se sentía decepcionado, no creía posible que hubiera gente con tanto amor a su disposición que lo rechazara como si fuera algo tan fácil de conseguir; él habría dado todo por estar en el lugar de Emma y poder corresponder a los sentimientos de Sebastián. La maldecía internamente.

-Ciel…- susurró mientras lo veía avanzar hacia el armario a recoger su abrigo azul.

-Nos veremos luego… Sebastián…- se despidió girándose a la puerta.

Sebastián se puso de pie tan pronto como pudo y soltó el móvil que continuaba sonando. Avanzó rápidamente cuándo Ciel estaba a punto de salir y de un golpe le imposibilitó el abrir la puerta, aprisionándolo contra esta.

-Sebast…

-Shhh… no digas nada…- posó un dedo con dulzura en sus labios.-…por favor…

Aquella petición inesperada lo desarmó por completo. Sus orbes azulinos se centraron en los rubíes del mayor, en ellos podía verse reflejado claramente; Sebastián lo estaba mirando a él y solo a él, no cabía duda. Sus ojos delataban cuanto deseaba al peli-gris.

Como el mayor pidió, Ciel no dijo ni una palabra. Unos cuántos segundos habían pasado y para ellos habían sido eternos, cuando sin avisar el peli-negro posó una mano en la cintura del más pequeño. Este, a su vez, cerró los ojos extasiado y llevó una mano tímidamente a la cabeza se Sebastián enredando los dedos entre sus mechones azabaches. Y aún, ni una palabra.

El mayor despacio se inclinó hacia adelante acercándolo mientras cerraba aquel agarre con ambos brazos, y el oji-azul a su vez se ponía de puntillas y llevó la otra mano a aprisionar su cuello. Al tenerse más cerca, el peli-negro cepilló suavemente sus belfos contra los de Ciel sin cerrar los ojos, éste entendió lo que quería y solo asintió cerrando los suyos y pegando sus labios de nuevo.

Ocurrió entonces aquel beso que hacía unas horas habían dejado incompleto; sus lenguas danzaban juguetonas adentrándose más en los labios del otro. Aquella acción se volvía más demandante, sintieron la necesidad de separarse un instante por la falta de aire y mirarse a los ojos nuevamente, solo para encontrarse en las miradas suplicantes que aquello no podía esperar más tiempo.

Con movimientos lentos se alejaban cada vez más de la puerta sin despegar sus labios, como si aquello fuese un baile, una danza sensual y erótica acompasada por las manos inquietas de ambos que hacían caer prenda por prenda al suelo; el suéter de Ciel, la playera de Sebastián… hasta que dicha acción se interrumpió cuando el menor sintió que sus piernas toparon en el sillón. Cayó de espaldas halando al mayor consigo. Para entonces él aún conservaba una delgada camiseta y los pantalones, mientras que el mayor exhibía su torso desnudo cubriendo el resto del cuerpo.

Se acomodó mejor, de manera que su peso no callera completamente sobre el más pequeño. Lo miró nuevamente, pero no solo sus ojos le pedían que continuara; su cuerpo había respondido también.

-¿Qué… ocurre?- cuestionó al mayor al notarlo dudoso y con la mirada fija en él, atento.

-¿Estás seguro de esto?- le dijo con una media sonrisa. Ciel intentó levantarse apoyándose en ambas manos con la mirada baja.

-Lo… lo siento… Sebastián…- volvió a decir algo abochornado intentando contener el llanto.- me dejé llevar… lo siento… si no estás seguro de…

El peli-negro no lo dejó terminar, unió entonces sus labios nuevamente, obligándolo a que usara sus manos en otra cosas. Cayó de nuevo en el sillón y enredó ambas manos alrededor de su cabeza profundizando aquel ósculo. Habiéndolo terminado, el mayor se alejó nuevamente para mirarlo.

-Me refería… a si estás seguro de querer hacer esto… conmigo…- ladeó la cabeza sensualmente y con sutileza se mordió el labio inferior. Ante tanta franqueza por parte del mayor le esquivó la mirada con el rostro colorado, evidentemente de vergüenza por sus preguntas tan directas.

-Sí…

-¿Si qué…?- volvió a decir tomando al menor por la barbilla para que volteara a verle.

-Quiero hacerlo contigo…- alivió un poco su conciencia confesándoselo.-… quiero que me lo hagas…

Sebastián sorprendido a su inesperado comentario sonrió ampliamente y le besó de nuevo. Dejó que ambas manos recorrieran su cuerpo y teniéndolas en su cintura se encargó de hacer que se deshicieran de la camiseta blanca del menor que para entonces ya estorbaba demasiado. Lo observó unos momentos, cada centímetro de su piel era una verdadera maravilla, era blanca como la nieve, su pecho subía y bajaba agitado y su carita roja, más roja que un tomate le daba una apariencia infantil y enternecedora. El sonrojo suyo era porque el mayor le observaba en ese estado; indefenso y encendido.

No quiso hacerle esperar más tiempo, cubrió su pecho entero de besos. Le beso el cuello y dio en este ligeras mordidas que dejaban marcados suavemente sus colmillos en su piel lechosa, descendió por su pecho y lamió juguetonamente sus diminutos pezones que estimulados por el contacto se endurecieron ligeramente como pequeños botones. La respiración de Ciel cada vez era más dificultosa, los ligeros lengüetazos que Sebastián le proporcionaba lo hacían estremecer de lujuria.

El mayor descendió por su vientre y se detuvo justo después de besarlo bajo el ombligo. El menor le miró atento, Sebastián no pronunció ni una palabra; simplemente le sostuvo la mirada mientras acercaba ambas manos a los pantalones de Ciel, desabotonándolos y bajando la bragueta. Lentamente, muy lentamente los fue arrastrando entre sus piernas temblorosas, que viendo lo que se avecinaba comenzaban a vibrar con más intensidad. Estando solo en boxer's, el mayor se puso de pie y llevo ambas manos al cinto de cuero que sujetaba sus pantalones echándolo al suelo.

-Se ve usted muy provocador esta noche, amo.- susurró mientras se ponía de rodillas nuevamente.- y aquí me tiene… a sus pies…

Bajó la ropa interior del menor y se encontró con el lindo bulto debajo de esta que, considerando la edad del menor, tenía un tamaño nada pequeño y bastante bien proporcionado. Se dedicó entonces a separar los muslos de Ciel con delicadeza, posando una mano en cada uno. El peli-gris al sentir la cara del oji-escarlata acercarse a su lugar más íntimo comenzó a estremecerse con más fuerza, anticipando el placer que vendría después.

En ningún momento esquivaron la vista del otro. Entonces, Sebastián como último castigo de tan larga espera; le sonrió… y sin más demora lamió con dulzura la punta de la erección del oji-azul, para después proceder a lamer todo su contorno, desde la base hasta la punta, introduciéndolo lentamente en su boca y masajeándolo con pausados, largos y agonizantes movimientos de su lengua mientras se encontraba dentro. Ciel llevó ambas manos a la cabeza estirando desesperadamente sus mechones, la sensación era intensa y no podía contenerla. No quería delatarlo, no quería que él supiera lo mucho que había esperado ese momento y lo mucho que ahora lo estaba disfrutando, al menos no aún. Sus labios permanecieron cerrados hasta que no pudo soportarlo, pujaba levemente cuando mordía su labio inferior con cada nuevo roce, hasta que, entonces, cuando sintió alcanzar su máximo punto el peli-negro se detuvo.

Ciel jadeante se incorporó con una mueca de irritación por el dolor que esto le había provocado en los testículos; el mayor sonrió juguetón y nuevamente se puso de pie.

-Por favor espere un poco, amo.- le dijo entre risas mientras bajaba la bragueta de su pantalón y le dejaba ver al más pequeño el miembro erecto bajo los sexy boxer's rojos que combinaban con sus ojos. El oji-azul trago saliva ruidosamente mientras el más grande procedía a retirar también estos, quedando completamente desnudo frente a los hambrientos ojos del peli-gris.

El rostro níveo de Sebastián se coloreó de un ligero rosado mientras llevaba una mano a su imponente miembro, acariciándolo pausadamente mientras se acercaba de nuevo a Ciel, quién seguía acostado en el sillón. Le tendió la mano libre para ayudarlo a sentarse. Lo besó de nuevo ardientemente, mientras tanto, enredó la cintura de Ciel con ambos brazos y lo giró suavemente haciéndolo apoyarse sobre las manos, como si estuviera a gatas sobre el tapiz del sillón.

Miró su espalda, aquella conducía a un trasero monumentalmente parado ante el cual podría arrodillarse con más devoción que cualquiera de las veces que había estado con Emma.

No lo meditó mucho. Introdujo el primer dedo en la pequeña entrada simulando pequeñas embestidas, haciendo que Ciel jadeara y se estremeciera por la deliciosa invasión. Continuó con un segundo dedo, ahora, abriendo y cerrando como si fueran pequeñas tijeras para dilatar más la palpitante entrada. Cada gemido que salía de su boca excitaba a Sebastián cada vez más.

Cuando lo sintió lo suficientemente preparado se colocó tras él acercando la punta de su miembro, rosando ligeramente primero con dulzura su trasero. Separó sus nalgas lo suficiente para hundirse dentro suyo, disfrutando como el interior de Ciel lo aprisionaba mientras buscaba abrirse paso a lo más profundo.

Los brazos de Ciel temblaban y sus caderas buscaban obtener más de aquel invasor. Sentir a Sebastián era extraño, no parecía a las veces anteriores que había estado con Barker o Alois, con la señora Lucrecia o cualquiera de las personas con quienes se había visto forzado a pasar para poder ser alguien reconocido; con Sebastián no necesitaba demostrar nada. Por primera vez sentía que no era solamente sexo, había algo más en ello… algo a lo que podía llamar hacer el amor…

… y al igual que un capullo de rosa se abre a la entrada de la primavera… Ciel lo hizo para él…

Sebastián le embestía delicadamente, haciendo de cada estocada una más perfecta que la anterior cuidando de no lastimarlo, sino por el contrario, hacerlo que gozara tanto como él. A medida que el cuerpo de Ciel lo pedía aumentaba la velocidad de sus movimientos, jadeando, sintiendo que culminaría de un momento a otro.

Los brazos de Ciel se debilitaban cada vez que Sebastián entraba nuevamente en su cuerpo, sus piernas temblaban y sus gemidos eran más fuertes.

-Ahhh… Seb… Sebastián…- murmuró casi ahogándose cuando sintió que no aguantaría más, arqueando la espalda mientras sentía los espasmos del orgasmo recorriendo todo su cuerpo.

-Ciel…- susurró corriéndose en el interior del oji-azul.

Las calles estaban casi desiertas por completo, la luz de los faroles era escasa y por los rincones abundaban los amantes de la noche. No tenía prisa. Caminaba con gran parsimonia contemplando a una que otra pareja agasajándose en un rincón de alguna callejuela. Sonreía.

Tan perdido estaba en sus pensamientos que apenas y se dio cuenta que se había recargado en la pared del callejón contiguo al edificio donde se encontraba el departamento de Mía. No lo soportaba, recordar lo ocurrido hacía unas horas lo llenaba de alegría desmedida. Con Ciel se había encontrado en un estado de completa plenitud, algo más allá de la felicidad que alguna vez pudo haber sentido.

Con la espalda pegada al muro descendió hasta quedar completamente sentado en el suelo. No quería volver a casa; no quería volver a la realidad. Deseó en ese instante correr de nuevo a la casa de Ciel para besarlo nuevamente, aún sentía sus besos arder sobre su piel.

Cerró los ojos un momento para volver a sus recuerdos y sintió un ligero peso sobre sus piernas. Los abrió de golpe y contempló a una hermosa gata negra sobre ellas. El animal acurrucándose buscó que el joven le regalara una caricia.

-¡Ah!...- sonrió con alegría el oji-escarlata.- que hermosas garras…

Mimó durante un buen rato a la linda gatita hasta que decidió llevarla consigo a casa; Mía y él siempre habían sido fanáticos de los gatos y no parecía que en el edificio prohibieran tener mascotas, seguramente podrían conservarla. Se puso de pie y reanudo el camino; el animal parecía dispuesto a seguirle y Sebastián se detenía de tanto en tanto para agacharse y acariciarla.

Giró con cuidado la perilla de la puerta. Había unos cuantos trastes sucios sobre la mesa, pensó entonces que Mía y Emma ya habían cenado y, por lo visto también habían discutido puesto que en cada uno estaba la comida apenas picoteada. Se quitó la chamarra y la aventó al sillón de la sala, dejando que la nueva visitante se instalara en la casa se dirigió a su habitación.

-Sebby…- le llamó la melodiosa voz de Emma tan pronto vio un hilillo de luz colarse por la puerta cuando Sebastián entraba.- ¿Dónde has estado?

-Lo siento, creí que estabas dormida.- susurró caminado a ciegas por la habitación oscura hasta sentarse en la orilla de la cama. Se quitó los zapatos.

-¿Qué pasa?

-Nada, linda…

Los brazos de Emma rodearon su cuello y tirándolo hacia atrás lo hicieron caer en la cama. Se subió en su abdomen y se inclinó para besarle.

-Me porté como una niña hace rato, amor…- hablaba a pausas mientras cubría su rostro de besos.

-No tienes por qué hacer esto… Emma…- decía intentando zafarse de tan provocador agarre, disgustado de que sus instintos varoniles despertaran nuevamente con tan sensuales caricias.

-Shhh… no digas nada…- ordenó mientras quitaba el cinto de cuero de sus pantalones. -…solo mi nombre…

Emma dormía plácidamente sobre el pecho de Sebastián, estaba agotada. Hacía horas que luchaba por conciliar el sueño sin conseguirlo; tenía la mirada clavada en el techo. Había hecho el amor con Emma... o solo habían tenido sexo. No lo sabía. Durante la velada al lado de su chica se contuvo para que de sus labios no saliera el nombre del joven con quién había estado antes de llegar a casa. Pensaba en Ciel, no abandonaba su cabeza ni un instante. ¿Qué pasaría después de eso? ¿Habría una segunda vez? Tampoco lo sabía, pero no importaba si había o no una respuesta en ese momento. Alargó la mano hasta el buró donde seguían las fotografías que había dejado en la mañana. Tomó de nuevo la que estaba justo arriba de todas; donde Ciel destacaba a su lado con una amplia y hermosa sonrisa y aunque sus ojos eran tristes no dejaban de ser hermosos. Esa noche, al despedirse; Ciel le había mostrado la misma encantadora sonrisa... pero en ese instante había distinguido en sus ojos un brillo que hasta entonces creyó no haber visto. Definitivamente él lo había colocado de nuevo en su sitio, en esos hermosos zafiros que aprisionaba su mirada. Tenía una oportunidad. Suspiró, cerró los ojos y durmió lo que restaba de la noche.

A lo lejos, el menor hacía horas que había caído en un profundo sueño. Después de tres años de pesadillas continuas era la primera noche que había logrado dormir pacíficamente. Y en su rostro de alivio, se pintaba una sonrisa… una sonrisa de felicidad… una sonrisa enamorada.