" … Si quieres amarme, cariño, no te contengas…"

-Ciel, date prisa. Frances ya debe estar esperando.- gritaba Rachel tocando frenéticamente en la puerta de la alcoba del oji-azul.- ¿Por qué tardaste tanto? Si hubieras llegado más temprano habrías tenido tiempo de arreglarte.

El menor amarraba las cintas de sus botines mientras escuchaba alegar a su madre. "¡Si tuvieras idea de lo que estuve haciendo!" pensaba con una sonrisa satisfecha en el rostro, llevando una mano a sus labios, que habían grabado el dulce sabor de Sebastián. Se puso de pie y abrió la puerta con el regalo en mano.- Estoy listo.

En el trayecto hacia la casa de los Middlford, Rachel y Ciel conversaron sobre la posibilidad de ir algún día a visitar a su padre a América, vacacionar allá algunas semanas y regresar de nuevo a la rutina. La casa de Lizzy no era muy grande, pero tampoco pequeña. Al estacionar el coche frente a la entrada de esta visualizaron que las luces del comedor y de la recámara de Frances estaban encendidas. Se aproximaron hacia la puerta y tocaron el timbre.

Se escuchó cómo la aguda vocecilla de la rubia alegaba contra la de su madre, pero no se sabía exactamente sobre qué. No demoró mucho antes de abrir la puerta.

-¡Ciel! Que bien que hayas venido.- le atajó suavemente la chica dándole un dulce beso en la mejilla. El joven correspondió el abrazo.- Buenas noches señora Phanthomhive.

-¡Oh, querida! Que linda luces.- elogió Rachel a Lizzy.

-Gracias. ¡Pasen! Mamá está en la cocina.

Frances era una dama elegante y refinada, trataba a sus invitados con cortesía y siempre solía ser una excelente anfitriona; más aún cuando se trataba de su .

Ciel la saludó con cierto nerviosismo, pues le tenía pavor al tremendo carácter tan autoritario de la mujer. Se sentaron a la mesa y platicaron un rato. Más tarde, Frances y Rachel gimoteaban mientras hablaban cada una de su respectivo marido y no pudiendo evitar incomodidad que aquello representaba Lizzy pidió que Ciel le siguiera haciéndole una seña; se disculparon ambos y subieron tomados de la mano al segundo piso, al cuarto de la rubia.

-¡Oh Ciel! No tienes idea de lo que pasó esta mañana.- comenzó a hablar la sentándose en la cama, abrazando infantilmente un oso de peluche.

-¿Qué ocurrió?- inquirió interesado recargándose en el dintel de la puerta.

-Oh, me da pena contártelo, pero el señor Barker me hará modelar lencería. ¡Puedes creerlo! Mi madre enloqueció cuando se lo dije. Al principio se negó… pero luego trató de convencerme de que lo hiciera…- hablaba la rubia con la mirada baja y el sonrojo tiñendo sus mejillas.

Un ligero escalofrío recorrió la espalda de Ciel. "Ese bastardo…" pensaba lleno de rabia, Arnold Barker sabía perfectamente que Elizabeth siempre había sido una chica tímida y muy aniñada, pero sin duda estaba consciente de que hacía poco ella había cumplido los dieciocho años. No se imaginaba a Lizzy posando frente a la cámara en interiores.

-Liz… Lizzy… ¿por qué me dices estas cosas a mí?- inquirió ligeramente abochornado y apenado por lo que acababa de escuchar, pues no era algo en lo que él pudiera meterse.- No puedo hacer que Barker cambie de opinión.

-Bueno… Ciel…- habló poniéndose de pie para acercarse al oji-azul sin levantar la vista.- somos novios… ¿no es así?- bajó sutilmente su mano haciendo que rozara con la suya.- quería contártelo para que no pensaras mal de mí… porque te quiero, ¿lo sabías? Te quiero mucho…- susurró en tono dulce escondiendo la cabeza entre el cuello del peli-gris. Ciel se quedó mudo ante tal escena; lo que decía la rubia era cierto. Nunca habían pasado de besos y ligeros abrazos por la frialdad e indiferencia del menor y aun así la chica demostraba tenerle un ferviente cariño que no cambiaba a pesar de sus constantes rechazos. Entonces pensó en Sebastián y en lo que habían hecho hacía un par de horas; y a pesar de eso en ningún momento le había mencionado ni una sola vez que lo quería. ¿Estaba jugando con él acaso? Fue algo que no quería pensar, pero no descartó la posibilidad de que así fuera. Una indescriptible tristeza surcó su corazón en ese momento. No estaban yendo a ningún lado y se prometió que no ocurriría nada de nuevo sin antes hablar con él y aclararle todo.

Abrazó con dulzura a la rubia.- también te quiero… Lizzy…- susurró antes de estrecharla con más fuerza.

-¡Sebby! ¡Adivina qué paso esta mañana!- Gritó Mía desde la cocina con entusiasmo tan pronto lo escuchó cerrar la puerta.

-¿Qué pasa?

-No encontraba a Queeny por ningún lado.- (Queeny era el nombre que decidieron darle a la gata negra)

-¿Y la encontraste?- preguntó ligeramente preocupado de que su mascota se hubiera marchado, pues se había encariñado mucho con el animal.

-Salí a correr al parque un rato y la encontré, ¡es mamá de tres gatitos!- exclamó saliendo de la cocina con un tazón de leche.- son hermosos, ven a verlos.- con su mano libre tomó a Sebastián por el brazo y lo condujo hasta su habitación. En la alfombra beige, sobre un cojín moteado estaba la gata de pelaje negro con tres pequeños gatitos; dos eran tan negros como ella con ojos verdes y el tercero y más pequeño era blanco con ojitos azules. Lo tomó dulcemente entre sus manos y recordó a su querido Ciel.

-Ah… eres tan dulce…- susurró mirando enternecido al pequeño animalito, imitando el sonido de su voz como si fuese el peli-gris.

-Señor, lo busca el joven Trancy.

-¡Ah! Perfecto, Paula, hazlo pasar.

-Sí señor.

La castaña regresó de nuevo al vestíbulo donde el rubio esperaba ojeando unas revisas.

- Adelante.

-¡Trancy! Que gusto muchacho, ¿qué puedo hacer por ti?- decía poniéndose de pie para acercarse a saludar al joven rubio.

-Arnold, me alegra que no te hayas ido aún.- apuntó con un suave gritillo sentándose ruidosamente en una de las sillas.

-Esta agencia es mi vida, querido chico. Aquí me encontrarás siempre que quieras.

-Respecto a eso…- inquirió mostrando una bien fingida tristeza.- …señor Arnold, ha sido usted tan buen anfitrión desde que me mandó llamar de Phoenix… por eso me apena tanto ser yo quién le diga esto…

-¿Qué pasa?- se sentó algo impaciente.- vamos, sea lo que sea puedes decírmelo.

- No es nada señor. Es solo que me preocupa un poco Ciel.

-¿Ciel?- habló con cierto recelo alzando una ceja.- ¿qué hay con él?

-Como le dije señor, no es nada. Verá; hoy mientras me dedicaba a la sesión de fotos que se montó en el centro comercial me pareció ver a Ciel acompañado de Sebastián. Tardaron buen tiempo en el centro, quizá incluso un poco más de tres horas, que fue lo que yo duré en la sesión; pues cuando mi fotógrafo y yo ya nos íbamos él entró con Sebastián a una tienda de ropa. ¡Pero qué digo! Quizá no sea nada malo, pero me preocupa que Ciel esté descuidando su puesto por pasar tanto tiempo con ese chico.

Barker le escuchaba con el ceño fruncido y rechinando ligeramente los dientes.

-Ahora que lo mencionas, creo que están retrasados un par de días en enviar unas fotografías para una revista en Whitby…

-¡Entonces estoy en lo cierto! Imagine señor lo que podría empezar decirse de la agencia por un chico tan irreverente como Phanthomhive. Podrá comenzar a perder un poco de su prestigio si Ciel continúa con las sesiones siguientes a destiempo.

-Hablaré con él.- dijo Barker al momento que soltaba un suspiro.

-Lamento haberlo molestado señor, sé que hemos tenido ciertas diferencias pero él es mi amigo y no quisiera que se metiera en problemas.- mintió dulcemente levantándose de su silla para dirigirse a la puerta.- no es necesario que me acompañe, sé dónde está la salida.- objetó cuando el mayor tenía la intención de acompañarle.

-Bien, te agradezco mucho por comentármelo. Si necesitas cualquier cosa no dudes en pedírmelo.- suplicó el mayor guiñándole un ojo con gesto cómplice.

-Lo tendré en mente, gracias.- se despidió haciendo un ademán con la mano antes de cerrar la puerta.

Caminó con gracia hasta la puerta principal del edificio. Una vez fuera se dirigió hacia su coche y le indicó al chofer que le llevara hasta el apartamento que recién había alquilado.

-Bingo…- se dijo hundiéndose en el acogedor sillón de piel del vehículo.- Sólo un poco más… Sebastián…