"Quisiera amarte sobre un lecho de rosas…"

-¿Querías decirme algo? Parecías ansioso…- hablaba el mayor mientras dejaba las bolsas del supermercado en la mesa de la sala mientras invitaba al oji-azul a sentarse en el sofá.

-Algo así…- susurró el menor mirando en todas direcciones las fotografías que decoraban el lugar.- ¿aquí es donde vives?- inquirió fascinado, pues no podía ocultar su entusiasmo al visitar por primera vez la casa de Sebastián.

-En efecto, es el apartamento de mi hermana… bien… estaré aquí en mientras consigo uno propio.- se acercó hacia el sofá para sentarse a su lado y poder abrazarlo, lo que no le disgustaba en lo absoluto al menor, pero no podía evitar sentirse inquieto por la duda que surcaba su mente.

-Sebastián…

-Ah… Si me permites, quería mostrarte algo primero…- dijo tomando de la mano a Ciel para conducirlo a la recámara de Mía sin darle tiempo siquiera de repelar.- Ven…

Al pie de la cama había un cojín sobre una alfombra, donde estaba Queeny con dos pequeños gatitos negros. Enmudeció unos instantes y después quedó de pie enternecido mientras Sebastián se arrodillaba para coger al más pequeño de los gatitos del suelo y colocarlo al lado de sus hermanos, acariciando dulcemente a la gata. El negruzco animal ronroneaba entre las suaves manos del pelinegro.

-¿No son hermosos?- inquirió con una amplia sonrisa en el rostro.

Ciel se arrodilló a su lado despreocupando por completo de la alergia que manifestaba hacia esos animales, pues no pudo evitar sentirse incómodo observando las caricias que las níveas manos del oji-escarlata le daban a sus mascotas. Se acercó un poco más y tomó a uno de ellos acariciando su pelaje con recelo.

-Las hembras son seres asombrosos…- volvió a decir sorprendiendo un poco al menor.- son seres capaces de crear nuevas vidas… ¡Ah! Simplemente hermosas…- hablaba sin dejar de acariciar a la gata, no se molestaba ni siquiera en volverse a mirar a Ciel; quién había tornado su modesta sonrisa a un semblante triste.

-Ya veo…- dijo para sí.- así que es eso…

No parecía contento después de aquella escena en la habitación de Mía, pero no quería mostrarle su decepción a Sebastián, incluso entonces se abstuvo de mencionar cualquier cosa relacionada con el asunto. Regresó a la agencia luego de aquello y le pidió a Sebastián que tomara el resto del día libre. Ahora él sólo quería pensar en Lizzy e intentar que su relación con ella funcionara; pues ya estaba convencido que tener algo con el pelinegro era más que imposible.

Se sentía terrible, pero su estado de ánimo empeoró cuando apenas tras poner un pie en la agencia se le notificó que Barker quería verlo en su oficia. Con paso lento y desganado se dirigió hasta dicho sitio, entrando sin tocar antes la puerta; como era su costumbre.

-¿Querías verme?

-Siéntate, Ciel.- exclamó con voz indiferente haciendo que el menor se desconcertara un poco, pero obedeciendo sin chistar.- Quiero que hablemos. Ahora dime; ¿a qué se debe el repentino retraso de las fotografías que debías enviar a Whitby?

-No sé de qué hablas.- inquirió en tono desafiante.- siempre he entregado mis trabajos cuando es la fecha indicada. Puedes comprobarlo por ti mismo llamando directamente a la revista de Whitby.

Arnold bastante convencido de que en efecto el chico hablaba enserio no quería telefonear enfrente de él y comprobar que estaba en lo cierto.

-Entonces quizá debió existir un error.

-Si eso es todo lo que debías decirme entonces me voy.- se puso de pie bruscamente y se dirigió con paso veloz hacia la puerta.

-¿Exactamente qué clase de relación llevas con Sebastián?- gritó Barker poniéndose de pie de un solo salto. Ciel se quedó helado con la pregunta, su mano ni siquiera pudo girar la perilla de la puerta.- Me preocupas, Ciel… de hecho, me pone muy, muy celoso solo pensar que tú y el…

Ciel le dedicó una mirada asesina, lo que hizo que no pudiera terminar la frase, pero Barker continuaba mirándolo con cierta picardía.

-Hablas como si yo fuera de tu propiedad.- suspiró Ciel apretando con fuerza la perilla, intentando hacer que su mano reaccionara y pudiera sacarlo de ahí.

-Prácticamente, lo eres…- se acercó a él peligrosamente, acorralándolo con su cuerpo.- eres la más valiosa de mis posesiones.- pasó una mano por sus grisáceos mechones y los acarició con dulzura, incapaz de contener sus deseos de robarle un beso.

La mano de Ciel por fin cedió a sus impulsos y la puerta se abrió, corrió por el pasillo hasta el ascensor dejando a Barker de pie inmóvil frente a la puerta reprimiendo sus ansias de hacerle ver luego su suerte por haberle negado aquel beso.

Elizabeth acababa de cruzar la puerta del ascensor cuando se encontró a Ciel batallando con las lágrimas mientras caminaba pasando a su lado sin darse cuenta. La rubia dejó caer una caja que llevaba en las manos y se giró para poner sus manos en los hombros del chico. – ¡Ciel! ¿Te encuentras bien?

-Lizz…- murmuró sin ánimo de pronunciar su nombre, escondiendo la cara en el cuello de la chica.- No es nada.

-Ciel…

-¿A dónde ibas?- apuntó recobrando la postura alejándose de ella, mirando en el suelo la caja que llevaba la chica en sus manos para recogerla de nuevo.- Déjame acompañarte, lady.

Elizabeth sonrió lo mejor que pudo para complacerlo, si no quería hablar de lo que le sucedía debía tener razones para ello.

Subieron por las escaleras hasta el noveno piso, conversando de cualquier cosa. Lizzy procuraba no dejar que hubiera silencio entre ellos, pues eso podría hacer que el peligris recordara su reciente problema.

-Ciel… acompáñame, ¿de acuerdo?- dijo una vez que hubieran estado frente a la puerta de su estudio.- acompáñame hoy durante mi sesión de fotos.

El chico algo sorprendido con la invitación pensó al principio rechazarla; pero luego recordó que le había dado el día libre a Sebastián y, aunque deseaba verlo, se recordaba que lo que el pelinegro buscaba era a una chica, no a un chico como él.

-Bien… Lizzy…

Sebastián había entrado en la cocina desde que Ciel se había marchado y se había dedicado a cocinar un pastel de fresas que pensó que podría gustarle al menor. Se sentía inquieto, pues Ciel se había negado a besarle durante su estancia en su apartamento, pensó que quizá se sentía incómodo o algo por el estilo ya que él esperaba estar más tiempo en su compañía.

Resolvió entonces gastar el tiempo que tenía en la cocina, pretendiendo llamarle más tarde para invitarlo a cenar. Había algo extraño, sentía que sus sentimientos cada vez eran más claros. No sólo quería a ese chico, lo deseaba con demasía.

El verdadero motivo para haberlo llevado a su casa era porque quería poner las cartas sobre la mesa; le diría por fin cuales eran sus sentimientos. No le importaba qué pudiera pensar Mía o la madre de Ciel, su trabajo o cualquier otra cosa, lo único que le importaba era que saliera de sus labios un: "yo también quiero estar contigo, Sebastián…".

La sola idea de imaginar al peligris pronunciando esas palabras en su oído lo llenaba de emoción. Sin embargo aún había algo en lo que no había pensado; Emma…

Se sentía incómodo observando las condiciones en que debía trabajar su querida Elizabeth; era siempre amable con todos y nadie de su equipo parecía llevarse bien ella. Desde su llegada parecía que todos en el estudio hablaban con ella con fingida amabilidad sólo porque todos sentían cierto respeto hacia Ciel, el favorito del director de la agencia.

-Ciel… ¿podrías traerme por favor la caja?- preguntó sonriente la rubia, indicándole que la colocara en una silla.

El menor obedeció gustoso y se dirigió a los vestidores donde la chica le había señalado. Para su mala suerte accidentalmente tropezó con un montón de ropa que había esparcida por el suelo; la caja de cartón se resbaló de sus brazos y cayó al suelo haciendo que su contenido prácticamente volara.

Prenda por prenda trató de recoger lo más rápido que pudo aquel desorden, cuando al observar con detenida atención mejor las prendas se sintió ligeramente abochornado al darse cuenta que aquello estaba conformado por medias, batas de dormir femeninas, diminutas bragas, corsets algunas cosas más que conformaban bellísimos juegos de lencería.

Elizabeth al escuchar el ruido que produjo la caída corrió para ayudarlo a ponerse de pie.

-¡Ciel! ¿Estás bien?

-Lizzy…

-¿Si, Ciel?- cuestionó la chica observándolo examinar muy atento un par de medias.

-¿Qué es todo esto exactamente?

Un sonrojo carmesí se apodero de las mejillas de Elizabeth, quién bajando la mirada no encontraba como darle explicación.

-Es… lo que debo modelar… Ciel…

La respiración del menor se aceleró gradualmente. Nunca había visto a la rubia con tan poca ropa, y no era que le desagradara del todo la idea, pero el hacerlo quizá podría tener "consecuencias".

-Ya veo…

-¿Te molesta?

-No, no… creo que con lo que sea te verás hermosa…

-¡Ciel! ¡Me haces tan feliz!- chilló abrazándose a su cuello.- bien… iré a vestirme…

-Está bien, Lizzy. Te estaré observando desde acá.- comentó señalando una pared cercana a la puerta.

Habían pasado cuarenta y siete minutos y la había visto con al menos ocho diferentes atuendos. Aquello era indescriptible, el contraste de la piel nívea de la muchacha con el color esmeralda de sus ojos le ofrecían un cuadro hermoso del que creyó enamorarse por unos momentos. Posaba ahora de espaldas a la cámara, dejando ver sus rizos cayendo sobre un camisón violeta ceñido a su cuerpo que a Ciel le había encantado. Realmente era una niña hermosa.

No había cambiado de posición ni un segundo cuando el repentino sonido de su celular lo alteró ligeramente. "Me encantaría que cenaras conmigo esta noche, ¿qué dices?" leyó con el corazón palpitando desenfrenado dentro de su pecho al ver que el remitente era Sebastián. La invitación lo sorprendió un poco, pero con una sonrisa triste en el rostro apagó el celular sin ánimo de responderle y lo metió en el bolsillo nuevamente.

Observó a Elizabeth y se decepcionó al reconocer que su presencia no podía siquiera acercarse a la placentera sensación que le había producido ese insignificante mensaje. La rubia se volvió a verle y le dedicó una sonrisa a la que él respondió cortésmente, luego le hizo una seña para indicarle que iría a cambiarse. Ciel solo asintió y la siguió con la mirada.

Antes de que la chica pudiera cerrar la puerta del vestidor su mirada azulina alcanzó a divisar la caja de donde habían salido tan maravillosos vestuarios, lo cual hizo que una sonrisa de picardía revelara que se le había ocurrido una idea.

Esperó impacientemente los siguientes diez minutos que tardó Elizabeth en cambiar su vestuario para ir de nuevo a pararse frente a la cámara. Entonces se acercó discretamente hacia el cuarto donde se entraba la caja sobre una silla y echó una ojeada. Elizabeth estaba discutiendo algunas cosas con el fotógrafo, por lo cual no puedo ver cuando Ciel sacó unas cuantas prendas de la caja y las guardaba en una mochila azul que llevaba consigo.

Sacó su celular del bolsillo y lo encendió. "¿Dónde te veo?" se apresuró a escribir enviándolo al peli negro. A los tres minutos recibió como respuesta: "Puedo ir a recogerte". Tecleó de nuevo; "No, tengo que ir primero por unas cosas" y lo envió aguardando de nuevo impaciente. El último mensaje que recibió decía: "Entonces te espero en mi casa."

Con un gesto de victoria guardó el celular dispuesto a salir corriendo; lo que al instante desechó pues era una completa falta de respeto. Le hizo una señal a Lizzy y ella al momento se acercó a él.

-Debo ir… por unas cosas. Me llamó mi madre.- mintió lo mejor que podía.- hablaré con Sebastián para que la siguiente vez trabajes en mi estudio.

-Oh, muchas gracias.- suspiró radiante la rubia.- bien Ciel, no hay problema, gracias por haberme acompañado.

El joven la besó en la mejilla y después sin ocultar su prisa desapareció velozmente.

El reloj marcaba las ocho y media de la noche. Mía se preparaba para salir y se despedía con cariño de se hermano.

-¿Seguro que no quieres venir?

-Muchas gracias. Estoy… esperando a alguien.

-Ah, bien.- murmuró con molestia pensándolo unos segundos.- ¿Emma vendrá de nuevo?

-No, linda.- respondió con una sonrisa.- estoy esperando a un amigo.

-¡Ah! Entonces está bien.- lo besó en la mejilla y corrió hacia la puerta.- ¡Diviértete! Te veré más tarde.

Miró su reloj de muñequera y se horrorizó al ver que las manecillas señalaban las ocho cuarenta y ocho. No acostumbraba ser impuntual en lo absoluto. No quería llamar a Sebastián, quería sorprenderlo por primera vez y definitivamente lo que recién había adquirido valía la pena.

El taxi se detuvo frente al edificio donde se encontraba el apartamento de Sebastián, le dio un billete al chofer y le dijo que podía conservar el cambio antes de salir disparado hacia las escaleras, pues no quería perder más tiempo.

Llegó casi sin aliento al piso señalado, y aunque sus piernas le dolían con orgullo miró que aún no eran las nueve. Tocó el timbre estrujando su pantalón de mezclilla con ambas manos, auto deseándose que todo le saliera como esperaba.

Sebastián oyó el llamado y no demoró ni un segundo. Cuando abrió la puerta se encontró con el serio Ciel Phanthomhive, quién con una mueca de disgusto entró sin chistar en la estancia.

-No estaría mal que pusieran un ascensor.

-Lo siento, si me hubieras llamado pude haber ido para cargarte en mis brazos.- se burló el mayor riendo sonoramente.

-Tsk… idiota.- dijo el chiquillo sin poder contener la risa.

-Bien, joven amo. ¿Pasamos a la cocina?- inquirió el mayor indicándole que iba en la dirección equivocada.

-Si me permites… quisiera pasar al baño…

-Oh, lo siento mucho. Claro, claro…- dijo levemente sonrojado volviéndose hacia la cocina.- te esperaré acá.

Ciel rápidamente entró al baño se desvistió con pena, arrepintiéndose por unos segundos de lo que estaba a punto de hacer. Abrió su mochila y sacó las prendas, no sabía siquiera qué había tomado pero estaba seguro que algo de eso podía combinar. Abrió también las bolsas del centro comercial que llevaba en la otra mano y puso manos a la obra.

El ojiescarlata enjuagaba unas fresas para dar los últimos toques decorativos al pastel, mientras pensaba con nerviosismo cómo decirle de la mejor manera lo que sentía a Ciel.

-Sebastián…- escuchó llamar su nombre detrás de él.

-¡Lo siento! ¿Llevas mucho tiempo allí?- se giró bruscamente.- solo estaba…

Se quedó mudo de la emoción. Junto a la puerta Ciel se erguía mostrando unas medias de red negras sobre sus piernas níveas, una bata amarilla de tela casi transparente era ceñida a su cintura por un corset negro repleto de remaches plateados que dejaba ver en la parte baja unas bragas negras de encaje y en la parte superior sus pezones rosados. Haciendo juego con esto, el menor calzaba unas zapatillas negras de tacón alto y una larga peluca de dos coletas del mismo tono de su cabellera grisácea.

Sebastián sintió que su corazón casi se detenía al contemplar la radiante y hermosa figura que tenía delante suyo.

-Ciel… te ves… ¿hermosa?- habló intentando no desplomarse hasta llegar a chico para estrecharlo suavemente en sus brazos, a lo que este con desilusión gritó de manera acusadora.

-¡Así que después de todo quieres a una mujer! ¿No es así?

El mayor lo miró confundido.- ¿De qué hablas?

-Es… por… lo que dijiste esta mañana…- susurró con las mejillas coloradas mirando al suelo.- ¿no era eso…?

Sebastián no le dejó terminar. Acorralándolo con ambas manos en la cintura lo cargó lo condujo hasta la barra de la cocina sin dejar de besar sus labios.

-Es cierto, dije eso esta mañana…

-¡¿Quieres decir entonces que no quieres ser mío… nunca?!- gritó con unas burdas lagrimillas invadiendo sus ojos, siendo silenciado nuevamente por un beso.

-Y…- murmuró entre jadeos. -… aunque me gustaría verte imitar esa cautivadora vitalidad de ellas… lo cierto es que me molestaría mucho si dejaras de ser el chico perverso que tanto me atrae…- canturreó en su oído mientras que con una mano acariciaba sus muslos, haciendo que el ojiazul temblara al sentir tan deleitante contacto.

Ambos podían sentir como sus miembros endurecían mientras más demandantes se volvían aquellas caricias. Sebastián separó las piernas del menor dispuesto proceder a lamer su cuello para terminar en aquel sitio cuando sin aviso un suave golpe llenó de merengue rojizo sus cabellos azabaches.

-No… deberías hacer esto aquí…- tartamudeaba el menor con una mano metida en el pastel de fresa.- estamos en… la cocina.

El mayor miró con tristeza el pastel, estaba arruinado. Soltó un suspiro resignado y llenándose un dedo de la suculenta cubierta lo introdujo en su boca, lamiendo parsimoniosamente y mirando con lascivia al ojiazul.

-Cierto…- comentó metiendo el dedo de nuevo pero esta vez apuntándolo hacia el menor.- … pero el hecho de que hayas decidido darme esta sorpresa en la cocina y no en mi cuarto nos da derecho de hacerlo aquí mismo…

Llenó el pecho de Ciel con el merengue ensuciando ligeramente la bata que le cubría. Retirándola con picardía observaba como la respiración del menor se hacía más dificultosa al tiempo que anticipaba el placer que venía a continuación.

Lamía con lentitud los pezones del menor disfrutando de textura exquisita que le ofrecía la piel que tanto adoraba; los jadeos de Ciel aumentaban y sus piernas temblaban esperando ser complacidas. Entonces vio la oportunidad; al tener cerca una de las manos de Sebastián la tomó tembloroso con una de las suyas y la poso sobre su miembro que ya firme se pronunciaba entre las bragas negras que esas alturas eran una tortura.

-Nhhhh… Que delicia…- gimió Sebastián tomando a Ciel por la muñeca y conduciéndola a acariciar el bulto creciente entre sus pantalones...- ¿sientes… esto? - Ciel asintió complacido lamiendo el lóbulo de su oreja.

-S… sí… dámelo…- suplicaba aferrándose a su cuello.- lo quiero dentro… Seb…

El mayor enredó las piernas de Ciel en torno a su cintura y cargándolo en sus brazos, sin dejar de besarlo, lo condujo hasta su cuarto.

Depositó al menor suavemente en la cama, quién instintivamente abrió las piernas viendo cómo Sebastián se deshacía de sus prendas apresurándose a entrar en su interior, disfrutando el calor que emanaba su cuerpo casi desnudo y lo estrecha que era su entrada, sintiendo que no había otro ser en el mundo que pudiera igualarse a su pequeño amante… - … Ciel… te amo…

Mía corría apresurada maldiciendo su estupidez por olvidar su celular a medio camino; ahora iba con media hora de retraso y, al igual que su hermano, no se podía perdonar la impuntualidad.

Subió corriendo a toda prisa las escaleras hasta llegar a su apartamento. Metió con cuidado las llaves pensando en que su hermano seguramente estaría ocupado y entró silenciosamente a la cocina donde se llevó una gran sorpresa al encontrar un pastel desecho y merengue por todas partes.

Al igual que Hansel y Gretel, había un caminito de pequeñas manchas que, supuso, debía conducir a algún sitio. Mía sin hacer un solo ruido fuerte siguió aquella pista que terminaba en la puerta semi abierta de su hermano. Se disponía tocar la puerta para ver que todo estuviera en orden cuando un fuerte jadeo la exaltó haciendo que se llevara ambas manos a cubrir su boca, seguido de la voz de Sebastián que emitía con dulzura y devoción una sola palabra al momento que culminaba su placentero orgasmo: Ciel…

-¿Qué es lo que haces ahí dentro?- reprochaba una voz masculina del otro lado de la puerta.- Llevas más de treinta minutos, ¿estás bien?

Siguió parado otros cinco minutos antes de que la puerta se abriera. Observó con cierta preocupación que Emma estaba ligeramente más pálida.

-Claude…- sollozó al borde de las lágrimas.- …tengo un retraso…