KONICHIWA
Hola a todos mis lectores, me da mucho gusto estar de vuelta. Prometí que yo no abandonaría ninguna historia que yo empezara y bueno, aquí lo tienen, un nuevo capítulo. Sin más que agregar.
CORRE CINTA
El despertador sonó y un nuevo día comenzó para el intrépido líder, se desenrolló de las sábanas y puso los pies en tierra haciendo un salto mortal. Sacudió su cabeza y abrió sus ojos de océano profundo azules. Comenzó a alistarse, primero su bandana. Había entrenamiento y no pensaba en llegar tarde.
Crees que puedes huir…
Fue horrible ese sueño, bueno pesadilla… una horrenda pesadilla. No podía pasarla por alto, algo podría pasar, ¿pero qué? Será bueno o malo. No, por lo sucedido malo obviamente y grave. Necesitaba un consejo, tal vez su maestro podría dárselo. Mas de solo pensarlo, descartó la idea de inmediato, pues ¡¿qué iba a decirle?! Que tuvo una pesadilla y por eso lo sabía.
… correr.
Imposible. Él era el líder, el heredero del clan, al que todos recurrían cuando se presentó un problema, un ninja, el hermano mayor… ¡No!
Poder vivir.
No se permitiría eso, ir con su sensei a hablar de algo infantil, según él. Ya que no era la primera vez que tuvo una de ellas, desde muy joven ha tenido y todas se las tragaba, sin derramar ninguna lágrima, sin soltar sollozos, sin gritar u otra cosa parecida. Solo él sabía, solo ÉL lo sabía. Si le llegabas a preguntar a sus hermanos menores sobre si acaso el mayor había sido acosado por estas, ellos se reirían. Sí, sí ¿su hermano mayor con pesadillas? Les era irreal. Porque este siempre parecía estar de maravillas.
No todo es lo que parece…
Siempre con esa sonrisa que inspiraba confianza y ánimo. Si supieran… si supieran la verdad.
Dándose cuenta que ya estaba listo envainó sus katanas en su espalda pegada al caparazón marcado. Sí, marcado, pero no como la ropa de tiendas con una linda etiqueta del diseñador que la creó o fabricó, sino con rasguños y cortes por arma blanca, describiendo las feroces batallas libradas a través de las misiones en la superficie; imposible era pasar tales marcas por alto para un ojo experto. Pero en esta casa nadie prestaba la suficiente atención, giró la perilla y con paso digno de un general salió de su refugio, había que mantener las apariencias ¿no?
Llegó a la cocina, no había nadie, como siempre el primero en levantarse. Prendió la estufa, preparándola para hervir agua en su tetera. Un té le caería bien, su favorito era el de jazmín con canela. Lista la bebida caliente se la sirvió en su tasa blanca decorada con árboles de cerezo cuidadosamente dibujados, pintada por él mismo; aunque los demás no lo sabían, les dijo que la encontró en uno de sus muchos paseos por las alcantarillas. Los chicos no hicieron más preguntas y fin de la discusión. Se llevó la tasa con el preciado líquido a los labios, cerrando sus ojos y degustando su sabor.
Empezó a escuchar pasos, parecía que su familia se había levantado y el primer bello durmiente en aparecer fue…
-Hola hermanote.
-Buenos días, Mikey-saludó a su hermano bebé.
El menor fue directo al refrigerador a sacar su juguito de naranja, para después sentarse junto al mayor. Sin faltar una tierna sonrisa que combinaba con su inocente rostro y la cereza del pastel, sus ojitos azul cielo, que más de una vez ha recurrido a ellos para obtener los mimos de su cariñoso y amable hermano de azul.
-Veo que alguien amaneció con energía-dijo Leo.
-¡Claro!-afirmó Mikey, cuando este dio la vuela el mayor tiró unas suaves carcajadas por la vista ofrecida.
-¿Qué?
-Nada, es que estás manchado.
-¿En serio?-parpadeó un par de veces el de naranja.
-Sí, ahora quédate quieto-Leonardo se levantó por un paño y se dispuso a limpiar la carita de su hermanito, quien lo aceptó de buen agrado, era cotidiano el hecho de que se ensuciase y que el hermano mayor lo termine limpiando, otro de los mil gestos paternales suyos.
-Gracias.
-No fue nada otōto.
-¿Otra vez se manchó el nene?-preguntó una voz ruda.
-Buenos días, Rafa-el mayor obviamente identificó su voz al instante, además de que antes de que dijera algo o incluso estuviera en la cocina él ya sabía de quién se trataba, nada pasaba desapercibido para sus agudos sentidos. Años de entrenamiento no pasan en vano para un ninja de su calibre.
-Buenos días, intrépido-el de rojo al igual que los otros, buscó su bebida en el refrigerador y procedió a sentarse en su lugar correspondiente.
-¿Y Donnie?-mencionó Leo por la falta de uno de sus niños. Sí, sus niños.
-Seguramente aun dormido-comentó el de rojo.
Con tal dato, el de azul se levantó de la mesa en busca de su segundo hermano menor. No debían de llegar tarde a la práctica sino querían que su sensei les regañe y un muy posible bastonazo de su parte. Abrió la puerta de la tortuga genio, quedando maravillado por ver a Donatello durmiendo tan pacíficamente. Sin embargo, tenía que despertarlo.
-Donnie… Donnie…
-¿Leo…?-abrió sus ojos cafés el de morado.
-Vamos, recuerda que hoy hay entrenamiento.
-Cierto.
Ambos tomaron rumbo al dojo, donde ya estaban sus demás hermanos, todos listos para aprender las nuevas katas que su sensei les enseñaría.
-Buenos días, hijos míos.
-Buenos días, sensei-respondieron en coro los chicos.
Así empezó, cada uno tomó sus posiciones. Hubo un gran progreso en todos, cada día maniobraban sus armas con mayor maestría, pero claro, el ninja azul tenía la delantera.
-Hijos míos, combate en parejas-dio unos golpes con el bastón, los chicos asintieron-Miguel Ángel con Donatello, Rafael con Leonardo.
-¡Hai!, sensei.
Se colocaron en frente de su maestro-Miguel Ángel y Donatello primero-el de morado giró su bo y cargó contra el de naranja, quien lo esquivó con agilidad-¡Ja, ja! A que no me das Donnie-volvió a esquivar-¡Ya lo veremos!
Pasaron los minutos, estaban parejos. Leo los observaba con orgullo, sus hermanitos mejoraban. Eso le hizo recordar las largas horas en las que él les aleccionaba y les corregía, siempre que tenían dudas en la formación venían a él, que gustosamente les ayudaba, aún más que su sensei. La razón era que no sentían que podrían abrirse a su maestro de la misma forma de que se abrían a Leonardo.
Se escuchó una caída.
-¡Yame!-se escuchó la voz de Splinter.
-Decías Mikey-Donnie lo había mandado al suelo con un golpe en su costado y una patada giratoria, todo con asombrosa precisión.
-Nada genial, amigo-el menor hizo un puchero cruzándose de brazos.
-Excelente Donatello. Miguel Ángel, debes prestar más atención y concentrarte. El enemigo no tendrá piedad en batalla-Leonardo estuvo totalmente de acuerdo con dicha declaración, pues, ¿qué se podía esperar de gente que busca como aniquilarte y destruir a tu familia?
¿Te atreves a bajar la guardia?
-Hai, sensei-asintió Mikey y bajó la cabeza, Donnie le puso un brazo alrededor de los hombros para después sentarse al lado del maestro Splinter
-Rafael, Leonardo. Su turno.
Las tortugas mayores se posicionaron en el centro del dojo, sacando sus peligrosas armas y estudiándose con la mirada, buscando la manera de llevar al contrario hacia el piso en el menor tiempo posible. Sus músculos se tensaron, anhelando descargar un par de puñetazos y patadas a su oponente; sus corazones empezaron a bombear sangre con velocidad. Definitivamente, esto sería entretenido.
-¡Hajime!
El primero en arremeter contra el otro fue Rafa, dio vuelta a sus sais y los puso en frente de sí mismo, topando con las katanas de Leonardo. Los dos empujaron fuertemente, intentando hacer retroceder a su rival, sin embargo, por lo que en ese momento se veía, ninguno iba a ceder tan fácilmente. Si algo tenían en común estos dos, es que eran igual de tercos.
-¡¿Qué pasa, sin miedo?!-se burlaba Rafael, que novedad ¿no?-¡¿Cansado?!
El de azul no respondió a ninguna de sus molestosas preguntas, solo lo hacía para provocarlo y él no le daría ese gusto. Mantuvo una expresión facial neutra, no obstante, determinada. Cuando visualizó una abertura en su defensa, atacó con precisión en el área deseada. Logrando que este le diera espacio para realizar otro ataque mientras se reponía. Guardó sus armas, no las necesitaría. Eligió un gancho justo donde debía estar la oreja, consiguiendo que quede desorientado por unos segundos. Segundos muy valiosos utilizados para darle con su rodilla en el estómago, sacándole el aire. Se alejó unos pasos y se colocó en defensa. Tenía algo en mente, al parecer leer libros de estrategia no fue una pérdida de tiempo, como dirían sus hermanos.
Rafa sacudió la cabeza y volvió a la lucha, Leo ya lo esperaba para aplicarle una llave, que fue un éxito y consecutivamente una patada en la columna vertebral, en la cual midió su fuerza para no causar daños severos a su hermanito. Los ojos azul océano viajaban por todo el cuerpo de el de rojo, planificando su siguiente jugada. Rafael, enfurecido volvió a la carga, solamente para que el de azul se agachara y pasara entre sus piernas.
-¡Rrrrrrrr! ¡Quédate quieto! -Leo tomó impulso del suelo con las manos para pararse y justo a tiempo, porque lo siguiente que hizo fue una patada debajo de la barbilla que mandó a Rafa a revolcarse en el suelo, sacó nuevamente su juego de hojas mortales. Con la celeridad intachable de un guepardo lo alcanzó en el tatami y con una mano lo sostuvo ahí con un agarre que haría a un tigre orgulloso, estaba a su merced. Eliminó los sais. Empuñó su katana y la colocó en el cuello de su oponente. Se acabó el partido, obtuvo su triunfo.
-¡Yame!
Se levantó con su natural elegancia y efectuó una reverencia, que fue correspondida por el contrario. Se arrodilló al frente de su sensei, mantuvo una firme postura que mostraba su lado maduro, un futuro líder de uno de los grandes clanes ninja que han existido.
Rafael, de mala gana se puso de pie.
-Bien, hijos míos. Sigamos con su entrenamiento.
Asintiendo los jóvenes, con movimientos gráciles, continuaron con sus katas. Claro, que de vez en cuando recibían una corrección de su maestro. No obstante, el nivel de desempeño fue el esperado. El sensei observaba atentamente, su atenta mirada los repasó uno por uno. Ya no eran niños, y eso le asustaba. Eso es a lo que más teme un padre: ver a sus hijos pequeños crecer. Alejarse de la seguridad de sus brazos.
Finalmente llegó a Leonardo, su hijo mayor. Como siempre fue el más destacado. Nadie le tomaría en serio, si les dijera que este muchachito se hallaba en los niveles casi profesionales de un ninja consumado. Entrecerró los ojos para admirar con mayor definición sus movimientos. Hasta que observó algo que no se había fijado antes. Una cicatriz. Sus pupilas se dilataron, formulando unas preguntas ¿qué?
Acaso no te diste cuenta…
Bajó su mirada hacia el tatami, como si fuera lo más interesante de todo el doyo. Su hijo tenía una cicatriz, una cicatriz. Se supone que no tenía que preocuparse, pues, todo guerrero recibía un número de ellas en combate, era normal... ¿no? Pero, uno tan joven como el. Se le hacía inaudito, INACEPTABLE. Instantáneamente, su memoria le echó en cara la imagen de la vez en que casi muere, por un desgraciado que le disparó con una bala, que susto. Centrado de nueva cuenta, se recordó en que hombro salió herido y, sin embargo, la cicatriz no estaba en ese bendito hombro, sino en el otro. Marcado. Sus ojos se abrieron como platos ante la revelación y surgió, una vez más, unas preguntas…
¡¿Qué demonios le pasó para obtenerla en su piel?!
¡¿Quién le hizo eso a su hijo?!
Controlando sus demonios internos y las ganas de agarrar a Leonardo, su hijo, por los hombros para que le dé una MUY buena explicación. Volvió su mirada a el, que en ese momento parecía una combinación. La primera era de esas que ponen las grandes mentes cuando están en medio de un problema complejo con números y letras que necesita toda su atención para tener la respuesta deseada, y la segunda era la intensa y calculadora que pone un asesino o un depredador mientras estudia a su presa para tomar nota de cualquier debilidad para llevarla hacia abajo. Y bueno, ¿con que se encontró?
¡Con un mayor número de ellas que las tenía de pies a cabeza!
Es peor de lo que crees…
Pero, la gran mayoría parecían de hace mucho tiempo, y si eran de hace mucho tiempo ¿Por qué no se vio por enterado? Donatello siempre le ponía al tanto del estado de salud de la familia, por ser el único de ellos que poseía el conocimiento suficiente para ser un médico. Tendría que buscar respuestas. Sacudió la cabeza y se dirigió a sus hijos.
-Hijos míos, el entrenamiento ha terminado.
-¡Sí!
-¡Yeah!
-¡Finalmente!
Las tres tortugas menores salieron como torpedos hacia la sala de estar, ya que acordaron tener un maratón de películas. Mientras que Leonardo salía caminando tranquilamente, directo a su habitación y lejos de la mirada del maestro Splinter. Desde la mitad del entrenamiento no paraba de verlo ¿Será que hizo algo mal?
Esperaba que no, no quería decepcionar a su sensei. Entró a su cuarto y cerró la puerta con llave. Privacidad, dulce y lindad privacidad. Todavía tenía que ver como deshacerse de esa pesadilla, pero, ¿lo dejará en paz o volverá peor que antes?
Tantas preguntas sin respuesta.
No bajes la guardia…
Disfrute un chorro escribir esto, espero que haya sido de su agrado. Perdón por no actualizar antes, es que tenía asuntos personales que tratar. Gracias a:
QueenInBlue
Rose Black Dragon
Marialis Collazo
I Love Kittens too
Dragonazabache
Crystal Violeta
yukio87
marisa y monyer
Invaso'rs Queen
WakaiShenshi
Y a todos los demás que me siguen y comentan sobre esta historia. Los quiero a todos. Nos leemos y besos.
SAYONARA
Atte. Aleutica Chikayra Hamato.
