KONICHIWA
A todos mis seguidores, les agradezco su paciencia. En serio, no he podido actualizar porque una personita me agarró la computadora y la echó a perder, junto con mis otros tres capítulos no terminados que iba a subir. Y bueno, ya saben, tuve que volver e escribir desde cero en hojas de papel y tener que ahorrar para otra computadora. Con lo cara que está la tecnología hoy en día, ya se lo imaginan. Ahora que di mi reporte y sin nada más que decir…
CORRE CINTA
Llegó la tarde con la combinación, en su mayoría, de colores rojo, naranja y amarillo; que juntos creaban un espectáculo que no dejaba de maravillar a la población de cada sitio del planeta por generaciones, además, de que preparaban el cielo para recibir la fría noche cuya estelar de su show era la luna, vestida con su blancura singular y detrás de ella le seguían su coro, las estrellas, quienes fielmente titilaban en armonía junto con ella.
Un nuevo infierno…
En las profundas alcantarillas, se filtraban tiernos rayos de luz que daban alegría a este mundo gris y negro de túneles. Logrando topar con la cabeza de un roedor mutante que sentado bajo ellos, meditaba en el centro del dojo de la guarida que albergaba al viejo Clan Hamato, con sus integrantes, unas muy hábiles tortugas y su maestro ninja. El árbol, aun después de tantos años, seguía erguido en el centro de aquella habitación. Dándole prestigio y belleza. No importaba cuantas veces se le cayeran las hojas o una que otra ramita que necesitara ser barrida, nadie se atrevía a cortar sus raíces y exprimirle la vida así a la gran planta. Simplemente no podían, estaba aquí desde antes que los ocupantes decidieran levantar su hogar ahí, y al verlo los jóvenes no paraban de admirarlo con ojos soñadores. Porque, al ser mutantes no podían dar un paseo por el parque, respirar aire puro y no el apestoso de las alcantarillas.
Que consumirá todo…
Splinter, abrió sus ojos cafés lentamente con cansancio, la meditación no fue lo que esperó. No facilitaba olvidar las cicatrices de hace unas cuantas horas atrás en el entrenamiento de sus discípulos. Su hijo de azul apareció con cicatrices, con marcas, con heridas, con impresiones, con heridas en su joven piel; de no haber sido por su vista, mejorada por la mutación, de maestro ninja se le habría escapado ese "detallito". DETALLITO, que no paraba de estrujarle el corazón y amenazarlo de partirlo en dos.
¡¿Por qué no lo vio antes?!
¡¿Por qué no se le había informado?!
Estrujó sus manos que descansaban sobre sus piernas cruzadas, convirtiéndolas en unos puños casi completamente blancos por la fuerza aplicada en ellos.
¿Ahora ya tienes abiertos los ojos?
¿Qué debía hacer?
¿Ir inmediatamente con Leonardo y preguntarle directamente?
¿O con Donatello?
Si fuera con uno o con el otro no sabría cómo formar la pregunta que le aquejaba. En mucho, mucho tiempo, no ha tenido que charlar con uno de ellos a solas sobre un asunto delicado que no sea el entrenamiento o las misiones en la superficie. Desde que sus niños cumplieron ocho años, no los trataba. Tuvo que dejar que cometieran errores y que ellos mismos los resolvieran, en el mundo donde vivían no existiría compasión de sus adversarios. Tuvo que ver que se fortalecieran para sobrevivir. Porque puede ser que algún día él no estuviera vivo. Entonces…
¿Qué harían ellos?
¿Cómo conseguirían su alimento?
¿Sabrían en dónde tomar el agua más limpia para no acabar con parásitos estomacales?
¿Tendrían idea de cómo evitar ser vistos por los seres humanos?
¡¿Qué pasará si Destructor los atrapa?!
Esas y miles de millones de preguntas, le rondaban en su cabeza peluda cada vez que se despertaba, en cada mañana de cada uno de los trescientos sesenta y cinco días del condenado año. No podía perderlos, no podía, no podía, no podía y NO PODÍA.
¿Qué descubriste?
Años atrás…
Fue un hombre, fue un humano. Uno que estuvo casado con la mujer que todo varón deseaba para sí mismo; una con ojos tan brillantes, con manos y piel de porcelana, una larga cabellera del color de la noche hasta la espalda, una sonrisa que te alegraba la mañana. Sí, aún después de que se declararon su amor, no dejaba de sentirse agradecido de que lo escogiera. Alegría fue que, a meses de su boda hayan sido bendecidos con el nacimiento de una linda bebé, su Miwa, su hija pequeña. Niña hermosa con delgados mechones cubriendo su cabeza, ojos inocentes y llenos de vida y una dulce risita. Esa fue su familia cuando no tenía pelos a montón por todo el cuerpo y tener que vivir en las alcantarillas.
Familia que se le fue arrebatada por quien era hace años su hermano. Con el creció y entrenó, y como si eso no valiera nada, no lo pensó dos veces antes de ir a su casa en medio de la noche y prenderle fuego, sólo en un intento de asesinarlo con un sable. Que obviamente no lo consiguió, ya que su amada esposa, Tang Shen, se interpuso en su camino. El frío metal la atravesó, dio un último suspiro con su bello rostro en agonía y cayó con un ruido sordo sobre al piso decorado con su sangre. Una imagen aterradora tatuada en su memoria, únicamente comparada con el hecho de no encontrar a Miwa.
¿No te gustó?
Día tras día… noche tras noche… pesadilla tras pesadilla.
Pues, sorpresa. Estás solo…
Los meses siguientes a la tragedia fueron de sumo dolor. Y él sólo recurría a las lágrimas y sollozos callados, no tenía a nadie. Su clan fue asesinado el mismo asqueroso día, donde estaban sus amigos de la infancia, los hombres trabajadores que se pasaban horas entrenando para la próxima batalla, las mujeres que felizmente escuchaban a sus hijos y los metían en sus camas con arrullos suaves. Sin olvidar, claro, a sus padres.
… perdido
El único remedio fue irse del país.
Pero, eso no quedó ahí…
A un lugar desconocido donde empezar de nuevo. Ya casi había perdido la esperanza, de no ser por sus nuevos hijos. Sí, hijos.
Te levantaste…
SUS HIJOS.
A los que amaba con todo su ser.
Que el Ángel de la Muerte o incluso El Diablo mismo viniera en persona si le daba la gana, pero el no tomaría a lo más preciado que poseía en el mundo. Primero tendría que matarlo, o sea, pasar sobre él, si quería tomar a sus jóvenes. Él los protegería, los protegería de todo tipo de peligro y de todos aquellos que tuvieran el suficiente valor (y estupidez) de atreverse a siquiera verlos con malas intenciones.
Encontraste un camino…
Desde el momento que los vio por primera vez, supo que eran suyos.
Supo que eran sus hijos. Supo que ÉL era el padre de esos niños. Cómo olvidarlo. Cómo olvidar lo que realmente le sucedió a él y a sus hijos. Él, apenas llegando al continente americano y bajando del avión, llamó al primer taxi que se acercó, se subió y se dirigió a la moderna Nueva York.
La que cada año atraía con sus magníficos museos, sus lindos parques, costosas tiendas y un sinfín de monumentos históricos (entre ellos, la grandiosa Estatua de La Libertad), a turistas a nivel mundial. Obviamente, un buen lugar para que viva un hombre destrozado y con ganas de una fresca perspectiva. Compró una casa pequeña, pues no veía el caso de una amplia, aunque tuviera el dinero, se encontraba sin familia, el espacio no cabía (o mejor, no existía) en la lista de necesidades plasmada en su cabeza de memoria. Ya instalado fue a recorrer las concurridas calles, intentado perderse en la multitud; como si fuera uno más de ellos, uno más que solo salía del trabajo para pasar a una cafetería a tomar un café por el estrés del día, uno más que gritaba a viva voz los descuentos para que las gentes vengan como hormigas al pan a su tienda, uno más que no podía esperar a que el semáforo se dignara a cambiar de color para seguir su camino y recoger a sus niños en la escuela, uno más que con portafolio en manos iba presuroso a la siguiente junta de la empresa, uno más… sólo quería ser uno más.
Volver a la normalidad. Al tiempo en que cansado de dar sus clases de ninjutsu, se tiraba en su cama al lado de su amada esposa, quien con ternura lo besaría y le pondría en su pecho a su bebé para que jugara un ratito con ella haciendo caras graciosas. Si el poder de regresar el tiempo le perteneciera… para volver atrás. Pero no es posible, están muertas, muertas. Y no puede quedarse atrás, no debe quedarse atrás, el camino correcto era seguir, al frente, al frente en todo momento.
Sin pensarlo, entró en Central Park donde presenció su gran dolor, una familia, una familia feliz. Sentada en el mantel típico de cuadros junto a una cesta de picnic repleta de bocadillos y manjares bajo un frondoso árbol. Que con sus fuetes ramas y delicadas hojitas mantenían a la familia fuera del caluroso sol. Eran tres los integrantes, una mujer de cabellos rizados dorados, un hombre de ancho pecho moreno y una pequeña niña, con el cabello idéntico a la madre y los ojos avellana, iguales a los de su padre.
Un nuevo rumbo…
El impacto fue tal que, corrió con toda la energía que pudieran reunir sus piernas. Al parar su ajetreada carrera, se ubicó al otro extremo de la ciudad. Además, en un tiempo record. Respiró con dificultad. Dios, como dolía. Aún tenía los pulmones sofocados y el corazón palpitando. Tocó su cara con su mano, las lágrimas, en su punto de quiebre, pedían descender por sus mejillas como el agua por una cascada, el hombre se negaba a ceder.
Cambiando el rumbo de su lento paso, giró a la derecha para encontrarse con una escena no común. Unos hombres de traje, seis aproximadamente, traían consigo a cuatro pequeñas tortugas, por su tamaño, diría que sólo abrían visto la luz hace unos minutos. En un contenedor sellado y con agujeros para permitir que vivan los recién nacidos.
-Kraang, ¿Dónde está el conocido como contacto que Kraang y Kraang debían contactar en este lugar conocido como callejón?-pidió el primer hombre, seguramente el jefe.
-Kraang no posee el conocimiento que Kraang solicita a Kraang.
Su forma de hablar le extrañó muchísimo, sus instintos de maestro ninja activaron sus sentidos de alarma. Terminar metido con una banda no era una opción, puede que sea un experto en combate, pero no es tonto. El enemigo nunca debe ser subestimado. Lentamente se dispuso a regresar por donde vino, un pie a la vez, aún los tipos en lo suyo, no prestaron atención a la sombra que se deslizaba a su lado. Ya estaba a dos pasos de ser capaz de dar media vuelta y correr de nueva cuenta. Cuando, por mala suerte, una rata de pelaje castaño y rayas negras se atravesó justo en el mismo sitio que asentaba su talón, le pisó la cola. El roedor soltó un chillido agudo y rascuñó con sus garras su tobillo. ¡Oh, no! Eso no era bueno en lo absoluto…
-Kraang, detén al humano, en este momento, conocido como testigo.
-Kraang hará lo que Kraang ordenó.
Comenzaron a rodearlo tres de ellos, los demás aún en estricto control de las criaturas. Tomando nota, del dato, formuló una manera de salir del lío con las tortugas. Uno de ellos por fin se animó, y con su arma disparó. Usando sus piernas y el suelo dio un gran salto, pasando por encima, no sin antes haber dado tremenda patada en la nuca del tipo. Rápidamente, se unieron sus compañeros, se escucharon disparos (que fueron ágilmente esquivados), choques y gritos.
Un soporte…
Él los venció, no quedó ninguno de pie, pero aún sus instintos seguían inquietos. Todavía había peligro, levantando la vista examinó el resto del callejón.
Silencio… es todo lo que se oía.
Nada… era lo que veía.
No se tranquilizó, con cuidado arrebató el contenedor del… ¿robot? A cada uno de sus contrincantes le salían chispas, otra razón para desaparecer. Emprendió su camino de vuelta casa con las tortuguitas, que decidió adoptar, tal vez con ellas no se sentiría tan solo.
No llegó muy lejos…
¡FLAP!
Cayó al suelo.
-Kraang, obtén al conocido como testigo, que deberá ser presentado a Kraang Supremo.
-Kraang, llevará al conocido como testigo a Kraang Supremo.
Ambos se movilizaron, llevando hombre hacia su vehículo, que resultó ser una camioneta blanca, con neumáticos gruesos y una rara impresión a su costado. Abrieron las puertas con ahínco, esposaron al humano en la parte trasera. Las bebés tortugas, ahora asustadas, en posesión de uno de aquellos extraños seres, no paraban de temblar.
-Kraang, enciende la denominada como camioneta-dijo la voz robótica del individuo sentado en el asiento del copiloto.
La orden obtuvo como respuesta el rugido del motor. Partieron sin demora…
El viaje duró apenas diez minutos antes de que se alzara ante ellos el edificio TCRI, situado en el centro de Nueva York y que llamaba la atención por su interesante diseño. Pertenecía a una antiquísima compañía que fue evolucionando con el pasar de los años, que como todas, anduvo por caídas en ciertas épocas, sin embargo, ahí estaba erguido en toda su gloria. Gozando observar las miradas furiosas de los otros edificios no tan prestigiosos. Abriendo sus puertas de vidrio, dio la calurosa bienvenida con guardias armados.
Los sentados en la camioneta, bajaron con armas en ristre. Uno de los guardias se acercó al piloto de la blancuzca nave-¿Qué trae Kraang en el vehículo llamado camioneta?-preguntó presurosamente-Al humano que descubrió a Kraang y Kraang esperando al conocido como contacto, y los reptiles conocidos como tortugas que serán, próximamente, los conocidos como sujetos de prueba para el propósito de Kraang Supremo.
Juntos sacaron sus prisioneros. Hamato Yoshi, esposado de pies y manos, era cargado por tres de ellos-Llévenlos al último piso-el sujeto de la izquierda, siendo el último al entrar al ascensor, pulsó el botón señalado. El ruido de traslado despertó al cautivo, no obstante, era imposible realizar cualquier maniobra de escape de alguna forma, lo que le dispararon lo tornó impotente.
Se escuchó el traqueteo de los cables forzados por la cantidad de peso a soportar.
¡TRACK, TRACK…!
Paró de momento, se oyó un chasquido y las compuertas se separaron. Dando camino a que entre en la cabina un gas verdoso. El hombre japonés presente, empezó a toser y poco a poco dejar de respirar. ¡Esa cosa lo iba a matar sino se hacía algo!
Una motivación…
-¡Kraang, coloca el objeto llamado mascarilla!
Se le colocó, el color volvió al rostro de Yoshi cubierto por sudor y cabellos despeinados que caían por su frente. Tomó el aire de la mascarilla con alarma. ¡Que gusto poder respirar! Su mirada se posó en las pequeñas tortugas, quienes fueron puestas en una distinta jaula de contención para que reciban el necesitado oxígeno.
DIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII…
-¡Llamada de Kraang Supremo!-gritó uno de los responsables de que casi se ahogara con el gas infernal, a lo que sus compañeros respondieron con júbilo marchando como si de un desfile militar se tratase y entonando todos en coro…
-¡KRAANG, KRAANG, KRAANG, KRAANG…!
Y bueno, ¡¿Qué les pareció?!
No se preocupen que vendrá mucho más, recuerden que prometí terminar TODAS mis historias. Así que relájense, den sus fabulosos comentarios y disfruten.
Quiero dar las gracias a: TsukihimePrincess, Rocio, Rose Black Dragon, WakaiSenshi, yukio87, leolover313, QueenInBlue, Marialis Collazo, I Love Kittens too, dragonazabache, Crystal Violeta, marisa y monyer, invaso'rs Queen, Nightcathybrid, walkergrimes, karai saki, etc. A todos los que me siguen.
Me despido, mis amigos. Nos leemos y besos.
Ja, ja, ja.
SAYONARA
Atte. Aleutica Chikayra Hamato.
