II
Viviendo en cualquier lugar de las tristes concesiones de Shangai, uno difícilmente advertía el paso de los días o el cambio de las estaciones, y en la barriada donde estaba la calle de abolladura yo sólo me percataba de que mi andrajosa túnica se estaba haciendo más y más pesada día tras día, hasta que de pronto me di cuenta de que la primavera debía de estar ya bastante vieja, como reza el dicho.
Pero yo –con mi cartera magra- no me hallaba en condiciones de ir a ninguna parte. Todo cuanto estaba en mis manos hacer era seguir sentado junto a mi lámpara, día y noche, en la pieza oscura. Un día me encontraba allí, como de costumbre, cuando llego mi vecina con dos paquetes pequeños. Al pararme con el objeto de darle paso, dejo uno de ellos sobre mi escritorio y dijo con voz suave y meticulosa.
-Es un poco de pan de pasas para,…. tt, usted. –hablaba con voz trémula pero paso a sonar mas animada en sus próximas palabras, mientras la yo la miraba con atención y curiosidad –También compre unos plátanos ¿Quieres entrar y compartirlos conmigo? –
Termino sonriendo involuntariamente.
Le detuve el paquete mientras abría la puerta y me conducía a su cuarto. Habíamos sido vecinos alrededor de dos semanas y al parecer había llegado a considérame un hombre honesto y respetable. El temor y la sospecha inicial fue reemplazo por una sonrisa confortable y calida. Sus ojos aun mas claros que la primera vez brillaban de con estelas en la oscuridad, sin embrago eran opacadas por una tristeza inexplicable.
Al entrar en su cuarto pude darme cuenta de que afuera aun no oscurecía. Declinantes rayos de sol llegaban por una ventana que daba al sur, y vi que tenia hecho una cama con dos tablones, una mesita de laca negra contra la pared, un baúl de madera y un piso redondo. No tenia mosquitero, pero dos limpias colchas de algodón cubrían la cama. Una cajita de lata sobre la mesa guardaba posiblemente sus cosas de tocador; estaba salpicada con manchas de grasa. Recogió algunas prendas que estaban esparcidas por el piso y me invito a sentarme. Me sentí un poco turbado por el alboroto calido y hospitalario con que me acogía. En ese momento, vino a mi mente, como una estrella fugas, la idea de que ella seria una excelente anfitriona y ama de casa.
-¡Somos vecinos tan cercanos! Por favor no tenga ceremonias conmigo –le dije.
-No las tengo. Pero siempre te levantas para cuando yo llego, para dejarme pasar. De veras me siento muy reconocida –finalizo con una sonrisa.
Diciendo esto, deshizo el paquete, me ofreció un plato, que acepte, y pelo uno para ella. Mientras comíamos se sentó en al cama.
-¿Por qué se la pasa sentado ahí, en lugar de salir a buscar un trabajo? –pregunto mas por curiosidad que nada.
-Quiero trabajar y he buscado en todas partes, pero no he hallado nada.
-¿No tienes amigos que puedan ayudarte?
-Sí, que tuve amigos, pero en estos tiempo de vacas flacas no manifiestan mucho interés por verme…
Haciendo una mueca graciosa -Esos no son amigos… Pero dime ¿Has estudiado algo?
-Si. Pase algunos años en una escuela extranjera y aprendí varios idiomas.
-¿Dónde esta tu familia? ¿Por qué no vas a casa?
A esas alturas sus preguntas me hicieron ver de pronto lo que e realidad me estaba pasando. En los últimos seis meses, mas o menos, me estaba simplemente consumiendo día a día y ya había olvidado hasta tales cosas como ¿Quién soy?, ¿Qué estoy haciendo?, ¿Estoy triste o feliz?
Mi mente estaba llena de todas las dificultades por las que había atravesado durante estos meses, de modo que solo pude mirarla con torpeza, incapaz de decir alguna palabra. Mi expresión debió hacerle creer, cosa que no era tan equivoca, que yo era una vagabundo sin hogar, ni familia. También en su rostro se reflejo un dejo de tristeza y soledad, quizás superiores al que reflejo que se vislumbraba en los míos.
-Entonces tu estas tan solo como yo –dijo en un suspiro y cayó, como yo, en silencio. Vi como sus ojos cristalinos estaban humedeciendo e intente cambiar de tema rápidamente.
-¿Qué hace en la fabrica?
-Empaqueto cigarrillos –dijo monótonamente
-¿Cuántas hora trabaja?
-Comenzamos a las siente y terminamos a las seis, con una hora libre para almorzar… Diez horas diarias. Nos pagan por hora y tenemos que cumplir la cuota o nos multan.
-¿Cuánto pagan al mes?
-Nueve yinyuanes al mes. Tres yinyuanes por 10 dias.
-¿Y cuanto gasta en alimentarse?
-Cuatro yinyuanes al mes
-Si no pierde nada de tiempo, le quedan entonces cinco yinyuanes para traer a casa ¿no? ¿Le alcanza eso para pagar el arriendo y vestirse?
-¡Por supuesto que no! Encima tener que soportar a ese capataz que es…. –se estremecio. -¡Detesto la fabrica! ¿Fumas?
-Si
-Ojala no fumara. Pero si tiene que hacerlo, por favor no elija los cigarrillos de esa horrible fabrica a la cual odio tanto. ¡Odio todo lo que hay en ella!
Comprendí lo hastiada que estaba y no se e ocurrió que decirle. Termine el plátano y le eche una ojeada al lugar. También allí estaba oscureciendo. Me pare, agradecí y regrese a mi cuarto.
Por lo general, debido a lo exhausta que la dejaba el día de trabajo, ella se acostaba porco después de llegar; esa noche la escuche trajinar en su pieza durante mucho rato. No se acostó hasta pasada la medianoche. Desde esa ocasión siempre conversábamos algunas palabras a su regreso; así supe todo lo referido a ella.
Se llamaba Kaoru Kamiya, su madre era japonesa y su padre chino, pero debido a problemas familiares se crió en Suchow y había crecido en las afueras de un pueblo de Shangai. Su padre trabajo también en la fábrica, pero había muerto el otoño anterior, no hacia muchos meses. Cuando estaba vivo, compartían ese mismo cuartucho miserable y se iban juntos al trabajo todos lo día, según ella, tenían una vida tranquila.
Desde la muerte de su padre estaba completamente sola. El primer mes se iba llorando todo el camino hasta la fábrica y por las tardes volvía también con las mejillas húmedas de lágrimas. Tenia apenas diecisiete años y no contaba con hermanos ni hermanas, ni familiares directos. Nuestro viejo patrón de abajo había arreglado por su entera cuenta el funeral y el entierro, para lo cual, ates de morir su padre le había entregado quince yinyuanes.
-Es un buen hombre –me dijo-. Nunca ha mostrado malas intenciones con respecto a mi, por lo cual he podido seguir trabajando igual que antes de morir papá- Pero no puedo decir lo mismo del -bastardo –mascullo por lo bajo - Tipo malvado de la fábrica, es uno de los capataces y sabe que mi padre ha muerto e intenta aprovecharse de mi.
