III

El tiempo parecía haber cambiado. En los últimos días el mal ventilado y turbio cuartucho que constituía mi único mundo se había puesto estrecho y caluroso como un húmedo horno de vapor. Tan opresivo era, que me mareaba y me producía náuseas. En ciertas épocas del año, especialmente hacia fines de la primavera, mis nervios solían llevarme casi hasta la locura. Comencé ahora a salir y dar largas caminatas solo, por la noche, cuando ya las calles quedaban tranquilas. Vagando solitario bajo la estrecha franja de ese cielo azul oscuro, miraba las estrellas y dejaba que mi pensamiento remontara en fantasías. Eso era bueno para mi salud. Durante estas intoxicantes noches de primavera, cuando me sentía arrebatado, solía vagar hasta cerca del alba antes de volver a la cama. Descubrí que después de estas vagancias agobiadoras, podía dormir hasta el mediodía, a veces hasta más, en realidad, casi hasta la hora en que llegaba Kaoru del trabajo. Después de estas horas de buen sueño empecé a sentirme como una persona nueva. Por lo general, nunca lograba comer más de media libra de pan, pero desde que comencé mis ejercicios de medianoche, el apetito mejoró hasta que me encontré comiendo el doble. Aunque esto significaba un severo golpe a mi presupuesto, mi cerebro, nutrido por estas raciones aumentadas, fue capaz de concentrarse mucho mejor. Luego de esos vagares nocturnos y antes de acostarme, logré escribir un par de cuentos al estilo de Edgar Allan Poe. Al releerlos me pareció que no estaban mal. Después de numerosas correcciones y de pasarlos en limpio, los envié. No podía evitar una leve esperanza en ellos, pese a que ninguna noticia me había llegado de las traducciones que enviara tiempo atrás. A los pocos días de mandarlos, me olvidé también de los cuentos.

En cuanto a mi vecina Kaoru-dono, sólo la veía ocasionalmente cuando llegaba del trabajo, ya que cuando partía, en la mañana, yo estaba, por lo general, profundamente dormido. Por alguna razón, su actitud hacia mí había vuelto a aquella primera, de temor y sospecha. A veces me lanzaba unas miradas penetrantes, como si sus ojos límpidos y oscuros quisieran entre reprocharme y advertirme.

Ya habían transcurrido tres semanas desde mi cambio a la barriada. Una tarde, cuando acababa de encender la vela y leía una novela que había comprado de segunda mano, Kaoru subió apresurada la escala y se detuvo frente a mí.

— ¡Hay un cartero abajo y te busca a ti! Trae una carta por la que tienes que firmar.

La expresión de temor y sospecha en su rostro se manifestó más que nunca. Parecía estar diciendo: "Ah, te han descubierto". Molesto por esta actitud suya, le dije severamente:

— ¿Una carta? ¿Quién me va a escribir? No puede ser para mí.

Mi reacción indignada la hizo sentirse triunfante.

— Velo por ti mismo —dijo fríamente—. Sólo tu sabes lo que hiciste.

Mientras decía esto, oí la voz del cartero desde abajo, gritando impaciente:

— ¡Carta certificada!

Al recibir la carta, mi corazón empezó a saltar. Una de mis traducciones había sido aceptada por una revista y me enviaban un giro postal para cobrar cinco yinyuanes. Mi cartera estaba ya muy vacía y esto significaba que podría pagar el arriendo a fin de mes y guardar algo para sobrevivir unos cuantos días. La necesidad que tenía de esos cinco yinyuanes era más grande de lo que nadie hubiese podido imaginar.

La tarde siguiente fui al correo y cobré mi giro. Breves momentos en la calle bajo un sol fuerte y me hallé empapado de transpiración. Miré a la gente a mi alrededor, luego me miré yo mismo y sentí vergüenza. Las gotas de sudor me caían como lluvia de la cabeza y el cuello. Cuando vagaba por las noches, no había sol y la nocturna brisa fresca de primavera, mientras recorría callejones después de la medianoche, no era tan incompatible con mi andrajosa túnica guateada, la única prenda que poseía. Pero ahora corría la media tarde de un cálido y soleado día de primavera y yo, como un tonto, no me había percatado de ello, sino que andaba por la calle con el mismo viejo atavío. Naturalmente que cuando me comparé con mis semejantes en la calle, adaptados a los cambios de la estación, me sentí abochornado. En ese instante olvidé por completo el arriendo que en pocos días debía pagar, así como los escasos contenidos de mi cartera, y lentamente me dirigí hacia las tiendas de ropa de la calle Cha. Yo, que no había salido a la luz del día en tanto tiempo, sentí ahora, por un momento, como si hubiese entrado en el paraíso al ver todo el inquieto movimiento y los rickshaws1bajando presurosos por la calle con jóvenes y damas elegantísimos, las lujosas y deslumbrantes vitrinas de las sederías y de los joyeros, y escuché el zumbido de las voces humanas, de pasos y campanas y cuernos. Olvidé mi propia existencia mezquina y tuve deseos de cantar y de brincar tan alegremente como mis semejantes. Sin darme cuenta, comencé a tararear una viejísima melodía de alguna ópera de Pekín. Pero este nirvana pasajero fue de súbito sacudido por las agudas notas de una bocina cuando intentaba cruzar la calle para doblar por Cha. Alcé la vista y me encontré con que un tranvía se precipitaba sobre mí mientras su gordo conductor, asomándose, me miraba indignado.

— ¡Puerco! ¿No tienes ojos? Bien merecerías que te mataran. Por lo demás, tu vida no vale más que la de un perro amarillo.

Salí de mi aturdimiento mientras el tranvía pasaba rugiendo entre una nube de polvo. No sé por qué me eché a reír en una irónica carcajada. De inmediato me di cuenta de que los transeúntes me miraban asombrados y me alejé con la cara muy roja.

Entré a una serie de tiendas, pregunté los precios de algunas túnicas listadas y ofrecí lo que podía pagar. En todas las tiendas por igual, los vendedores parecían entrenados por el mismo patrón. Mirándome ceñudos, uno tras otro me preguntaron:

— ¿No estará bromeando, verdad? Si no tiene para comprarse nada, mejor no nos moleste.

Seguí entrando de tienda en tienda hasta que llegué a un local muy pequeño bastante alejado calle abajo. Me había dado cuenta de que sería imposible obtener una túnica listada por lo que yo podía pagar, de modo que compré una túnica corriente de algodón azul y me la puse ahí mismo.

Con la vieja túnica guateada envuelta en un paquete, caminé a casa silencioso.

"Ahora, sea como sea, el dinero no me alcanzará para nada, así es que bien puedo echar una cana al aire", me dije. Recordé el pan y los plátanos que Kaoru había querido compartir conmigo y me encaminé a una confitería y compré un yinyuán de chocolates, galletas y otras golosinas. Mientras esperaba que el vendedor me hiciera el paquete, recordé que hacía más de un mes que no me bañaba y decidí ir a darme un buen baño.

Cuando volví a la calle de la Abolladura bañado y con mis dos paquetes —el de comestibles y mi túnica vieja—, ya las vitrinas se habían iluminado y circulaban pocas personas por la calle. La brisa fresca del atardecer me hizo tiritar dentro de mi túnica delgada. Una vez en mi cuarto, encendí la vela y miré a la puerta de Kaoru para descubrir que no había regresado todavía. Tenía mucha hambre ya, pero no quería abrir el paquete; quería compartir con ella las golosinas. Cogí al azar un libro y traté de leer, pero a cada rato me sorprendía tragando saliva para contener mi hambre. Tuve la sensación de esperar siglos, y la fatiga acabó por dominarme. Kaoru no llegaba y me quedé dormido encima de los libros.

NOTAS DE AUTOR;

Rickshaw: pequeño carruaje oriental de dos ruedas que es tirado por una persona para transportar a un pasajero.

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