Capítulo 2

Archie y Mopsy se instalaron en una bonita habitación del Hotel El Ensalmo, un establecimiento catalogado internacionalmente como un Tres estrellas y un cometa. Era un edificio del siglo XIX, de ladrillo visto y estilo neomudéjar, sito en un esquinazo entre la Calle del Suspiro y la Calle Raimundo Lulio, en pleno Madrid mágico- castizo.

- Isn't it absolutely delicious? – Exclamó Mopsy contemplando los lustrosos geranios que exponían sus colmillos al sol de primeras horas de la tarde en el balcón de su habitación. Las plantas, como si la hubieran oído, hicieron "ñam ñam" al aire con un orgullo y una altanería que sólo podía encontrarse en las macetas españolas.

- Oh, yes, darling. But not as delicious as you're -. Contestó Archie mientras pasaba sus dedos como sarmientos por los escuálidos brazos de la bruja. Ella se rió durante unos segundos que él aprovechó para pasar a su cintura y, desde ahí, ir subiendo… subiendo… hasta que…

- Stop! You!... – Mientras se sacudía las manos del brujo, eso sí, con poca convicción, ella profirió una especie de gritito.

- What, love? – Archie sabía de sobra que era una pose. Le encantaba que su chica fingiera que se resistía. Insistió en sus caricias, como el vetusto cefalópodo que era, y Mopsy se echó a reír con una risa tonta, un tanto nerviosa.

- Come 'ere, love. Plants and dogs can wait…

- Oh! Ha Ha Ha! What ideas you have, my life!

Como le había pasado a aquellos geranios del balcón, florecía el amor en el invierno de Madrid, mientras las calles mágico-castizas bullían de actividad pre navideña.

El barrio mágico de la capital española era relativamente reciente y, paradójicamente, existía gracias a José Bonaparte. Nunca antes la ciudad había tenido propiamente un barrio mágico hasta que se produjo la ocupación francesa. El hermano de Napoleón, una vez instalado en el trono, se dedicó a eliminar múltiples callejas retorcidas y tirar conventos para abrir espacios, ganándose el sobrenombre de El Rey Plazuelas. Y en esas estaba cuando los magos de la época, hartos de tener los establecimientos mágicos dispersos, vieron el cielo abierto y crearon su propio barrio, una serie de manzanas cuadriculadas que hubieran producido un deleite difícilmente calibrable al mismísimo marqués de Salamanca.

xXxXxXxXx

Las seis de la tarde, y las luces de la ciudad muggle, todas ellas sincronizadas, llenaron las calles de colores, dibujos y palabras.

- ¡Ahí, Cristina! – Exclamó Alberto señalando al frente.- ¡Qué bonitooooo! ¡Halaaaaa! ¡Arriba Cristina, mira arriba! – El abuelo de Cecilia había abierto el techo solar del coche, de manera que los niños también podían mirar por encima de sus cabezas.

- ¡Haz el favor de no tirarme del pelo! – protestó Cecilia con poca convicción. Circulaban por el Paseo de Recoletos y Alberto, nervioso, había metido su mano por un pequeño hueco entre el respaldo y el reposacabezas del asiento del copiloto, aprovechando para juguetear con la melena de su madre, que ya empezaba a estar harta de tanto tirón.

- ¡Uces! – exclamó la benjamina. - ¡Uces! ¡Mami! ¡Us! ¡Ahíííí!

- ¡Es un árbol, Cristina! ¡Un árbol de Navidad! ¡Ja ja jaaaa! – gritó Alberto con un deje de histeria infantil al pasar junto a un cono con dibujos que parecían de Agatha Ruiz de la Prada. La pequeñita frunció el ceño.

- No guta abol vidad… - la niña había decidido, desde que una semana atrás el portero de la finca donde vivían había montado algo que más bien parecía un montón de espumillón de colores con un poco de verde, que no le gustaban los árboles de Navidad. Opinión que, por supuesto, dos de sus hermanos no compartían en absoluto. De la tercera, en esos momentos Cecilia solamente sabía que hasta el año anterior sí habían gozado de su favor, pero sospechaba que protestaría en cuanto pusieran el de casa. Aunque solamente fuera por sentirse en la obligación de protestar.

- ¡Sí te gustan! – Albertó intentó convencer a su hermana.

- No guta.

- ¡Pues te aguantas!

- ¡Alberto! – Aquella misma frase la había oído Cecilia en boca de Isabel unas horas antes. Por nada del mundo quería que Alberto adquiriera, con tantos años de anticipación, ni uno solo de los hábitos de la epidemia adolescente que se cernía en casa, como la gripe A de los muggles.

- Bueno, bueno, haya paz ahí detrás. Si seguís discutiendo no iremos después a La Floriana a merendar. – terció su abuelo.

- ¡Bieeeeeeen! ¡La Florianaaaaaa!

- ¡Urro! ¡Urro!

- ¡Churro, Cristina! ¡Se dice churro!

La Floriana era la más famosa chocolatería del barrio mágico. Allí servían un chocolate Valor espesote y bien negro, hecho con auténtica leche de vaca recién ordeñada y con toda su riquísima sustancia, y unos híbridos de churro y porra que llamaban buñuelitos, y que, bien untados en azúcar, hacían furor entre la gente menuda desde la fundación del local, allá por 1920.

- ¿La Floriana? No me habías dicho nada… - Cecilia interrogó a su abuelo alzando las cejas.

- ¡Anda! Pero ¿Tenía que decirte algo? ¿Qué es una salida de Navidad sin pasar por La Floriana?

- Una sin extras de calorías…

- Como si tú estuvieras gorda.

- Voy teniendo tacos, abuelo, ya no soy lo que era. – Cecilia lo decía en serio. Llevaba dos días siendo saludada por las mañanas por un par de blanquísimas canas que tenían la indecencia de amanecer muy tiesas en su cabeza, para que no le pasaran desapercibidas en absoluto cuando posara sus ojos en el espejo del baño. Con su pelo negro, aquello era una provocación en toda regla. Por parte de las canas, claro está. Llevaba aquellos dos largos días conteniendo la tentación de arrancárselas. No resistiría mucho más.

- Pamplinas. Pero si te empecinas, ya sabes. Como dice Alberto, te aguantas. ¿Verdad, chicos?

- ¡Si! ¡si! ¡siiiiii!

Cecilia medio sonrió. En el fondo, era una verdad como un templo. ¿Qué era una salida de una tarde de Navidad sin parar en La Floriana? Cecilia giró la cabeza y contempló las tiras iluminadas a lo largo de una calle en pendiente. Cuando ella era pequeña, las luces de Navidad muggles se limitaban a unas bombillas gordas de colores que representaban, mal que bien, campanitas y hojas de acebo. Ahora, con los leds y los chips y no sé cuántas zarandanjas más que Alberto le explicaba una y otra vez, había unas creaciones que no tenían nada que envidiar a las hadas encerradas en bolas de cristal, el no va más mágico de sus años infantiles… cuando su abuela se llevaba a todos los nietos a su casa a colocar adornos mágicos y espumillones, a escribir la Carta a los Reyes Magos y después, a merendar en La Floriana… y le entró la melancolía. Miró por la ventanilla pero ya no contempló las luces, enfrascada como estaba en intentar contener una lágrima empeñada en escaparse.

- ¿Tú crees que a ella le gusta que te pongas triste? – Murmuró una voz casi imperceptible en su oído. Cecilia se giró y miró fijamente a su abuelo, que le sonreía inclinado hacia ella aunque sin soltar el volante. Estaban parados en un semáforo y los niños seguían gritando y exclamando en la parte trasera según descubrían ésta o aquella decoración, ajenos a lo que pasaba en los asientos delanteros .

- No, supongo que no… - Murmuró un poco cohibida. Su abuelo hablaba en presente, como si estuviera viva. Y además, ¿Cómo se había dado cuenta de lo que pasaba por su cabeza? El semáforo se abrió y ella volvió a fijar la vista en la ventanilla. Decidió sacar de su mente aquellas extrañas cavilaciones. Si él estaba bien hablando de ella así, entonces aquello estaba bien. Y punto. Y siguieron circulando, en aquel Volvo enorme que su abuela se había comprado un mes antes de… bueno, de que ocurriera aquello.

- Y ahora ¡A nuestro barrio!

- ¡Bien!

xXxXxXxXx

Archie torció el gesto. Había un montón de gente de todo tipo y pelaje. Los había que parecían muggles, aunque supuso que esos eran los españoles, tan poco amigos de las túnicas, las capas y los sombreros picudos para el uso diario. Había brujas con sari que mostraban sonrientes unos chuchos con más de cuatro patas de múltiples colores, mexicanos con pantalones llenos de monedas y sombreros amplios que vendían chihuahuas chilladores, y un grupo demasiado numeroso de orientales bajitos que él, sin preocuparse mucho, calificó inmediatamente como "los chinos".

- ¡Extraordinary! ¡Wonderful! ¡Marvellous! – Mopsy no tenía elogios suficientes para los ejemplares que veía. Si uno era una monada, el siguiente era precioso, y el de más allá una cucada, no importaba que el chucho fuera de raza canina indefinible o una extraña mezcla de perro con algo más que solamente figuraría en un Bestiario. Y de los medievales.

Mopsy se detuvo ante un stand en el que se mostraba una camada de perritos peludos todos dormidos acurrucados.

- Ohhhhhhh! Archie! Look! Aren't they the loveliest puppies you've ever seen?

- Er… yes, darling, yes.- Archie no tenía mucha idea de cómo serían en realidad los perritos. Si es que exactamente eran perritos y no algún tipo de especie híbrida. En ese momento, a él le parecían unas rosquillas peludas gigantes dormidas muy apretadas.

- ¡Ah! English? – Dijo un vendedor cuya cara recordaba vívidamente a un bulldog.

- Er… Scottish.- Contestó Mopsy.

- Do you like them?

- Very much!

Archie pensó que el vendedor tenía acento griego y lo miró con desconfianza.

- Do you want me to wake up one, so that you can see it properly?

- Oh, no, I don't want them to be disturbed in their dreams… they look so peaceful…

- No problem.

Y sin más miramientos, el vendedor enganchó una de las criaturas y la puso ante las narices de Mopsy. El animal se despertó con un aullido.

- Quiet love, quiet. You're beautiful.

El perro miró a Mopsy con expresión alucinada. Archie pensó que era un can bastante feo y puso la mano sobre el hombro de ella, dispuesto a indicarle que mejor miraban por el ala derecha del recinto ferial, donde había leído que exponían unos bonitos perros chinos de pelo de terracota.

- C'mon, my girl. We better move to…

- Grrrrrrrrr

Archie dedicó una mirada muy expresiva al chucho, que le devolvió otro gruñido, esta vez mostrando los dientes más largos y afilados que él jamás de los jamases había visto en un perro.

- GRRRRRRRRR

- He does not bit..

El vendedor no terminó la frase. El perro se revolvió en sus brazos, pugnando por escapar. El mago, incapaz de asir su varita, forcejeó con el perro.

- You! Don't stay just looking. Help me! – bramó dirigiéndose a Archie.

- Help you? You're the boss!

- HELP!

- GRRRRRRRAUUUUUU

- AHHHHHH!