Capítulo 3
El chucho consiguió zafarse del dueño y se lanzó como un embrujo maléfico hacia Mopsy. Archie ni lo pensó. Sacó su varita y le propinó un golpe en todo el hocico.
- ¡Auuuuuuu! - El animal, con un lastimero aullido, encogió el rabo y reculó hasta meterse tras las piernas del dueño.
- C'mon, Darling. Let's go.- Archie cogió del brazo a Mopsy y, con decisión, emprendió la marcha hacia los stands del extremo opuesto. No tenía ni la más mínima intención de permanecer en aquel lugar ni un minuto mas. Y tenía razón. A sus espaldas, el propietario del puesto había visto como el resto de la camada se había despertado sobresaltada. Se pusieron muy nerviosos, empezaron a rugir como bestias pardas y a agitarse cada vez con mayor excitación hasta que, finalmente, uno le propinó un mordisco en el brazo y todos salieron en tromba. El último, el que había recibido el varetazo por parte de Archie, le meó en la pernera del pantalón mientras el pobre hombre vociferaba en un griego incomprensible toda clase de cosas.
El Recinto Ferial Mágico se revolvió por donde fueron pasando aquellos especímenes mezcla de perro y de cualquiera sabía qué clase de bestia fantástica. Como era un pabellón muy grande, en un principio ni Mopsy ni Archie se dieron cuenta de revuelo.
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En el barrio mágico la iluminación y la decoración eran singulares. Este año había unos grandes monolitos de luz, como fuentes, en las calzadas centrales por las que solamente podía circular el tranvía mágico, un medio de transporte muy popular hasta principios del siglo XX, cuando se inauguró el 3M, o Metro Mágico de Madrid, que llevaba a todas partes por el subsuelo, ahora aprovechando la red del metro muggle. El tranvía mágico se recuperaba en las fiestas de Navidad, para solaz de nostálgicos y disfrute de niños, aunque también era algo más peligroso, y cada año había algún accidente que tratar en el Hospital de Enfermedades y Accidentes Mágicos, por lo que Cecilia era reacia a dejar que sus hijos se montaran en él. Este año, fiel a sus convicciones de madre hechicera responsable, volvió a negarles la petición con vehemencia. Alberto no paró de protestar hasta que llegaron hasta la chocolatería.
Como siempre, la Floriana estaba atestada. Y, como siempre, acabaron encontrando una mesa. Cecilia miró sorprendida el mueble. Floriana se había modernizado, cambiando las mesas redondas de siempre por tableros cuadrados, que hacían más fácil unir varias.
El personal era todo familia de la propietaria, normalmente, yernos a los que sometía a un régimen draconiano de trabajo. Uno de ellos, un camareros, sudoroso, trajo una trona para sentar a Cristina. La propia Floriana seguía encargándose de tomar nota de las consumiciones y de la caja. Además, tomaba nota de otras muchas cosas. De hecho, Cecilia hacía años que se preguntaba si no sería legilimens.
- A ver.- dijo la mujer sin más preámbulos.- ¿Don Santiago, usted lo de siempre?
- Si. – contestó el abuelo.
- ¡Urro! ¡urro! – chilló Cristina.
- Una ración de las grandes de buñuelitos.- añadió el mago. Y nos trae por favor un azucarero bien lleno. Y vasos de agua.
- ¡Yo quiero un té con leche! – gritó Alberto.
La Floriana alzó una ceja, pero no levantó el lápiz de la libreta.
- El único niño que conozco que pide té con leche desde los tres años. Aprendido de su padre ¿no?
Cecilia asintió con la cabeza. El mismo comentario, cada vez que paraban por allí. No sabía si Floriana iba con segundas haciendo alusión a la ascendencia muggle del niño por parte de su marido o era una mera observación. Tampoco podía darse por ofendida. La realidad era así, Alberto imitaba a su padre, aficionado al té más que al café.
- Tu, en cambio, 70% de cacao, leche entera y una nube de nata montada ¿no?
- Puedo prescindir de la nata. Y que sea leche desnatada.- Contestó Cecilia. Floriana movió de izquierda a derecha la cabeza sin mirarla siquiera.
- ¿Viene tu hermana por Navidad? – Espetó de pronto.
Cecilia asintió mientras dirigía una mirada interrogadora a su abuelo, que se encogió de hombros. ¿Cómo podía la Floriana conocer vida y milagros de toda la población mágica?
- Éste ya habla mucho mejor. Y creo que tiene menos escapes de magia... . murmuró la señora mientras seguía tomando nota.
Cecilia alzó las cejas. Los problemas de Alberto con la magia accidental y sus interminables sesiones de logopedia también formaban parte del archivo histórico de la población mágica que poseía la Floriana en su cabeza.
- Tienes un par de canas, Cecilia.- dijo antes de chasquear los dedos. – Y por cierto, me fastidia bastante el IVA. Tenemos una inspección.
- Ya lo se. Nos ocupamos.
- Bien.- Y sin más, Floriana se alejó de allí, con su paso un tanto tambaleante. Cecilia la vio desaparecer entre las mesas, camino de la barra. Seguía tal y como la recordaba de su infancia: baja, redonda, con un moño apretado del que no escapaba un pelo y un delantal blanco inmaculado lleno de encajes la mar de cursis.
Cecilia suspiró. Ella era la sub -directora de Tributación muggle del Ministerio, algo así como una Directora General de un Ministerio corriente, un cargo importante, el más elevado al que podía optar sin implicar sus preferencias políticas, cuyas funciones estaban centradas en la regulación de la tributación fiscal de los magos en el régimen general muggle. Aquello requería enviar "asesores" fiscales cada vez que algún establecimiento mágico se veía sometido a una inspección tributaria, para, en caso necesario, "convencer" al inspector de que cosas como los "ojos de tritón" en realidad no existían. Y sí, efectivamente, sabía que antes de fin de año uno de aquellos funcionarios visitaría el establecimiento. Bueno, en realidad, visitaría una pequeña tienda de cafés y chocolates, en el Madrid de los Austrias, la tapadera muggle de la Floriana, que adquiría cantidades industriales de chocolate Valor, leche asturiana y café de colombia.
En mismo camarero se encargó de traer las consumiciones sacando a Cecilia de sus cavilaciones. Los niños se abalanzaron como buitres mientras su abuelo sonreía y ella, que por un momento se había quedado contemplando las bolas que colgaban del techo y que contenían minúsculas hadillas nerviosas soltando constantemente polvillos de colores, al pasar la vista por su taza añoró la leche con toda su nataza y la gran montaña nevada de nata montada que solía colocarle la Floriana desde que podía recordar, y que ella se encargaba de cubrir de azúcar.
Se llevó la taza a los labios, resignada, pero no pudo empezar a beber. Un joven funcionario del Ministerio de Magia entró en la chocolatería como una tromba, mirando a todas partes con desespero. Cuando posó sus ojos en la mesa en la que ellos estaban, la cara se le iluminó y, muy resuelto, encaminó sus pasos hacia allí.
- ¡Menos mal que está usted aquí! – chilló el joven mago.- ¡Tenemos una turbamulta en el Ferial!
- ¿Cómo?
- ¡Los vietnamitas están ahí dentro!
- A ver, tranquilícese y procure explicarse algo mejor.
- A uno le ha mordido una de esas criaturas, sin duda. Y en cuanto a los otros tres, dos están localizados en el techo de un stand y el tercero dicen que lo han visto huyendo despavorido hacia la zona de las instalaciones eléctricas! – soltó el mago sin coger aire apenas.
- Sigo sin entender nada... ¿Hernandez? – Cecilia hizo un esfuerzo por recuperar de la memoria el nombre del mago, un chico que hacía escasamente un par de meses que se había incorporado al Departamento de Regulación y Tráfico de Criaturas Mágicas. El brujo jadeó un poco. Santiago le ofreció su vaso de agua.
- Gra... gracias.- dijo y a continuación se lo bebió entero.
- Unos perros se han escapado de su stand. Han dejado herido al vendedor y hay varias personas con mordiscos. No los han atrapado todavía.
¡Oh, mierda!, pensó Cecilia haciéndose una buena idea de la situación.
- ¡Menos mal que la he encontrado, señora Pizarro!
Sí, menos mal, pensó Cecilia. No veas lo que me alegro. Anteriormente había trabajado en las Relaciones Internacionales. Ahora no era su trabajo ni su responsabilidad, pero tenía una sorprendente capacidad para registrar casi todo lo que ocurría en el Ministerio. Y en ese momento recordó vívidamente que esa mañana había llegado una importante delegación de magos vietnamitas que comenzarían al día siguiente una visita oficial. Ahora resultaba que, en medio de una crisis perruna, ella era la más alta autoridad por el lado español, aunque no estuviera de servicio. Porque en su organización mágica una crisis le devolvía su autoridad inmediatamente.
¡Mierda!, volvió a pensar antes de aferrar con fuerza su varita, plenamente consciente de que tendría que lanzarse a resolver el asunto.
- En cuanto terminen de merendar ¿te importa llevártelos a casa? – dijo dirigiéndose a su abuelo a la vez que se levantaba de la silla y se ponía el anorak. – Y dile a Alberto lo que pasa y que es posible que llegue tarde.
- No te preocupes.- contestó Santiago.
- Portaos bien.- Cecilia se dirigió a sus niños reconviniéndoles, a la vez que les daba un fuerte beso a cada uno.
- Bien, vamos allá.
El joven mago sonrió aliviado. Cecilia le siguió a través del atestado establecimiento fijándose en que tenía rotos los pantalones por varios sitios. Una mancha bastante fea de un rojo sospechosísimo se vislumbraba en su pantorrilla derecha, justo por el agujero de la pernera, que por cierto, tenía la forma perfecta de un soberano mordisco.
