Capítulo 4
Archie y Mopsy contemplaban tranquilamente una dulce camada de "whities", olvidado por completo el incidente en el stand del griego.
- Oh! Wouldn't they be lovely with a tartan coat? – Exclamó ella poniendo los ojos en blanco.
- Yes, darling, surely they would… ¡Ahhh!
Archie no pudo terminar la frase. Una muchedumbre espantada corría hacia ellos como si fuera una estampida. Agarró a Mopsy del cuello del abrigo y la empujó hacia el interior del stand justamente cuando la avalancha de gente los alcanzaba. El mostrador se vino abajo y un mago gordo cayó sobre el vendedor, que empezó a gritar mientras los perritos aullaban.
- What the hell??? – Se preguntó Archie mientras tendía una mano a Mopsy para ayudarla a levantarse. Sentada en el suelo del stand, con las piernas abiertas, el gorro ladeado y rodeada de nerviosos cachorros mientras acariciaba mecánicamente la cabeza del más pequeño de todos ellos, una hembra mimosona y aterrorizada, resultaba una figura un tanto cómica, incluso para los estándares de Archie.
- C'mon, darling. Stand up and let's go back to the hotel. This place's too busy today.
Mopsy iba a replicar algo cuando ambos escucharon el rugido. Era sordo y constante, como el motor de una locomotora. Archie entornó los ojos y volvió a izar la varita mientras con el brazo izquierdo situaba a Mopsy detrás de él.
-Dissaparate… NOW! – Gritó justo cuando la fiera se les abalanzaba. Con un chasquido que recordaba a un hueso quebrándose, Mopsy no se hizo de rogar. Archie, abatido por el animal, intentó primero estrangularlo, pero el bicho tenía un cuello duro como el de un dragón. El aliento asqueroso de la fiera le hizo arrugar la nariz y, sin pensárselo, le escupió. La dentadura postiza superior impactó en el hocico del perro, una zona particularmente sensible, y el animal retrocedió unos pasos tocándose el morro con la pata. Archie se levantó y comprobó que su varita estaba partida en dos.
Fue un instante que el perro aprovechó para volver a centrar su atención en él. Con las manos vacías, Archie no tuvo otra opción que correr, mal que le pesara como buen Gryffindor.
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Cecilia sudaba a mares. Había tenido la suerte de encontrar a Nieves, la secretaria del Departamento de Internacional, y la había reclutado inmediatamente para ayudarla a resolver la crisis. Las dos brujas habían trabajado juntas mucho tiempo, siempre con profesionalidad, pero a nivel personal nunca se habían caído bien del todo. No obstante, Cecilia consideraba que había tenido suerte al encontrarla allí. Entre las dos, dirigiendo dos equipos de magos y brujas, habían conseguido rescatar a los cuatro vietnamitas de los distintos lugares a los que habían ido a parar, los cuatro, gracias a Dios, ilesos, aunque el más importante de todos, que era también el de mas edad, al verse sano y salvo había empezado a hablar en veloz vietnamita y, con mano temblorosa, a sacar fotos de todos sus nietos y bisnietos que mostraba una y otra vez a los presentes.
También habían puesto a buen recaudo a casi toda la camada causante del desaguisado. Todos los chuchos, menos uno. Nieves y Cecilia avanzaban, una junto a la otra, por el largo pasillo desierto por donde había sido visto por última vez, en pos del animal, del que no había señales de vida.
- ¡Cuidado! ¡Detrás! – Chilló Nieves de pronto. Cecilia dio un salto hacia un lado, y aunque esquivó lo peor del zarpazo, no pudo evitar que la garra del bicho le rasgara el anorak, el jersey, el tirante del sujetador y hasta la piel, mientras Nieves lanzaba un fallido hechizo al animal, que huyó corredor arriba.
- ¡Demontres! ¿Qué clase de chucho es ese que salta como un canguro y tiene zarpazas de oso? – Exclamó Cecilia parapetada tras un mostrador volcado.
- Creo que se trata de una mezcla de bucolión, un tipo de lobo griego extinto con bastantes malas pulgas, y chucho callejero.- Murmuró Nieves.
- ¿Estás segura? – Inquirió Cecilia asomando un ojo al pasillo por donde había desaparecido el can.
- Bastante. Trabajé durante cinco años en Regulación de Criaturas.
- Perdona que no te pregunte por qué lo dejaste.
- Te puedes figurar…
- Tendremos que salir a buscarlo. ¿Alguna recomendación?
- En primer lugar, no perderlo de vista cuando lo localicemos. Ya has visto lo feroz y rápido que puede ser.
- No hace falta que me digas. Me empieza a escocer el hombro…
- En segundo lugar, bozal y correa mágicos.
- ¿Cómo se conjura eso? No soy nada aficionada a los animales, mágicos o no. Ni siquiera tenemos una tortuga en casa…
- Soga y Tira, haciendo un círculo con la varita en sentido inverso a las agujas del reloj.
- Soga y Tira, y girando la varita una vez en sentido inverso a las agujas del reloj.- Cecilia repitió memorizando.
- Bien. Si te parece, a la de tres salimos. Es mejor no separarse.
- De acuerdo. Una, dos y TRES.
Salieron con cautela, con las varitas preparadas, avanzando lentamente y comprobando cada stand, como los policías de las películas. Recorrieron un corredor, después otro, y luego un tercero, hasta que, al girar una esquina, se encontraron frente al perro.
El animal emitió un sordo gruñido mostrándoles unas fauces que no tenían nada que envidiar a las de un tiburón de buen tamaño y, agachando la cabeza, comenzó a caminar despacio hacia ellas con intenciones sin duda aviesas.
Educando a cuatro niños, Cecilia estaba muy bien entrenada para contener la lengua en público cuando le apetecía soltar un taco. Sin embargo, en esta ocasión, a la vista de la dentadura de la criatura, de su beligerante actitud, y de lo que le escocía el hombro, no se reprimió.
- ¡Joder!
De pronto, el animal erizó las orejas, entrecerró los ojos y gruñó con más rabia. Un teléfono móvil estaba sonando.
- Antes de que se nos abalance, podrías aprovechar la oportunidad.- murmuró Nieves, codo con codo con ella.- aunque te quedes sin el chisme.
Cecilia extrajo el móvil. "Mierda", pensó. En la pantalla iluminada, constaba que la llamada era de su hermana.
Se lo lanzó al chucho, o lo que fuera, que lo aprisionó al vuelo con sus terribles fauces mientras sacudía la cabeza con violencia, momento que Nieves aprovechó para lanzarle el conjuro. Afortunadamente, en esta ocasión no falló. El chucho cayó amordazado a los pies de las dos brujas.
- ¡Eh! ¡Los de Seguridad! ¡Aquí! – ordenó Cecilia entonces. – buen trabajo, Nieves.
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Tuvieron que bajar a Archie de lo alto de un monolito luminoso, de aquellos que habían plantado con motivo de las fiestas, con la túnica desgarrada y manchada de sangre y los dedos chamuscados. Cuando trepaba como alma que lleva el diablo, el bueno de Archie había plantado la mano en un manojo de cables eléctricos y los había arrancado de cuajo, provocando un cortocircuito que le había tostado las yemas de los dedos. Archie entonces maldijo la manía de la Magia Hispana por adoptar tanta tecnología muggle, pero lo cierto es que las chispas habían hecho que el chucho soltara su trasero y huyera despavorido, por lo que reconsideró un poco su postura.
Lo llevaron al Hospital mágico con urgencia. Aunque la mordedura, en opinión de Cecilia no era tan dramática, el mago se las ingeniaba para atraer toda la atención de una señora estrambótica que se desvivía por sus chirriantes huesos.
Una vez en el hospital mágico, Archie se planteó que para ser personal sanador en España debían exigir un determinado físico. ¡Eran tan raros aquellos magos! La sanadora que le atendía le recordaba terriblemente a aquella que, dos veranos atrás, le curó de las quemaduras en… bueno, ahí mismo. ¡Ah! ¡Qué lástima! Precisamente… ahí mismo, donde ahora le estaban curando… ¡Otra vez!
Aunque, fijándose bien, pensó Archie, ésta era más joven, con la tez más pálida, los ojos de un azul más desvaído y el pelo más tirando a un color arena. Y para rematarlo, como la de la otra vez, su inglés parecía de la BBC. Hasta la voz le resultaba familiar. Archie estuvo a punto de preguntarle si tenía alguna parienta también sanadora. Como Archie no era adivino, no sabía que era la hija de la bruja que le atendió la vez anterior.
Cecilia, de pie en la sala de espera, suspiró cuando vio a su tía aproximarse.
- Según consta aquí, tu también estás herida.
- Es sólo un rasguño, aunque escuece como si me estuvieran echando alcohol.
- Ven por aquí, que voy a echarle un vistazo.
Cecilia se tumbó boca abajo en una camilla y cerró los ojos. Estando en manos de su tía no tenía por qué preocuparse, de manera que se fue relajando, relajando. Ahora era plenamente consciente del enorme cansancio que sentía y
eso le produjo sueño.
- Pues menos mal que sólo era un rasguño… - murmuró su tía. - Cuatro profundos surcos desde el hombro izquierdo hasta el final del omóplato. Te pondré un emplasto desinfectante y te daré una pócima para que te tomes al llegar a casa. Te ayudará a dormir. Mañana por la mañana, te quiero aquí a primera hora. ¿Estamos?
- Bien. Pero ¿por qué?
- He mandado analizar a los perros.
Cecilia levantó la cabeza, asustada.
- ¿Rabia?
- No. Las vacunas de los perros comunes están en regla. Los organizadores se encargan de ello. Me refiero a patologías mágicas. No son perros corrientes.
- ¿Me puedo ir tranquila a casa? Porque me estás preocupando…
- Vete tranquila. Prefiero ser precavida, simplemente. Ya está. Reparo. El anorak creo que no tiene arreglo, pero al menos estarás más decente…- Cecilia sonrió mientras se ponía el jersey arreglado por su tía. La habría curado la sanadora jefe de guardia, pero una vez cumplida la función, había vuelto al papel de tía. En aquellas circunstancias tan absurdas, Cecilia se sintió agradecida.
Llegó a su casa casi a las doce de la noche, agotada. Se encontró a su suegro sentado en el sofá, viendo con Alberto uno de tantos programas de fútbol de los domingos por la noche. Los dos tenían cara de funeral.
- ¿Se ha muerto alguien? – Preguntó mientras escondía el anorak hecho pedazos en el armario de la entrada.
- Pepe.- Dijo Alberto con una voz casi inaudible sin mirarla siquiera, los ojos fijos en el televisor.
- ¿El perro de los vecinos? – Los del piso de enfrente ya iban por el segundo Yorkshire Terrier en dos años. El nombre del primero Cecilia nunca lo tuvo claro. No supo si era Cofi o Gofy. El segundo había sido agraciado con un nombre de persona. Pero ahora que lo pensaba tal vez era Manolo…
- Se ha roto.- Dijo Alberto dirigiéndole una mirada incrédula.
- ¿Qué es lo que se ha roto?
- La rodilla. Seis meses. Fin de la temporada.- Contestó su suegro, igualmente alicaído.
- ¿Cómo?
- El central del Madrid. Tiene para seis meses. Adiós temporada. – La suegra de Cecilia murmuró desde detrás. Cecilia se dio la vuelta. La madre de Alberto llevaba un delantal puesto y se estaba secando las manos con un trapo de cocina.
- Fútbol, hija. Todo es fútbol.
Cecilia les dedicó una mirada lánguida. A ella no le gustaba ni siquiera el quidditch, lo cual, según la mayoría de sus amistades mágicas, cuanto menos era chocante, puesto que era bisnieta de una auténtica leyenda del deporte rey. Su suegra la tomó del brazo y se la llevó a la cocina.
- Tienes que estar hambrienta. Te he dejado algunas croquetas.
Sonrió agradecida. La madre de Alberto producía las mejores croquetas del mundo mundial, deliciosas aunque estuvieran frías.
Su suegra la puso en antecedentes mientras ella las devoraba de pie, apoyada en la encimera.
- Alberto nos llamó cuando supo que Santiago traía a los pequeños y que tu tenías que quedarte… allí. – Su suegra no terminaba de hablar con soltura del, llamémosle, asunto. Durante años, Cecilia casi se lo reprochó. Ahora comprendía que era mejor. Si no cogía soltura con ella, tampoco se le iría la lengua con los conocidos y familiares muggles.
– Isabel se sabe estupendamente su examen. De hecho, hemos repasado juntas. Y Mencía me ha estado ayudando a freír las croquetas y a poner la mesa. Las dos han estado encantadoras.
- ¿Ninguna protesta, ninguna mala cara? – Dijo mordisqueando la quinta croqueta.
- ¿Te refieres a Isabel? No. Me ha prestado toda su atención.
- ¿Seguro que hablamos de la misma niña?
Su suegra sonrió.
- Es una niña muy buena, aunque esté en una edad difícil.
- Pues qué suerte. Cuando yo la dejé parecía una cría de hidra. Y, créeme, no tienes idea de cómo son realmente las hidras…
La suegra de Cecilia esbozó una sonrisa un poquillo forzada.
- Es que tu eres su madre, es decir, la que por definición no la comprende en absoluto. Y también el modelo o referente que ha tenido, tiene y tendrá, no te quepa duda.
Cecilia suspiró. "Ojalá", pensó. Su suegra, además de haber criado a tres hijos, acababa de jubilarse tras cuarenta años de profesora de físicas del colegio donde habían ido tanto ella como su marido. Para sorpresa total de Cecilia, sin una sola baja por depresión.
- ¡Ah! ¡Y llamó tu hermana! Decía que no contestabas al móvil.
No, claro. Su móvil personal había quedado hecho añicos entre las fauces de aquella criatura. Cecilia miró el reloj. Era demasiado tarde para llamar a Almudena. Ayudó a su suegra a recogerlo todo y después la acompañó al salón a recoger a su marido. Los dos abandonaron la casa pasadas las doce.
Cuando se quedaron solos, Alberto la miró fijamente.
- ¿Qué ha pasado, exactamente? Tu abuelo me ha dicho algo de unos perros sueltos...
- Un desbarajuste en una feria canina. No quise exponer a los niños.
Alberto sonrió y decidió que el asunto estaba liquidado. Como siempre, nunca tenía muy claro si debía profundizar o no en los asuntos mágicos. Esta vez, decidió que no indagaría. Bastante disgusto tenía con el fútbol.
- Me voy a la cama. ¿Vienes?
- En seguida. En cuanto me de una última ronda por la casa.
Cecilia asomó la cabeza por la puerta del dormitorio de las dos mayores. Isabel dormía, de lado, con una respiración profunda y tranquila. Cecilia la observó un instante. Los rasgos infantiles todavía estaban muy presentes en un rostro que comenzaba a adquirir los de una adulta. Se parecía bastante a su padre, pero sus facciones eran más finas y prometían atractivo. Cecilia suspiró. Sería una mujer guapa.
Se acercó entonces a apagar la luz de la mesilla de Mencía. Su hija segunda se había dormido con un libro entre las manos. Cecilia lo cogió, hizo aparecer un marcapáginas y lo metió cuidadosamente en el lugar correspondiente antes de dejarlo sobre la mesilla. La isla del Tesoro. Vaya, al parecer, Mencía había terminado el libro anterior y había empezado otro, mucho mejor se mirase por dónde se mirase. Sonrió y apagó la luz de la mesilla.
En el cuarto que los pequeños compartían, Alberto dormía del revés mientras que Cristina se había incrustado en una esquina de la cuna en posición fetal. Observó cómo la niña, dormida, atraía mágicamente su chupete hasta su mano y se lo colocaba perfectamente en la boca. Cecilia sonrió. Cristina era una bruja precoz. Y su pequeño Alberto un encanto, aunque todavía de vez en cuando tuviera episodios de magia accidental.
Cuando por fin se retiró a su dormitorio Alberto, su Alberto, dormía profundamente.
El radar de su marido, desarrollado durante más de una década de matrimonio, funcionó a la perfección, y aunque ella se había metido en la cama con cuidado, pronto lo sintió girarse, profundamente dormido, y echarle el brazo por la cintura, mientras murmuraba, como un gruñido, algo así como Ceciiiii.
Ella suspiró. Su propio radar también funcionaba a la perfección. Alberto podía abrazarla dormido de diversas maneras. Podía ser posesivo, erótico, meloso y hasta bruto, si lo que estaba soñando era que jugaba al rugby, como en sus años universitarios, y la confundía con el balón. Cecilia cerró los ojos deleitándose en el abrazo confortable del muggle de su marido. Pensó que tenía mucha suerte de tenerlo junto a ella. Y con ese pensamiento reconfortante fue capaz de dormirse inmediatamente.
