Summary: Bella Swan creía en los finales felices… y en los milagros. Debía de haber sido el destino el que la llavó, tras un accidente, a la casa de Edward en víspera de Navidad. Sólo con mirar una vez aquellos preciosos ojos tristes, decidió que haría todo lo posible para que en ellos volviera a brillar la felicidad… Todos humanos.
Capitulo 2: Real
Edward Cullen gruñó y hundió la cara en la almohada.
- Váyase!! - murmuró de mal humor - Maldición!
No obstante los golpes en la puerta y los timbrazos continuaron insistentes, exigentes… quizá incluso con renovado vigor. Aquellos timbrazos hubieran podido despertar a un muerto, que era exactamente lo que él hubiera deseado ser en ese momento…
Al principio pensó que aquellos golpes sonaban sólo en su cabeza y que eran consecuencia del resfriado con el que había salido de Seattle. Pero los golpes seguían sonando. Fuera quien fuera que llamara no parecía dispuesto a marcharse hasta que no le abrieran.
Le llevó unos cuantos minutos levantarse de la cama, buscar un par de pantalones y ponérselos. Consiguió mantenerse en pie agarrándose a los muebles que encontraba a su paso, pero bajar las escaleras, en cambio, fue algo más complicado. Para cuando llegó al último escalón había pasado bastante tiempo. No sabía si era de noche o de día, pero había dejado todas las luces encendidas al llegar.
El timbre volvió a sonar.
- Un momento! – gritó – Por Dios que impaciente!
Abrió la puerta, y entonces ocurrieron dos cosas. La primera fue que un viento helado azotó su pecho desnudo con tanta fuerza que se quedó sin aliento. Y la segunda fue que comprendió que la visita era una mujer.
Se quedó mirándola extrañado mientras ella hacía lo mismo. Llevaba la ropa cubierta de nieve, pero a la luz del vestíbulo pudo apreciar que el abrigo era rojo, las botas negras y llevaba un gorro blanco con detalles rojos. Llevaba colgando un saco... ¿un saco?. Un saco completamente lleno, del que sobresalía la cabeza de un… ¿osito de peluche? ¿Cómo era posible? se preguntó.
- Gracias a Dios! - exclamó la extraña temblando y dejando el saco en el suelo - Comenzaba a pensar que no había nadie en casa.
"Es Santa Claus" pensó Edward. "En versión femenina" ¿Pero no debería haber entrado por la chimenea? se preguntó. Las piernas parecieron fallarle y se agarró al marco de la puerta.
- Creo que será mejor que se vaya – masculló - Ha venido al lugar equivocado. Yo… yo no celebro la navidad.
Al ir a cerrar la puerta la extraña se abalanzó sobre él. Sus ojos tenían una expresión suplicante. La escuchó rogar un "espere", y entonces se dio cuenta de otra cosa más: aquellos ojos, de un color café como el del chocolate, parecían exhaustos… y estaban un tanto hinchados, como si hubiera estado llorando. Entonces vaciló.
- Por favor, ¿puedo usar su teléfono? – rogó - He tenido un accidente, mi coche se ha estrellado contra un montículo de nieve en el camino que llega hasta aquí…
- ¿Está herida? ¿Se hizo daño?
- No, sólo el golpe. Y el susto. Y el frío. Y la nieve – nombraba lentamente - Pero no estoy herida. Necesito llamar por teléfono para pedir una grúa. Tengo que sacar el coche de allí y en cuanto venga me marcharé… se lo juro! Le doy mi palabra!… no pretendo molestarlo, en serio.
¿Un coche? se preguntó Edward. ¿No debería viajar en reno? Los ojos suplicantes y desesperados de la extraña lo ablandaron al fin. Suspiró y abrió la puerta haciendo un gesto para que pasara. Ella se sacudió la nieve de las botas y entró, dejando a su paso una fragancia débil a fresas.
Edward dio un portazo y la siguió hasta el salón.
- ¿Dónde está el teléfono?
- Ahí - contestó carraspeando y señalando la mesita del salón - Llame cuanto quiera.
La extraña dejó el saco en el suelo y se quitó el gorro soltando una gloriosa cabellera sedosa y rizada de color marrón.
- Si no le importa… me quitaré el abrigo... está cubierto de nieve - añadió acercándose a la chimenea y dejando la prenda frente a esta. Llevaba un suéter adornado de rojo y unos pantalones color crema metidos por dentro de las botas. Tenía una silueta muy atractiva… - ¿Dónde estamos? - preguntó - Tengo que decirle al hombre de la grúa dónde estoy.
La fiebre lo estaba consumiendo, los escalofríos lo hacían temblar. Las palabras de la mujer sonaban en su cabeza, que no cesaba de dar vueltas. De pronto sólo pudo pensar en meterse otra vez en la cama, en hundirse bajo las mantas.
- Dígales que está en casa de Cullen, ellos sabrán - gruñó - Escuche, tengo un resfriado horrible y lo único que quiero es mi cama. Tómese su tiempo, está usted en su casa. Las guías telefónicas están debajo de la mesa. Llame a Dowling's. Bob es el único mecánico de la ciudad, pero es de fiar.
Edward se llevó dos dedos a la frente en un gesto de despedida y, girando rápidamente, se encaminó hacia las escaleras. A medio camino escuchó el pasar de páginas y supuso que eran las de las guías de teléfonos. Entró en el dormitorio dando un portazo y se dejó caer sobre la cama. Se dijo a sí mismo que nunca conseguiría dormir ni entrar en calor, pero antes de que pudiera darse cuenta se durmió.
***
- Lo siento, señorita, esta noche es imposible.
- ¿Esta usted absolutamente seguro? ¿100% seguro? ¿segurisimo? - Bob Dowling solo respondió un claro Si al otro lado de la linea - La cuestión es, señor Dowling, que estoy a solas en un lugar perdido con un completo extraño - añadió Bella bajando la voz y mirando sigilosamente hacia las escaleras - Ese hombre podría ser un asesino…un psicópata!
Al otro lado de la línea se escuchó una risa profunda que la sobresaltó.
- ¿Dijo usted que llamaba desde la casa del señor Cullen?
- Exacto.
- No se preocupe! conozco a Cullen desde hace años. Es un solitario, pero no es un asesino…
- Pero…
- Confíe en mí. Tengo que dejarla… la central está parpadeando como un árbol de Navidad por tantas llamadas. Le mandaré a alguien mañana, no sé preocupe… Bueno, si no hace mal tiempo, claro.
Y con esas palabras el propietario de Dowling's colgó.
Bella se quedó pensando qué hacer. Sólo había una respuesta. Tendría que preguntarle al gruñón del señor Cullen si podía quedarse a pasar la noche. No, se dijo, no tendría que preguntárselo, tendría que decirle que se quedaba. Se quitó las botas y subió las escaleras.
Desde luego el señor Dowling, le había asegurado que su anfitrión era de fiar pero, después de todo, no tenía prueba alguna de que el hombre que estaba arriba fuera el señor Cullen. Aquel extraño de ceño hosco y fruncido y vaqueros ajustados podía ser Cullen, pero también podía ser un asesino que hubiera matado a Cullen y estuviera esperando su próxima víctima."Basta Bella! Ver tanta pelicula de terror ha afectado tu mente" se regañó a si misma.
Cuando llegó al segundo piso vio cuatro puertas. Tres de ellas estaban abiertas. Se sintió como si fuera Ricitos de Oro, se acercó de puntillas a las habitaciones abiertas y asomó la cabeza. Estaban vacías, así que se acercó a la cuarta puerta.
Giró el picaporte y abrió lenta y silenciosamente la puerta. A la escasa luz de la lámpara pudo ver una cama de matrimonio. Bajo la colcha se notaba la forma de un hombre. Su pelo bronce era una sombra oscura contra la almohada blanca.
- Señor Cullen… - susurró - … ¿está usted despierto?
No hubo respuesta.
- ¿Está dormido? – preguntó y sonrió por lo tonta de su pregunta "Como te va a contestar estando dormido!? La nieve te está afectando el cerebro Bella" se dijo.
Se mordió el labio y se acercó sigilosa. Entonces escuchó unos ronquidos rítmicos, atenuados por la almohada. Dio seis pasos y lo tocó presionando ligeramente con la punta de los dedos en lo que parecía ser su trasero.
- Señor Cullen… - el bulto tembló temblorosamente, gruñó y gritó un "Váyase" para hundirse más profundamente bajo la colcha - Tengo que quedarme a pasar la noche en su casa. Pensé que debía decírselo. ¿Le parece bien?
Por un momento pensó que no le había oído. Estuvo esperando durante un rato y, justo cuando estaba a punto de darse la vuelta, él sacó un brazo con el pulgar hacia arriba
- Gracias - susurró deslizándose fuera del dormitorio en silencio.
Entró en el dormitorio más cercano, recogió la colcha y la almohada de la cama y se la llevó al salón. Estuvo investigando la planta de abajo, buscando un baño, y encontró una cocina de estilo moderno, un comedor, y un pequeño cuarto de estar con televisión. Y justo cuando estaba a punto de desechar toda esperanza, encontró el baño.
Le llevó sólo unos minutos lavarse y prepararse. Se puso una camiseta roja de camisón, se tomó el cabello y apagó todas las luces excepto la de la mesita de al lado del sofá, donde pensaba acostarse. Antes de meterse bajo la colcha alargó la mano y apagó la luz. Se quedó quieta, nerviosa, mirando las sombras de la habitación.
Y mientras caía rendida en el sueño rogó por que el arma de aquel hombre, si es que era un asesino, cayera afilada y rápidamente sobre ella causándole la muerte cuanto antes. Aunque claro, prefería mil veces que sus imaginaciones sobre el señor Cullen siendo un asesino quedaran en eso, solo imaginaciones.
***
Edward Cullen rodó sobre la espalda y se quedó mirando al techo. Una cosa era tener alucinaciones y otra lo que le había ocurrido. Solía tenerlas, sobre todo cuando se resfriaba y le subía la fiebre, pero lo que había experimentado durante las últimas horas era harina de otro costal. Había sido tan real como la cama sobre la que estaba.
Desde luego estaba acostumbrado desde pequeño, a tener pesadillas en Navidad, y los últimos cinco años lo habían atormentado todavía más, desde que… Se pasó una mano por los ojos. "No pienses en eso" se dijo esforzándose por olvidarlo. Retiró la colcha y, con piernas aún temblorosas, se dirigió al baño. Se apoyó sobre el lavabo y miró su reflejo en el espejo.
- Wow! - exclamó en voz alta.
Aquel hombre del espejo parecía un criminal, de esos que aparecen en los carteles de "Se busca". Pelo revuelto apuntando en distintas direcciones, mentón con barba de varios días, ojos inyectados en sangre… Las venas rojas de su globo ocular formaban un contraste espeluznante con el iris verde.
Necesitaba desesperadamente una ducha y un afeitado, pero estaba seguro de que se derrumbaría sobre el suelo si trataba de mantenerse en pie durante mucho tiempo. Lo primero, era comer algo. Una taza de café sería perfecta, pensó suspirando. Café. Lo necesitaba tanto que hasta podía jurar que lo estaba oliendo...
***
- … la tormenta que azotó la noche de ayer no parece dar signos de ceder…
Bella suspiró y apagó la radio que había encendido al entrar en la cocina. Se sirvió una taza de café y cruzó una puerta que daba a la parte posterior de la casa. Afuera todo estaba blanco. Era tan poco probable que Bob Dowling mandara una grúa aquel día como que un vampiro viniera y se la raptara.
Y allí estaba ella, se dijo, atrapada en una remota cabaña con un…
- Hola, buenos días.
Bella giró y tragó nerviosa el café mientras miraba con ojos muy abiertos al hombre que estaba de pie en el umbral. Era Cullen. Bueno, si es que no era un impostor. Tenía una extraña mirada de confusión, los brazos cruzados en su pecho y el mismo par de pantalones de la noche anterior. Su gesto de mal humor, desde luego, era idéntico, y su aspecto era, sin lugar a dudas, el del peor criminal de cualquiera de esos carteles de "Se busca" que mostraban en peliculas del viejo oeste… pero al menos no llevaba una pistola o un cuchillo. No es que hubiera necesitado algún arma para someterla, reflexionó mientras deslizaba la vista por los músculos de sus brazos, de su pecho desnudo y de sus poderosas piernas…
Parpadeó y se dio cuenta de que él tenía los ojos fijos sobre sus piernas, al descubierto con aquel camisón. Se había despertado tan pronto que había creído que podría tomar café antes de vestirse y de que él se levantara. Había cometido un error.
- No quisiera ser una molestia, pero anoche me dijo que podía pasar la noche aquí.
- Usted es… real - contestó él torciendo la boca.
- ¿Uh?
- Bueno… yo creía … que usted era una versión femenina de Santa Claus.
Bella levantó una ceja incrédula. Edward dejó caer las manos y se bamboleó hacia los lados. La palidez de su piel se acentuaba contra el blanco de la puerta.
- El abrigo rojo, el gorro rojo y blanco… el saco de juguetes…
- Ah! Ya veo! – rió - la bolsa. No, sólo llevo ropa y cosas de aseo… no llevo juguetes. El osito de peluche… bueno, lo guardé ahí en el último momento.
El anfitrión de la casa se llevó una mano al pecho y bostezó mostrando una perfecta dentadura blanca.
- Cuando desperté creí que lo de ayer había sido una alucinación, pero ya veo que no. Su reno… - se corrigió de inmediato – su coche … ¿se estrelló?
- Perdí el control al bajar la cuesta del camino que llega hasta aquí. El coche resbaló y se abalanzó contra un montículo de nieve. Ni se imagina lo aliviada que me sentí al ver la casa!! Vi por las luces que estaba habitada, pero confieso que sentí pánico cuando…
- Cuando tardé en abrir. Creo recordar que le dije que se sintiera como en su casa - añadió mirando la taza de café - y veo que ha tomado al pie de la letra mi invitación.
Bella señaló una segunda taza sobre la mesa.
- Pensaba subirle una taza de café a la habitación.
- Si lo hubiera sabido… - contestó él sonriendo.
¿Estaba coqueteando con ella? se preguntó Bella. Sólo faltaba eso, reflexionó.
- ¿Lo toma con leche y azúcar?
- Sólo con leche, gracias - contestó Edward acercándose a la silla más próxima.
De pronto comenzó a tambalearse.
- ¿Se encuentra bien?
Parecía a punto de desfallecer. Fue una suerte que ella estuviera cerca y que lo agarrara del brazo. Todo el peso de su enorme cuerpo cayó sobre ella. No obstante fue capaz de sujetarlo. El se recuperó en parte y apoyó un brazo sobre sus hombros. Aquel brazo parecía no tener vida, y pesaba tanto que hubiera podido hundirla. Pero no se hundió.
- Me debería haber quedado en la cama - murmuró él.
- Entonces vayamos arriba. Vamos, dese la vuelta.
La maniobra resultó algo complicada, y ambos acabaron enredándose. Ella intentaba hacerlo girar en una dirección, pero él se volvía en la contraria. Finalmente Edward perdió el equilibrio y se tambaleó. Bajo aquel peso Bella también lo perdió, y ambos terminaron en el suelo con gran estruendo. Él se quedó con la espalda contra la pared y los brazos alrededor de su cuello, haciéndola prisionera, y ella con las palmas de las manos justo sobre su pecho.
Podía sentir los latidos de su corazón, la textura de su piel. Creyó sentir sus ojos fijos sobre ella. Era una sensación incómoda. Levantó la cabeza. Él la tenía hacia atrás, contra la pared, pero sus ojos entornados se deslizaban de arriba abajo por su cuerpo. Tenía unas preciosas pestañas. Espesas, negras, y ligeramente onduladas hacia arriba…
- Wow - exclamó él - sí que estás bien!
Apenas podía ver sus ojos. Se le cerraban los párpados incluso mientras hablaba. Debía de estar a punto de desmayarse.
- Pues tú - contestó Bella mientras le ponía los brazos alrededor de sus hombros - no lo estás tanto.
- Es cierto… - rió a carcajadas.
- Vamos a ver si llegas al salón, o al sofá…
- Arriba, a la cama…
- No, no vamos a poder. Por favor, no seas terco y haz lo que se te manda!
- Sí, señorita.
Juntos se tambalearon de camino al salón, donde Bella lo acostó sobre el sofá en el que había dormido. Recogió primero la colcha y luego le puso la cabeza sobre la almohada. Antes de que llegara a apoyarla ya tenía los ojos cerrados.
- Tápame - rogó con voz débil - Estoy helado…
Bella se alegró de taparlo. Nunca había visto un cuerpo masculino tan magnífico. Era inevitable mirarlo, y estuvo haciéndolo… al menos durante unos instantes. Era todo un hombre de las cavernas, pensó, con el pelo todo alborotado, la barba sin afeitar, los rasgos duros y aquel físico tan imponente.… pero parecía tan indefenso…
- El café. ¿Quieres que…?
Bella se dio cuenta entonces de que estaba ido por completo. Exhausta por el esfuerzo, se dejó caer sobre el sillón que tenía más cerca y lo miró melancólica. ¿Por qué estaba solo en aquella casa? Sobre todo en esa época del año, cuando todas las familias se unían para celebrar la Navidad. Ella misma, no veía el momento de reunirse con los suyos.
Sin embargo ese hombre no creía en la Navidad. Frunció el ceño recordando sus palabras de la noche anterior: "Váyase, yo no celebro la Navidad". Cruzó los brazos y se inclinó en el asiento, acercándose, al sofá. ¿Por qué? se preguntó mientras lo miraba. ¿Por qué no celebraba la Navidad?
Su aspecto era severo incluso dormido. Aquel ceño fruncido debía de ser un gesto constante en él. Entonces desplazó la mirada hacia la boca. En los labios, aunque ligeramente abiertos, se adivinaba firmeza, autocontrol, pero al mismo tiempo también sensualidad y algo más. Suspiró. Él se estiró y murmuró algo así como "Tanya" y luego volvió a dormirse de nuevo.
No volvió a despertarse hasta aquella tarde.
***
Edward recordaba haber pensado que se encontraba mejor, pero se había equivocado. Entreabrió los ojos y estuvo escrutando a aquella extraña medio dormido y sin que ella se diera cuenta. Estaba sentada hecha un ovillo, leyendo una revista, en el sofá frente a él. Se había puesto un suéter color azul y unos pantalones negros, y llevaba el pelo recogido con una cinta de terciopelo negro. Estudió su silueta, la dulce curva de sus labios, el brillo de su pelo. No sólo estaba bien, era hermosísima. Tenía esa belleza capaz de penetrar en el corazón de un hombre y robárselo sin que se diera cuenta. Si creyera en la Navidad, creería también en los milagros, y entonces sabría que alguien le había mandado a aquella extraña sólo para él, que estaba hecha para él…
Que era un milagro de la Navidad.
Pero si Edward creía en algo era en que los milagros y las Navidades estaban hechas para los demás, nunca para él.
- ¿Todavía estás aquí? - preguntó aclarándose la garganta.
Ella miró para arriba, cerró la revista y la dejó sobre un cojín.
- No, me acabo de teletransportar – rodó los ojos – pues claro que aquí estoy! ¿Qué tal estás?
- Algo mejor.
- Bien.
- ¿Qué día es hoy? - preguntó estirándose y agarrándose las manos por detrás de la cabeza.
- Veinticuatro.
- ¿Tan pronto? Y… ¿adonde ibas ayer, cuando te estrellaste contra el montículo de nieve?
- A casa, a celebrar la Navidad. No me esperaban hasta hoy, pero pensaba sorprenderlos y llegar un día antes.
- ¿Sorprenderlos? ¿Te refieres a tu familia?
- Si. Viven en Forks. Dos padres, dos hermanos con sus parejas, amigos de la familia y mucha gente mas.
Aquello sí que era tener familia, reflexionó Edward con envidia.
- ¿Y sólo llevas un osito de peluche?
Las carcajadas de Bella resonaron como pequeñas campanas.
- Por supuesto que no, tengo más regalos en mi coche. Si llevara solo un peluche, mis sobrinos acabarían conmigo!
Por un instante, mientras hablaba, los ojos de Bella brillaron. Pero aquel brillo desapareció mientras él la observaba. Suspiró, se puso de pie acercándose a la ventana y cruzó los brazos. Miraba hacia afuera, pero había poco que ver. Sólo nieve cayendo. Estuvo de pie durante un rato, y el silencio se apoderó de la habitación. Sólo se escuchaba el rugido del viento. La vio balancearse de un lado a otro.
- Estás ansiosa por marcharte.
Ella se volvió. Su expresión era tensa.
- Llamé a Dowling por segunda vez mientras estabas durmiendo. Me dijeron que no iban a mandar a nadie hasta que no cesara la tormenta y las carreteras estuvieran despejadas. Quizas tenga que quedarme aquí atrapada otra noche más.
Edward se quitó la colcha y se levantó. Se tambaleó, pero al verla acercarse trató de guardar el equilibrio.
- Estoy bien - aseguró - Sólo me he mareado un poco - añadió dirigiéndose hacia ella y ofreciéndole la mano - Me llamo Edward Cullen.
- Isabella Swan… pero por favor… solo dime Bella
Sus dedos estaban fríos, pero tenía la piel suave. Estaba tan cerca que podía oler su perfume. Era ligero, pero también terriblemente perturbador. Le recordaba a fresas, o quizás rosas… no lo sabía.
Tragó, le soltó la mano y se pasó el dedo por la barbilla. Era peligroso pensar de ese modo, se dijo a sí mismo, muy peligroso.
- Voy arriba a tomar una ducha.
- Bien. Prepararé algo de comer.
- Los armarios de la cocina están bastante vacíos.
- No del todo - sonrió ella.
- Bien.
Mientras subía las escaleras se dio cuenta de que estaba silbando. Frunció el ceño y dejó de hacerlo. Irritado, se confesó a sí mismo que no había dejado de soñar con desatar aquella cinta negra de terciopelo y desparramar aquel hermoso cabello castaño, dejando que sus mechones se le enredaran entre los dedos.
Frunció el ceño. Su instinto le decía que Bella Swan no era de las que se tomaban los besos a la ligera. Era hermosa y deseable, pero también era una chica "bien". Una buena chica. Lo sabía por instinto. Y también sabía que ella creía en el amor, en el matrimonio y en todo lo que eso implicaba. Como en las Navidades, por ejemplo.
Entró en el dormitorio murmurando. Tenía que asegurarse de que no iba a cometer el error de besarla, porque su instinto también le decía otra cosa: que si alguna vez llegaba a hacerlo... sería imposible olvidarla.
Hola!!!
He vuelto para subir el segundo capitulo de esta historia navideña JO JO JO! Fue una gran sorpresa los bonitos comentarios que dejaron en sus reviews!! me alegra mucho saber que el fic tuvo gran aceptación xD Espero que este nuevo capitulo no las defraude y les guste tanto como el primero u.u
Seh! Tanya nuevamente en la historia T.T pero para saber mas acerca de que papel jugó ella en la vida de Edward tendrán que esperar los siguientes capìtulos... quizas se lleven una sorpresa xD Al menos Bella y Edward ya se conocen... solo hay que esperar a ver que ocurre entre estod dos personajes :D
Muuuuuuuuuuchas gracias por sus reviews! siempre agradezco y es que no puedo evitarloÇ! son las mejores y sus comentarios acerca de la historia son los mejores regalos que pueda recibir en esta vispera navideña :D
Nos vemos en el proximo capitulo!! Y NO OLVIDEN DEJAR SUS REVIEWS!
PollyCox99
