Rating: K
Prompt: Caricia
Advertencias: Contenido francés(?), Francia(?) Instintos paternales de Inglaterra(?)
Resumen: Sin saberlo, Matthew podía presumir de tener algo que el resto del mundo no.
Notas: Este fue el más difícil de escribir T_T. Y con este también, llegó el final de esta serie de one-shot's sobre Canadá y sus relaciones. Muchas gracias a quienes leyeron hasta aquí, a los que dejaron review, y a los leyeron y no dejaron, pero les gustó la historia.
Francia tomó a la pequeña colonia entre sus brazos, antes de frotar su mejilla contra la propia y comenzar a decir palabras cariñosas en su idioma, siendo observado juiciosamente por Inglaterra quien hacía lo propio con su colonia.
—Ya es muy tarde para que estén despiertos —declaró Inglaterra, conteniendo el impulso de arrancar al niño de los brazos de Francia, más por miedo a lastimarlo en el acto que otra cosa.
El sol aún no se ocultaba del todo, por lo que Francia ignoró descaradamente la mala excusa que había dado Inglaterra para hacerlo soltar a Canadá. Por su parte el niño estaba feliz de la vida al sentir los dedos del país mayor propiciándole caricias en el pelo y mejillas.
— ¿Piensas enviarlos a dormir sin cenar? —burló Francia, haciendo enrojecer a Inglaterra, quien se contuvo de responderle por la presencia de los niños, antes de salir con Alfred en brazos rumbó a la cocina.
Después de la cena y la hora del baño, llegó el momento de acostar a los niños y Francia se sentía casi soñado mientras ayudaba a Matthew a ponerse el pijama. La piel de la colonia era suave como el terciopelo, aún carente de cicatrices. Mientras cambiaba al niño no perdía oportunidad en acariciarle la cabeza, hacerle cosquillas en el cuello o en el estomago, y Canadá reía y reía, feliz de la atención que estaba recibiendo.
Una vez Estados Unidos estuvo en su cama, Inglaterra tomó a Canadá en brazos y lo llevó a acostar, dedicándole una sonrisa antes de salir, llevándose a Francia arrastrando del lugar. El comportamiento del francés no había pasado desapercibido, y aquella conducta no le agradaba en lo absoluto y así se lo hizo saber.
—Mantén tus manos controladas, Francia —y bajo aquellas palabras se sentía palpable la amenaza de dolorosas consecuencias de ser desobedecidas.
A partir de ese día, Francia le prodigaba caricias a Matthew cada que Arthur no estaba cerca. Pasaron los años y Matthew se volvió un país que podía guiarse solo y sin ayuda. Pero eso no evitaba que de vez en cuando, Francia todavía pasase las manos por el cabello del canadiense y se lo acariciase antes de sonreírle sin lujuria y preguntarle cómo estaba.
Inglaterra podría jalarle del cabello tanto como quisiera, tachándolo de pervertido y corruptor de menores, pero las únicas caricias hechas con castidad eran las que le dedicaba a Canadá.
