Capitulo 1

Te vi.

Mi nombre es Candice White Andrey, tengo quince años y he sido enviada al Colegio San Pablo para terminar mi educación como señorita y ser presentada en la sociedad americana a los dieciséis. Tuve mucha suerte de no haber sido enviada a este Colegio mucho antes. Pero supongo que terminé con la paciencia de mi tía abuela.

¿Cuál es el propósito de mandarme a este internado? Encontrarme un marido que vaya de acuerdo a mi linaje y apellido y asegurarse de que mis modales sean ejemplares. ¿Eso me hace feliz? No, pero una Andrey no fue educada para ser feliz sino para obedecer, y mi hermano William esta convencido de que el amor de mi vida llegará antes de mi cumpleaños número dieciséis, yo no lo creo…

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-¿Quién es él? –pregunté con curiosidad a la chica de lentes. Sé que me había dado su nombre en algún momento de nuestro primer encuentro en el dormitorio, pero ver aquel chico entrar con desgarbo al salón de estudios me hizo olvidar hasta mi propio nombre.

Las reglas dictaban que debíamos ver el suelo hasta que alguien se dirigiera directamente a nosotras, también debíamos hablar en voz baja y con monosílabos y jamás debíamos buscar la interacción con alguien del sexo opuesto a menos que fuera nuestro padre, algún hermano o primo o nuestro futuro marido. En la escuela las reglas eran un poco menos estrictas ya que durante las misas, la comida o las horas de estudio teníamos que pasar tiempo con los alumnos, por ser parte de nuestra preparación. Durante mi infancia y ya entrada en la adolescencia, había visto muchos jóvenes llegar a la casa de los Andrey. Entre mis primos, los amigos de William, secretarios, abogados o administradores, jamás me sentí incomoda o atraída por alguno de ellos. Ni siquiera al caminar por los pasillos y ver a los grupos de chicos en el mismo color de uniforme había llamado tanto mi atención como ese joven de ojos azules que caminaba lentamente, sintiéndose dueño del mundo.

Las chicas lo miraban con disimulo aparentando concentrarse en sus libros cuando las monjas no las veían. Yo hacía lo mismo, recorrí su cuerpo de pies a cabeza una y otra vez buscando entender que era esa súbita fascinación que me atraía como un imán. Tenía un cuerpo atlético, manos grandes con dedos largos, espalda ancha aunque no en exageración, pero fue su rostro lo que más me impresionó. Sus labios eran suaves, el superior ligeramente más grande que el inferior, nariz recta, y un par de ojos de un extraño azul que jamás había encontrado. No, definitivamente nunca había visto un joven tan atractivo como aquel.

-Su nombre es Terruce Grandchester, por favor no vayas a levantar la vista de nuevo-fue la súplica que salió con desespero de la nerviosa joven que estaba sentada junto a mí.

-¿Por qué?- contestó el instinto que me dominaba y del que hasta ahora me daba cuenta poseía.

-Si la madre superiora te descubre mirándolo directamente te enviará al cuarto de castigo por un mes. Solamente una chica ha sido enviada ahí por tanto tiem... olvídalo, sólo… mantente lejos de Terruce Granchester. Mantente lejos de cualquier chico, está prohibido hablarles, está prohibido cualquier contacto con ellos pero con Terruce, el castigo se vuelve doble.

Suspiró sin disimular ese nerviosismo, mis ojos se fijaron en sus iris marrón esperando una explicación más larga que esa, pero ella no habló más y yo no me conformaría con verdades a medias y con la excusa de que era nueva y no conocía aun todas las reglas de este lugar, me cercioré de que todos en el salón estuvieran estudiando y volví a suplicarle a mí compañera que me hablara de él..

-Es hijo del Duque Richard Granchester y próximo heredero –comenzó con rapidez, tendría que poner mucha atención sino quería perderme algún detalle en su frenética carrera por terminar- Ha estado aquí desde los siete años, casi enseguida de la muerte de su madre. Su padre ha seguido su desempeño con extremo cuidado por ser el primer heredero. Está en la lista de los alumnos destacados que acudirán a Oxford y en cuanto cumpla la mayoría de edad entrará ahí mientras el duque busca a la próxima duquesa.

Patty, al fin había recordado su nombre, acercó un libro a su rostro simulando leer, tal vez no era la mejor opción siendo que Patty usaba lentes. No dijo nada más y entendí que la joven esperaba que su explicación fuera lo suficiente satisfactoria para que yo cerrara la boca y dejara a Terry Grandchester por la paz. Pero mi interés y curiosidad estaban lejos de ser saciados y mis ojos reflejaban la inmensa cantidad de preguntas que tenía.

-¡Por favor baja la vista! –suplicó de nuevo.

-Nadie está mirando –murmuré sin dejar de mirar.

-No sólo es de la hermana Grace de quien debes cuidarte, él no es…

-¿Qué? –pregunté, urgiéndola a continuar.

-No es como cualquier chico –y tuve que morderme los labios para no reír ante su sonrojo –no me mal entiendas, no es que conozca a muchos chicos, pero los estudiantes de aquí no se meten en tantos líos y no se comportan como él lo hace.

-Yo lo veo como cualquier otro-aseguré esperando que creyera en mi mentira

-No es verdad y lo sabes. Si muestras interés él podría… aprovecharse. Será mejor que dejes de preguntar y ya... ya ponte a leer o estudiar o lo que sea.

No iba a obtener una palabra más de Patty y decidí obedecerla… por ahora.

Terry –porque pensar en su nombre me acercaba a él de alguna manera- se sentó a dos mesas de la mía quedando justo frente a mí. No sé si percibió mi mirada o si la desesperación por volver a ver ese par de zafiros fue la que lo llamó pero en cuestión de segundos estaba mirándome. No había azul igual que el de sus ojos. Toda la gama de colores palidecían ante aquella intensidad y me pregunté si con ellos habría nacido un nuevo color. Pero no sólo era eso lo que me mantenía petrificada, su rostro no mostraba imperfección alguna y me pregunté si Zeus había mandado como castigo para los humanos a alguno de sus hijos. Era la personificación de la belleza y mi cuerpo tembló ligeramente al ver sus labios. Cuando estos se convirtieron en una sonrisa de medio lado volví a verlo a los ojos y bajé la mirada con rapidez.

-No.

-¿Qué sucede? –preguntó Patty con horror al escucharme

-Olvidé decir mis oraciones-mentí con facilidad

-No te preocupes Candy –me confortó mientras juntaba mis manos fingiendo hacer mis plegarias. Fingiendo pedir por mis estudios, rezaba porque esa fuera la única vez que tuviera que cruzarme con esa mirada.

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Me senté en el marco de la ventana, el colegio estaba en completa oscuridad y mi tristeza se incrementó. Había recibido un telegrama de la tía abuela en donde me comunicaba que la búsqueda del futuro marido de Candice White-Andrey estaba en marcha. ¿De verdad creía que esa noticia iba a alegrarme? Su emoción era palpable aún leyendo las escuetas palabras del telegrama que acababa de recibir. Seguramente se regocijaba que finalmente un hombre me pondría en cintura y no solo intentaría hacerlo como William. Pero ¿por qué tenia que escoger a mi marido alguien que no fuera yo? ¿No se suponía que debíamos casarnos por amor, con alguien que cumpliera nuestras expectativas?

Me puse un camisón y encima una bata y decidí salir a tomar aire. El encierro me provocaba un nerviosismo indescriptible y entonces sentía ganas de correr y escapar de ahí. Mi frustración por no ser varón y no poder decidir sobre mi propia vida comenzaba a molestarme así que me cercioré que ninguna monja estuviera en los pasillos haciendo la ronda habitual y con rapidez salí al jardín. El aire frío londinense era demasiado húmedo para mi gusto, nada que ver con el aroma que solo Nueva York tenía. Aspiré el aire esperando encontrar el anhelado aroma de América, una combinación única entre musgos, salitre mezclado con el inconfundible olor de la ciudad, pero una vez más me decepcionaba. Debía dejar los sueños y las ilusiones atrás. Imaginar el aire de Nueva York era igual de inútil que imaginar que encontraría el verdadero amor.

Resignada comencé a hacer cuentas del tiempo que me quedaba soltera y deduje que solo pasaría un año en el Colegio San Pablo, un año sin ver a mi amiga Annie y a mi hermano. Mi presentación seria en mi cumpleaños y en esa fiesta se decidiría quien sería mi compañero de por vida.

-Con un demonio –murmuré al pensar en el tipo de hombre que la tía abuela vería perfecto para mí. Viejo, mal humorado que habría vivido sus mejores años en el último cuarto del siglo XIX.

-Pensé que las monjas hacían un mejor trabajo al educar a las señoritas… me alegra ver que sus esfuerzos son en vano –dijo una voz varonil y con rapidez cerré mi bata hasta el cuello esperando no mostrar nada al desconocido.

-No es de caballeros espiar a las damas –le dije ofendida.

-No es de damas salir a altas horas de la noche vestidas tan provocativamente –comentó con sarcasmo pero a la vez seductoramente.

-¿Quién… quién eres y qué es lo que quieres? –pretendí que mi voz sonara segura cuando estaba lejos de sentirme así.

-¿Serviría de algo darte mi nombre?- preguntó con burla.

-Solamente los rufianes se esconden bajo el manto de la noche para cometer sus fechorías. No es de personas decentes no hacerse presente.

Una sombra se fue acercando con pasos seguros y supe en ese instante de quien se trataba. Mis manos se aferraron a mi bata para no delatar mi nerviosismo. El colegio no estaba muy lejos pero no sabía si él me seguiría al echarme a correr. Una sonora carcajada me sacó de mis pensamientos y al voltear me sobresalté al verlo a unos pasos de mí y con el reflejo de la luna en su rostro.

-¿Sacas tus frases de novelas de amor de la biblioteca de tu madre? Jamás había escuchado frases tan cursis señorita Andley.

-¿Cómo sabes mi nombre? – pregunté con horror haciendo a un lado sus insultos.

-Te hice una pregunta – contestó con la misma sonrisa burlona del cuarto de estudios.

-Y yo te hice otra – respondí con el coraje que su presencia y sus palabras me estaban provocando.

-No es difícil saber quién eres.

Me giré furiosa y me dirigí al colegio. Me metería en serios problemas si continuaba hablando con este patán. Su belleza me ponía nerviosa y la sensación de conocerlo me urgía a regresar a mi habitación para pensar. Una mano firme que me provocó un intenso cosquilleo detuvo mi huida.

-No es de damas dejar con la palabra en la boca a un caballero, sabes que ésta no será la última vez que nos veamos señorita pecas, ya lo verás- aseguró mientras soltaba mi abrazo.

Y eché a correr rogando que no me siguiera y que no cumpliera su amenaza.

Continuara...

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Gracias por la espera.

Irlanda, Terry's Miracle Angel