My Life Without You

Disclaimer: Todos los personajes de Kuroshitsuji pertenecen a Toboso Yana.

Advertencias: shonen-ai, yaoi, OC, OOC.

-Pensamientos-.

-Diálogo-.

Acciones.

Antes que nada, debo agradecerle a las personas que se tomaron la molestia de dejarme un review. Por ello, le dedico éste capítulo a:

laynad3, Chibi_Dhamar, •°¤*Jîn©hu®!ky G¡®l*¤°•, Azura33, hikariuzumakipotter.

Muchas gracias a ustedes que cooperaron con sus críticas y comentarios para la creación de éste capítulo :) . Espero que les guste. Y, si no...entonces estoy abierta a sus críticas y sugerencias :)

Disfruten.

Capítulo 2: "Ese Mayordomo, Desaparecido."

Dos semanas después

--Mansión Phantomhive—

Maylene entró a la habitación, intentando no tropezar o provocar algún estruendo que despertase a su amo, quien, al parecer, dormía aún. Notó la oscuridad del recinto, lo que le causó temor a que su torpeza saliera a pesar de todo el esfuerzo que hacía. Al abrir la cortina, la tenue luz de aquél día nublado entró por la ventana. Al girarse, vio a Ciel Phantomhive, sentado en la cama, abrazándose las piernas y mirando a la nada. Debajo de sus ojos había unas ojeras bastante visibles, producto de todas aquellas noches de escaso y mal sueño que había pasado tras la partida de su mayordomo. Tenía un aspecto deplorable. Sin duda, el lazo que había formado con Sebastian debía de haber sido lo suficientemente fuerte como para dejarle en aquél estado. Aún no sabía por qué había renunciado aquél mayordomo tan perfecto, pero sí sabía que le necesitaban demasiado.

-Joven amo, buen día.-dijo ella, aunque sabía perfectamente que no tenían nada de bueno. –Le traje su desayuno. –señaló la bandeja de plata que llevaba en la mano. El ojiazul tan solo le miró, sin prestarle importancia, como si solo fuera una pared más. Ella se acercó, para dejarle el desayuno junto a la cama.-Creo que ya viene siendo hora de que olvide todo esto, señorito.-mencionó, intentando disuadirlo para seguir adelante con su vida. –Sé que Sebastian-san era muy importante para usted, pero ¿cree que le gustaría verlo así?-aquello lo hizo pensar un poco.-Tiene trabajo atrasado, su aspecto es lamentable, no ha estudiado nada, apenas se ha alimentado, está ausente y su salud de seguro no tarda en irse para abajo. Tiene que salir adelante, como el Conde Ciel Phantomhive que conocí.-caminó hacia él, mientras hablaba. El pelinegro se quedó reflexionando sus palabras, hasta que escuchó un grito y un fuerte estruendo. -¡Ah!-la sirvienta estaba tirada en el suelo, con té, platos y taza quebrados, y comida sobre ella. –Lo…lo siento.-se apresuró a decir, mientras limpiaba su desastre.-Perdone, señorito Ciel.-dijo, casi derramando lágrimas.

-Maylene, limpia eso y sírveme el desayuno en el comedor.-dijo, con gran determinación, mientras iba hacia el cuarto de baño. El hecho de estar sin Sebastian le dolía de sobremanera. Pero su debilidad había hecho que se alejara, ¿no? Entonces, dejaría de ser débil. Y, tarde o temprano, volvería a invocar al demonio para tenerlo de nuevo con él. Esa era su nueva meta. Su alma no quería ser libre. Quería pertenecerle a Sebastian.

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Tenía un grave problema. Cuando decidió tomar un baño, no pensó en todo lo que tendría que hacer. Ahora, se encontraba desnudo frente a una tina llena de agua fría. El problema era que su tina siempre tenía agua tibia.

-¿Qué se supone que deba hacer para que esté tibia? ¿Acaso no sale así?-abría y cerraba las llaves, notando que la temperatura del agua seguía siendo fría. –Bueno, se me hace tarde y se pone cada vez más helada. Será mejor que entre ya.-tomando valor, metió una de sus piernas al agua. De inmediato, su rostro se transformó y su cuerpo tembló. Estaba muy fría. –Y-Ya, no está fría, no está fría…-se repetía. Acto seguido, metió la otra pierna, cerrando los ojos con fuerza.-No lo está…no está fría…-se sentó dentro de la tina.-No está fría…

Con sus ojos recorrió aquella habitación, recordando el sitio donde, comúnmente, se quedaba Sebastian, esperándole. Su corazón se agitó, como cada vez que recordaba a su mayordomo, a aquella sonrisa suya, su faz perfecta, su cuerpo alto y sumamente atractivo. No pudo evitar sonrojarse al pensar en cuánto deseaba tocar a Sebastian, tenerlo nuevamente allí. Se imaginaba al demonio, sonriéndole, mientras le enjabonaba la espalda. Cómo deseaba que eso estuviese sucediendo de verdad.

-Sebastian…¿Dónde estás?-preguntó, a la nada, mientras veía su reflejo en un espejo. Un chico deprimido, de ojos azules le devolvía la mirada. Con su mano derecha tocó el ojo donde solía estar el sello con el cual podía ordenarle lo que fuera a Sebastian, pero…al igual que su amado demonio, ya no estaba. Su ojo azul había regresado, inclusive veía con él. Aún así, prefería mantenerlo cerrado. No quería que también eso cambiase en su vida.

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Se encontraba sentado, en la larga mesa del comedor, completamente a solas. Maylene acababa de irse, no sin antes haber destrozado una taza de la última vajilla que Sebastian había adquirido. Sebastian. Una vez más, llegaba a su mente aquél fatídico recuerdo, cuando le había dejado. Al despertar, había sentido tanta impotencia, desesperación que creía que se volvería loco. Le buscó por toda la mansión, despertando a sus sirvientes en el proceso, quienes llegaron a pensar que estaban bajo ataque o en una catástrofe. Aunque, pensándolo bien, esa sí que era una catástrofe. Sebastian se había ido de la Mansión Phantomhive y era casi seguro que no volvería. Luego de eso, se había sumido en sus pensamientos, lamentándose día tras día, soñando cada noche con aquella terrible despedida, donde no pudo hacer nada para retenerlo a su lado. Nada.

Instintivamente, llevó dos dedos a sus labios, recordando el sabor de aquél húmedo y doloroso beso con el cual le había dicho adiós su mayordomo. No entendía el por qué de aquél gesto, pero al revivirlo tantas veces, solo conseguía lastimarse aún más. Desechó aquél triste pensamiento, regresando al dilema que se le planteaba.

Frente a él, había varios platos con alimentos indescifrables, ya que la mayoría estaban carbonizados. Algunos simplemente se veían demasiado extraños como para que se le antojasen, y el té, sin duda no olía como a él le gustaba. Cómo extrañaba a Sebastian. No solo por lo que sentía hacia él, sino también por sus habilidades culinarias. O porque sabía cómo amarrar agujetas, o que podía dejar un moño perfectamente hecho, o que era experto en abotonar la ropa. Sin duda, era un completo inútil. Su cabello estaba totalmente impresentable, su ropa estaba arrugada y desordenada, el lazo que llevaba al cuello estaba mal amarrado y la botas que llevaba puestas estaban sin atar, por lo que debía caminar muy despacio. Si su tía Frances llegase a verle en aquél estado tan patético, inmediatamente rompería su compromiso con Elizabeth. Aunque, pensándolo mejor, no era tan mala idea después de todo. Ese compromiso no le traía más que problemas. Además, Lizzy debería estar con alguien que no solo la apreciase como a alguien de la familia, cosa que era, sino que de verdad la ame y esté dispuesto a entregarse por completo a ella. Pero, por ahora, estaban condenados a pasar sus vidas juntos.

Regresando al dilema, decidió que comería solo aquello que no hubiese pasado por el lanzallamas de Bard. Probó un bocado de un platillo que parecía gelatina, pero se dio cuenta de que no tenía nada que ver. Sin duda, su estómago sufriría tanto como su corazón.

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Su orbe azulada miró, una vez más, hacia la enorme pila de documentos que descansaban sobre su escritorio. Suspiró, regresando la vista hacia el papel que sostenía entre sus manos. Era demasiado tedioso el hecho de leer, firmar o rechazar todos aquellos escritos. Llevaba casi una hora realizando aquél duro trabajo, y aún no lograba que la torre de Babel –mejor dicho, de papeles- fuera destruida –desapareciera-. Sin duda, había dejado demasiado trabajo atrasado. Sin embargo, todo eso lo distraía lo suficiente como para poder ignorar el fuerte dolor de su corazón y la leve molestia de su estómago.

-Espero no enfermarme.-murmuró, al sentir cómo su estómago dolía un poco. Unos leves golpes en la puerta de su oficina llamaron su atención. Miró en aquella dirección durante unos segundos, esperanzado, con el corazón palpitándole cada vez más fuerte y rápido.-A..adelante.-logró pronunciar, inquieto, nervioso, recordando todos aquellas veces en que Sebastian había tocado de aquella forma antes de entrar a la oficina.

Sin embargo, la persona que entró por aquella puerta no fue otra más que su sirvienta, Maylene. Su mirada regresó, totalmente desilusionada, a los papeles que estaba revisando.

-Señorito, ya es hora de sus lecciones. El profesor Richardson ya se encuentra esperándole.-anunció, completamente apenada al notar la desilusión en la faz del Phantomhive.-¿Desea que lo haga pasar?-inquirió.

-Sí, hazlo pasar.-respondió, mecánicamente, mientras guardaba los papeles ya revisados y firmados en un cajón de su escritorio.

A los pocos minutos, un hombre de baja estatura y cabello entrecano, se adentró al recinto, dispuesto a ponerlo al corriente en sus materias.

-Éste será un largo día.-pensó Ciel, con desánimo y resignación.

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Había estado escribiendo, sin poner realmente atención ni a lo que el profesor le intentaba explicar ni a lo que estaba garabateando en su libreta. Su único ojo visible se fijó en lo que acababa de escribir, dibujar o lo que fuese que estuviera haciendo, mientras soltaba un corto suspiro. Al ver lo que había estado plasmando en el cuaderno, casi se sale el alma del cuerpo, si es que aún quedaba algo de eso dentro de él. Había desde corazones mal dibujados, hasta el nombre de su mayordomo escrito en distintos tamaños y estilos de letra. Sin duda, ésa situación le afectaba de sobremanera. Decidió cambiar de hoja, no fuera a ser que el profesor Richardson llegase a leer aquello.

Regresó su mirada hacia el que estaba de espaldas a él. Volvió a suspirar. Llevaban casi tres interminables y aburridas horas "estudiando". Aunque al principio había hecho el intento, no pudo concentrarse en la clase, por obvias razones. Su mente seguía repitiendo aquella despedida, aquél beso; seguía recordando el rostro perfecto y la sonrisa perversa, pero galante, que adornaba su rostro. Inclusive, había llegado a fantasear con que Sebastian había regresado, que estaba a su lado y, aunque sabía que era casi imposible, que le besaba con toda la ternura y pasión de la que era capaz. Corrió con suerte al descubrir, a tiempo, que no era más que una fantasía. De haber seguido con ello, no sabía lo que hubiese podido ocurrir.

-Y bien, joven Phantomhive…-comenzó el profesor, dándose la vuelta y dejando el pedazo de tiza en el escritorio. -¿Ha entendido todo lo que acabo de explicarle?-inquirió, mirándole tras unas gafas de montura dorada.

-Por supuesto, profesor.-respondió, haciendo gala de la pose autosuficiente por la que era conocido. Aunque por dentro, estaba un poco nervioso, pues si a Richardson se le ocurría la "fantástica" idea de pasarlo a que resolviera algún problema o que le contestara alguna pregunta, su farsa de buen alumno poniendo atención se iría a la basura, dejándole completamente en ridículo y, por ello, ganándose más deberes de los que tendría.

-Entonces, ¿podría usted resolver éste pro…?-comenzó, dictándole su sentencia de muerte. Pero fue interrumpido por unos golpes en la puerta.

-Adelante.-se apresuró a contestar el Conde Phantomhive, antes de que a su tutor se le ocurriera seguir con aquella petición. La puerta fue abierta, dejando entrar a Maylene, quien por poco y se tropieza por pisar el cordón desatado de sus botas.

-Perdonen la interrupción.-hizo una breve reverencia.-Señorito, acaba de llegar ésta carta.-sacó un sobre blanco de su delantal, mientras caminaba hacia donde el aludido se encontraba sentado. –Tome.-se la entregó, casi tirando una pila de papeles en el proceso.

Ciel se apresuró a coger los papeles importantes antes de que cayeran o se revolvieran, para después tomar la carta entre sus manos. El sello del sobre era color verde esmeralda, con un escudo de armas ya conocido por él. Con toda la lentitud del mundo, se dispuso a sacar la carta que contenía aquél sobre blanco, mientras las miradas, para nada discretas, de Richardson y Maylene estaban posadas en él.

-…-se puso a leer la carta, para desgracia de los otros dos, en silencio. –Estimado Conde Ciel Phantomhive. Queda usted cordialmente invitado a la celebración del Duque Rodolphus Musgrove, con motivo de su aniversario vigésimo noveno, que tendrá lugar el día veinticinco del presente mes en la Casa de Campo del Duque, que se encuentra en Londres, la cual iniciará a las diecinueve horas. Esperamos su asistencia. Atte. Bla, bla, bla… ¿Una fiesta de cumpleaños? Tan solo se la pasan haciendo celebración cada que les viene en gana. Pero…es una excelente oportunidad para hablar de negocios con personas importantes…Ese Musgrove tiene buenos contactos y, seguramente, invitó a todos ellos.-soltó un leve suspiro.-Profesor Richardson, ¿podríamos continuar mañana las clases?-inquirió, volteando a verlo.

-Por supuesto, Conde.-respondió el susodicho, antes de tomar sus cosas y salir de la oficina.-Con su permiso, que tenga buen día.

-Maylene.-le llamó Ciel.

-¿S-s-í, Bochan?-se acercó, cuidando de no caerse.

-Avísale a Tanaka que prepare el carruaje, luego vas a mi habitación. Iremos a comprar un buen traje.-salió, dejando sola, y algo confundida, a la sirvienta.

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La habitación estaba sumida en las sombras, salvo por los haces de luz de luna que entraban por los ventanales. Una figura alta se podía apreciar, frente a una de las ventanas, observando cómo caía una leve llovizna fuera de su mansión. La puerta se abrió, con cuidado, dándole paso a una persona un poco más alta que la que ya se encontraba allí. Luego de haber entrado al recinto, cerró tras de sí.

-¿Me llamó, Señor?-inquirió, con una voz que no expresaba nada.

-Charles, quiero que prepares mi equipaje.-se volteó a verlo, con unos ojos castaños inexpresivos.-Mi primo, el Duque Musgrove, dará una fiesta dentro de dos días, en Londres. Así que debemos partir ahora mismo si es posible.

-Como usted diga, Señor.-hizo una reverencia en medio de la oscuridad, antes de salir y cerrar tras de sí.-Tal parece que el destino podría tener planeado un reencuentro entre nosotros, Bochan…-murmuró, mientras caminaba por un largo y oscuro pasillo, tan solo alumbrado por pequeñas y escasas velas que le daban a su pálido rostro un aire terrorífico.


Notas de Say:

Konnichiwa!

Sin duda, me alegra que les gustara el primer capítulo, aunque tenga bastantes cambios de personalidad. Pero, debo decir que de aquí en adelante intentaré plasmar mejor la verdadera forma de ser de cada uno. Y, si alguien tiene alguna idea que desee que salga en el fic, pueden decírmela y, de algún modo la puedo poner :)

Ja ne!

Gracias por sus reviews.