My Life Without You
Disclaimer: Todos los personajes de Kuroshitsuji le pertenecen a Toboso Yana
Advertencias: OC, OOC, yaoi. SebastianxCiel. OCxCiel.
Aclaraciones:
-Pensamientos.-
-Diálogo.-
Narración Normal.
AGRADECIMIENTOS A:
tsukiko,Azura33, Rosette-no-Tabi, laynad3, hikariuzumakipotter, kozzha, hanna tao, Chibi Dhamar.
por dejar sus reviews tan alentadores :3
En éste capítulo, acostúmbrese a que a Sebastian lo nombre como Charles. : ) Su nuevo nombre de mayordomo x.x
Capítulo 3: "Ese Mayordomo, De Fiesta".
Escocia.
-Estación de Trenes-
Un hombre alto, de cabellos castaños y mirada inexpresiva, engalanado en un traje color beige con sombrero de copa de igual tono, caminaba con paso elegante y sin prisa, como si dispusiera de toda la eternidad para llegar al vagón del tren que partiría en escasos minutos. Detrás de él, caminando a un metro de distancia, iba un hombre de estatura un tanto más alta que el anterior, de cabellos negros y mirada marrón, un tanto rojiza, ataviado en un traje negro con detalles carmesíes. En sus manos enguantadas llevaba el equipaje de su señor, quien parecía no darse cuenta de que el tren estaba próximo a partir y que no lo iba a esperar hasta que llegase.
-Mi señor.-le llamó el de cabellos negros, obteniendo la atención del castaño, quien tan solo inclinó un poco la cabeza hacia un lado, en señal de estar escuchando.-Me temo que tan solo tenemos cinco minutos para llegar al vagón.-le informó, en un intento de apresurarle.
-Eso indica que al paso que vamos no llegaremos a tiempo, ¿verdad, Charles?-inquirió el de ojos castaños, sin apresurarse aún, cosa que desesperaba a su mayordomo.
-Exactamente, Señor.-respondió el otro, manteniendo la compostura aunque por dentro no estuviese tan calmado.
-Ya veo.-murmuró el aristócrata, caminando un poco más aprisa, aunque no tanto como a "Charles" le hubiese gustado.
Siguieron pasando entre el corro de gente que se arremolinaba cada vez más alrededor de las puertas de los vagones. Charles caminó más aprisa, quedando al lado de su nuevo señor, quien parecía jamás darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor ni de los problemas que le causaba a quienes se encontraban cerca de él. El mayordomo se encargó de abrirle paso entre las personas, puesto que el hombre caminaba tan ensimismado, o indiferente al mundo, que fácilmente pudieron haberlo empujado y lastimado.
-Mi señor, debería tener más cuidado, ¿no cree?-le soltó con desaprobación y enfado, sabiendo de antemano que su amo no lo escuchaba. Muchas veces, inclusive, se preguntaba si se daba cuenta de su presencia. Continuó abriéndose paso entre la multitud de personas de la alta sociedad y sus sirvientes, tomando del brazo al Marqués Frederick Harville para que se diera prisa. Pero era como si llevara arrastrando un costal de patatas.
Cuando al fin llegaron a la puerta del vagón donde les correspondía viajar, le dio unos cuantos empujones a su amo para que pasara, mientras él le seguía de cerca. Caminaron hasta llegar al compartimento privado que les pertenecía. Estando allí, el Marqués Harville tomó asiento, mientras Charles guardaba el equipaje en el maletero que tenían allí mismo.
-¿Cuánto tiempo dura el viaje, Charles?-inquirió el aristócrata, mirando por la ventanilla.
-Dura alrededor de un día, señor.-le informó, mientras comenzaba a servirle un vaso de brandy. -Tome, mi señor.-le entregó el líquido embriagante, el cual recibió el Marqués entre sus manos.
-Entonces éste será un largo viaje…-murmuró el castaño, mirando por la ventanilla, sin fijarse realmente en lo que había fuera.
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Londres, Inglaterra.
El carruaje se detuvo. Una de las puertas fue abierta por una mujer de cabellos rojos y anteojos enormes, quien salió primero, antes de que la siguiera un chico, ataviado en un fino traje azul marino, con capa negra y sombrero de copa. El Conde Phantomhive colocó sus pies sobre los adoquines que se encontraban recubiertos por una fina capa de nieve. Su rostro indiferente cambió ligeramente, convirtiéndose en una mueca de disgusto. Aquello tan solo significaba una cosa: su cumpleaños se aproximaba.
Era bien sabido por sus sirvientes que aquella no era más que una fatídica fecha que deseaba no festejar y, mucho menos, recordar. Aún así, en cierta ocasión tuvo que aceptar que le hicieran una pequeña celebración, todo aquello obra de Elizabeth. Pero, ésta vez, no iba a ceder ni un ápice. No permitiría que siquiera le desearan un "Feliz Cumpleaños". Pues sumándose a la lista de pérdidas que venía juntando desde aquél terrible mes, estaba su demonio mayordomo de quien no tenía noticia alguna. Así que, no tenía motivo para celebrar o aparentar hacerlo.
Suspiró, antes de comenzar a caminar al lado de su sirvienta, quien había resultado no ser tan incompetente como él pensaba, pues era capaz de mantenerse en pie mientras sus agujetas estuviesen amarradas y prestara atención al camino. Aún así, prefería quedarse a varios pasos de distancia de ella, por si acaso. Caminaron lentamente, pasando frente a varios establecimientos donde vendían de todo tipo de cosas.
Pero el Conde pretendía ir tan solo por un nuevo atuendo, no por aquellas baratijas que estaban en las estanterías de los locales. Siguió caminando, con cautela, ignorando los entusiastas comentarios, de su sirvienta miope, acerca de aquellos objetos que veía al pasar frente a cada tienda.
-Maylene, apresúrate.-la urgió cuando a la pelirroja se le ocurrió pararse frente a uno de los ventanales de un local donde vendían cosas para señoritas. Con gran desilusión, se separó de allí, para seguirle, resignada.-Recuerda que venimos solo por una cosa. Si quieres comprar algo, espera a que haya acabado con eso o a que sea tu día libre.-le informó, con voz fría. Aquellas fechas no hacían más que ponerle de un ánimo digno de los perros. Estaban a finales de noviembre, por lo que la fecha de su décimo cuarto aniversario estaba próxima a realizarse.
-Ehm….Bocchan…-le llamó la sirvienta, sacándole de sus pensamientos.-Y-Yo… quisiera saber si usted… tiene… planeado hacer algo para su…-comenzó a decir ella, más fue interrumpida con brusquedad.
-No pienso hacer nada fuera de lo común, Maylene. Así que te ordeno que ni siquiera me feliciten o intenten realizar una fiesta sorpresa. Es más, si Elizabeth llega con la idea de celebrarlo, deberán disuadirla de no hacerlo. ¿Entendido? Que nadie me desobedezca.-la miró, por el rabillo del ojo.-Y no quiero que saques el tema de nuevo.-ordenó, con un tono sumamente frío y autoritario.
-Está bien. Como usted ordene, Señorito.-dijo ella, realizando una reverencia a modo de disculpa.
-Entonces, sigamos.-su ojo volvió a fijarse en el camino que tenían delante.
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Tren de Escocia hacia Londres.
Fuera del vagón se podía apreciar el ocaso. El marqués tenía la mirada perdida, como la mayoría de las veces. Charles prefirió descansar un poco, ya que su amo parecía bastante centrado en algún espacio recóndito de su mente que ni siquiera se daba cuenta de que su tercer vaso de brandy se había acabado. Recargó la cabeza en el respaldo, tapizado en terciopelo rojo, del asiento. Cerró sus ojos y se permitió divagar en aquellos recuerdos que había formado con su anterior amo.
Una mirada llena de determinación, una figura esbelta y un tanto pequeña para la edad de su propietario, unos labios que tan solo formaban sonrisas burlonas o despectivas -escasas veces una sonrisa sincera-, y un rostro angelical que escondía a un travieso demonio se formaron detrás de sus párpados. Agradecía a su buena memoria por entregarle tales imágenes en los momentos en que más las necesitaba. Extrañaba infinitamente al pequeño Conde y sus usuales caprichos y cambios de ánimo repentinos. Pero era mejor estar lejos de él. Así le salvaba de un cruel destino, y a sí mismo de una infinita culpa que podría llevarle directo a la locura.
-Seguramente me odiará por haberme ido de aquella manera.-se dijo mentalmente, mientras una sonrisa triste aparecía en su rostro. -Pero era lo mejor… Para ambos….-sus labios regresaron a su forma original.-En cambio, si nos volvemos a ver… ¿Qué debo decirle? ¿Cómo debo actuar ante él? -se preguntaba. -Como dicen los humanos: "La Vida es tan complicada".
-Charles.-le llamó su nuevo amo, captando su atención. Abrió los ojos y le miró.-Creo que lo mejor será aprovechar ésta oportunidad para que cumplas tu cometido. -le miró, con una sonrisa maligna en el rostro. -No por nada el Duque Musgrove realizará su celebración de aniversario en Londres, donde toda la alta sociedad estará presente. Así que, será la oportunidad perfecta para que te deshagas de ella.
-Como usted ordene, mi señor.-contestó el pelinegro. -¿Quién lo diría? La mato, él me da su alma y su familia disfrutará de todo mientras él muere. O es un verdadero idiota al que no se le ocurrió un buen plan para quedarse él con todo el poder y la fortuna, o de verdad no desea seguir en éste mundo. Los humanos son tan exagerados. Les falta algo y se van por la salida más fácil y radical de todas: la muerte. Sea lo que sea, yo salgo beneficiado en esto. Aunque su alma no sea exactamente lo que deseo.
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Londres, Inglaterra.
-¡Señorito, se ve tan….lindo con ese traje!-exclamó Maylene, mientras observaba a su amo ataviado en un traje azul cielo. Consistía en una camisa blanca, de fina seda; un chaleco de color dorado; su saco color azul cielo con los bordes blancos, perlas por botones y holanes en las mangas y en el extremo inferior; un moño color azul oscuro; sus pantaloncillos eran del mismo tono que su saco; y unos zapatos negros. Un sombrero azul cielo, con un largo listón dorado, yacía sobre su cabeza.
-Maylene, es solo un traje. No tienes por qué ponerte así.-le regañó el Conde Phantomhive.-Ya hasta te pareces a Elizabeth.-murmuró, con fastidio. -Bien, nos llevaremos éste.-anunció, mientras entraba al vestidor para quitarse aquella ropa y colocarse de nuevo la que traía puesta hacia largo rato.
-Muy buena elección, Señorito Ciel.-alegó ella, pululando cerca de donde se encontraba él. -¿Necesita ayuda?
-No, Maylene. Y en caso de que la necesitara, no te llamaría a ti. Eres una mujer…-le recordó, con tono malhumorado.
-Cierto, pero podría llamar a alguien que le ayudase, Señorito.-musitó ella.
-Como sea…-salió, con algunos botones mal abrochados. -Vámonos de aquí, Maylene.-anunció, antes de que ella se acercara para acomodarle el saco mal abotonado. -Maylene, no desobedezcas mis órdenes.-le reprendió.
-Es que no debo dejar que el señorito salga mal vestido a la calle. -dijo ella.-Listo.-se le quedó mirando.-¿Sucede algo?-inquirió, al ver que la faz del Conde Phantomhive se había oscurecido. -¿Señorito?
-Nada… solo… es que me recordaste a…-comenzó a decir, sin darse cuenta de quién le escuchaba ni qué era lo que salía de sus labios.
-¿Le recordé a?-preguntó, sin saber exactamente lo que seguía.
-Olvídalo. Vámonos.-sacudió la cabeza, antes de volver a adoptar su postura fría y distante.
-C-claro, señorito.-le seguía ella.-Seguramente… le recordé a Sebastian-san… Qué tonta soy…
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A las once de la mañana, del día veinticuatro del mes de noviembre, arribó a la estación del ferrocarril de Londres un tren proveniente de Escocia. Dicho vehículo transportaba tan solo a personas de gran alcurnia y a sus criados. Entre ellos, se encontraba el Marqués Frederick Harville y su mayordomo Charles Clay. El aristócrata caminaba con parsimonia, mientras que su sirviente le seguía, con el equipaje en las manos y la exasperación llegando a un punto bastante alarmante en su sistema.
Salieron, casi veinte minutos después, de aquél tumulto de gente que iba y venía de la estación. Llegaron hacia un sitio donde se suponía los estaría esperando un carruaje para llevarles a la casa que el Marqués poseía en aquella ciudad. Entre las decenas de vehículos que allí había, se encontraba el que les pertenecía. Caminaron hacia él, cuidando de no chocar contra nadie.
-Marqués Harville. Qué gusto que esté de regreso.-dijo un muchacho de veintitantos años, con pinta de ser un simple sirviente y una gran sonrisa en el rostro. -Veo que ya encontró nuevo mayordomo.-agregó, al verle.-Mi nombre es Arthur.-se presentó, mientras cogía el equipaje de las manos del antiguamente llamado Sebastian.
-Charles.-se limitó a pronunciar, dejando que el tal Arthur hiciese su trabajo. Se apresuró a abrirle la puerta al aristócrata distraído al que servía, antes de que chocase contra ella por no mirar a donde debería. -Su alma no vale todo lo que tengo que hacer por él. -pensó, con gran enfado, ayudándole a subir al carruaje, antes de seguirle.-Tranquilízate y mantén la compostura… Ningún alma se acercará si quiera al valor de la del Conde Ciel Phantomhive…
No se dio plena cuenta cuando el vehículo echó a andar, iniciando un brusco vaivén al pasar sobre los adoquines de las calles de la ciudad de Londres, Inglaterra. Decidió limitarse a mirar, distraído, por la ventanilla del carruaje, mientras el Marqués se hundía cada vez más en aquél silencio imperturbable. Omitió a su nuevo amo, tal y como hacía cada día que pasaba. Sus pensamientos regresaron a su anterior señor: el Conde Phantomhive. Era imposible olvidar a un chico con tal tenacidad y fortaleza. Su alma era invaluable y sabía perfectamente que ni después de mil años encontraría una semejante. Pero prefería dejarlo ir que acabar con él.
-Tan solo es un alma… ¿Qué más da? Hay demasiadas en éste sitio.-se mintió, mentalmente. Sus ojos observaban las aceras recubiertas de nieve, donde gente iba y venía, entrando y saliendo de locales comerciales donde hacían sus compras navideñas los más precavidos. -Ya casi es diciembre. Su décimo cuarto aniversario. Creo que podría hacerle un pequeño regalo.-sonrió, para sí. Su mirada ambarina se quedó observando algo que no había notado sino hasta hacia unos segundos.-Ciel…-pensó, sorprendido y agobiado por la sorpresa.
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El joven Conde Ciel Phantomhive iba saliendo de un establecimiento de la ciudad de Londres, seguido por Maylene, su sirvienta. Había decidido comprar algunos trajes más, puesto que si lograba hacer negocios con alguno de los invitados del Duque Musgrove, necesitaría más atuendos para impresionarles a la hora de reunirse. Aún cuando eso no le agradara, había una regla importante que había aprendido de su fallecida tía, Madame Red: "Haz todo por impresionar a la sociedad." No era una norma creada por ella; estaba prácticamente establecida desde el principio de las sociedades civilizadas. Así que, teniendo en cuenta que él era un aristócrata y la sociedad le prestaba mayor atención, debía hacer todo por no quedar mal.
Su rostro mostraba un fastidio extremo. Pero ya había terminado de realizar las compras pertinentes, así que podría regresar pronto a la casa que tenía en Londres para descansar un poco.
-Maylene, ten cuidado cuando salgas. No te vayas a resbalar.-le advirtió, esperándola fuera del establecimiento. -Y tirar todo al suelo, dejándome en ridículo ante todos.
-C-Claro…-respondió ella, tambaleándose un poco bajo el peso de las cajas que llevaba cargando.
-Bien…-se giró, dispuesto a seguir su camino. Al subir un poco su mirada, se topó con un carruaje que iba pasando por allí. Y, dentro de una ventanilla, atisbó un brillo rojizo. -Sebastian…-fue lo primero que pensó al ver aquellos ojos que pronto se habían retirado. No se dio cuenta de cuándo comenzó a correr por la acera resbaladiza, siguiendo al carruaje. Estaba dispuesto a averiguar si aquellos ojos le pertenecían a él. Pero los caballos van más rápido que las personas, y más si éstas llevan zapatos con tacón y hay nieve en su camino. Paró en seco al notar que el vehículo desaparecía en la distancia y que era imposible seguirle a pie. -Sebastian…-susurró, entre jadeos.
-¡B-Bochan!-le llamó Maylene, llegando tras él, con sumo cuidado de no caerse. -¿Qué le sucedió? ¿Por qué corrió?
-Creí ver a… Sebastian…-musitó, sin darse cuenta, una vez más, que aquello salía de sus labios y llegaba a los oídos de su sirvienta.
-¿A… Sebastian-san? ¿Aquí? ¿Dónde está?-inquirió, buscándolo con la mirada.
-No digas tonterías. No está aquí. Seguro debió ser mi imaginación.-le espetó, colocándose de nuevo su máscara de frialdad.-Vámonos, Maylene. -emprendió la caminata hacia su carruaje, que se encontraba a una cuadra de allí.
-C-Claro, Bochan…-le comenzó a seguir, más se resbaló y acabó sentada en el frío suelo con las cajas tiradas a su alrededor.-Lo… Lo siento.-dijo ella, mientras se levantaba ante la mirada curiosa y burlona de los transeúntes.
-Solo era mi imaginación.-se repitió Ciel, mentalmente, ignorando olímpicamente a su avergonzada sirvienta.
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Londres, Inglaterra.
La mansión del Duque Musgrove se encontraba bellamente engalanada con decoraciones en tono marfil, mostaza y beige. Las personas, ataviadas en sus mejores galas, iban y venían por doquier, saludando a amigos y conocidos, con copas de vino o champagne en sus enguantadas manos. Paseó la mirada por el gran salón, sin dejar de seguir a su amo, quien saludaba a los invitados con un breve asentimiento de cabeza.
El Marqués Harville caminaba, sin prisas, con su nuevo traje color vino, sin ponerle atención a su camino. Era un hombre sin más propósito en la vida que dar su alma a un demonio a cambio de que éste asesinara a la única persona que separaba a su familia del bienestar eterno, el cual sería relegado a cada nueva generación. Era bastante ambicioso, de ello no había duda alguna, puesto que lo que él deseaba para que su familia lo disfrutara, es algo con lo que todos los mortales sueñan tener, pero no muchos se atreven a correr los riesgos que implica obtenerlo y permanecer. En cambio, el Marqués Harville se había atrevido. Y disfrazaba su ambición, alimentada por las ideas de sus antecesores, de generosidad. "Debes obtenerlo, cueste lo que te cueste, para ésta familia" le había sido repetido un sinfín de veces desde su nacimiento hasta el instante en que le reveló su macabro plan a sus familiares. Ahora, tan solo faltaba esperar un poco más.
-Frederick.-se escuchó detrás de ellos, por lo que se giraron para admirar a una dama de cabello canoso y rostro enjuto, ataviada en un fino vestido de seda verde. -¿Cómo has estado, hijo mío?-inquirió la anciana, quien iba del brazo de un mozo bien vestido, el cual tan solo hizo una reverencia.
-Muy bien, querida abuela. Y me complace informarle que dentro de poco tiempo nuestro cometido se hará realidad.-besó su arrugada mano enguantada.
-En ese caso, iré a mi habitación. A mi edad es casi un milagro que continúe en pie.-rió, brevemente. Inició la marcha hacia una de las innumerables puertas de caoba que había en las paredes del recinto, siendo llevada por el joven sirviente.
-Charles, espera a que te de la orden para ir por "ella".-advirtió.
-Como usted ordene, mi señor.-realizó una reverencia.
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El carruaje se detuvo, justo en la entrada de la mansión del Duque Musgrove. Uno de los tantos sirvientes, de aquél personaje, les abrió la puerta del vehículo. De él bajaron el Conde Phantomhive y la desastrosa sirvienta, quien iba más que advertida de cómo debía comportarse allí. La mirada azulada de Ciel se limitó a observar la entrada del sitio donde tendría que montar la mayor farsa de la historia, sin contar la que alguna vez protagonizó en la fiesta de aquél detestable Vizconde. Ante los ojos de todos, debería parecer el mismo Conde Phantomhive que era cuando su fiel mayordomo aún estaba a su lado. Ahora, tenía en ese, preciado, lugar a Maylene.
-Bienvenido.-dijo el sirviente, antes de que otro llegara y los condujera hacia el salón principal, donde se estaría llevando a cabo aquél ridículo, en su opinión, festejo.
Su ojo no se fijó en la decoración que tenía en sitio, mientras que su sirvienta, por otro lado, no paraba de halagar a los sirvientes que la habían realizado. ¿Qué más le daba a él si los manteles eran de finas telas color hueso o un simple trapo mugroso que utilizaban los pordioseros? No tenía importancia para él. Saludó a algunas personas, que le reconocieron, en la estancia, mostrando una falsa sonrisa perfeccionada con los años.
Comenzó a entablar un poco de conversación con un hombre bajo, de gran apetito y cabello entrecano, más no le ponía demasiada atención, pues tenía cierta necesidad de voltear hacia todos lados. Sentía como si se fuese a encontrar algo que deseaba. Y fue entonces que, a los minutos de haber iniciado su búsqueda, lo encontró. A unos quince metros, conversando con el Duque Musgrave y otro hombre de alcurnia, ataviado en un fino traje negro con detalles carmesíes, estaba el objeto de su más reciente sufrimiento.
-Sebastian…-susurró, abriendo su ojo de sobremanera.
Notas de Say:
Konnichiwa!
¿Qué les pareció éste capítulo?
Espero que haya sido de su agrado y, sino, ya saben, pueden dejar reviews con sus críticas, sugerencias, comentarios, lo que sea menos amenazas de muerte o bombas :)
Increíblemente me apresuré en actualizar en ésta ocasión.
El próximo espero que esté pronto :3
Ja ne!
Cuídense mucho.
