My Life Without You

Disclaimer: Todos los personajes de Kuroshitsuji le pertenecen a Toboso Yana

Advertencias: OC, OOC, yaoi. SebastianxCiel. OCxCiel.

Aclaraciones:

-Pensamientos.-

-Diálogo.-

Narración Normal.

Agradecimientos a: Azura 33, Duo V.P.V.M., RAVEN, Artifex-Maka, laynad3, Sayuri_Hiro, ani chan. Eri-chan, Rinnie, Hibari, Anjitzu. Por haber comentado y hasta votado. Gracias.

Pero, sobre todo, a quien éste capítulo va dedicado ya que no sólo me do ideas, casi me da una buena versión de éste capítulo. Aunque no lo puse todo, pero agradézcanle a ella:

Rosette-no-tabi

Sin tí, el fic seguiría medio en la deriva por falta de decisión.

Capítulo 5: "Ese Mayordomo, Peligro y Dolor".

-Bocchan, ¿está usted seguro de esto?-inquirió Maylene, mientras el carruaje se dirigía hacia la mansión Harville. Su voz denotaba preocupación, pues también se había dado cuenta de que las intenciones del Marqués hacia el Conde no eran nada buenas.

-No fastidies, Maylene. Suficiente tengo con mi propia consciencia como para que tú te le unas.-replicó, con gesto de cansancio e irritación. -Sé perfectamente lo que ese aristócrata de pacotilla desea hacerme, ¿acaso piensas que soy idiota? -tan solo recibió silencio por toda respuesta.-Sé que eso parece, metiéndome a la boca del lobo… pero, ¿no deseas que Sebastian vuelva?

-Claro que sí, Bocchan, pero esa no es la forma.-se quejó ella.

-Lo sé, Maylene. Además, ¿crees acaso que se la pondré fácil?-un gesto de confusión apareció en el rostro de la sirvienta- Lo único que quiero es tiempo para acercarme a Sebastian y convencerlo de que regrese a la mansión Phantomhive.

-Entonces, ¿simplemente está utilizando al Marqués?-inquirió ella.

-Por supuesto. Tan solo es otra de mis piezas de ajedrez.-musitó, confundiéndola de nuevo.-Olvídalo. Lo que quiero que hagas ésta vez, es que, cuando llegue la hora, me digas que ya es hora de irnos, y nos retiraremos sin haber consentido con lo que ese aristócrata desea. -una sonrisa cínica y de autosuficiencia se formó en su rostro.

-Entendido, Bocchan.-respondió Maylene, asustada por la actitud de su amo y por lo que deseaba hacer.

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La oscuridad invadía aquél pequeño recinto, donde tan solo una persona se encontraba. Unas orbes carmesíes era lo único que se podía ver allí dentro. Una de sus manos se posó sobre la mitad derecha de su rostro, dejando tan solo una pupila escarlata a la vista. Aquella persona, o, mejor dicho, ser, se encontraba recargada en la mesa que había al centro de la cocina. Se sentía frustrado, furioso, algo que jamás en su existencia como demonio había llegado a experimentar. Pero todo aquello fue antes de conocer a Phantomhive. Su vida estaba completamente dividida por una barrera que llevaba por nombre Ciel. Antes de conocerlo, su actitud siempre era igual, sin cambios drásticos dignos de los seres humanos. Sin embargo, ahora, después de aquél chico, no paraba de sentir cosas distintas a cada momento. Le daba vergüenza admitir que ahora bien podía estar tranquilo y al momento siguiente a punto de asesinar a quien tuviese la desgracia de pasar frente a él. Inclusive había sentido una alegría jamás antes conocida, al igual que la tristeza y el sufrimiento. Aquél niño, aquél chico, estaba convirtiéndolo en un ser humano. Y aquella era su perdición.

Ese joven, con nombre y actitud completamente opuestas, había logrado cautivarle de tal forma que no podía pensar bien. Ya no razonaba. Tenía los sentimientos a flor de piel, y su control apenas lograba ayudarle. Lo amaba, eso era. Algo poco común en un demonio, ¿pero quién dijo que no era posible? Un demonio y un humano. Tan prohibido como maravilloso, según su criterio. Pero, justamente por eso es que se había alejado de él, aunque de esto se arrepintiera por toda su existencia. Sin embargo, Phantomhive se apareció de nuevo en su camino. Y ésta vez, las cosas estaban peor que antes.

Su nuevo amo, aquél frío e indiferente hombre, se sentía atraído hacia el menor. Y estaba dispuesto a todo para quedarse con él. Pero, dadas las circunstancias, parecía que a Phantomhive le encantaba meterse en problemas a propósito o hacerle sufrir a él, puesto que no era tan estúpido como para aceptar una oferta tan indecorosa por parte del aristócrata de castaños cabellos. Esto lo hacía por Sebastian, y estaba seguro de ello. Lo que no entendía era el por qué hacerlo. Tal vez quería que éste le salvara, como siempre hacía, para así humillarle o algo por el estilo. Pero no podría hacerlo. Por más que lo deseaba, no podría, pues el contrato le obligaba a obedecer solamente a Harville. Y no podía tener dos amos a la vez. Mucho menos cuando uno de ellos era ya ilegitimo.

-Ciel… ¿por qué haces esto?-cuestionó, en la oscuridad, recibiendo silencio por toda respuesta.

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Su reflejo le devolvía una mirada lasciva y una sonrisa maliciosa. Arregló sus cabellos castaños, al igual que su corbata y el traje que portaba. Era distinto al que había llevado a la celebración, recién concluida, de su primo. Detrás de él, a varios metros de distancia, se encontraba aquél hombre atractivo que solía vestir siempre de negro. Su rostro era inexpresivo, más dentro de él estaba demasiado inquieto. Su mente cavilaba demasiado sobre lo que podría suceder aquella noche. Estaba enojado. Con Ciel, con Harville, pero más consigo mismo, puesto que nada de eso estaría sucediendo si jamás hubiese eliminado el contrato que lo unía al chico de ojos color zafiro.

-Charles, ¿cómo me veo?-inquirió el Marqués, girándose hacia él para que pudiese examinarlo de pies a cabeza.

-Se ve…-comenzó, concentrándose con todas sus fuerzas para que de su boca no saliera ninguna de las maldiciones que tanto deseaba decirle.-…bien.-mintió, pues para él jamás se le haría que se veía bien ni nada parecido.

-Estupendo. Espero que esto y el vino sirva para que Phantomhive caiga en mis redes.-musitó, mientras "Charles" apretaba la quijada.

-Espero que se ahogue con el vino, Señor.-pensó el mayordomo, intentando calmarse.

La puerta fue aporreada, con cierta suavidad, en aquél momento. El demonio se dirigió hacia ella, mientras el aristócrata se colocaba en pose. Al abrirla, se llevó cierta sorpresa al notar que Maylene se encontraba al lado de Ciel. Aquello, sin duda, alivió un poco a Sebastian, aunque no supo exactamente el por qué de su alivio.

-Bienvenidos a la mansión Harville.-dijo él, realizando una reverencia ante la mirada atenta de su antiguo amo y de la sirvienta.-Pasen, por favor.-sus palabras salían mecánicas, sin pizca de sentimiento de ningún tipo. Algo que no pasó desapercibido por sus interlocutores.

-Sebastian…-musitó Maylene, en un susurro que tan solo Phantomhive y él podrían escuchar. Sin embargo, la mirada que le dirigió él a la sirvienta le advirtió que debía mantenerse callada.

-Pasen por aquí.-abrió por completo la puerta, tomando después los abrigos, y el sombrero, de los visitantes. Les guió hasta el otro extremo del salón, donde Harville ya los esperaba.

-Conde Phantomhive. No sabe cuánto me alegra que haya usted venido. Creí que me había dicho que sí tan solo para que dejase de molestarlo en la celebración. -mintió el aristócrata, ante la mirada huraña que el más joven le dirigía. -Venga, acompáñeme al comedor, por favor.-le tendió la mano para que fuesen juntos, sin embargo el ojiazul la ignoró olímpicamente y se adentró al recinto, seguido por el Marqués. La sirvienta se quedó detrás, viendo cómo se iban.

-Maylene…-susurró el mayordomo, acercándose demasiado a ella, lo cual la hizo sonrojar. -No te separes de Ciel. Sabes lo que Harville le quiere hacer. No permitas que haga nada, ¿entendido? -ella tan solo asintió. -Ahora, ve y no hables. -la mujer hizo lo que Sebastian le ordenaba, sin chistar, pues sabía que él tenía razón, además de que el joven Phantomhive era su responsabilidad en aquellos momentos.

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La mirada carmesí del impecable mayordomo se fijó en los individuos que se encontraban sentados a la mesa. Harville estaba a la cabeza, separado, por varios metros de caoba, de su presa, junto a la cual estaba Maylene, sin alejarse de su joven amo, cual sombra. Caminó, ante la mirada azul del Phantomhive. Comenzó a servir la cena, como debía hacerlo, mientras Arthur, el joven sirviente, se mantenía callado y en pie, sosteniendo una botella de vino.

Cuando llegó el momento de servir la embriagante bebida al invitado de honor, el demonio, sin darse plena cuenta, acercó demasiado su rostro al de Ciel, quien no pudo evitar sonrojarse y respirar con necesidad el aroma que desprendía aquél ser. Sebastian, al darse cuenta de su error, pues sus labios habían comenzado a acortar la distancia, se alejó con rapidez para servirle a Maylene, dejando al Conde sumamente frustrado y confundido.

-Con su permiso.-se excusó el demonio, ofreciendo una reverencia, antes de salir del comedor, con un zafiro siguiéndole aún. Ciel, bastante malhumorado y desanimado, llevó la copa a sus labios.

-Conde, espere, por favor.-le detuvo Harville, desde el otro extremo.-Desearía hacer un brindis antes de que ésta fina bebida roce sus labios.-pronunció, con toda la galantería que era capaz de mostrar.

-Como usted desee.-musitó Phantomhive, con la voz entusiasta y amable, más falsa que un lobo haciéndose pasar por una oveja.

-Brindo porque ésta velada sea… inolvidable.-dijo él, con una sonrisa maliciosa y guiñándole el ojo, lo cual le causó escalofríos a Maylene y puso tenso a Ciel.

El joven Conde no tardó en llevar la bebida a sus labios, aparentando que bebía un poco, pues aquél gesto por parte de Harville le había provocado gran desconfianza. Sabía perfectamente que éste sería capaz de ordenarle a Sebastian que agregase al vino un ingrediente especial para dejarle inconsciente y, de esa manera, hacer lo que quisiera con él. Maylene no sería de gran ayuda, pues dudaba que llevase algún arma entre sus ropas. O tal vez sí la llevaba, pero si Sebastian protegía a su mugroso amo, no tendría posibilidades ni de rozarle.

La situación le parecía de lo más peligrosa, por lo que había de ser sumamente cauteloso a menos que desease acabar en la cama de aquél Marqués.

-Algo tengo que hacer….-pensó el ojiazul, mientras su mirada seguía fija en el sujeto que tenía en frente, examinando cada movimiento suyo que pudiera delatarlo en caso de que le hubiese puesto alguna trampa.

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Por el espacio que la puerta, ligeramente entreabierta, dejaba libre, observaba lo que sucedía en el comedor. Su mirada no se despegaba de su antiguo amo, quien se notaba tenso y un tanto distraído de la conversación que el Marqués se empeñaba en mantener, a pesar de que su interlocutor tuviese en ocasiones la mirada perdida o hasta bostezara de tanto en tanto. Aquello no iba mal aún, pero sabía perfectamente que Harville se frustraría con sus vanos intentos de cortejar al Conde, por lo que sería llamado para hacer el trabajo sucio. Era eso lo que temía, tener que entregarle a Phantomhive en bandeja de plata, para que lo tocase y manosease a su antojo.

No podía permitir que aquello sucediera.

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Su ojo zafiro podía ver perfectamente, al otro lado del ventanal, que la luna ya estaba en lo alto. Regresó la mirada hacia el hombre que se mantenía hablando desde hacia dos horas. ¿Acaso no sabía cuándo parar? Volvió a su postura inicial, sin prestarle la más mínima atención al Marqués, ni fingir que lo hacía. Estaba cansado. Tan solo había visto a Sebastian en tres ocasiones desde que llegó a la mansión: cuando los recibió, cuando sirvió la comida, y cuando sirvió el dulce y delicioso postre con aquella sazón que tanto añoraba. Ni siquiera le había dirigido una mísera mirada. Aquello le enojaba, le entristecía, le frustraba de sobremanera. Deseaba poder ir a encararlo, pero teniendo al Marqués allí, nada se podía hacer.

Miró hacia su lado, donde Maylene, terminaba con el postre. ¿Qué hacía ella allí? Jamás le dio órdenes de que se quedara a su lado todo el tiempo. ¿Sería acaso que Sebastian la hubiera mandado a cuidarle? Eso sería típico de él, pero, ¿por qué lo haría entonces, si ya no estaban unidos por el contrato? La actitud de Sebastian hacia él en público y lo que hacia en secreto, le tenían confundido. ¿Por qué se preocupaba aún por él? Y no había posibilidad de que lo hiciese por orden de Harville, ya que la sirvienta estorbaría seguramente para cualquier plan que aquél aristócrata tuviera en mente.

Sin demora, pateó a Maylene en la rodilla, con la mayor suavidad de la que era capaz en su estado de confusión y frustración. La joven le miró, con rostro adolorido y consternado. Se acercó a ella, para susurrarle: "Es hora, Maylene". Ella tan solo asintió, antes de colocarse en pie, casi llevándose consigo el plato donde su postre alguna vez estuvo.

-Bocchan, ya es muy tarde. Recuerde que mañana debe levantarse temprano para cumplir con sus deberes.-dijo, con el mayor tono de credibilidad del que era capaz. El Marqués tan solo paró de hablar, un tanto estupefacto, pues no captaba aún nada. Aquella era su oportunidad para salir de allí.

-Bueno, Marqués. Me tengo que retirar. Fue una deliciosa cena; no he tenido una como ésta en meses.- musitó, haciendo énfasis, como una indirecta hacia el demonio, quien seguramente estaba escuchando tras la puerta de la cocina, ya que sentía su penetrante mirada desde hacia largo rato. -Buenas noches.-caminó hacia la salida, seguido por Maylene.

Al llegar allá, Sebastian ya había abierto la puerta principal y mandado llamar el carruaje para devolverlos a casa. Sin duda, Ciel no se había equivocado al suponer que el mayordomo había estado escuchando.

-Que tengan buenas noches.-murmuró, cuando pasaron a su lado.

Antes de que el chico Phantomhive pudiese decirle algo, o realizar cualquier movimiento para acercarse a él, la sirvienta le tomó por los hombros y comenzó a empujarle para que se apresurase a salir. Una vez fuera, el mayordomo cerró la puerta, sin echar si quiera una mirada hacia ellos.

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Se encontraba ya en su cama, con su bata puesta. En la mesita de al lado yacía su parche tan característico. Sus ojos azules miraban directamente hacia la ventana abierta, donde tan solo se veía la ondulante cortina. Presentía que no debía dormirse, ya que algo iba a suceder. Lo sabía. Aunque, a como estaba su mente en aquellos momentos, bien podía estar tan solo haciéndose ilusiones.

Pero su respuesta llegó casi al instante. Ni un murmullo se escuchó cuando una silueta alta y conocida apareció en el alfeizar, tras la cortina que no permitía que lo viese con claridad. Pero Ciel sabía quién era.

-Sebastian.-se levantó de un salto, sin colocarse zapatillas antes de caminar hacia el demonio. Al momento en que el mayordomo tocase el suelo, una bofetada fue recibida en su mejilla derecha. No era una normal, como las que rara vez le dio en el pasado. Ésta contenía rabia y dolor. En el rostro del menor se notaban todas las emociones que sentía en aquél instante. Sebastian no permitió que notase cuánto le dolía aquello, no físicamente, sino emocionalmente. Sin duda, cada vez era más humano de lo que jamás creyó que podría ser. Pero no podía permitirle que notase aquello. -¿A qué has venido? ¿A burlarte? ¿Qué haces con ese tipo? ¿Eliminaste el contrato para ir a servirle a un estúpido aristócrata? ¿Tan poco apetecible es mi alma? ¡¿Qué rayos sucede, Sebastian?!

-Aléjese de él.-fue lo único que recibió como respuesta.-Sabe lo que planea, ¿para qué se expone de esa manera tan imbécil? Mejor váyase lejos, porque sabe muy bien que cuando él se harte de sus métodos, me enviará a mí. Y usted no podrá hacer nada. -desvió la mirada durante una fracción de segundo, intentando esconder el dolor que poseía. Pero eso no pasó desapercibido por el Phantomhive, quien no dejaba de observarle.

-Tú… ¿por qué lo haces? -inquirió.-¿Acaso te preocupo, demonio? -casi rió al decir aquello, aunque le causara un profundo desasosiego. Debía mantenerse fuerte ante él. La respuesta nunca llegó, lo cual le dio una esperanza, aunque era un poco pequeña, pero lo suficientemente grande para aferrarse a ella. -Te preocupo, ¿cierto?-susurró, ilusionado.

-No te acerques a él.-dijo el otro, de la forma más fría que pudo.

-¿Y no puedes simplemente romper el contrato? Ya lo hiciste una vez, ¿por qué no ahora? Si tanto te molesta tener que tratar conmigo, mejor elimina el contrato y se acabó tu problema.-espetó, sintiéndose humillado al demostrar un poco de debilidad y recibir un baño de agua helada.

-No.-respondió, sin darle más información sobre aquello. -Solo no se acerque. -una mirada glacial fue dirigida hacia el menor, quien no tardó en arder de rabia. Su mano impactó en el aire, donde debía estar la mejilla del demonio, quien ya se había ido.

-Eres un imbécil, Sebastian.-murmuró. -Si piensas que puedes deshacerte de Ciel Phantomhive, estás muy equivocado.-una lágrima recorrió su mejilla, antes de que la limpiara con furia. -Aunque me aborrezcas, no puedo dejarte ir de nuevo. Y no pienso hacerlo, aún cuando tenga que entregarme a ese idiota de Harville.


Notas de Say:

Lo sé, es corto, pero apenas me he dado tiempo de escribir. Eso de cambiarse de ciudad, iniciar la universidad, tareas, clases y proyectos aún me traen loca. Pero gracias a Rosette-no-tabi le seguí mucho más pronto de lo que hubiese tardado..

Bien, me iré a dormir que mañana temprano a la escuela.

Ja ne

Cuidaos todos