My Life Without You
Disclaimer: Todos los personajes de Kuroshitsuji le pertenecen a Toboso Yana
Advertencias: OC, OOC, yaoi. SebastianxCiel. CielxSebastian. OCxCiel.
Aclaraciones:
-Pensamientos.-
-Diálogo.-
Narración Normal.
Capítulo 9: "That Butler, My Life Would Suck Without You "
Aprovechando aquél incómodo silencio, el Marqués salió de la habitación, pasando al lado de un Sebastian débil y pensativo y un Arthur preocupado. Aquellas palabras recién dichas habían logrado el efecto que esperaba, pensó, sonriendo de satisfacción. Ahora, el Conde Phantomhive estaba solo. Estaba completamente seguro de que, gracias a eso, su demonio no se pondría del lado del joven y volvería a serle fiel a él, su único y legítimo dueño. Sonriendo aún, cerró la puerta tras de sí.
Los ojos carmesíes del demonio se fijaron en el bulto que se encontraba aún debajo de la sábana, oculto a la vista de todos. No quería pensar en las palabras que había pronunciado Harville, al menos no en aquél momento. Ya lo dejaría para después. En aquél momento, lo más importante era arreglar al Conde para llevarlo de regreso a casa, antes de tomar lo que, legítimamente le pertenecía: el alma del Marqués.
Luego de haberse soltado del brazo de Arthur, el mayordomo caminó, despacio y soportando el dolor que aún le quedaba, aunque ya no era tan fuerte; más bien, se iba mitigando. Se detuvo al lado de la cama del Marqués, aguantando la respiración, pues no deseaba oler todos los fluidos que habían quedado impregnados en aquellas telas. Despacio y con cierta delicadeza, retiró un poco la sábana que cubría al joven Phantomhive, descubriendo un rostro oculto entre las manos. Sintió tanta lástima al ver al orgulloso y egocéntrico Conde en aquél estado. Jamás lo habría podido imaginar así.
-Arthur, prepara el baño.-indicó, sin dejar de mirar hacia el chico que seguía sin mostrar su rostro. El otro sirviente desapareció, acatando, con rapidez, la orden de su compañero.
Sin decir ni una sola palabra al desdichado Conde, lo tomó entre sus brazos, cubriéndolo con la manta, y se lo llevó hacia el baño. Mientras iban en camino, los ojos azules del Phantomhive le miraban de soslayo, intentando captar cualquier emoción o reacción ante las palabras antiguamente dichas por el Marqués que tanto daño ya le había hecho. Mas no encontró nada en el rostro de Sebastian. Sus ojos se mantenían mirando al frente, su boca estaba completamente inmóvil, ni siquiera le dirigía alguna mirada, ni un solo gesto. Nada. Cerró sus zafiros, sin poder decir nada. No solo le dolía el cuerpo, también estaba dañado emocionalmente. Y todo por culpa de Harville. No le había bastado con humillarle así, sino que tenía que meter cizaña entre él y su demonio para evitar que, algún día, pudiera ser feliz, o al menos algo parecido. Ya no había vuelta atrás; lo hecho, hecho estaba, y no se podía cambiar. Ahora, tendría que encontrar alguna manera de hacer que Sebastian creyera en él.
Al llegar al baño, donde una tina con agua caliente se encontraba esperándoles, el demonio bajó a Ciel. Sin mirarle, lo despojó de la sábana que lo cubría y le ayudó a meterse en la tina, con sumo cuidado. Así pasaron los minutos, mientras el mayordomo enjabonaba, delicadamente, cada parte del cuerpo del Conde, mientras éste permanecía mirando las burbujas que le cubrían. Le dolía aquél silencio. Sabía por qué Sebastian no le hablaba, sabía lo que pensaba de él en aquél instante. Sin poder aguantarse más, dejó que las lágrimas de rabia y tristeza que venía conteniendo desde que le habían quitado la sábana de encima, en la habitación, salieran.
El demonio, sumido en sus pensamientos, ya no sabía qué pensar del Conde. Le quería, de eso no había duda, pero el hecho de que se le hubiera entregado a Harville, y que, como éste había dicho, hubiera disfrutado de todo aquello teniéndolo a él en la mente se le hacía algo repugnante. Pero, una pequeña parte de él creía que eso solo había sido para no sentir tanto dolor. Todo era confuso. Ya no sabía qué creer. Sacudió su cabeza, intentando alejar todos aquellos pensamientos, pues lo importante era llevar al Conde a su mansión. Después se ocuparía de todo el embrollo que había en su mente. Sin embargo, al volver a la realidad, encontró al joven Phantomhive llorando. Sus ojos carmesíes se abrieron más de la sorpresa. Jamás había visto así al Conde.
-Sebastian.-le llamó, con la voz llorosa. -Perdóname. -los oídos del demonio no podían creer lo que escuchaban.- Perdóname por todos los problemas que te causé. Si te hubiera hecho caso desde el principio, jamás te hubiera hecho todo el daño que te hice. -le miró, con cara de arrepentimiento.-Lo que dijo el Marqués… es cierto. Pero… no me quedaba más remedio. No quería sufrir tanto. Además, fue él quien me dijo. -calló.- Siento mucho todo esto. Pero… quiero que sepas que todo lo hice por mi ciego deseo de recuperarte.
Aquellas palabras, aquellos gestos, aquellas lágrimas. Todo. Todo lo dicho y hecho por el Conde Ciel Phantomhive en aquél instante, dejó perplejo al mayordomo. Al recapacitar, se dio cuenta de lo equivocado que estaba. Aún cuando el hecho de que hubiera dicho su nombre y disfrutado una parte de todo lo que había sucedido, Ciel estaba herido, no solo por fuera. Y su previa indiferencia le había afectado más. Sin pensarlo ni un solo segundo, le abrazó, no solo de manera protectora, también demostraba su cariño hacia él. El joven tardó un poco en reaccionar, antes de corresponder al abrazo.
-Esto solo es culpa mía. No debí irme.-susurró, en su oído.
El abrazo continúo por unos minutos más, antes de que el demonio se separara para continuar con el baño que le estaba dando al joven Conde, quien se encontraba en mejor estado, al menos en lo que se refería a lo emocional, pues de lo físico tan solo el tiempo le ayudaría a que desapareciera. Mientras una pequeña sonrisa aparecía en el rostro del Phantomhive, los ojos de Sebastian se volvieron afilados. Su mente comenzaba a maquinar varias alternativas para el deceso del Marqués, el cual sería pronto.
-Aprenderá que fue un error el haberse metido con el Conde Phantomhive y éste demonio.-una sonrisa amarga y maliciosa apareció en su rostro.
Desde aquella habitación no podía ver más allá de los primeros árboles y arbustos que rodeaban aquella mansión. Él quería ver, pero Sebastian se lo había prohibido. Inclusive le había dicho al otro sirviente, el tal Arthur, que le vigilara y que, cualquier cosa, siguiera sus órdenes, excepto la de salir de la habitación o dejarle solo. Pegó su rostro a la ventana, pero no alcanzó a ver el sitio donde aquellas dos figuras se detuvieron. Tan solo esperaba que fuese rápido, para estar de nuevo al lado de Sebastian y, así, poder volver juntos a la mansión. Miró de reojo a Arthur. Quizás le contratara también; no sabía si serviría de algo en la casa, quizás era igual de desastroso que sus otros sirvientes, pero no cabía duda que Sebastian había creado un vínculo con él. Sintió unas punzadas de celos. Aquél sirviente aún era joven, y tenía un rostro un tanto delicado, risueño e inocente. Además, se notaba que era cooperativo y seguramente tenía más virtudes. Torció un poco la boca y prefirió seguir mirando por la ventana. No debía hacerse ideas erróneas ahora que volvía a estar con Sebastian. Además, éste le tenía cariño a él, ¿no? Lo amaba. Tan solo debía recordar eso para dejar de sentir aquellos celos mal fundados.
-Es increíble a lo que llegamos por no haber hablado primero.-suspiró. No culpaba a Sebastian de nada, pues sabía que él era quien había provocado toda esa situación. Solo podía reprocharle el haberle dejado, aunque a medias, porque él pudo haberle dicho todo desde antes y, quizás, no habría pasado eso.
Caminaba desde hacía unos minutos, a paso un tanto lento, a comparación con el Marqués, quien le seguía, un poco desesperado por la lentitud, mas no decía nada el muy imbécil. Sebastian no sabía cómo había logrado mantenerse sereno, o algo parecido a eso, estando al lado del tipo que había abusado de Ciel y le había causado tanto dolor. Pero había que esperar solo un poco más para la venganza. Es mejor dejar que el postre se cocine lento, para que salga delicioso y perfecto. No pudo evitar otra maliciosa sonrisa.
Finalmente, paró en seco. El Marqués hizo lo mismo, a su lado. Aquella sonrisilla estúpida no duraría mucho. Había una especie de río que Harville jamás había visto, y una góndola negra en la orilla más cercana.
-Suba.-ordenó Sebastian, con toda la falsedad posible. No por nada era el perfecto mayordomo.
Harville subió a la góndola, con cuidado y mucha torpeza, pero lo logró. Sebastian tan solo dio un paso ágil y con estilo para posicionarse en ella. El demonio inició el trayecto, en silencio y sin mirar al objeto de su desgracia. Pero la justicia a mano propia siempre sabía mejor. Y pronto la venganza terminaría de hornearse y estaría lista para servirse en la más fina vajilla.
-Pronto su inútil existencia terminará. -pensó. Después de todo, había cumplido satisfactoriamente con la parte del contrato original y, de manera indirecta, con el propósito de última hora del Marqués. Ya no había razón alguna para que éste permaneciera un segundo más en la Tierra. Ni siquiera cuando le pidiera como contratista ante el momento final. Ya nada podría hacer. La muerte era lo que le esperaba al final de aquél viaje.
-Finalmente.-pensó Sebastian, cuando una isla oscura apareció a unos metros de ellos.
Bajaron de la góndola, uno a trompicones y el otro con elegancia. Siguieron un camino durante varios minutos, hasta haber llegado a unas ruinas, en las cuales se adentraron. Un cuervo los observaba desde lo alto. La mirada carmín de Sebastian y la de aquél ave se cruzaron, en un silencioso saludo. La sonrisa maligna de Michaelis reapareció.
-Bien. Es la hora, ¿no?-inquiere Harville.
-Exactamente. Lo es.-responde Sebastian, de manera elegante.
-Charles, como última orden. Hazlo lo menos doloroso posible.
Los ojos carmesíes del demonio se afilan. Todo comienza a ser envuelto por una infinidad de plumas negras. Pronto, todo lo que está alrededor de ellos deja de verse.
-Y, dígame, Marqués. ¿Cree que está en posición de darme órdenes?-inquiere, mientras su voz y su mirada comienzan a reflejar lo que de verdad siente. Harville le mira, un tanto desconcertado por el cambio brusco de actitud.- No. No está en posición de darme ni una sola orden. Y yo, mucho menos, de obedecerle.-se acerca, peligrosamente.-Quiere que acabe con su vida, sin hacerle sentir dolor… ¿tal y como lo hizo con Ciel? Creyó que por ese último comentario que dio yo le dejaría solo a él y haría todo lo que usted desea, ¿verdad? -su mano se coloca en el cuello del Marqués.-No tiene ni idea de cuánto le va a doler esto. -sonrió, de manera malvada, mostrando su verdadera forma ante el aristócrata.
Los ojos de aquél miserable humano se abrieron desmesuradamente, mostrando toda la sorpresa que aquella situación le causaba. A sus pulmones comenzó a dejar de llegarles el aire, mientras la opresión alrededor de su cuello aumentaba. Al menos su muerte sería rápida. O al menos eso pensó, pues, sin previo aviso, fue lanzado contra una de las paredes derruidas, lastimándose la cabeza y un brazo.
-No crea que su muerte será rápida. No pienso dejar que muera de manera tan digna. No lo merece. –sus ojos eran completamente carmesíes y afilados. Sus uñas habían crecido considerablemente, asemejándose un poco a las garras. Con toda la oscuridad, el Marqués apenas podía notar algo más en el cuerpo del demonio, pero lo suficiente para darse cuenta de cuándo se acercaba a él. –No pienso tener misericordia de usted, Marqués.-amenazó, arrastrando la última palabra.
-¿Qué vas a hacerme, Charles?-preguntó, aterrado, mientras lo veía acercarse, a paso lento y decidido.
-Simple, Marqués. Jugaré con usted un rato.-su sonrisa era maligna, sin rastro de inseguridad o algo que le diera esperanzas al humano. –Es hora de que el juego comience.
Volvió a tomar el cuerpo del despreciable hombre y a lanzarlo hacia las paredes. No permitía un solo momento para que al menos repusiera un poco la respiración, tan solo volvía a lanzarlo contra las ruinas, satisfecho al ver la sangre correr por su inmundo cuerpo. Pronto, la inconsciencia comenzó a llevarse al Marqués, cosa que el demonio notó de inmediato.
-No pienso darle la satisfacción de perderse el momento final. Así que tendré que adelantarlo un poco.-su sonrisa se ensanchó, mientras su mano desgarraba el pecho de aquél hombre, antes de sacarle el corazón. El grito de dolor que salió por la garganta del Marqués fue espeluznante, más aquella era la música que el demonio había esperado oír desde hacia tiempo.
Soltó el cuerpo y, sin mayor preámbulo, aplastó el corazón, el cual aún latía.
-Ya casi ha acabado, Marqués Harville.-comentó, antes de tomar el alma que recién salía del cuerpo inerte que yacía a los pies de Sebastian.-Tan solo falta que devore su alma.-las plumas negras se cernieron sobre él y el alma que sostenía, dejándolo todo en oscuridad.
-¿Cuánto más piensa tardarse?-se preguntaba Ciel, mirando aún hacia la ventana. Llevaba, al menos, una hora esperándole allí, sin despegarse del cristal. Ya estaba harto. No quería seguir lejos de él ni un momento más. –Sebastian, vuelve ya.-imploró, en silencio, mientras lograba ver movimiento en los árboles cercanos a la mansión.-Sebastian.-sintió cómo toda la inquietud que le embargaba se iba de su cuerpo.
A los pocos minutos, el demonio-mayordomo ingresó a la habitación. Su rostro se notaba un tanto radiante, aunque cansado. Al ver a Ciel, una mezcla de alegría y arrepentimiento adornaron su faz. El joven le devolvió la mirada, más alegre que dolorosa.
-Ya todo acabó.-sentenció.-Podemos irnos, Conde.-informó, acercándose a él.
-De vuelta a la mansión.-caminó hacia él, terminando con la distancia que les separaba.- ¿Irás conmigo?
-Siempre.-un beso ligero, apenas un roce, bastó para que una pequeña parte de todo su sufrimiento comenzara a sanar. Ya habría, en el futuro, más besos y roces que sanaran todo por completo.
La mansión Phantomhive volvía a la rutina normal, con los sirvientes haciendo desastres, aunque había uno nuevo que, al igual que los otros, no paraba de mostrar su torpeza. Sebastian volvía a su puesto de mayordomo estrella, solo que ésta vez se tomaba más tiempos libres, donde los aprovechaba estando al lado de su amo-amante, para disfrutar de aquella relación que, al fin, habían decidido iniciar. Además, deseaba que pudiera olvidar tanto daño que había sufrido.
Ésta vez, el demonio estaba, fielmente, al lado del joven sin la necesidad de un contrato. Lo había pensado varias veces, antes de decidir que no quería renovar aquello. No podría devorar el alma del pequeño, por más que lo necesitara. Así que, como alternativa, tendría que recurrir a alimentarse de las almas de criminales que el Phantomhive tenía que atrapar y descubrir, además de desafortunados vagabundos. Peor es nada.
El despacho era iluminado apenas por un haz de luz que lograba filtrarse por las cortinas cerradas. Aún cuando era un secreto a voces el hecho de que amo y sirviente estaban juntos en una relación, preferían mantener su intimidad tanto como podían, aún cuando lo único que se daban eran besos desenfrenados y suaves caricias. Al menos hasta que el Conde estuviese listo. No importaba si Sebastian tuviese que esperar un año, dos o tres. Prefería eso a que el joven sufriera más. Ya habría más tiempo para aquello.
-Sebastian…-susurró el joven de ojos cual zafiros, en medio de la oscuridad, tomando el rostro de su amado entre sus manos.-Quiero que me prometas que no me dejarás solo hasta el momento en que muera.
-Ciel… te acompañaré, siempre. Aún cuando tu alma se tenga que ir lejos, hallaré la manera de que no nos separemos.-le tomó del mentón, antes de sellar su promesa con un beso.
Notas de la autora:
Buenas noches :D
Sé que me tardé demasiado en traerles el último capítulo de esta historia. La verdad, fue falta de tiempo e inspiración lo que me hizo tardarme. Bueno, tan solo espero que les haya gustado. Sino, pueden decírmelo :D
Cuidaos.
Nos vemos hasta el siguiente fanfic. Solo espero encontrar alguno bueno.
