PARTE II: Perdón.

Era tan insólito verlo a Shiryu de mal humor que más de uno se lo quedaba viendo cual aborto de la naturaleza. Siempre tan sereno, tan sensato y sabio, no era "normal" el desagrado que profesaba hacia el nuevo inquilino… encubierto, o al menos intentaba disimularlo, sin éxito.

Le costó, al pobre de Belzebú, adaptarse a la sociedad, conseguir empleo fue toda una odisea, en primer lugar porque no tenía ninguna profesión, ni siquiera se mostraba predispuesto a ser cordial. No se le pedía mucho, por ejemplo, que atendiese el teléfono en una compañía sin acabar gritándole al tubo: "¡Maldito humano insolente y estúpido ¿no entiendes lo que te digo?!"

Fue difícil… para él, para Seiya y Shun, para todos, pero finalmente encontró un empleo que dentro de todo se ajustaba bastante a él: jardinero de la iglesia (la única que había en esa zona) Las pobres monjitas le tenían una paciencia de oro, y no dudaban en explicarle mil veces desde como encender la cortadora hasta que no debía pisotear las flores.

Sí, como jardinero se moría de hambre, pero era lo único que tenía, mejor es decir: fue lo único que le quedó y en donde duró un tiempo considerable. No dudaba en maldecir cuando las cosas no le salían como él pretendía, pero cuidaba de no hacerlo frente a las damas o de pedir perdón en su defecto (casi siempre éste último… se la pasaba pidiendo disculpas).

La risa de Ikki se escuchó desde Japón hasta Marte cuando supo del nuevo empleo del ángel caído, pagaría por verlo entrando a una iglesia, acaso ¿se derretiría? ¿se prendería fuego en aquel lugar sagrado? Era tan, pero tan irónico que la palabra "Ironía" era exigua.

Lo bueno es que con el poco dinero que ahorraba podía darse pequeños lujos, así se integró a ese círculo eterno del "yo cobro, yo compro", para eso sí no necesitó "adaptación", era como un niño pequeño con dinero grande, cosa que veía, cosa que quería, pero claro, no le alcanzaba para todo y ahí, la rabieta del año.

Caprichoso como él sólo.

Lo quería todo y más.

Una vez, al inicio de sus "aventuras laborales" reparó que en una tienda había una campera que le agradaba porque la había visto en una revista, claro, la prenda en cuestión profesaba unos cuantos ceros más al final de los que él podría llegar a tener en su vida… empero él en ese entonces aún le costaba comprender que para adquirir algo en el mundo humano no bastaba con uno: "Déme eso maldito humano asqueroso ¡Ahora!" y pobre del que le decía que no (como era lógico).

La policía acabó por atraparlo a mitad de cuadra portando la hermosa campera que segundos antes había divisado en la vidriera, forcejeó con los uniformados… y acabó siendo Saori quien pagó la fianza, y desde ya, la dichosa prenda (porque sí, era más sano para todos darle con el gusto y explicarle luego con más calma cómo funcionaban las cosas y como la sociedad humana arreglaba esos asuntos)

Todo eso, en un mes… ¡Un mes nada más! Y más de uno le oraba a Jesús, Zeus, Krishna, Sousuke Aizen ¿?, Kurumada para que consiguiese el perdón de los cielos ¡YA! en lo posible.

Y ya iban un mes y chirolas desde su llegada a la mansión, los ánimos se encontraban caldeados, sobre todo, como ya se dijo, para el Dragón. A Hyoga, a esas alturas, le resultaba indiferente, Bel era "eso" que caminaba por la mansión, se bebía su cerveza, se echaba en el sillón y ladraba tres veces más que Ikki. Una cosa instalada allí, cual mascota.

O sea, le daba igual su presencia como su ausencia salvo, claro, en contadas ocasiones, como cuando se bebía su cerveza, sí. Una vez le reclamó esto, no lo hizo antes no por miedo, sino porque había comprendido con más rapidez que el resto que intentar hacerle entrar en razón a él era más difícil que intentar hacer lo mismo con Seiya. Fue una tarde de harto calor, un viernes. ¡Y los viernes eran sagrados para el ruso!: Tarde de ocio desmedido, horas en internet buscando pornografía, bebiendo cerveza en ropa interior, encerrado en su cuarto, ajeno al mundo circundante.

Era perfecto, su paraíso personal, pero no… ESE viernes en particular no todo sería tan maravilloso, faltaba algo, un elemento esencial: Su mentada bebida predilecta.

—Belzebú —acusó el rubio con sus manos sobre su cintura observándolo inquisidor.

—Eh… —farfulló el aludido dándole un sorbo a la latita que con asqueroso placer finalizaba.

—¿Podrías avisarme, al menos, cuando te tomas la última cerveza?

—Seh… —ni lo miró, siguió con sus ojos fijos en la imagen que la televisión le presentaba: chicas agraciadas por Dios en bikini, corriendo por la playa.

—Digo —retomó, ahora sí, enojado, más que nada por la apatía del otro—; no me molesta que te tomes una, dos, hasta tres… de hecho cinco, pero a la sexta ¡¿podrías avisarme que no quedan más?!

—No me grites rubio que estoy a tu lado —exigió con cara de pocos amigos, observándolo con desprecio.

—Ya —interrumpió una nueva voz—, déjalo en paz, Hyoga —Seiya hurgó en el bolsillo de su pantalón y le extendió un billete—. Es sólo una puta cerveza.

—¿Una puta cerveza? —arqueó sus cejas a punto de largarse a reír—¡¿Es una puta cerveza SIEMPRE?!

—Tanto escándalo por nada —el castaño no dejó de mirarlo con verdadera ira—; ten—agitó su mano, para que el otro tomase el dinero que le estaba ofreciendo.

—No tienes porque pagármelo tú —rechazó.

—Me da igual, sólo quiero que lo dejes en paz, ¿ok?

—¿Qué está pasando? —Fue la Diosa quien se apersonó en la sala alertada por la agitación en el lugar.

Se encontró con Hyoga y el Pegasus enfrentados, Belzebú en el medio mirando televisión, indiferente aún y saboreando una rica bebida.

—Nada —exclamaron a coro los dos que más estaban involucrados.

—Bueno, entonces dejen de mirarse como enemigos, por favor —solicitó dando la vuelta para volver por donde había llegado.

El Cisne prefirió dejar las cosas allí, no tenía intenciones de pelear con el menor de los Kido por algo tan trivial y que no le incumbía a él, por sobre todo. Cuando se vio librado del ruso, Seiya lanzó un suspiro exagerado y se sentó en el sillón junto al ángel.

—¿Por qué te cae tan mal?

El Pegasus hubiese jurado que la pregunta se la hizo a la tv ya que ni posó sus ojos en él.

—¿Eh?

—Que porque te cae mal ese humano blondo.

—¿Hyoga? —Como si no supiese como se llamaba su hermano—no me cae mal —frunció su frente ¿Por qué esa apreciación?

—Sí —refutó—, lo he notado, te cae mal —vio que iba a replicar—¡Shs! No me contradigas.

—¿Por qué me va a caer mal?

—No sé, por eso te pregunto.

El Pegasus caviló al respecto, quizás era cierto, desde que Belzebú había llegado se mostraba cada vez más áspero con el Cisne, pero ¿Por qué? ¿Era así antes? Cielo santo, no servía para analizar concienzudamente las cosas, eso era tarea del Dragón, que por cierto, permanecía alejado lo más posible del demonio como si este fuese a morderlo (que nadie ponía en duda que fuese capaz de hacerlo)

Desde mucho antes de que llegara Belzebú las cosas con Hyoga se habían tornado "raras", lo único que la presencia del ángel le daba la excusa perfecta para manifestar el desagrado que sin motivos aparentes el Cisne le despertaba.

Sin motivos… al menos el Pegasus no era capaz de verlos con claridad; pero pese a ser un nulo para entender a los humanos y sus intrincados sentimientos, Belzebú lo supo con certeza, sólo quiso que el otro se lo confirmara… en vano, ya que el castaño permaneció con su rostro como si estuviese calculando mentalmente el resultado de: doscientos cuarenta y tres mil millones por cuatrocientos treinta y siete.

Dejaron las cosas allí, había mucho por hacer en ese día, como por ejemplo ir a trabajar.

—Ey, Bel ¿a qué hora tenías que estar hoy en la iglesia ayudando a las monjitas?

—A las cinco, ¿por?

—Porque son las seis y media.

El ángel se puso de pie como un desesperado volcando la latita vacía y revoleando a su paso el control remoto. Tomó su bolso colgado en el perchero y en pocos segundos estaba listo para llegar a su empleo.

***

La preciada noche del viernes llegó por fin, días de descanso y calma absoluta sin el ajetreo de la semana. Era un buen momento, en la quietud de la mansión sumida en el silencio, para leer un libro. Actividad que le resultaba placentera al demonio ya que le permitía comprender un poco mejor a esa raza de seres inferiores con los que ahora tenía que convivir.

Salió de su cuarto rumbo a la biblioteca pero frenó su paso al ver allí, de pie frente a la puerta sin intenciones claras de ingresar, al castaño.

—¿Qué sucede? —le iba a exigir que se moviese del lugar pero al ver los ojos del otro, presos de un brillo de infinita tristeza no pudo ladrarle.

—No puedes ahora Bel —le sonrió, apenas, un gesto que intentaba esconder su verdadero sentir.

—¿Por qué? Quiero leer —no pensaba dejar de hacerlo por nada ni por nadie, empero la extraña actitud de Seiya comenzaba a ¿preocuparle? No supo cómo definirlo.

—Está ocupada —bajó su vista al suelo dando apenas la vuelta—; el cisne y el Phoenix llevan encerrados un buen tiempo, así que espera unos minutos más y la dejarán libre.

Comprendió, por las palabras proferidas del menor, que aquella actividad era común en la mansión y no resultaba ser la primera vez ¿Qué hacían? ¿Para qué se encerraban tantas horas? ¿Leían juntos? A Bel le costaba, sin dudas, empero los libros, algunos subidos de tono que le robaba con descaro a Saori, le ayudaban a entender muchas cosas.

—Espera —lo tomó de un brazo evitando su huida.

—Déjame… marcharme —solicitó el castaño apesadumbrado.

—No hasta que me digas que te ocurre.

—Nada.

—No me hagas golpearte y atarte por tres días en el sótano sin agua y sin comida para torturarte hasta que me lo digas.

Bien grafico, Seiya no necesitó más, supo que el otro era completamente capaz de hacer eso, en el sentido más literal -y no metafórico- posible.

—Es de hace mucho.

—Dime —se cruzó de brazos, demostrándole al más joven que no pensaba desistir en atosigarlo.

—Es que… Ikki fue… —elevó un hombro, tomó aire y murmuró cual secreto macabro—: mi primer novio.

Belzebú abrió su boca pero ninguna palabra surgió de ella. ¿Novio? ¿Esos que se tocan, abrazan, besan, manosean, se casan, tienen hijos y después un hogar, un perro, deudas, peleas y divorcio?

—Y tú… —el ángel parpadeó buscando en su mente la manera mas idónea de expresarse—¿Y tú quieres decir que ya no es tu novio?

—Es evidente ¿no? —señaló la puerta de la biblioteca—Mira, él lo fue cuando yo tenía quince… eran cosas de chicos, nada importante. Después lo… dejé —reconoció con pesar—; él se fue, volvió y ya… acá estamos —rió, por no saber que hacer—; fin de la historia.

—Ah —concluyó—, lo que tú quieres es que sea tu novio otra vez.

—Algo así —el castaño perdió su mirada y frunció su ceño, le tocaba ser sincero—: Bueno, creo que en verdad —volvió a posar sus ojos en el otro—lo que quiero es tener a alguien en mi vida.

—Un novio.

—Seh —no era esa la palabra, pero comprendía que era la forma en que Bel entendía lo que quiso expresarle.

—¿Y eso… te pone triste?

—Un poco —reveló—, creo que lo que en verdad extraño es el contacto —asintió—; no es fácil, sabes, ser pansexual… aunque uno creería que los pansexuales tienen mas posibilidades de conseguir pareja, es complicado.

—¡¿Eh?! —ante la palabrita nueva el ángel se desencajó—¡¿Pansexual?! —abrió grande sus ojos—Adicto al… ¿pan?... Te gusta tener sexo con ¿panaderos?

La carcajada de Seiya fue tan estentórea que no sólo despertó a los que se hallaban dormidos sino que alertó a la parejita encerrada en la biblioteca.

—No Bel… otro día te explico mejor, pero básicamente un pansexual es alguien que no se fija en el sexo de la persona… es decir —no supo ni él como explicarlo—, que no le interesa si es hombre, mujer, pez, planta… el pansexual se enamora de la persona por lo que es, no por lo que representa ¿entiendes?

—¡¿Un pez?!

—Es una manera de decir —suspiró agotado, Bel tenía la capacidad de extenuarlo al borde del suicidio—; busca en internet, ahí encontrarás más.

—Entonces —retomó—porque eres ¿pansexual? No tienes novio.

—No, Bel —cerró sus ojos, luego se frotó la cien—; déjalo, mejor.

—¡¿Y cuál es tu puto problema?! —explotó ahora él harto de no entender nada.

—Eso —obvió—, que no tengo a nadie que me abrace, que me bese, que me diga que me extrañó, que me pregunte qué hice hoy, o que me cele.

El Pegasus, con un severo dolor de cabeza similar al que le producía trata de resolver una ecuación compleja, dio la vuelta con el fin de irse, empero Belzebú lo tomó por sorpresa, lo ciñó por la espalda, rodeándole con violencia, apretándolo contra su cuerpo.

—¡¿Bel, qué haces?!

—¡Te abrazo! —explicó—¡¿No querías esto?!

Ah… se suponía que ese "ataque sorpresa" era un abrazo. El Pegasus rió -para no llorar-, volteó separando los brazos del ángel y le enseñó:

—Así —colocó las manos de Belzebú alrededor de su cintura, mejor es decir debajo de sus axilas (no quiso que la cosa fuese tan osada) y él, en cambio, lo tomó por los hombros hundiendo su rostro en su pecho.

—Se siente… raro —balbuceó el ángel luego de estar unos cuantos segundos en esa posición—se siente bien…

—Muy bien —corrigió.

—Sí —reconoció afianzando más el agarre.

Algo, un calor extraño, ajeno, desconocido, comenzaba a apoderarse de su corazón humano. Pudo sentir que su espíritu se ensanchaba, acaparando el del Pegasus, o al menos queriendo hacerlo, para no soltarlo nunca.

—Gracias Bel.

Seiya se distanció y caminó tranquilo con su alma hasta su cuarto para acostarse en su cama y dormir. Su agradecimiento fue sincero ya que el ángel, con un gesto quizás inocente, y hasta se podría tildar de insignificante (que un abrazo nunca lo es) había logrado darle la paz que tanto necesitaba.

***

En esos días Seiya encontró el momento oportuno para tener una "profunda" conversación con Hyoga para terminar disculpándose con él por su extraño comportamiento en los últimos meses. Estimaba mucho al Cisne como para dejar pasar la oportunidad de enmendar una amistad que peligraba, no era la idea perder a alguien que significaba tanto en su vida, por las cosas atravesadas en el pasado, por sólo celos o envidia.

Se respiraba, aún, para ese entonces un tenso ambiente; no desaprovechaban la oportunidad, ninguno de los tres, para resaltar lo molesto que les resultaba la presencia del ángel caído en sus vidas. Si bien Saori no estaba muy contenta, tampoco le disgustaba tanto como para demostrar antipatía.

Aprovechaban, sin remordimientos, cualquier momento para hacerlo, como aquella tarde en la que Shun tuvo que intervenir y así evitar que su hermano y el inquilino se fuesen a las manos. Cuando el joven preguntó la razón de la disputa no supo que actitud tomar, si reírse, llorar o golpearlo a los dos.

Según reveló el Phoenix, "Belzebú estaba molestando a Hyoga; lo empujó" Andrómeda negó con su cabeza. Muy infantiles, los tres. Los retó, cual padre, y dejaron el altercado allí sin llegar a mayores, empero ese día auguraba no ser bueno para el demonio, puesto que una simple acotación de él a la tarde, viendo una revista, lo crucificó:

—¿Qué es esto?

—Un mp3 —reveló el joven de cabellera esmeraldina finalizando con su té.

Le habían explicado con paciencia para que servían esos aparatos, cosa que maravilló a Belzebú; con anterioridad había tenido la posibilidad de conocer la música, actividad artística que le fascinó y atrapó enseguida, como el arte en general.

—Quiero esto —señaló la foto, le faltó acotar "tráemelo ya, humano".

—Bueno, ahorra y cómpralo —propuso el castaño harto de tener que explicarle mil veces que con querer una cosa no era suficiente; en el mundo humano había que pagarlo todo para tener lo que se pretendía.

—No, lo quiero ahora.

—Pero bel —rió Andrómeda—, ten paciencia, ahorra lo suficiente y podrás tenerlo. Lo sabes —lo miró regañándolo, no hacía falta traerle a la memoria el episodio con la campera.

Esa vana conversación frente a los otros Santos y Diosa incluida, similar a miles que habían tenido, fue una sentencia para el ángel, y que gran error fue haberle pedido a las monjitas si podían adelantarle algo de dinero para poder adquirir el objeto deseado.

Feliz llegó a la mansión a la tarde siguiente mostrándoles a los dos único interesados el pequeño reproductor de música; y, oh, casualidad, esa misma noche al Dragón le faltaba una suma interesante de dinero, quizás no mucho, pero no importaba el importe sino el hecho de que no estaba donde debería estar: su billetera.

No había que ser muy lúcido para vaticinar las conjeturas que todos sacaron, pero fue el mismo pelilargo quien, dichoso en el fondo por haber encontrado un pretexto más que creíble para echarlo de una buena vez de la mansión, lo acusó con su dedo:

—Shiryu, tu no eres así —se lamentó el Pegasus en el punto álgido de la discusión.

—¿Qué sucede ahora? —inquirió la única dama del lugar con gesto cansino, era hora de ir a dormir no de discutir.

—¡Me falta dinero! ¡y éste… ! —no supo que calificativo darle—¡Que no le alcanza ni para comprarse medias se apareció hoy con un mp3!

—Belzebú, ¿lo robaste? —preguntó, cándida, la Diosa.

—No, juro que esta vez esto lo pagué.

—¡Con MI dinero!

—¿Estas seguro que no pusiste el billete en otro lado? —el joven de pelo verde trataba de buscar otros caminos posibles.

—Tsk —expresó el Phoenix con sumo desprecio—; es rápido para aprender algunas cosas, ¿eh?

—Es muy feo acusarlo de algo así —se molestó el castaño.

—Shiryu es muy cuidadoso con su dinero —secundó el Cisne—, si el dice que estaba en la billetera, yo le creo.

Tanto Shun como Seiya pudieron ver un semblante distinto en el ángel, supusieron que como siempre, acabaría insultando y golpeando a cuanto ser se le cruzase en el camino, o al menos se defendería con más ahínco, empero su postura era extraña… como si en verdad estuviese ¿triste?

—Shiryu —pronunció la dama—¿Por qué no buscas mejor en la mañana ese dichoso billete? Creo que todos estamos muy cansados hoy y no vamos a llegar a ningún lado.

—¡Y dejar las cosas así! —exclamó el Phoenix apuntando a Belzebú—se puede escapar.

—No se irá a ningún lado —le reprochó su hermano.

—Y ni que fueran todos los ahorros de Shiryu —el Pegasus frunció su frente, no le gustaba la situación, para nada, creía en Bel, no obstante debía admitir en su interior que motivos para acusarlo de algo así los demás tenían.

—No es el monto, Seiya —pronunció el rubio—, sino el gesto lo que importa.

—Lo que importa, es la cerveza —dijo el ángel, de la nada, recordando una propaganda en la televisión con ese eslogan publicitario.

—¡Ajá! ¡Y la cerveza que siempre me robas a mí! —recordó el mestizo súbitamente—Más te vales que vayas ahorrando para devolver todo lo que debes.

—Bueno —canturreó la Diosa viendo que los ánimos volvían a caldearse—, todos a dormir, mañana conversaremos mejor.

—Pero… — el Dragón no quiso dar el brazo a torcer.

—Pero nada —lo miró, con una mirada muy particular que al pelilargo lo hizo retroceder en su queja.

Ya se sabía quien llevaba los pantalones en la casa. Sin abrir la boca cada uno se marchó por su lado, rumbo a sus cuartos, para intentar dormir. Menos uno, el acusado, quien sin sueño o sin ganas de intentar conciliarlo, se quedó sentado en las escaleras observando el pequeño aparato que en un principio tanta satisfacción le había dado… ahora lo odiaba y quería arrojarlo contra la pared.

Cosa que hizo, logrando así que quedase hecho trizas sobre el suelo.

—¿Para qué trabajas si vas a terminar destrozando las cosas que compras? —reprochó el castaño a sus espaldas.

Belzebú giró apenas reconociendo la voz.

—Psh…

—¿O será que no te importa, pues como dicen todos, ese dinero lo conseguiste por el camino fácil?

—Crean lo que quieran, me da igual.

—No, no te da igual —se sentó a su lado, poniendo la mano sobre su falda—; si te daría igual—prosiguió—, no estarías así.

El ángel, orgulloso, elevó su hombro en un gesto que intentaba profesar que no le importaba, buscando así disimular lo evidente: que estaba herido.

—Yo sí te creo.

—¿Me crees? —lo miró, con un brillo inusitado en sus ojos.

—Ajá… y Shun también.

—Le pedí a las monjas que me adelantasen un poco de dinero porque quería comprarme algo y me dijeron que sí —reveló con calma.

—¿Por qué no les dijiste eso? —reprochó.

—Es lo mismo —sonrió apenas—, de todos modos no me hubiesen creído.

Seiya cerró por un breve lapso sus ojos lanzando a su vez un suspiro. No pudo negárselo.

—Perdónalos —suplicó el castaño—, aunque no parezca, aunque a veces se comporten como unos cretinos—acusó entre dientes—, son buena gente.

—Lo sé… sé que son buenos —reconoció, y ese no era el problema—; no puedo culparlos, al fin y al cabo.

Seiya se arrimó más a él, le dolía, en lo más profundo, verlo tan abatido.

—Sé quien soy… no es para menos.

—No digas eso Bel, te estás esforzando mucho.

—Gracias —sintió ganas de llorar, una emoción que nunca antes había experimentado, no en sí el llanto, sino ese dolor en su pecho.

¿Por qué no le creían? Bueno, admitió y admitía que tenían motivos, empero el asunto era ¿Por qué le dolía tanto ese detalle? que no le creyesen. Intentó distraer ese sentimiento que lo había embargado, pero no pudo evitarlo, aún menos cuando el Pegasus lo tomó entre sus brazos consolándolo, permitiéndole así que llorase en silencio.

***

Al otro día Seiya invitó al "intruso" a pasar la tarde soleada en el jardín, simplemente acostarse en el suelo a contemplar las nubes, más que nada para distraerlo un poco y sacarlo de la mansión donde era claro que su presencia no resultaba agradable, aún más luego de lo acaecido en la noche anterior.

Comenzaron una conversación cuando Andrómeda les hizo compañía que derivó hacia el altercado del dinero y la sorpresa de los dos Santos sobre el comportamiento del pelilargo. Entre los dos intentaron explicarle a Belzebú que ese no era el Shiryu que todos conocían.

—No sé que le pasa… —pronunció el joven de cabello verde negando con su cabeza.

—Entiendo que sea por Saori —analizó el castaño—; o sea, a mi también me preocuparía que un enemigo ande cerca de ella, pero lo de Shiryu ya es… demasiado.

—No, yo lo entiendo —desconcertó el único que seguía acostado observando y buscándole formas a las nubes.

—¿Eh? —La mirada que los otros dos, sentados, le profesaron, le obligaron a explicarse.

—Que Shiryu sea así —no supo como expresarse—; tengo entendido que los humanos son animales muy territoriales.

Los jóvenes elevaron sus cejas apunto de soltar la carcajada, pero Belzebú no les dio tiempo.

—Defienden tanto sus bienes como a sus hembras, ¿cierto?

—¡¿Qué, qué, qué?! —el Pegasus se acercó, sin necesidad, al demonio.

—Eso… —obvió.

—Explícate, Bel —suplicó Andrómeda.

—¿Estás diciendo que Saori es la hembra de Shiryu? —decirlo de esa forma le resultó engorroso al castaño.

—Claro.

—¿Y tú cómo sabes que ellos dos… ? —inquirió curioso sin poder terminar la frase.

—Pues —balbuceó a la pregunta de Shun—, una vez los vi… en el cuarto de ella.

Los dos Santos abrieron sus ojos lo más que el físico se los permitió, impresionados por lo revelado. Y es que jamás lo hubiesen creído o esperado.

—Un momento —advirtió Andrómeda—¿y tú como los viste?

—¡Eso! —Lo secundó el menor de los Kido—¡¿Qué hacías en la habitación de Saori?!

Belzebú abrió su boca sin que ninguna palabra surgiese de ella; se maldijo por dentro y sin escapatoria reveló:

—Es que ella tiene unos libros muy interesantes… y bueno.

—Libros hay en la biblioteca —retó Andrómeda.

—No los que ella tiene escondidos debajo de su cama —canturreó.

—¿Y qué tienen de especiales esos? —el castaño lo miró con sus ojos entrecerrados, acusador.

—Sexo.

Shun se tapó la boca con una mano como si el otro le hubiese confesado algún pecado horroroso. La naturalidad con la que se tomaba todo el asunto el ángel era por completo opuesto a la actitud que adoptaron los otros dos.

La conversación se vio interrumpida por la llegada de uno de los involucrados (como si al mencionar su nombre hubiese sido invocado); Shiryu presentaba un semblante ¿avergonzado?:

—Disculpen, ¿podría hablar a solas con Belzebú? —solicitó aplacado.

—No —negó el aludido.

—Por favor, es importante.

El ángel escondió la mirada, intentando ignorarlo. Shun y Seiya se pusieron de pie con la intención de irse, pero el grito militar del demonio les hizo sentarse de golpe, aterrados.

—Si quieres decirme algo, hazlo frente a ellos.

El pelilargo asintió, a decir verdad no le molestaba la presencia de sus otros hermanos, quienes con un rictus de impaciencia en el rostro, observaban ajenos y a la vez involucrados la escena.

—Lamento mucho haberte acusado ayer —soltó el Dragón suspirando, sintiendo que se quitaba un gran peso de encima.

Aquello en verdad sorprendió al demonio, pero no lo reveló.

—¿Y ahora qué bicho te picó, humano? —inquirió con desdén.

—Es que hoy… —reconoció abochornado—Bueno, hoy encontré el billete en el bolsillo de una campera.

—Shiryu —susurraron los otros dos, un poco alegres por el giro de la situación.

—No suelo dejar el dinero en cualquier lado, y tengo muy buena memoria, pero no sé que pasó…

—Ya ves, los humanos NO son perfectos… —acusó el ángel.

—Ya… —reconoció con sinceridad arrepentido—Perdóname, por favor, sé que te hice sentir muy mal… Y no te lo merecías.

—Bel —musitaron los dos Santos (que parecían estar allí para cumplir el papel de recordar los nombres de los demás)

—Shun y Seiya me dicen… —se corrigió—en realidad todos lo vemos, que en verdad te estás esforzando —al ver que no obtenía respuesta alguna y seguía siendo ignorando dio la vuelta profesando—; entiendo que no quieras perdonarme…

Seiya golpeó en su hombro al demonio, apremiándolo.

—Espera —reaccionó a tiempo, logrando que Shiryu diese la vuelta—: Está bien.

—Lo siento, en verdad.

—Deja de disculparte, que lo hagas mil veces no va a cambiar las cosas.

—Lo sé, sé que haga lo que haga no va a quitar el hecho de que te acusé sin razón alguna.

—Eso es lo de menos —admitió—; puesto que reconozco que no soy, lo que se dice, una persona digna de confianza.

—Y yo reconozco que no soy tan buena persona como muchos creen.

—Shiryu, no seas tan duro contigo —solicitó Andrómeda, entristecido por verlo ahora al Dragón tan abatido.

—Es entendible que por tu hembra —un codazo en su costilla lo interrumpió; menos mal que susurró tan bajo que no lo escuchó nadie más que Shun.

—Últimamente me he comportado algo raro —hasta él se sorprendía—, y lo siento, prometo que de ahora en más… —no supo cómo ni qué expresar.

—Ya… no es el fin del mundo —naturalizó el ángel.

—Si tu me das una oportunidad para conocerme, a mi también me gustaría conocerte a ti… mejor, de otra forma —balbuceó.

Belzebú asintió a las palabras de Shiryu y éste, en calma y en paz consigo mismo, se marchó satisfecho. El ángel suspiró… sí, lo había hecho sentirse muy mal, no obstante no olvidaba que él era un demonio; no olvidaba ni dejaba de lado todo lo que había hecho.

Una vez el Pegasus le había dicho que no importaba lo que hubiese hecho en el pasado, sino lo que hacía en el presente. Lo mismo se aplicaba para el Dragón quien si bien había cometido un error, éste era humano, y perdonar divino.

Un atronador ruido lo sacó de sus cavilaciones, algo se materializó en el cielo, derrumbándose estrepitoso sobre las ramas del árbol que, frente a sus ojos, dejó caer algunas hojas, producto del impacto.


Continuará…



Un mp3… ya es una antigüedad x´D

Gracias por leer. Prometo traer en cuanto pueda el último capítulo.

8 de diciembre de 2009

Merlo Norte, Buenos Aires, Argentina.