Realidad incorpórea
By Hermachis
Disclaimer: Ni D Gray-man ni ninguno de sus personajes mi pertenece. Los derechos pertenecen a Katsura Hoshino y a todos los que han comprado la licencia. Yo no tengo imaginación para crear algo tan guay. Como mucho puedo hacer este esbozo de cosa que es... raro o.o Aunque si has soportado leer hasta aquí, ya deberías haberte dado cuenta de que es raro xD
Adevertencias: OOC (Uf... y en aumento...), Shonen-ai ,mal vocabulario (para no perder la costumbre xD) , un extraño cliché y un capítulo largo, largo, largo (Bueno, no tanto, pero es el más largo que nunca he escrito lol)
Este capítulo va dedicado a Meroko porque... porque me ha obligado a dedicárselo xD Bueno, y también por ser mi beta y por darme buenas ideas. Aunque bueno, hubiera preferido dedicarle otro capítulo mejor. Este no es uno de los mejores que he hecho, que digamos....
Capítulo 6
- Parece que todo está en orden – La enfermera jefe me miró con cara de malas pulgas. Yo me limité a devolverle el mismo gesto – Pero eso no significa que te pongas a hacer el cafre. Guarda reposo, al menos durante un par de días más.
Chasqueé la lengua. ¿Iba a tener que estar dos días más sin hacer nada? Ya llevaba tres días encerrado en mi cuarto, claro que no por decisión propia.
El estúpido de Komui había decidido utilizar a una de sus nuevas máquinas del demonio para vigilarme. El maldito Komurín se pasaba el día en la puerta de mi cuarto y solo me dejaba salir para comer e ir a la enfermería o al baño. Cada vez que trataba de desviarme hacia otro sitio, el robot se interponía y me obligaba a regresar.
Hubiera querido hacerlo pedazos, pero Komui había confiscado a Mugen, por lo que lo único que podía hacer era desahogarme dándole patadas, aunque con eso no conseguía quitármelo de encima.
Ahora sabía como debió haberse sentido Allen con ese inspector detrás de él todo el día.
Sentí una extraña presión en el estómago. La última vez que había visto al Moyashi había sido en aquel mismo lugar en el que me encontraba, hacía tres días.
Le había dado un ataque de angustia y no dejaba que ninguna enfermera le examinase la mano. Sus lágrimas rodaban sin consuelo por sus mejillas y de vez en cuando balbuceaba cosas sin sentido, sentado en una camilla, mirando fijamente al suelo.
No pude soportar aquello, así que cuando me vendaron y comprobaron que mis costillas habían comenzado a sanar, me largué de allí preso de un extraño dolor en el pecho que probablemente se debía a mi herida.
Después de eso no había vuelto a verle. Había tenido la esperanza de encontrarlo por los pasillos o en el comedor, pero no había coincidido con él.
Me pregunté que demonios le habría pasado, pero no estaba tan desesperado como para pedirle información a cualquiera. Pero el conejo estaba en una misión, Lenalee no se separaba de su hermano y de Komui la única noticia que había tenido era su estúpido robot acosador, por lo que no podía preguntarle a nadie sin parecer un tremendo imbécil.
Y el pasar la mayor parte del tiempo sin hacer nada no ayudaba. Tenía demasiadas cosas en la que pensar, y aunque yo no quisiese, terminaban por venir a mi cabeza.
Allen, ese extraño akuma, la muerte del supervisor, y de nuevo Allen...
Aquel crío no monopolizaba mis pensamientos del todo, pero estaba muy cerca de lograrlo.
Solía pensar en el porqué de la forma de aquel akuma, en si sería un truco provocado por algún poder especial que tuviese o si había algo más, cuando de repente aparecía el rostro de Allen, como un flash. Agitaba la cabeza sin querer y trataba de pensar en otra cosa, pero no importaba cuantas veces hiciera lo mismo, su imagen siempre regresaba.
Era horroroso admitirlo, pero al estar varios días sin saber de él, sabiendo que su estado de ánimo no era demasiado bueno, había terminado algo preocupado por él.
Al menos había algo bueno. Probablemente los ojos que había visto en Vyatka debían ser los de ese jodido akuma, ya que no había otra explicación lógica. Eliminar ese problema había sido como hacer desaparecer un grano de arena de una duna. Resultaba frustrante porque sabía que aun me quedaban muchos más conflictos que resolver.
La enfermera se giró y se puso a hacer otras cosas. Yo me aflojé un poco las vendas y comencé a abrocharme la camisa.
- ¡Buenas! ¿Qué tal ha ido el día? - Giré la cabeza de golpe y fruncí el ceño. Al fin había aparecido el estúpido de Komui.
Me levanté de golpe y di varias zancadas para poder quedarme justo delante de él y agarrarle de la pechera.
- Tú....
Sentí un fuerte tirón en la oreja, que empeoraba cada vez que ejercía más fuerza sobre Komui.
- ¿Qué te he dicho sobre hacer el cafre? Estate quieto.
Aquel mal monstruo que se camuflaba bajo un disfraz de enfermera me soltó. Me sobé la oreja con rabia mientras aquel científico majara sonreía.
- ¿Mi pequeñín ha cuidado bien de ti?
- ¡Que le parta un rayo a tu pequeñín! En cuanto recupere mi espada voy a convertirlo en chatarra, que es lo que nunca tendría que haber dejado de ser.
El complejo-de-hermana se colocó bien las gafas, para luego negar con la cabeza.
- Entonces creo que a mi Komurín aun le queda bastante tiempo de vida. Me temo que no voy a poder devolverte a Mugen de momento.
- ¿Y se puede saber por qué no?
La estúpida sonrisa desapareció. Se trataba de algo serio.
- ¿Podemos hablar en mi despacho? Hay varias cosas que tengo que comentarte.
Asentí y le seguí sin que ninguno de los dos dijera nada, mientras que su Komurín avanzaba detrás de mí, haciendo mucho ruido y poniéndome de los nervios.
Cuando llegamos, Komui abrió la puerta y cruzó despreocupadamente la estancia hasta llegar a su mesa. Aquel sitio seguía pareciendo una leonera. Probablemente ese despacho ya debía ser un ecosistema propio. Si algún día nos daba por quitar todos esos papeles, estaba convencido que encontraríamos una flora y fauna desconocida y posiblemente peligrosa, ya que a saber la de mierda que Komui tenía por allí.
Komui apoyó sus codos sobre la mesa.
- Bueno, no se muy bien por donde comenzar...
Tenía muchísimas preguntas que hacerle, pero una de ellas destacó sobre las demás y salió sin querer.
- ¿Dónde está Allen?
Me miró fijamente.
- Es una buena pregunta. Hace un par de días que no le veo.
- ¿Cómo dices?
Me acerqué más a la mesa, hasta poder apoyarme en ella.
- Supongo que debe estar bien. No ha abandonado la Orden después de todo.
- ¿No está en una misión?
Komui ladeó la cabeza mientras se quitaba las gafas y sacaba un paño de entre los miles de papeles para poder limpiarlas.
- Claro que no. Los comandantes-jefe han estado investigando a Allen y le han retirado el permiso que le habían dado para poder realizar misiones ¿No lo sabías?
¿Cómo iba a saberlo? Es esos tres días no había podido hablar con nadie y solo abría la boca para comer o insultar a la puñetera máquina que se había convertido en mi sombra.
- ¿Por qué?
- Allen ha sido acusado de matar al inspector Link y al piloto que os acompañaba.
No podía creérmelo. Simplemente no podía creérmelo.
- ¿¡Pero qué estupidez es esa!? ¡Él no haría algo semejante! ¿Por qué iba a hacerlo?
- Dicen que quizás el inspector había descubierto algo sobre él y que puede que matara también al piloto para eliminar testigos,
Parpadeé, asombrado.
- ¿Testigos? Yo estaba allí. Si él los hubiera matado yo lo habría visto. ¿No se supone que yo sería un testigo también? ¿Por qué no me mató? ¿No te das cuenta de que eso no tiene ningún sentido?
- Yo... eso es una de las cosas de las que quería hablarte. - Vi una sombra pasar por sus ojos. - Has sido acusado de cómplice en el asesinato de Howard Link y James Owen.
Me quedé con al boca abierta. Era imposible que hubiera oído bien.
- Es una broma ¿Verdad? ¡Es imposible que estés hablando en serio!
- Cálmate, Kanda. Todavía son suposiciones y aun tienen que tomarte declaración. Pero fue por eso que me pidieron que confiscase tu inocencia. - Se puso en pie y suspiró – Necesito que me cuentes todo lo que ha ocurrido. Sino lo se no voy a poder ayudaros, y cuando le pregunté a Allen, él se negó a hablar.
Estúpido niño ¿Cómo pudo negarse en esas circunstancias?
Di un largo suspiro mientras tensaba la mandíbula.
Conté todo lo que había ocurrido desde que salimos de la orden, ignorando el dato de que bese a Allen y de todo lo que me dijo el dos puntos en el dirigible.
- ¿Me estás diciendo que lo que los mato fue un dragón?
- Era un akuma con forma de dragón, para ser más exacto.
Komui comenzó a caminar de un lado a otro del despacho, con una expresión tensa.
- ¿Qué demonios está ocurriendo aquí, Komui?
Su semblante cambió de pronto, volviéndose una mueca infantiloide.
- ¿Ocurrir? ¿A qué te refieres? No ocurre nada...
- El inspector hizo un extraño comentario sobre los dragones, pero se negó a contestarme cuando le pregunté. Bien ¿Qué sabes tú de todo esto?
- ¿Sobre dragones? - Asentí, no muy convencido. - Los dragones son criaturas mitológicas que dependiendo de las culturas son símbolos que...
- Se me está agotando la paciencia, Komui. Cuéntame lo que quiero saber, ahora.
Suspiró, dándose cuenta de que esas tácticas de distracción no le valdrían conmigo. Paró de caminar y se cruzó de brazos.
- La Orden lleva años buscando a ese akuma. Él es la prueba de que... - Me miró y sonrió con pesadumbre – Lo siento mucho. Me gustaría poder contártelo, pero me temo que es alto secreto. Esta prohibido que nadie hable de esto.
Fruncí el ceño. No entendía absolutamente nada. ¿Por qué la Orden había estado buscando a ese monstruo?
- Cuando nos enviaste a Osaka ya sabías lo que íbamos a encontrarnos ¿Cierto?
Me dijo que sí levemente con la cabeza.
- ¿¡Entonces por qué coño nos mandaste en una misión de reconocimiento!? No te imaginas todo lo que he tenido que pasar en esa mierda de viaje.
- Era necesario comprobarlo.
- ¿Comprobar? ¿El qué?
Komui bajó la vista, para luego hablarme en un susurro.
- Que el Conde ha logrado que comencemos a alejarnos de la profecía.
Quise contestarle, pero no sabía que demonios podía decirle. No supe que demonios pensar.
- Creo que ya ha sido suficiente. - Komui volvió a sonreír como si en ningún momento hubiese dicho nada – Deberías irte a descansar. Esta tarde es probable que te llamen a declarar ante los comandantes-jefe. Tú solo cuéntales lo que ocurrió y no hagas preguntas, así lograras que te dejen en paz y te devuelvan tu espada. ¡Trata a Komurín con amor!
Antes de que me hubiese podido dar cuenta, Komui me había arrastrado hasta la salida del despacho y me había echado con un empujón, cerrándome la puerta en las narices.
Miré al bicho de hojalata, el cual ladeó lo que debía ser su robótica cabeza.
- En cuanto tenga un objeto contundente, me libraré de ti. Esa será mi venganza contra ese desquiciado.
Comencé a caminar por los pasillos, seguido por los golpes metálicos que provocaban las patas de Komurín.
Así que la cosa iba de profecías...
No sabía si a Komui se le había escapado ese dato o me lo había dado por alguna razón. Pero supuse que lo más parecido que había en la Orden a las "profecías" eran las predicciones de Hevlaska.
Pero eso no tenía sentido. Ninguna de esas predicciones estaba vetada. Incluso había un registro de ellas en la biblioteca. ¿Tan importante era esa predicción que nadie podía saber nada de ella?
Normalmente ese tipo de cosas, dragones y profecías, que más bien sonaban a leyenda de tercera, me habrían resbalado. Pero no en aquella ocasión.
Ese asunto tenía que ver conmigo. Por eso no podía dejarlo pasar. Iba a descubrir que demonios se estaba cociendo en la Orden, al precio que fuese. Necesitaba información, y sabía perfectamente donde buscarla.
- Alto, Yuu Kanda. Has abandonado el límite permitido. Por favor, regresa a tu dormitorio.
Miré al robot que acababa de interponerse en mi camino. Odiaba a esa cosa, con todas mis fuerzas. Y necesitaba deshacerme de ella en ese preciso instante.
Miré a mi alrededor, y encontré lo que estaba buscando.
- Alto, Yuu Kanda. Has abandonado el lí...
- Cierra el pico, máquina del demonio.
Tomé en mis manos un jarrón de porcelana china que estaba adornando una pequeña mesita en un rincón y lo tiré con todas mis fuerzas hacia Komurín.
Al chocar con él, la porcelana se rompió en mil pedazos y cortó la mayor parte de los circuitos que se encontraban donde debía estar su nuca. Solo tuve que saltar y arrancar los pocos cables que quedaban, para que la máquina se convirtiera en una mole de metal inanimada que obstruía todo el pasillo.
Continué mi camino, aliviado.
Además, la tarea de eliminar los restos de Komurín haría que todos estuviesen demasiado ocupados como para percatarse de que iba a colarme en la habitación de Bookman.
Llegué hasta la puerta que estaba buscando y me quede parado, pensativo.
No podía simplemente entrar por la fuerza. Sería demasiado fácil destrozar la puerta y buscar lo que me interesaba, pero eso me causaría bastantes problemas.
Tampoco tenía porque romper la puerta, solo debía forzar el picaporte lo suficiente para hacerlo ceder. Cualquiera podría haberlo hecho.
Puse la mano sobre la perilla de metal y la giré al máximo. Un poco más de fuerza y...
- ¿Kanda? ¿Qué estás haciendo?
Mierda.
Me giré para ver los ojos inquisitivos de Lenalee sobre mí. La chica se atuso el cabello, que ya casi le llegaba hasta los hombros, para luego cruzarse de brazos.
- ¿Por qué estás intentando entrar en la habitación de Lavi y Bookman?
- Tengo mis razones.
Suspiró.
- ¿Serías tan amable de decírmelas, por favor? No me parece bien que trates de entrar en la habitación de otras personas. ¿Cómo te sentirías si Lavi entrara en tu cuarto cuando estás de misión?
- Lavi entra en mi cuarto cuando yo estoy aquí, que es mucho peor.
- Kanda...
No iba a librarme. Tendría que darle una explicación.
- Tú hermano quiere jugar a los misterios. Así que he decidido descubrir las cosas por mi cuenta.
- ¿Misterios?
La chica frunció levemente el ceño.
- ¿Sabes tú algo sobre una profecía?
Negó con la cabeza.
- No, no me suena de nada.
- Entonces debe ser verdad que es información clasificada, si ni siquiera se lo ha contado a su querida hermanita.
- ¿De qué estás hablando?
Solté la perilla y la encaré.
- Ese es el problema, que no se de lo que hablo porque no se de que va todo esto. Pero lo voy a averiguar.
Volví de nuevo la vista hacia la puerta. Oí un par de pasos detrás de mí.
- Kanda. Necesito preguntarte algo.
Suspiré
- Si te respondo... ¿Te irás y harás como si jamás me hubieses visto aquí?
Lenalee asintió resignada.
- De acuerdo – La chica miró a sus pies, los cuales hacía ya varios meses que no calzaban las botas oscuras - ¿De verdad vosotros... matasteis al inspector? ¿Por qué lo hicisteis?
Vaya, al parecer la noticia se había propagado como la pólvora.
- Ni Allen ni yo hemos matado a nadie. No se lo que te han contado, pero no son más que mentiras. El asesino fue un akuma.
La chica me miró un momento con sorpresa, como si hubiese dicho algo que no le encajaba, para después juntar las manos en su regazo, con una leve sonrisa. Yo me limité a mostrar una mueca ante sus gestos.
- Sabía que vosotros no haríais algo así. - Me miró, con una sonrisa aun más notable – Bueno, quizás tú sí. Pero no Allen...
- ¿Me estás llamando psicópata, Lenalee?
Ladeó la cabeza.
- Solo digo que tú eres un poquito más bruto y serías capaz de hacer más tonterías en momentos difíciles. Pero yo sé que no matarías a alguien sin una razón.
- Sí, tú trata de arreglarlo ahora. - Ella se rió – Bueno, ahora cumple tu parte del trato.
Me guiñó un ojo.
- Voy a hacer algo mejor. Espera aquí.
Y se fue corriendo. No pasaron ni un par de minutos antes de que Lenalee estuviera de vuelta, con una llave entre sus dedos.
- La cogí del cajón de mi hermano. Tiene una llave de repuesto de todas las habitaciones de los exorcistas - Me la puso en la mano y sonrió – No le digas a nadie que te la he dado. Y no pases mucho tiempo husmeando. Que te dé esto no significa que esté de acuerdo con lo que haces.
¿Entonces para que demonios me la daba? Jamás entendería a esa chica. Se despidió con la mano mientras se alejaba.
- Cuando termines, deja la llave en el jarrón chino que hay en el otro pasillo. Trata de no causar ningún destrozo.
Me reí entre dientes. Algo me decía que ninguna de las dos cosas iba a ser posible.
Una vez me hube quedado solo, abrí la puerta y entré, cerrando más tarde con llave.
La luz que entraba por la ventana se perdía entre las enormes montañas de libros. Tardaría años en encontrar algo ahí.
Comencé a buscar en un montón que tenía cerca. Estaba seguro de que allí debía haber registros de esa profecía, pero era inútil que buscara entre tantos documentos.
Incluso aunque tuviera permitido realizar registros por su condición de Bookman, era improbable que mantuviera algo que parecía ser tan importante para la Orden al alcance. Debía tener esa supuesta profecía bien escondida.
Bien, entonces tendría que mirar en lugares más recónditos.
Comencé buscando bajo la cama, pero a parte de encontrar más libros, pelusas, una cucaracha y lo que parecía los pedazos de una fotografía rota, no parecía haber nada que realmente llamase mi atención.
No había entrado allí para cotillear. Además de que poco podía importarme a mí la vida de esos dos, pero no pude evitar mirar los fragmentos de aquella fotografía. Pude distinguir entre todos ellos la parte de una cicatriz en forma de pentáculo,
Había estado demasiado tiempo pensando en ese rostro como para no recordar a quien pertenecía. Aquello me hizo sentir una presión en el pecho, como si algo me estuviese comiendo por dentro, mientras mi imaginación volaba...
Traté de ignorarlo. Tenía algo importante que hacer.
Mi siguiente punto de búsqueda fue el armario, pero allí tampoco había nada fuera de lo común.
Entonces me quedé quieto y reflexioné. Si yo fuera Bookman, trataría de esconder un árbol en el bosque. Sí se mezclaba aquel documento con algunos que pareciesen no tener importancia, sería muy difícil encontrarlo. Aunque más que difícil, empezaba a creer que sería imposible.
Estaba harto. Necesitaba encontrar esa maldita profecía pronto. Tendría que ir a declarar probablemente en un par de horas, y para entonces ya tendría que haber salido de allí.
No me daría tiempo. Ni en un par de horas, ni en un par de días, probablemente ni siquiera en un par de meses. ¿Tendría que resignarme?
Me cabreé. Di una patada al suelo con fuerza desmedida. Vi entonces como la puerta de una pequeña trampilla se abría al otro lado de la habitación.
Fruncí el ceño.
Avancé hasta quedar al lado de la trampilla y miré en el interior. En el pequeño hueco solo había un cofre de madera pobremente adornado, viejo y desgastado. Lo tomé entre mis manos y lo observé. Tenía un pequeño candado.
Miré el cierre con detenimiento. A saber dónde demonios podía estar la maldita llave. Arranqué de cuajo el candado. A pesar de haberlo forzado, no estaba roto, por lo que podría volver a ponerlo más tarde.
Al abrirlo, vi que el interior destacaba notablemente con el exterior, ya que estaba forrado de seda negra. Sobre ese fondo se encontraba un papel enrollado.
Saqué el documento y quité la cinta que lo rodeaba, para ver su contenido y descubrir entonces que estaba escrito en chino.
Levanté una ceja. Gracias al estúpido de Tiedoll y a su obsesión por enseñarme todo tipo de cosas inútiles, había aprendido las bases del idioma. Pero no creí que fuera suficiente para poder leer tantísimas líneas teniendo tan poco tiempo para ello.
Ojeé por encima el texto, buscando algo que me indicase que había encontrado algo útil.
Me detuve de repente, cuando vi el símbolo que representaba a la palabra dragón.
Volví a la primera línea y comencé a traducir mentalmente con mucha paciencia. Observé el reloj que había en una de las paredes y vi que era la una de la tarde. No podía arriesgarme a que me descubriesen allí, así que me iría en dos horas.
Lancé un suspiro y rogué porque pudiera encontrar algo interesante antes de las tres. Cerré los ojos con fuerza y tras eso, continué leyendo a la mayor velocidad que pude.
OoOoOoOoO
No habían pasado ni veinte minutos cuando los comandantes-jefe asintieron y con un gesto me dejaron ir.
Komui tenía razón, solo les conté lo que querían saber y antes de que me diera cuenta ya tenía a Mugen de regreso.
Deambulé por los pasillos sin tener muy claro a donde ir. Mi mente se había convertido en un hervidero de ideas que revoloteaban de forma inconexa, causándome una desagradable presión en mi interior.
Hubiera deseado acribillar a los comandantes-jefe a preguntas sobre todo lo que había leído, pero llegado el momento de cuestionarles el hecho de que me hubieran estado ocultando algo tan importante, me quedé mudo.
Quería respuestas, pero me sentí incapaz de pedirlas. Quizás porque ya era suficientemente complicado saber lo que ya sabía. Puede que simplemente mi inconsciente considerase que no necesitaba saber más, que ya había sido suficiente.
Realmente había querido hacer desaparecer las cuestiones que me embargaban, pero ahora había empezado a pensar, por primera vez, que tal vez hubiese sido mejor la ignorancia.
Qué sería de mí en un futuro lejano no era algo que me hubiese puesto a pensar alguna vez, ya que bastante tenía con ocuparme de mi presente. Y sinceramente, no me habría sentido mal si hubiese seguido viviendo como hasta ahora, sin preocuparme de lo que ocurriría mañana, por que ahora solo podía mirar al futuro, y veía angustiado como se me echaba encima sin que hubiera alguna forma de esquivarlo.
Cuando vi que llevaba una hora dando vueltas por la torre, me detuve, llevándome un par de dedos a las sienes. ¿Qué se supone que iba a hacer ahora? ¿Debía creerme lo que había leído? ¿Podría simplemente dejarlo pasar?
Respiré hondo. Puede que tan solo fuesen imaginaciones mías. Aquella profecía estaba llena de metáforas extrañas que yo había interpretado como había podido. Tal vez las ideas que había sacado eran erróneas, pero lo cierto es que era demasiada casualidad. Todo lo que había ocurrido, Allen, yo, ese dragón... nada dejaba demasiado espacio a la equivocación. En realidad, no existía otra interpretación posible.
Me sentí frustrado. Tuve ganas de golpear la pared, pero me contuve. Debía calmarme.
Pero mantenerme tranquilo en aquella situación era demasiado complicado. No podía simplemente abandonarme a la idea de que mi futuro ya estuviera escrito, que todo lo que había luchado solo había servido para seguir como un imbécil las vías que alguien había puesto bajo mis pies y que yo no había decidido nada...
Necesitaba un descanso. Si no despejaba la mente terminaría desquiciándome.
Giré sobre mis talones y me dirigí a mí habitación. Entré en ella y cerré con un portazo. Para luego apoyarme contra ella y soltar un largo suspiro.
- Vaya, alguien tiene un mal día ¿Eh, Yuu?
No, Dios. Cualquier cosa menos eso.
- ¿Qué coño haces aquí, conejo?
Lo vi sentado en mi cama con las piernas cruzadas, como si fuese lo más normal del mundo.
- Vine a devolverte la visita. Como has estado en mi cuarto supuse que me echabas de menos.
Mierda. ¿Cómo se había enterado?
- No tienes pruebas.
Me mostró su mano, la cual había estado escondida tras su espalda, para enseñarme un largo cabello negro.
- Encontré esto bajo la cama. Y significa que o es tuyo o Bookman tiene una cara oscura que no quiero conocer.
Fruncí el ceño. No lo había entendido, pero estaba seguro de que no quería entenderlo.
- Venga, Yuu. ¿Qué hacías allí?
- ¿Piensas que voy a explicártelo? Para mí es mucho más sencillo y reconfortante echarte a patadas.
Se pudo de pie con un salto.
- Sí, podrías hacer eso. Y yo podría entonces contarle a los jefazos que has leído la profecía. ¿Te parece?
- ¿Te estás atreviendo a amenazarme?
Él negó con la cabeza, dejando ver una pequeña sonrisa.
- Solo es algo que podría ocurrir, no te estreses.
No estaba seguro de porqué, pero la Orden no debía enterarse que yo sabía de la existencia de esa profecía. Estaba contra la espada y la pared.
- No quiero meterte en líos, Yuu. Podemos solucionar las cosas como adultos.
- Solucionemos las cosas como adultos ahora. Pero cuando tenga una oportunidad, juro que te mataré – Vi como una gota de sudor resbalaba por su frente – Ya sabes lo de la profecía ¿No? Pues eso es todo.
- ¿Y que piensas hacer ahora?
- ¿Qué demonios quieres que haga?
- Podrías hablar con el Moyashi-chan, por ejemplo.
Por encima de mi cadáver. Ahora que estaba al tanto de todo, tenía varias razones para no querer acercarme a él.
- Primero, no pienso hacerlo. Segundo, no te metas. Como Bookman se supone que tu posición es la de un simple espectador ¿No?
Me dedicó una sonrisa enigmática que me puso de los nervios.
- Yuu, hay muchas cosas que no sabes...
- Y ni quiero saberlas. Lárgate
- Da igual lo que hagas. No importa si te alejas de él. Crees que así lograrás algo, pero estás equivocado. No podrás salvarle la vida a Allen.
- ¡Vete de una puta vez!
Esquivó por los pelos el puñetazo que acababa de lanzarle.
- No hace falta que lo digas tres veces. Ya me voy, Yuu. Cuídate.
Agitó la mano alegremente para luego pasar por mi lado y tomar la perilla de la puerta.
- Ahora haces como si no te importara ¿No? Se que tenías una foto de Allen bajo la cama. No finjas que te da igual si esa jodida profecía se cumple.
Noté como se tensaba. Me habló sin quitar la vista de la puerta.
- Yo solo soy un espectador, Yuu. Después de todo, los protagonistas de esta obra sois vosotros. Tú verás lo que haces. Aunque tu papel es el de leer las líneas que han escrito para ti.
Alcé la barbilla.
- No es mi estilo. Prefiero improvisar.
- Pues buena suerte entonces. Vas a necesitarla. - Abrió la puerta para luego añadir – Todos vamos a necesitarla.
Se fue y yo me quedé allí, perplejo.
Me senté en la cama y me quedé mirando al frente. Maldito conejo ¿Quién demonios se había creído que era? Me deshice la coleta para luego observar sin mucha atención la flor de loto, vieja y detestada compañera, que había marcado cada una de las etapas de la vida que era capaz de recordar.
Que imbécil había sido ¿Acaso no era lo principal salvar mi propia vida? ¿Por qué preocuparme por la de los demás?
Cerré los ojos y me tumbé en la cama. En el fondo no era tan complicado. Solo debía seguir comportándome como hasta ahora. Luchar por mí y dejar en segundo lugar lo demás, al menos hasta que lograra mi propósito.
Ya tenía al mitad del trabajo hecho, ya que lo único exterior a mí que me preocupaba era Allen, y yo solo debía mantenerme alejado de él. Dijese lo que dijese el estúpido de Lavi, eso era lo único que podía hacer. Era la mejor manera de mantenernos a salvo. Aunque aquello era algo relativamente sencillo ahora que el Moyashi había prometido dejarme tranquilo.
Me giré para quedar tumbado de lado, entreabriendo los ojos para volver a observar la flor de loto.
Definitivamente, necesitaba un descanso.
OoOoOoOoO
El sonido de mis pasos se amortiguó contra las losas de piedra. Miré a mi alrededor y no vi más que oscuridad. Aquel silencio me aprisionaba las entrañas, matándome por dentro. Me detuve, perdido, sin saber a dónde ir.
Debía seguir buscando, no podía detenerme. No me quedaba mucho tiempo, y había algo que debía hacer. Necesitaba encontrarle cuanto antes.
Cuanto más avanzaba, más cansado me sentía. Un paso, otro paso, cada cual más lento que el anterior. Se me nubló la vista y antes de que me diera cuenta estaba tumbado boca arriba, notando como mi corazón disminuía sus latidos y mi respiración se detenía. Todo había terminado.
Note un cálido aliento sobre mis labios. Ni podía ni necesitaba ver quien era. Sus dedos rozaron mi mejilla y sus lágrimas cayeron sobre mi rostro. Él sufría, pero yo no podía pensar en una mejor manera de morir.
Extendí mi mano para acariciar con mis yemas aquella cicatriz que bajaba desde su frente. Mi vista se oscureció, esta vez por completo, dejando así de ver aquellas manchas borrosas que debían ser sus ojos grises. Dejé caer mi brazo, perdiendo las pocas fuerzas que me quedaban.
Desperté sin sobresaltarme, ya acostumbrado a aquella sensación. Permanecí con los ojos cerrados, hastiado, esperando a que el dolor de mi pecho se disipase.
Un sueño, uno de tantos otros, con la diferencia de que aquel era la primera vez que aparecía.
Abrí los ojos y miré al techo. Llevaba una semana repitiendo un monótono ciclo que me estaba absorbiendo sin que yo me diese cuenta. A penas había salido un par de veces a comer algo; el resto del tiempo lo había pasado durmiendo. Sueños como el que acababa de tener me atacaban, pero incluso eso resultaba más agradable que mis momentos de vigilia.
Hiciera lo que hiciera, no era capaz de despejar mi mente. Miles de pensamientos chocaban entre sí, provocando que más de una vez me quedara fijamente mirando a la puerta, luchando conmigo mismo para no salir a zancadas de aquellas cuatro paredes y al menos preguntar a alguien como se encontraba aquel maldito Moyashi de pelo blanco.
Porque no podía volver a verlo. Finalmente, se trataba de algo irremediable. No podía permitir que aquellas extrañas sensaciones que se habían adueñado de mí ser se extendieran más. Era absolutamente necesario que me olvidara de aquello. Si quería que el plan que había trazado llegase a buen puerto, no podía permitirme seguir pensando en él de esa manera. Y Allen... Bueno, eso no era un problema. Si todavía no había dado señales de vida, es que se había tomado muy en serio aquello de no volver a acercarse a mí.
Y eso era una ventaja. Por eso no podía entender que fuese algo tan terriblemente doloroso. Una presión en el pecho, que empeoraba con el paso de los días, me hizo darme cuenta de que las cosas se habían complicado más de lo que yo pensaba. Creí que solo necesitaba algo de tiempo para olvidar esa profecía, y con ella el posible futuro de Allen, pero esos pensamientos habían sido los de un imbécil ingenuo.
Aquella profecía lo decía claramente. Hablaba de dos dragones, que se complementaban como la noche y el día. Dos guardianes que debían estar juntos para proteger lo más preciado, y de los cuales uno debía morir.
Solo necesité hacer un par de conexiones mentales para comprenderlo.
No entendía a que se refería con lo más preciado, pero podía entender quienes eran esos dos dragones.
Aquella historia había ocurrido antes, en el pasado. No sería extraño que aquel akuma que había visto fuera el resultado de aquella profecía, la cual más bien se asemejaba a una tragedia griega. Si yo hubiera estado en el pellejo de aquel dragón negro, como en los textos lo llamaban, probablemente si después de tanto luchar la persona a la que en teoría amaba se matase, puede que yo también hubiese perdido un poco el juicio y decidiera traerlo de vuelta como fuese.
Y después de ver la apariencia humana de ese akuma, no tuve que pensar demasiado para llegar a una conclusión obvia. Yo era el nuevo dragón negro.
Cuando por primera vez pensé eso, solo pude decirme a mí mismo que era algo absurdo y que debía tratarse de una broma. Pero no pude evitar pensar en quien sería ese dragón blanco, aquel que supuestamente debía estar junto a mí para luego morir por el bien común. Instantáneamente me vino a la cabeza la imagen de Allen. Niño imbécil que se sacrificaba por todos. Era de su estilo el hacer una tontería semejante. Y lo que me dijo Lavi solo logró que me hiciera pensar que no estaba equivocado.
Pero era estúpido. Los llamaban dragones porque esos dos chicos habían tomado esa forma debido a un poder, el cual estaba seguro de que debía ser inocencia. Pero mi inocencia no tenía esa forma ni por asomo, y la de Allen tampoco. Quizás en nuestro caso debía tratarse de algo más metafórico, o quizás simplemente escapase a mi compresión. Sentía que me faltaban datos.
Pensé en recurrir a Komui y sacarle esos datos por la fuerza. Pero luego me dije que no quería saber nada. No iba a dejar que esa profecía se cumpliese. No pensaba proteger nada, no iba a estar al lado de Allen, y en cualquier caso, no iba a dejar que él muriese, por lo cual no me era necesario tener ningún dato.
Me incorporé y salí de la cama. Pasé mis dedos entre mis cabellos y miré hacia la vidriera. No podía saber que hora era, pero no se oía ni un ruido, así que debía ser bastante tarde.
Era perfecto. Necesitaba estirar un poco las piernas y despejarme. Me adecenté un poco y salí de la habitación.
Efectivamente, por los pasillos no había ni un alma. La poca luz y el silencio sepulcral, roto solo por el eco que provocaban mis pasos, crearon una atmósfera tétrica que más que aliviar mi tensión la aumentaban. Sentí como si aquella situación fuera demasiado parecida a lo que acababa de soñar, lo cual lograba que mi humor empeorase. Solté un bufido. Tenía que salir de aquella maldita torre, o al menos tomar un poco el aire.
Pasé ante un espejo, viendo mi reflejo de refilón, lo cual hizo que me detuviese un momento. Aquella semana de encierro auto-impuesto me había sentado fatal. No supe si era por la poca luz, por mi humor de perros, o por haber pasado más tiempo dormido que despierto, pero estaba claro que aquel no era uno de mis mejores días.
Me peiné con la mano, tratando de deshacer un par de nudos que se habían formado en la punta de mis cabellos. Chasqueé la lengua. Definitivamente, no podía seguir así. Había dejado que la situación del enano y esa maldita profecía me afectase demasiado. Y eso era algo que no podía permitir. En cuanto saliera el sol, iría al despacho de Komui y le diría que si estimaba su salud física, me encargase alguna misión. Tanto tiempo allí metido me estaba pasando factura.
Mantenerme ocupado era la solución para terminar con aquel suplicio. Me mordí el labio inferior, frunciendo el ceño. Era increíble la cantidad de tiempo que había perdido por dejar que mis problemas me abrumasen. Podría haberme dedicado a entrenar o a meditar, que buena falta me hacía, en lugar de entrar en estado de hibernación como si hubiese decidido convertirme en un murciélago.
Me quedé un momento observando mi reflejo, con la mente prácticamente en blanco. Solía ocurrirme a menudo, cuando era pequeño. Me miraba en el espejo y no era capaz de reconocer la imagen que este me devolvía, como si me estuviera mostrando algo totalmente ajeno a mí. Con el paso de los años, aquella sensación casi había desaparecido. Fue extraño reencontrarme con esa extraña percepción de la realidad, que pensé que hacía tiempo que no existía.
Sacudí la cabeza con ímpetu, tratando de regresar a mi ser. Cogí un cordón que llevaba en mi bolsillo y me hice una coleta baja. Antes de ir a amenazar a Komui me daría una ducha, a ver si lograba quitarme esa cara de espantapájaros que se me había quedado.
Deje de mirarme y continué mi camino, hasta llegar a unas escaleras que llevaban a la azotea de la torre. Ascendí por ellas de manera automática, sin prestar demasiada atención.
Abrí una puerta y me quedé mirando al cielo. Se veían las estrellas con mucha claridad. Era extraño, como si faltase algo en aquella bóveda celeste. Observé el cielo y sonreí con una mueca. Claro, había luna nueva.
Respiré hondo el aire tibio de finales de primavera. La noche era agradable y el ambiente sereno. Eso era justo lo que necesitaba.
Avancé hasta quedar justo al lado de uno de los postes que adornaba el techo del imponente cuartel general. Me recosté sobre él, para cerrar los ojos y dejar que la brisa chocara contra mi cara.
Cerré los ojos y me dejé envolver por aquel silencio ameno, hasta que note algo que no encajaba en aquel cuadro. Estaba escuchando otra respiración a parte de la mía propia.
Traté de ver algo en medio de la oscuridad, y vi que a unos cuantos metros de mí se encontraba una persona hecha un ovillo, profundamente dormida. Solo tuve que observar su cabello para saber de quien se trataba. Me acerqué unos cuantos pasos a él.
- ¿Qué demonios haces durmiendo aquí, Moyashi?
Despertó sobresaltado, sin entender muy bien que ocurría. Balbuceó algo, aun medio dormido.
- ¿Kanda...? ¿Qué...?
- Yo he preguntado primero. Responde.
Se incorporó para restregarse los ojos, y más tarde clavar la vista en el suelo.
- No le digas a nadie que me has visto aquí, por favor...
Me crucé de brazos, esperando a que volviera a hablar. Cuando al fin lo hizo, me dedicó una mirada suplicante.
- No soportaba seguir encerrado, así que me escape. Necesitaba al menos un poco de aire.
Enarqué una ceja.
- ¿Escaparte? Con que estabas encerrado...
Asintió levemente, como si se sintiese avergonzado.
- Lo siento...
- ¿Por qué demonios pides perdón?
- Te he metido en problemas...
Contuve un suspiro exasperado. Estúpido niño.
- No fue nada que no pudiera solucionarse hablando. ¿Por qué coño no respondiste cuando te preguntaron qué había ocurrido? Ahora no tendrías que estar escapándote de ningún sitio.
Desvió la vista, dirigiéndola hacia dónde debía encontrarse en aquel momento la invisible luna. Tuve la impresión de que le incomodaba el contacto visual.
- No pude...
- ¿Cómo que no pudiste? ¿Eres tan tonto que ya no eres capaz ni de hablar en tu propio idioma?
Preparé la dinamita para una explosión, pero al parecer la mecha debía estar mojada, porque me quedé esperando una reacción por su parte que nunca llegó. Fruncí el ceño, pero él solo ladeó la cabeza, sin prestarme demasiada atención. Sería posible...
- Da igual lo mucho que lo sientas. Con sentarte ahí y mirar a la nada no vas a lograr devolverles la vida. Solo estás perdiendo el tiempo.
Se levantó de golpe.
- ¡Callate! ¡Tú no tienes ni idea de como me siento!
Me hacía una idea, lo veía en sus ojos. Era el mismo brillo que un rato antes había visto empañado en mi sueño: sufrimiento, aunque no parecía ser de la misma intensidad. Yo no podía ser considerado una persona empática, pero por alguna razón sí que era capaz de comprender como se sentía, y eso me daba auténtico terror. No era algo de lo que ese crío pudiese enterarse.
- Ni lo se ni me importa. Solo pretendía darte un consejo. Y no se por qué coño me molesto en perder mi tiempo contigo.
- Eres un completo imbécil.
Sonreí de medio lado.
- Yo seré un imbécil, pero al menos no voy por ahí arrastrándome por los suelos, compadeciéndome de mí mismo.
Levantó la mano para cruzarme la cara, pero yo le tomé por la muñeca con fuerza, logrando que terminara llorando de rabia al ver que no lograba zafarse de mí. Bajó la cabeza, mordiéndose el labio inferior antes de hablarme.
- Siempre te has mostrado como si fueras una máquina que solo sirve para hacer su trabajo. Fui un idiota al pesar que había algo más en ti. Debería de haber sabido que estaba equivocado.
Aproximé mi rostro al suyo, hasta quedar a escasos centímetros de él.
- Si estás equivocado ¿Entonces qué se supone qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué coño iba a tomarme la molestia de hablar contigo?
Sus ojos se abrieron de par en par, como si no entendiera nada de lo que acababa de decirle. Se limpió las lágrimas con la mano que tenía libre.
- Quieres humillarme. Es lo único que siempre has querido. No se que demonios te he hecho, pero sé que tú me odias.
- Si te odiara, simplemente hubiese pasado de ti. O te habría echado a patadas para poder quedarme solo. - Solté su muñeca mientras él se apartaba de mí un par de pasos y me miraba de refilón – Y no solo no lo he hecho, si no que encima estoy tratando de ayudarte.
- ¿A esto le llamas tú ayudar? - Sonrió apenado – Vale, no se que otra cosa podía esperar de ti...
Nos quedamos en silencio durante un rato, mientras que la brisa se convertía en un viento fuerte que le hacía tiritar.
- Vas a ponerte enfermo. - Le dije al ver que no se movía.
- Que más da.
- No empieces con esa actitud de viejo hastiado de la vida. Que tengas cabellos de anciano no significa que debas comportarte como uno.
Hizo un mohín y comenzó a caminar hacia el interior de la torre. Sin saber por qué, yo le seguí.
¿Qué coño estaba haciendo? Tenía que mantenerme alejado de él, no perseguirle como un perrito faldero. Otra vez estaba cediendo, y con ello mandando a la mierda mi plan. ¿Es que había perdido todo mi auto-control? Con eso solo lograría que Allen...
- Eres una persona muy extraña. No se a qué atenerme contigo y ya no se qué pensar de ti.
Alcé la vista, para ver que seguía caminando por delante de mí, dándome la espalda.
- Pues no pienses nada. Sueles hacerlo siempre, así que seguro que se te da muy bien.
Frunció el ceño, molesto.
- Estoy hablando en serio.
- ¿Ves acaso que yo me esté riendo? No trates de entenderme. No serás capaz.
- Si no me dejas, claro que no...
Di un par de zancadas, para quedar delante de él y cortarle el paso.
- Vamos a dejar las cosas claras. Que no te odie no significa que puedas hacer y deshacer lo que te de la gana. Tú y yo tenemos puntos de vista muy diferentes. Y hazme caso, lo mejor que puedes hacer es no meterte en mis asuntos.
- Dices eso pero luego eres tú el que viene a mí...
Dibujé una mueca.
- ¿Cómo dices?
Él solo me miró un momento, para luego negar con la cabeza.
- Pues eso, que no te entiendo. Si de verdad no quieres humillarme ¿Por que tú...?
- No tengo respuesta para eso.
Allen levantó las cejas, incrédulo.
- ¿Cómo...?
- No lo se. ¿De acuerdo? No preguntes.
El Moyashi se quedó pensativo, teniendo la impresión de que había tomado mis palabras como una gran revelación. No debería haber dicho nada.
Continuamos caminando, esta vez yo por delante, tratando de mantener las distancias. Cuando llegamos a la altura de mi habitación, me detuve.
- Hasta aquí el paseo. Regresa a tu cuarto.
Estuve dispuesto a entrar a abrir la puerta, cuando sus manos me tomaron por la muñeca.
- Solo... un poco más. No quiero volver.
Traté de no mirarle a los ojos. No podía ceder a sus peticiones, de ninguna manera. Pero el notar como mi corazón había empezado a latir con más fuerza no me ayudaba en absoluto
- Te vas a meter en líos.
¡Dios! ¡Solo tenía que decirle que no! Se trataba únicamente de dos letras. No era tan difícil.
- Aun nadie se ha llevado el futón en el que Link dormía. Lo he puesto en un rincón, pero yo...
- Deja de sentirte culpable, Moyashi. Las cosas ocurrieron así. ¿Qué ganas con seguir dándole vueltas?
Suavizó su agarre, sin soltar mi muñeca, dándome la impresión de que solo buscaba mantener contacto conmigo. Sacudí la cabeza levemente. Debían ser imaginaciones mías.
- Podría haberlo evitado...
- Y yo también pude y no lo hice. ¿Y ves que yo me este machacando con el tema?
- Pero eso es por que tú eres de hielo. No tienes sentimientos.
Me mantuve en silencio. Mirando fijamente a la puerta de madera. Estaba empezando a sentirme bastante incómodo.
- Kanda ¿Por qué me besaste aquel día?
Un sudor frío resbaló por mi nuca. No sabía bien que demonios debía contestarle.
- Perdí el control. Eso es todo. Como si tú no hubieras hecho nunca ninguna tontería.
- No como esa. - Buscó mirarme a los ojos, y esta vez me sentí incapaz de evitarlo – Normalmente siempre pareces tan seguro de ti mismo, que me parece tan extraño que tú...
- Yo también tengo permitido dudar. Soy humano.
Me dedicó una enorme sonrisa.
- Supongo... que puedo concederte un momento de duda.
Fruncí el ceño, tratando de no darle ningún sentido a la frase que acababa de decirme.
- ¿Puedo quedarme aquí esta noche? No te molestaré demasiado.
Eso era el colmo. Me solté de su agarre con un tirón.
- ¿Se supone que eso es una broma? Porque no tiene ni puñetera gracia.
- Por favor...
- ¿Por qué? Cuanto más tarde regreses, peor será para ti.
- Yo... No quiero estar solo.
Ladeé la cabeza. Era imposible que hubiera oído bien.
- ¿Pero qué...?
Se quedó en silencio un momento, para luego levantar la cabeza y dedicarme una mirada afligida.
- Estoy harto de estar solo. Me ahogo, no puedo soportarlo más. Solo por esta noche.
- Si quieres compañía, creo que no estás buscando la más adecuada. Ve con Lenalee o con Lavi.
No se por qué sentí un extraño nudo en el estómago al decir eso. No, definitivamente no quería que se fuese con ninguno de los dos. Lo mejor que podía hacer era volver a su cuarto.
- No es lo mismo. Cuando estoy contigo me siento más tranquilo...
- ¿Tranquilo? Antes casi me saltas los dientes de un tortazo ¿Eso te parece a ti tranquilidad?
Suspiró, como si estuviéramos hablando idiomas diferentes y fuésemos incapaces de entendernos.
- Me desestabilizas. Logras que pierda las formas. Pero consigues que me desahogue y que me sienta mejor.
Levanté una ceja, dedicándole una mueca.
- Y luego soy yo él que es incomprensible. - Abrí la puerta y me aparté, cruzándome de brazos – Solo por esta noche. Y como me molestes te hecho a patadas ¿Lo entiendes?
Volvió a sonreírme, de forma más notable incluso, dedicándome después una mirada de agradecimiento. Le indiqué que entrase, siguiéndole yo unos segundos más tarde.
Se tumbó en la cama boca arriba, logrando que pudiese observar desde ese ángulo sus más que notables ojeras. Con lo que era ese crío, era bastante probable que se hubiese quedado mirando al futón, incapaz de dormir.
- Este lugar es bastante tétrico. Muy típico de ti.
Ignoré su comentario. Me quedé un momento de pie, pensando en lo que debía hacer ahora.
- ¿Kanda...? - Abrió los ojos, dedicándome una mirada interrogante, al ver que me había quedado plantado en medio de la habitación. Se levanto de la cama con un bote – Lo siento. Supongo que tú querrás dormir en la cama.
- No voy a dormir más. Me trae sin cuidado si quieres quedarte ahí.
Se sentó en la cama, fatigado. A penas había luz en la habitación, lo cual creaba un extraño ambiente que no me resultaba del todo incómodo.
- Gracias. Realmente lo necesito. - Se quitó las botas y se tumbó de nuevo, acurrucándose contra las sábanas - ¿Y que vas a hacer tú mientras?
- Ya me buscaré la vida. Y si tan cansado estás, duérmete de una maldita vez. Recuerda que dijiste que no ibas a molestarme.
- De acuerdo. Buenas noches, Kanda.
Su respiración se acompasó y antes de que me pudiese darme cuenta, ya se había quedado dormido.
Rodé los ojos y me deje caer al suelo, apoyándome contra la pared. En menuda situación me había metido. Aunque probablemente solo debían faltar un par de horas para el amanecer. Podría soportarlo.
Me llevé una mano a la nuca. Una parte de mí me reprendía mentalmente por no haber sido capaz de echar a Allen de allí, pero la otra parecía pasar por completo del asunto. Y es que empezaba a estar bastante harto.
Quizás sería más sencillo contarle todo sobre la profecía, pero supe que eso no serviría para nada.
El sacrificio del "dragón blanco" significaba la salvación del mundo. Decirle aquello sería como inducirle al suicidio. Él haría lo que fuera por ayudar a la gente.
Repetirme una y otra vez que él no debía importarme no servía ya de nada. Él no debía importarme, pero me importaba. No me gustaba saber que había estado encerrado, que había pasado noches enteras sin dormir, y no quería ni pensar en que pudiese ocurrirle algo.
Mierda, que bajo había caído. Me sentía incapaz de alejarle de mí. Lo único que podía esperar es que fuera Allen el que se alejase de mí. Aunque si no lo hiciese, él era un niño y los niños eran caprichosos. Terminaría cansándose tarde o temprano.
Miré al Moyashi y observé que tiritaba. El muy imbécil ni siquiera se había tapado.
Me levanté, cogí una manta de debajo de la cama y se la eché por encima. Enarqué una ceja cuando, en medio de la casi total oscuridad, fui capaz de ver su rostro lleno de lágrimas.
Soltó un hipo y me di cuenta de que aun estaba dormido. Estaba llorando en sueños. Increíble. Me senté al borde de la cama y agité su hombro sin mucha suavidad.
- Moyashi. Despierta, vamos.
Abrió los ojos de golpe y se incorporó. Miró a su alrededor, probablemente sin lograr ver nada.
- ¿Kanda? - Se limpió el rostro con la manga de su camisa. - Lo siento mucho. No pretendía molestarte.
Volvió a limpiarse, pero sus lágrimas parecían ríos inacabables. Suspiré con apatía, justo cuando iba a levantarme para buscar un pañuelo antes de que se le ocurriera limpiarse en mis sábanas. Pero él me retuvo, abrazándome por la cintura.
- Yo... Lo siento. No te vayas, por favor.
Apoyó su mejilla contra mi espalda, logrando que me quedase totalmente bloqueado y que apareciese una extraña sensación en la boca de mi estómago. Tuve la sensación de que si pasaba mucho más tiempo así, el corazón iba a terminar rompiéndome las costillas.
- No voy a irme a ningún sitio. Estás es mi habitación. - Sentí la humedad de sus lágrimas traspasando la tela de mi camisa. - Y deja de llorar. Me estás mojando.
Se apartó de pronto, avergonzado. Aproveché entonces para sacar un pañuelo de tela de mi bolsillo y comenzar a limpiar el rastro acuoso de sus mejillas.
- Kanda...
Vi sus ojos grises a través de la oscuridad. De nuevo esa sensación que me picoteaba en las sienes, la cual era imposible de ignorar. El malestar que se había acumulado en el tiempo que estuve sin saber de él, parecía haber salido a flote, provocando que fuera más insoportable el hecho de estar a su lado en aquel momento y no besarle que semanas enteras sin su presencia.
- Me concediste un momento de duda. No puedes echarte a atrás ahora.
No estaba cediendo. El reto era difícil, pero no me había rendido. Yo jamás me rendía. Solo estaba atravesando un periodo de duda. Podía permitirme dudar, aunque solo fuese por esa noche. A la mañana siguiente tendría fuerzas renovadas para continuar. Solo una vez. Después me olvidaría de él definitivamente. En todos los aspectos.
Me incliné y le besé sin pararme demasiado a pensar lo que hacía. Había estado deseando volver a hacerlo desde que le había besado por primera vez, pero no creí que aquel contacto sería diferente al anterior.
El sabor salado de sus lágrimas mojaba sus labios, dándole un extraño matiz que no acababa de comprender, pero que era sumamente agradable, sobre todo porque me di cuenta de que ya no estaba llorando.
La presión era diferente, comprendí entonces que se debía a que Allen estaba correspondiendo el beso. Era distinto al anterior, desde luego; era mil veces mejor.
La calidez de su aliento era simplemente adictiva. Me sentí incapaz de separarme de él hasta que note que necesitaba respirar.
Le obligué entonces a que se volviera a tumbar, ganándome así una mirada de sorpresa por su parte. Yo simplemente me acomodé a su lado.
- Duérmete, Moyashi. Con esas ojeras pareces un muerto.
Sus mejillas se tiñeron de rojo mientras él apartaba la mirada. Pasé un brazo por detrás de sus hombros y le acerqué a mí. Después de un par de minutos, volvió a quedarse dormido.
Yo observé su rostro, el cual era incluso más infantil mientras dormía, hasta que sin darme cuenta yo también me quedé dormido, más por la influencia de verle tan relajado que porque sintiera alguna clase de cansancio.
Permanecí así un largo rato, hasta que el sol estuvo alto en el cielo, logrando descansar más esas horas que toda la semana que había pasado durmiendo, gracias a que ni un solo sueño me había perturbado.
Estar a su lado parecía demasiado sencillo, algo a lo que era fácil acostumbrarse. Algo a lo que yo tendría que renunciar en cuanto abriese los ojos.
Continuará...
El rincón de las estupideces de Hermachis.
Sí, increíblemente, no hay glosario. Si no ha habido sitios que visitar ni cosas que encontrarse, no ha habido demasiado que investigar. He hecho mis pequeñas investigaciones, pero no era nada que sea demasiado extraño o que pueda explicarse a estas alturas del fanfic, así que como si no hubiese hecho nada lol
El otro capítulo es un bicho bola pinchado en un palo comparado con este. Casi nueve mil palabras de capítulo. Voy superando mis propias plus marcas personales o.O Y eso que pretendía que este capítulo no fuera demasiado largo porque sabía que iba a ser un rollo u.ù Pensé en partirlo, pero por alguna razón, algo me dice que no lo haga, así que así se queda, como el monstruo que es.
Curioso que sea tan largo un capítulo en el que casi no cuento nada... cosas de la vida, supongo xD
He reescrito muchísimas partes, y aun así hay cosas que no me gustan como quedan, pero de verdad me siento incapaz de hacer más. He puesto lo mejor de mí, y aun a pesar de ser largísimo, pienso que este capítulo no da la talla u.u
En este hueco escribí al principio una nota psicótico-depresiva que borré porque más bien parecía una auto-inducción al suicidio o_O cierto que este capítulo no es la joya de la corona, pero vendrán otros mejores, espero xD Ojala todos los que leéis tengáis la paciencia de esperarlos n_n
Quería comentar cosas sobre la profecía, pero me abstengo xD Cada cual piense lo que quiera, sea bueno o malo (Aunque como autora de este coso, preferiría que fuera bueno ) Y sí, eso era el cliché, se siente xD
Gracias a KISproductions, hikaru88, Dircray, GABYNEKO, Lissy Aquarius, Pat Peeves, jicalazuxil, NIKONIKO-CHAN, Ichi – Ichi y Noriko por sus comentarios n.n Que siempre logran darme una enorme sonrisa y muchas fuerzas para continuar con este proyecto.
Los comentarios de Dircray y de Noriko están contestados en mi perfil n0n
Y también gracias a aquellos que lo han leído y espero que os haya gustado a todos.
Bye! n0n
