Realidad incorpórea
By Hermachis
Disclaimer: D gray-man no me pertenece. Así es, la vida es dura. Yo solo me entretengo utilizando los personajes como me da la gana, divirtiéndome mucho, pero sin afán de lucro alguno. D gray pertenece a Katsura Hoshino (que otra vez está enferma. Leches T.T Deseo que se recupere pronto) y a todos aquellos que compraron la licencia. A mí solo me pertenecen las ideas que utilizo para este esbozo de cosa. Los lugares que aparecen tampoco son míos, lo cual está muy mal porque si tuviera tierras se terminarían mis problemas económicos (lol)
Adevertencias: OOC (... Ya, como siempre xD), violencia, shonen-ai , mal vocabulario, generalizaciones nacionales (¡Kanda! Eso está muy feo ¡Malo! Lol) y Lavi. Un Lavi muy muy pesado.
Gracias a Meroko por decirme una y otra vez que no se me ocurra mandar el fic a al papelera de reciclaje, o al menos animarme a punta de espada a que lo saque cuando me da por mandarlo. Si esta cosa sigue viva, es gracias a ella xD
Capítulo 7
Admiré el borde del escritorio de Komui como si fuera lo más interesante que hubiese visto jamás. Él hablaba solo, en voz alta, sobre algo de un café y de incinerar unos tornillos.
- Kanda ¿Me estás escuchando? ¡Este es un asunto muy serio!
- Yo no he venido aquí para escuchar tus chorradas.
- Pues mala suerte, porque vas a oírme. - Apoyé un codo en el brazo de sofá, sumamente aburrido – No tienes corazón ¿Por qué has matado a mi Komurín?
- No haber hecho que me siguiera.
- ¡Exijo venganza!
Arqueé una ceja ante la expresión de odio del supervisor.
- Deja de decir estupideces ¿Podemos hablar de cosas serias por una maldita vez? - Me dedicó una mirada lastimera. Yo le ignoré completamente - Quiero salir de esta torre ahora mismo.
Komui ladeó la cabeza. Se le había pasado el berrinche de un plumazo.
- Kanda, la puerta está en... - Me aclaré la voz, retándole a que me dijera alguna tontería – Vale, en este momento hay una misión en un pueblo cercano a Montpellier (1)...
- Me sirve. ¿Cuándo salgo?
Se levantó y me miró por encima de las gafas.
- Verás, hay un inconveniente con eso - Se dirigió a una de las pilas de papeles y cogió el primero que encontró para ojearlo mientras hablaba – Esa misión ya ha sido asignada a otro exorcista.
- No me importa. Estoy dispuesto a ir con quien sea.
El supervisor cerró los ojos, para luego dedicarme una extraña sonrisa.
- De acuerdo, entonces partirás dentro de una hora. Solo he hecho un informe de la misión, así que pídele a Lavi los detalles.
Una gota de sudor frío recorrió mi nuca.
- ¿Lavi?
- Sí. Pensé que habías dicho que no te importaba quien fuera tu compañero.
Y no me hubiese importado si hubiera sido cualquier otra persona. Pero tenía que ser él. Mi suerte parecía empeorar por momentos.
No había tenido noticias de ese imbécil desde que se había presentado en mi cuarto por lo del pequeño allanamiento. Aunque, sinceramente, lo último que quería era tener que cruzarme con él.
Era demasiado sospechoso. El comportamiento de Lavi no coincidía con su posición como bookman. Seguro que estaba tramando algo. Y eso era lo que más me preocupaba. Nada tenía sentido.
Me levanté sin mediar palabra y me dispuse a salir del despacho.
- Kanda. Que sepas que aun no he olvidado lo de Komurín. Con este ya van dos. No pienso perdonártelo.
No me molesté en responderle, pero sería divertido ver como trataba de consumar su venganza. Crucé la puerta, quedándome luego un par de segundos con los ojos cerrados, pensando en qué hacer.
Me dirigí entonces hacia mi cuarto, sintiendo como si cada espacio que recorría se acortarse, aunque yo deseaba que el trayecto durase lo más posible.
Llegué demasiado pronto, antes de que pudiese darme cuenta. Cavilé entonces sobre lo que me esperaba. Había pasado ya algún tiempo desde que me fuera al despacho de Komui, así que era bastante probable que el Moyashi se hubiese despertado.
Si ya se había ido, tendría un problema menos. Pero si aun seguía ahí, no tenía ni la más remota idea de lo que iba a ocurrir, ya que probablemente él pediría unas explicaciones que yo no podía darle. No podía volver a hablar con él y arriesgarme a fallar de nuevo. No iba a permitirme otro desliz.
Pensé que con una vez sería suficiente, que después se me pasaría y podría seguir adelante, pero no había sido así. Aquello era como un fuego, el cual había sido extinto para luego regresar con mucha más fuerza.
Sacudí levemente la cabeza, tratando de mantenerme sereno. Se diese la situación que se diese, mi postura ante ese crío debía ser impasible.
Abrí la puerta con decisión y miré a través de la penumbra. Fui capaz de ver que un bulto seguía envuelto entre mis sábanas, apoyado con suavidad contra la almohada. Su respiración suave me indicó que aun estaba dormido.
Busqué debajo de la cama mi maleta, entre otras pertenencias, y comencé a guardarlo todo en el más sepulcral de los silencios. Después de conseguir todo lo que necesitaba, iría a pedirle el informe de la misión al estúpido del conejo y saldría de allí cuanto antes.
Cuando hube terminado de organizarlo todo, dirigí mi vista hacia el frente y observé el rostro dormido del niño. Las marcas negras que antes habían estado bajo sus ojos ya prácticamente habían desaparecido por completo.
Me quedé un momento con la vista clavada en él, hasta que me di cuenta de que me estaba comportando como un imbécil. Estaba a punto de ponerme de pie, cuando sentí que algo se posaba en mi cabeza y que una cosa dorada me dificultaba la visión. Genial.
Agarré el rabo del golem y tiré de él, pero se había aferrado con fuerza a mi pelo, por lo que no había manera humana de desengancharlo de ahí. Tiré con un poco más de fuerza, pero desistí cuando me di cuenta de que el bicho se llevaría con él más de un mechón si seguía con esa táctica.
Gruñó de forma audible, poniéndome de los nervios. Comencé a agitar la mano a una distancia prudente, cuidando de no llevarme un mordisco. Aquel bicho del demonio trataba de atrapar mis dedos entre sus dientes a cada movimiento, logrando que recibiera fuertes tirones de pelo cada vez que me atacaba.
Finalmente, el golem saltó de mi cabeza, para morderme la mano con todas sus fuerzas. Harto, hice un movimiento brusco con el que logré que saliera volando y se estampase contra la pared, para luego caer sobre la cabeza del Moyashi.
- Timcanpy ¿Qué leches haces? - El enano se sobó la cabeza mientras se quitaba a la bola alada de encima, dejándola sobre la almohada. Observó entonces la estancia, dándose cuenta de que era totalmente ajena a él, para luego mirarme a mí y bajar la vista, hasta encontrar mi maleta - ¿Vas a algún sitio, Kanda?
Fijé la vista en la pared de piedra, repasando los huecos que había entre ladrillo y ladrillo.
- Voy a una misión. Así que te agradecería que te marchases ahora. Tengo que cerrar la puerta.
- No es necesario que me hables así. - Salió de la cama y buscó sus botas, para luego ponérselas, con cara de pocos amigos. - Anoche no...
Me tensé sin querer.
- Anoche nada. No se te ocurra volver a hablar sobre eso. Esa noche, en lo que a mí respecta, nunca ha existido.
Mierda, aquella situación estaba empezando a escaparse de mi control. No pretendía decirle aquello, solo quería evitar el hablar con él. ¿Por qué no podía simplemente callarse y seguir con su vida?
- ¿Por qué siempre te comportas de esa forma? ¿Por qué no puedes aceptar las cosas que han ocurrido?
No podía perder los estribos. Tenía que ser capaz de mantener la calma.
- Son errores que no deben volver a cometerse. Con dos meteduras de pata ya he tenido bastante.
Me miró fijamente, incrédulo.
- ¿Así es como lo ves? ¿Cómo meteduras de pata?
Asentí con expresión tensa. Vi un pequeño brillo en sus ojos que me indicó una pronta rendición.
- Entonces supongo que está todo claro. - Se dirigió a la puerta, para girarse hacia mí después de abrirla – No entiendo porque tenía que enamorarme de alguien tan imbécil como tú.
Pegó un portazo, haciendo que casi se me cayera la maleta que llevaba en la mano debido a la impresión.
Me quedé un momento en silencio, sin apartar la vista del marco de la puerta, estupefacto.
Tratando de recuperar la máscara inexpresiva que ese crío acababa de romper, me dispuse a salir de la habitación, diciéndome a mí mismo que lo que había oído no fue más que un producto de mi imaginación.
Avancé por los pasillos, notando como mi cabeza daba vueltas alrededor de aquellas palabras, como si se trataran de un acertijo imposible de descifrar.
No podía ser cierto. ¿Hasta que punto había perdido el Moyashi la cabeza? ¿Cómo podía decir aquello con tanta seguridad?
No, esas no eran las preguntas que más espacio ocupaban en mi mente. Si no un extraño "¿Por qué?" y otro no menos complicado "¿Será cierto?"
Y sobre todo ¿Hasta que punto esa profecía influía en nuestras vidas?
No importaba cuanto me resistiera. Los acontecimientos se asemejaban a una enorme riada que me arrastraba por el camino que debía seguir, por mucho que yo me resistiese.
Vi a un chico de cabello pelirrojo mirando la pared. Casi me había olvidado de por qué leches iba yo caminando por los pasillos con una maleta.
- Lavi ¿Tienes el informe de la misión?
- ¿Eh? - Me miró un momento con una extraña sombra en los ojos, la cual se disipó de inmediato - ¿Para qué lo quieres?
- Yo también voy.
Me dedicó una sonrisa para luego negar con la cabeza.
- Gracias, pero no es necesario. Es solo un rumor sobre un supuesto puente demoníaco. Probablemente solo serán un par de akumas y unos cuantos ciudadanos asustados. Quédate aquí descansando si quieres.
- ¿He pedido tú opinión?
- No, pero...
- ¿Entonces por qué comentas? Dame el informe y déjate de tonterías.
Me dio unos cuantos papeles que tenía arrugados en el puño. Los alisé como pude y comencé a leer mientras me dirigía al canal subterráneo.
- Así que estás huyendo. Que chico más valiente...- El tono irónico del bookman junior me agujereó las sienes.
- Métete en tus asuntos.
- Finalmente él ha ido a ti ¿Cierto? - Comenzó a caminar a mi lado, con una sonrisa de medio lado - Y te asustan tus propias reacciones y por eso huyes ¿Eh?
Comencé a hartarme.
- Creo que te acabo de decir que te metas en tus asuntos. La próxima vez mi respuesta va a ser mucho más contundente, porque no me gusta tener que repetir las cosas.
Se encogió de hombros, estando su rostro aun adornado por esa rarísima sonrisa.
- Venga, solo quiero echarte una mano...
- Sí, pero al cuello. Haz el favor de dejarme tranquilo durante todo el tiempo que dure la misión. No quiero tener que ensuciar el filo de Mugen ¿Te queda claro?
Hubo un corto silencio que me mantuvo en tensión. Sabía que aun no había terminado su molesta charla.
- Es una lástima. Yo que pensaba contarte todo sobre la profecía...
Estuve tentado a contestarle, pero me contuve. No quería saberlo. Esa maldita profecía no me había traído más que problemas.
- Si tanto deseas salvar a Allen ¿No sería útil saber a que te enfrentas?
Posiblemente sí, pero yo había tomado otra determinación.
- Si evito la primera parte de toda esa sarta de estupideces, el resto no importa.
- Pues estás a punto de fracasar, amigo. ¿Acaso no está el Moyashi-chan enamorado de ti?
Me detuve en seco. ¿Cómo sabía él eso?
- Ese crío es imbécil. No sabe lo que dice.
- Ya... Incluso aunque eso fuese verdad ¿Qué pasa contigo? - A cada segundo que pasaba, mis ganas de lanzarle otro puñetazo aumentaban - ¿Por qué querrías evitar que él muriera si no significase nada para ti?
- Porque no me da la gana que otras personas decidan lo que tengo que hacer. Hago lo que quiero y cuando quiero. Esa profecía no puede guiar mi vida. El único que rige mi destino soy yo.
Llegamos por fin hasta una pequeña barca, en la que me subí sin mucha ceremonia. Lavi mantuvo la boca cerrada, no sabiendo probablemente que contestarme, hasta que llegamos al pueblo, donde cogimos el tren cuando cayó la noche, saltando sobre él como hacíamos siempre.
Cuando estuvimos en nuestro compartimento de primera clase, el conejo trató de recuperar la charla que yo le había cortado. Era posible que ya se le hubiese ocurrido alguna estupidez que contestarme, pero yo simplemente no le dejé hablar. Las miradas asesinas en ocasiones podían ser muy efectivas.
Después de un par de horas logré la tranquilidad que necesitaba cuando al fin Lavi se quedó dormido, mientras que yo miraba fijamente la oscuridad del exterior por la ventana.
Cerré los ojos un momento y reflexioné. Si quería salir de la Orden era para despejar mi cabeza de las miles de ideas que la atormentaban, no para seguir añadiendo más. Tenía que haber rechazado la misión en cuanto Komui me dijo quien iba a ser mi compañero.
Aunque la otra opción entonces sería aguantar la presencia del enano. Justo cuando ni siquiera me sentía capaz de estar bajo el mismo techo que él. Las dos ideas eran igual de malas.
Me mordí el labio inferior, bastante cabreado conmigo mismo. Como ya había comprobado antes, no podía sacármelo de la mente. Mis pensamientos se enlazaban entre sí para llegar siempre al mismo punto. Y no importaba cuantas veces tratase de evitarlo, el Moyashi siempre terminaba apareciendo tarde o temprano.
Y ahí estaba otra vez, como si hubiese decidido quedarse a vivir en mi cabeza, debido sobre todo a una razón bastante clara.
Me había quedado tan impresionado por la extraña declaración que ni siquiera me había dado cuenta de que si él había reaccionado de esa forma era porque le había hecho daño.
Una cosa más que añadir a la larga lista de cosas que estaban haciéndole sentir mal. Pero yo ya me había dado cuenta la noche anterior de que por más que a mí me molestase, lo último que quería era hacerle sufrir.
Y encima, para hacerme sentir aun más miserable, sabía que Lavi tenía razón. No estaba buscando espacio para poder controlarme, aunque esa había sido mi idea cuando fui a pedir esa misión, sino que resultaba que realmente estaba huyendo. Huía de mis propios sentimientos, aquellos que no deberían haber existido nunca, pero que ahí estaban. Sentimientos que había pretendido ignorar y ocultar, pero que siempre terminaban saliendo a flote, aunque actuase de todas las maneras posibles contra ellos.
No había escapatoria. Me había aferrado a toda posibilidad que había encontrado para que Allen no se convirtiera en mi punto flaco, pero todo esfuerzo había sido en vano.
Cuanto más lo pensaba, más cuenta me daba de que aquella sensación había echado raíces en mi interior, las cuales me ataban como cuerdas a un destino que cada vez parecía más real y factible.
Tanto esfuerzo para nada. Con un par de palabras Allen había desmontado todas mis defensas y me había hecho plantearme seriamente la opción de dejar de resistirme.
Porque la resistencia implicaba dolor, y sin embargo estar junto a él era algo agradable. Siempre trataba de mantener los pies en la tierra, pero tampoco era estúpido. A nadie le gustaba sufrir.
Estaba dispuesto incluso a tragarme mi orgullo por acabar con aquello. A hablar seriamente con él y llegar a una especie de acuerdo. Al menos a uno en el que yo lograse no hacerle daño, ya que en el fondo, más que mis propias prioridades, era eso lo que me importaba.
Finalmente, me había hartado del asunto por completo. El problema es que había tomado la vía más sencilla. El camino más egoísta, ya que si él me importase tanto como creía, no estaría pensando en acercarme a él sin resistencia alguna. Después de todo, era eso lo que terminaría por matarle. Suspiré hondo. Eso de que no había salida, desde luego era algo literal.
Me recosté contra el respaldo y traté de poner la mente en blanco, mientras que el tren entraba en la estación con un fuerte pitido.
OoOoOoOoO
- ... Y por eso los habitantes están tan asustados – La voz de Lavi me llegó distorsionada, probablemente porque no le estaba prestando atención. - Yuu...
Caminé en silencio, sin darme cuenta de que ese estúpido había dado un par de zancadas y se había situado a mi lado.
- Yuu... No me estás haciendo caso...
- Pues claro que no. No quiero tener dolor de cabeza.
Rodó los ojos y se cruzó de brazos.
- No hagas eso, Yuu. Trataba de contarte algo importante...
- Deja de llamarme así ¿Sería posible que tu cerebro asimile esa idea de una maldita vez?
El Bookman Junior me dedicó una media sonrisa antes de que yo apartase la mirada. A veces me preguntaba por qué demonios me molestaba yo en gastar saliva, si sabía que iba a continuar llamándome como le diera la gana.
- Vale, escúchame ahora. En un pueblo cerca de aquí hay un puente al que los lugareños llaman puente del diablo (2). Al parecer todas las personas que lo han cruzado o han estado en sus alrededores han desaparecido en extrañas circunstancias. Los ciudadanos dicen que es cosa del demonio, que ha venido a llevarse las almas de los habitantes por no haber recibido un pago adecuado en su momento, y ...
Dirigí mi vista hacia el pelirrojo, tratando de que no se notara una expresión de confusión en mis facciones.
- Lavi, todo eso está en el informe. Un informe que, por cosas de la vida, yo me he leído. ¿Por qué demonios me cuentas esto?
Me dio una palmada en la espalda, haciendo que comenzara a perder la poca paciencia que podía quedarme.
- Venga, hombre. Solo era para sacar un tema de conversación. Estás tan tenso que parece que llevas un palo ensartado en el...
- Suficiente. Estás comenzando a hartarme. Por tu propio bien, mejor que te mantengas callado hasta que lleguemos al hotel.
Salimos de la estación de Séte (3) y nos adentramos en las calles de la ciudad, manteniéndome lo más tenso posible para parecer totalmente intransigente ante el comienzo de una posible conversación.
Nuestro destino final era Saint Guilhem le Désert, un pueblo pequeño a bastantes kilómetros de donde nos encontrábamos. Según el informe, lo más probable es que no se tratase más que de un par de akumas, lo cual demostraba que si estaba allí era únicamente para perder el tiempo.
No me sentía más tranquilo estando lejos de la Orden, sino más bien con un extraño malestar que no quise calificar. Algo totalmente absurdo cruzó mi cabeza más de una vez. Definitivamente, había terminado por volverme totalmente loco.
- Te estás hartando y ni siquiera me ha dado tiempo a pronunciar la palabra profecía...
Respiré hondo y conté hasta diez, para más tarde seguir contando hasta veinte y hasta treinta, pero no sirvió de nada. Los instintos asesinos continuaban ahí.
- Primero: tú siempre me has hartado. No te soporto. Y segundo: Deja ya toda esa basura. Pareces un disco rayado.
- Que cabezota eres. Supongo que por eso Allen terminará odiándote.
Fue como si hubiese tocado una fibra sensible en mi interior. Continué caminando en busca del hotel, pero no fui capaz de ignorar el comentario.
- Eso es mentira. Lo dices para confundirme. Ese crío es incapaz de odiar a nadie.
- Si tú lo crees. Total, todo lo que digo no es más que basura ¿No?
- He leído esa mierda y no salía nada de eso. No trates de burlarte de mí.
- Pero si todo este circo lo has montado solo porque no quieres que nadie controle tú destino. ¿Qué te importa lo que Allen piense de ti?
- A mí...
Decir que no me importaba a esas alturas sería demasiado hipócrita, aunque solo lo hiciera para que Lavi me dejase en paz. Ojala hubiese dejado escapar un "Que más da" en el momento oportuno, en lugar de seguirle la corriente.
- Y si me importa ¿Qué? ¿Tienes algún problema con eso?
Se me quedó mirando con la boca levemente abierta, como si en ningún momento se hubiese esperado una respuesta como aquella.
- Busca el puto hotel y enciérrate allí un rato. Yo me voy a dar una vuelta.
Él se quedó plantado en medio de la calle, mientras yo avanzaba con paso firme, perdiéndome entre la multitud.
La idea de que Allen terminara odiándome no era demasiado descabellada. Yo no era la persona más agradable del mundo, y tampoco sabía bien como lidiar con él. Si estaba enfadado en aquel momento, era bastante probable que me echase las culpas, lo que significaría que...
Sacudí la cabeza mientras caminaba sin rumbo fijo, alejándome cada vez más de las calles céntricas de la ciudad.
Otra vez esa extraña idea... No, definitivamente no lo haría. No en aquel momento. Estaba dispuesto a tragarme mi orgullo, pero no a convertirlo en una alfombra que pisotear. Había decido que solucionaría el asunto cuando regresase a la Orden. Bastante humillante iba a ser ya rebajarme a quedar ante el Moyashi como un imbécil cabezota y estúpidamente sentimental, como para encima darle la imagen también de que estaba desesperado.
Porque no lo estaba. La idea de llamar a ese crío, aunque solo fuese para escuchar su voz no era... Oh, mierda. Había terminado de perder el norte, en varios sentidos.
Me quedé parado en una calle desierta, sin saber donde coño me había metido. Miré a mi alrededor y me ahorre el soltar un suspiro. Ni siquiera me molesté en regañarme mentalmente ¿Para qué? Estaba ya bastante claro que me había vuelto un idiota rematado.
Bien, a pesar de todo, podía recordar vagamente por donde había venido, así que volvería sobre mis pasos y asunto arreglado.
Regresé a una calle un poco más transitada, la cual recorrí prestando atención solamente a la posición del cruce que debía tomar, hasta que me detuve sin querer cuando algo llamó mi atención.
Me quedé parado frente al escaparate de una joyería observando un pequeño adorno hecho con metal y con alguna especie de piedra semipreciosa de color blanco que me hizo fruncir el ceño por varios motivos, sobre todo por el hecho de que tenía forma de libélula. No pude evitar una sonrisa al ver la relación de ideas que había hecho mi mente. (4)
Sin pararme a pensarlo dos veces, tomé una decisión, y antes de que pudiese darme cuenta, había entrado a la tienda, pagado la joya y salido, para luego caminar por la calle, con aquella cosa en las manos. A veces tenía reacciones que no podía entender.
Me guardé la libélula en el bolsillo, justo antes de llegar a la puerta del Le grand hotel (5), donde se supone que Lavi debía estar esperando.
Entré en la recepción, para ver que no había ningún estúpido conejo ahí.
- Perdone, señor exorcista – El chico que atendía la recepción me habló en francés, con una educación tan acaramelada que casi me dio asco. - Su compañero está en la habitación trescientos quince. Tome la llave.
Me acerqué y observé el extraño pompón que colgaba de la plaquita que indicaba el número de la habitación. En ese sitio, hasta los llaveros resultaban repelentes.
Agarré la llave y me giré sin molestarme en dar las gracias. No me gustaban los franceses. Todos eran igual de pesados que el viejo Tiedoll. Supuse que era cosa de la tierra en la que se criaban.
Clavé mi vista en las escaleras, para no fijarme en lo que acababa de ver, porque si no me sentiría demasiado tentado a hacer alguna estupidez. Pero no pude evitar quedarme quieto en medio de la recepción y observar un rincón que se encontraba al otro lado. Mis ojos se quedaron suspendidos a la altura de una mesa sobre la que se encontraba un teléfono, probablemente dándole la sensación a todos los que me vieran de que no había visto uno de esos cacharros en mi vida.
Cerré los ojos con decisión y ascendí los peldaños casi por inercia, luchando conmigo mismo por no regresar y llamar a ese estúpido niño.
Él estaba bien. Tenía que estarlo. No había razón para que perdiera los papeles de ese modo.
- Anda, si has regresado ¿Dónde te habías metido? - Lavi levantó la vista del libro que tenía en su regazo cuando entré a la habitación. Ni siquiera me moleste en mirarle.
- No es asunto tuyo. -Me quité la chaqueta del uniforme, más por necesidad que por comodidad. El clima ya cálido de principios de Junio me golpeaba sin piedad alguna.
El conejo volvió a decirme algo, pero su voz ni siquiera me llegó. Miré por la ventana para observar el canal que había justo en frente, adornado de pequeñas barcas. Era mediodía y hasta la noche no iríamos al lugar de la misión. Eso significaba que tendría demasiado tiempo para pensar.
- Voy a dormir. Ni se te ocurra molestarme o lo vas a pagar muy caro.
Lavi se llevó el filo de la palma derecha a la frente, haciendo un saludo militar.
- Sí, señor. A sus ordenes, señor.
Apreté los puños con fuerza tratando de no chirriar los dientes. Un día de estos iba a partirle la cara, y sería solamente culpa suya.
Bajé la persiana, obteniendo una queja del pelirrojo sobre algo parecido a que aun no había aprendido a ver en la oscuridad.
No había dormido prácticamente nada durante el trayecto, el cual había durado casi dos días, por lo que antes de que mi cabeza tocase la almohada, ya me había dormido.
Otra vez, la música de un piano inundaba mis oídos. Una melodía demasiado familiar hizo que un niño de cabellos azabaches y de no más de tres años avanzara por el pasillo de aquella pequeña casa, para luego pararse en el marco de la puerta y observar.
La habitación era diminuta y espartana, por lo que aquel elegante piano resaltaba entre toda la sencilla decoración. Sentado al instrumento se encontraba un hombre alto y desgarbado, concentrado por completo en lo que hacía, como si llevase toda la vida tocando esa canción, una y otra vez.
Los ojos negros del infante observaron a aquel músico con un brillo de inocente admiración, hasta que el hombre se giró y le indicó con un gesto de cabeza que se acercara.
El niño avanzó de manera torpe, tropezándose con las enormes mangas de su camisa, hasta llegar al lado del piano, sentándose después en el suelo, con las piernas cruzadas, sin dejar de prestar atención a aquel sonido en ningún momento.
- Puede que algún día te enseñe esta canción.– Habló el hombre en un idioma que me resulto comprensible, pero que no fui capaz de identificar. - Así puede que tengas algo que te recuerde a mí.
Los ojos negros del niño se cerraron, quedándose así prácticamente dormido. Mecido por aquella extraña canción de cuna.
Suspiré levemente al notar el colchón debajo de mí, abriendo los ojos poco a poco, hasta que vi que la luz solar que horas antes había inundado la habitación ya había desaparecido.
OoOoOoOoO
Miré una vez más a través de la puerta acristalada, para comprobar de nuevo que la fuerza de la lluvia no había remitido un ápice.
- Vaya, menuda está cayendo ahí fuera - Lavi terminó de bajar las escaleras con un salto – No es una buena idea salir con este tiempo.
Levanté un poco la vista para ver con cierta dificultad los nubarrones oscuros que cubrían la luna, como si esperara que desapareciesen solo con mirarlos.
- Cállate. Aquí soy yo quien decide que ideas son buenas o malas.
El conejo me dedico una mueca bastante extraña.
- ¡Oye! ¡Qué esta misión es mía! Tú ni siquiera tendrías que estar aquí.
- Si esto dependiera de ti, nos quedaríamos en este sitio hasta mañana.
- Pues sí, porque eso sería lo más sensato. ¿Qué ganas con convertirte en una sopa?
- Tiempo.
Avanzó un par de pasos para poder quedar a mi lado. Tras eso, me miró con el ceño fruncido.
- No hay quien te entienda. Pensé que querías estar fuera de la Orden.
- Efectivamente, pero quiero estar solo, no con un estúpido. Me crispas los nervios.
Soltó un suspiro para luego volverse hacia la escalera, con la intención de regresar a la habitación.
- Que actitud la tuya. No te mereces a alguien tan dulce como el Moyashi-chan.
Él ascendió y yo me quedé solo en la recepción, pensando que más de una palabra me chirriaba en la frase que acababa de oír, aunque probablemente se debía al tono con el que había sido pronunciada. Respiré hondo y traté de no darle más importancia de la que en realidad tenía, aunque aquello no me dio buena espina.
Bien, si el conejo decidía amedrentarse por un par de gotitas, yo no lo haría. Salí del hotel y comencé a caminar a través de la lluvia.
El carruaje que debía llevarnos hasta el lugar de la misión nos había avisado de que no vendría debido al mal tiempo, por lo que no tendría más remedio que ir a pie. En fin, incluso de esa forma sería capaz de ganar algo de tiempo. Podría llegar a ese pueblo antes del amanecer.
Repasé mentalmente la ruta que debía seguir, y tras unos minutos, salí de la ciudad.
Mientras la lluvia me calaba hasta los huesos, me pregunté cual era la verdadera razón que me hacía caminar bajo aquella tormenta a esas horas de la noche. No lo hacía solo para regresar a la Orden, o por librarme de Lavi, algo dentro de mí me impedía olvidarme de que estaba en una misión, la cual simplemente no podía dejar a un lado. Supuse que debía ser algo parecido a una deformación profesional.
A pesar de que aquella cortina continua de agua me dificultase la visión, estaba totalmente orientado. Por alguna razón, la lluvia que corría por mi rostro no me molestaba, más bien me calmaba el ánimo.
Soledad y lluvia. Resultaban bastante agradables. Continué caminando sin aminorar el ritmo.
Estaba empezando a preocuparme seriamente. Desde que yo podía recordar, muchos sueños de todo tipo inundaban mi mente cada vez que dormía. Se trataba de algo con lo que había aprendido a convivir, esperando que tal vez alguno de ellos trajera desde mi subconsciente la clave para recordar todo aquello que había olvidado. En ocasiones, cuando era más pequeño, incluso había cruzado por mi cabeza la estúpida idea de que esos sueños podían mostrarme el futuro. Ahora solo de pensar algo tan absurdo, tenía ganas de soltar una carcajada.
Pero desde hacía algún tiempo, las imágenes oníricas me perseguían aun con más ahínco, hasta la saciedad, buscando taladrarme las sienes, regalándome miles de escenas sin sentido que no sabía como interpretar.
Porque no era posible que tuviesen sentido, o que estuvieran conectadas a algo. No eran más que sueños. O eso creía.
Aunque lo cierto es que ya no sabía que pensar. Había visto al hombre del piano en otro sueño antes que en el de aquella tarde. Uno en el que un yo derrotado se encontraba rodeado de las cenizas de un pueblo destruido, en el que ríos de sangre mojaban las calles.
No podía ser solo un producto de mi mente. Tenía que tener algún significado. Y en el caso de que realmente lo tuviese, algo me decía que no iba a hacerme ninguna gracia.
Porque no quería ni imaginarme quien podía ser ese hombre. Mi mente no me daba demasiadas buenas opciones sobre su identidad.
A pesar de todo, ese sueño había tenido algo extraño, diferente a los demás. En todos ellos parecía ver aquella realidad ficticia a través de lo que debían ser mis propios ojos. Claro, en todos menos en ese último, donde yo había visto la escena desde fuera, como si yo allí fuese algo totalmente ajeno.
Pero no había dudas, la apariencia de ese niño menudo no podía engañarme. Sería demasiada casualidad que con su aspecto no se tratase de mí mismo.
Definitivamente, no me gustaba aquello. No me gustaba absolutamente nada.
La tormenta fue remitiendo poco a poco, hasta que la lluvia torrencial se convirtió en poco más que en un par de gotas, y que justo cuando empezó a amanecer, se detuvo por completo.
Con el tiempo más calmado, probablemente el conejo se pondría en marcha de una maldita vez, aunque sería algo innecesario. Ya habría terminado con cualquier cosa que hubiese que hacer antes de que él llegase.
Cuando el color anaranjado desapareció del cielo para dar lugar a un azul claro, me detuve y vi frente a mí un puente de piedra de arcos desiguales, el cual cruzaba el río a una altura considerable.
No me dio tiempo a avanzar un poco cuando vi que algo se encontraba agazapado bajo uno de los arcos, escondido.
Di un paso más, y otro. Al tercero, la criatura, que no era más que un akuma de nivel dos, se abalanzó hacia mí.
Traté de no chasquear la lengua. No había inocencia, ni hordas de monstruos furiosos. Solo era un mísero akuma. Aquello sería tan sencillo que resultaba incluso insultante para mis habilidades.
Y efectivamente, no tardé demasiado en librarme de él. Unas cuantas estocadas y el akuma ya había explotado en mil pedazos.
Había sido tan fácil que daba vergüenza ajena estar perdiendo el tiempo en algo así. ¿Tan poco trabajo había últimamente que se dedicaban a mandar a un exorcista (ya que mi presencia allí en realidad no contaba) a algo tan simple?
Supuse que tampoco era raro. Las inocencias eran algo bastante arbitrario. Había que tener suerte para encontrar alguna señal que condujese hasta ellas.
Y mientras tanto, mandaban a Lavi a hacer trabajos estúpidos para que no diese la lata. Muy en el fondo, Komui era un tipo listo.
Comencé a envainar a Mugen, cuando un grito me hizo rodar los ojos.
- ¡Yuu!
Demasiado pronto. ¿Cómo había tardado tan poco en llegar? Claro, el utilizaba su inocencia para desplazarse. Yo y mi maldita suerte.
- ¡Mira que irte de esa forma! ¡Con lo preocupado que estaba!
Antes de que pudiera apartar la mano de mi espada a medio guardar, Lavi se me tiró encima, y cuando fui a alejarle de mí, note como un dolor profundo me quemaba en uno de mis dedos.
- ¡Maldito conejo! - Dejé que Mugen cayera al suelo sin cuidado, para cubrir con la otra mano el pequeño corte que me había hecho con el filo de mi katana.
- Oh... Perdón – Ladeó la cabeza para mirarme el dedo. -Dios, Yuu, eres el rey del melodrama. ¡Pero si es un cortecito de nada!
Lo sabía. Por supuesto que no era nada, pero dolía.
Lo que me faltaba. Aquello no llegaba siquiera a la categoría de arañazo y probablemente en unos cuantos minutos estaría curada ¿Desde cuando me había vuelto tan débil? Era increíble que pudiese doler tanto algo tan nimio. Y todo por culpa de las chorradas de ese estúpido pelirrojo.
- !Venga ya! No pongas esa cara. Ni que se te fueran a salir las tripas por ahí, exagerado.
Le ignoré sin muchas contemplaciones mientras recogía mi katana y la guardaba. Vi que algo negro comenzó a revolotear alrededor de mi cabeza.
- Te has dejado a ese pequeñajo en el hotel – Miré al golem con el ceño fruncido. Había estado tan ofuscado que ni me di cuenta de que no me había seguido – Ah, por cierto. Has recibido una llamada.
Comencé a caminar apretando con fuerza los dedos de mi mano herida.
- ¿Komui? ¿Qué demonios quería ese loco?
- En realidad no. Era el Moyashi-chan.
El corazón me dio un vuelco, pero traté de que eso no se reflejase en mi cara.
- ¿Qué quería ese crío?
- Pues no se, no me lo ha dicho. Deberías preguntarle a él.
Me detuve y le dediqué una mueca. Aquello era demasiado.
- Ahora lo entiendo. Es mentira. Solo es una escusa para que hable con él. ¿Por qué haces todo esto?
- ¿Yo? - Se señalo, como si no entendiera de qué le estaba hablando – Solo pienso en la felicidad de mis amigos.
- Solo piensas en chorradas. Deja de meterte donde no te llaman de una puta vez.
Continué caminando, dejando que el olor a tierra mojada penetrase en mis pulmones. Iríamos al pueblo más cercano y allí conseguiríamos un carruaje que nos llevara de vuelta a la estación de Montpellier. Di pie a que el silencio tensó que parecía haberse formado entre los dos no se disipase, mientras yo me concentraba solo en mis propios pasos, hasta que el conejo tuvo que abrir su maldita boca.
- Vale. Pero que sepas que no estaba mintiendo.
No le presté la menor atención, ya que no podía ser verdad. Después de todo... ¿Para qué iba a querer llamarme el Moyashi? Sentí un extraño retortijón en el estomago que me hizo llevar mi mano de manera inconsciente al bolsillo, para encontrar la caja en la que estaba guardada la joya que compré el día anterior. Estaba comprobado, a cada segundo que pasaba yo me iba volviendo más y más imbécil.
Miré con el ceño fruncido mi dedo herido. No solo imbécil, también me estaba volviendo demasiado blando.
Cerré los puños y aceleré, conteniendo un suspiro, dándome cuenta de que probablemente estaba empezando a volverme bipolar, ya que esa era la única explicación que le veía al hecho de que días atrás hubiese pagado con sangre un billete para salir de la Orden, pero que sin embargo en aquel momento me muriese de ganas por regresar. Aunque yo sabía bien cual era la causa de eso. Reduje mis pensamientos al mínimo, ignorando cualquier cosa que no fuese caminar o respirar, fijando la vista en el horizonte.
OoOoOoOoO
Marqué los números distraído, mientras dedicaba mi atención al golem que se encontraba enganchado al cable del teléfono.
- ¿Sí? - Escuché al otro lado de la línea.
- Soy Kanda – Dije sin demasiados aspavientos, prácticamente pudiendo notar la felicidad que emanaba a través del teléfono al encontrar Komui en mi llamada la escusa perfecta para perder el tiempo.
- Oh, Kanda ¿Ocurre algo?
Respiré hondo, buscando las palabras adecuadas que debía utilizar.
- Necesito que hagas algo – Se mantuvo callado, dedicándome una silenciosa afirmación – Ve a mi cuarto y dime como está la flor de loto.
Volvió a guardar silencio, probablemente digiriendo lo que acababa de escuchar. Cuando volvió a dirigirse a mí, utilizo un tono serio que yo ya me esperaba.
- ¿Por qué?
- Solo hazlo – No recibí respuesta, por lo que asumí que no se movería de su despacho hasta que justificara mi petición – Creo que se acabó el tiempo.
La tensión que se escapaba desde los cables del teléfono prácticamente se podía cortar. Esperé con calma hasta que Komui reaccionó.
- Ahora mismo vuelvo. - Escuché un par de susurros que no pude entender, para luego oír un pequeño golpe producido al ser dejado el auricular sobre la mesa.
Tamborileé los dedos contra la parte superior del teléfono, para luego apretar el puño, evitando mirar hacia mi mano derecha.
Dejé que en mi cara se mostrase una expresión de aparente tranquilidad, que poco a poco logré transmitir a mi interior. Que fuera lo que tuviese que ser. A esas alturas ya daba igual.
- ¿Kanda...?
Con un vuelco, la tranquilidad se fue al traste.
- ¿Moyashi? - Traté de mantenerme indiferente ante su voz - ¿Qué demonios...?
- ¿Estás bien?
Su voz acarició con delicadeza mi oído, para luego atravesarme sin piedad el pecho, como si se tratase de una extraña causa-efecto.
- ¿Por qué coño iba a estar mal?
- La cara de Komui...
- Ese idiota hace una montaña de un grano de arena. No le hagas caso.
¿Le estaba restando importancia al asunto? Llevaba unos días prácticamente consumiéndome por dentro debido a la incertidumbre ¿Y ahora le estaba restando importancia?
Me quedé mirando fijamente a la pared cuando me di cuenta de que no quería que se preocupase.
- Oh, vale... - Su tono de alivio me obligó a contener un suspiro exasperado. - Kanda, tengo que hablar contigo...
- En otro momento.
- ¿No puede ser ahora?
- No. Yo también tengo cosas que tratar contigo, pero cuando regrese a la Orden.
Pude jurar que estaba sonriendo a pesar de que no le veía
- Tienes que darme muchas explicaciones, y esta vez no te librarás.
- No lo haré. Soy un adulto. Se responsabilizarme de mis actos.
- ¿Allen? ¿Qué estás haciendo con el teléfono?
Escuché un golpe sordo bastante molesto, producido probablemente porque el crío había dejado caer el auricular. Escuche lo siguiente bastante bajo, por lo que tuve que poner mucho empeño para entender lo que decían.
- Me alegra mucho tu visita, pero tampoco está bien que estés mucho tiempo merodeando por ahí. No quieres que los comandantes-jefe te quiten el permiso que te han dado para salir de tu cuarto ¿Verdad?
- Claro, Komui. Si yo ya me marchaba. Hasta pronto.
La voz de Allen se perdió mientras que Komui recuperaba el auricular.
- ¿Sigues ahí?
Le dediqué un lacónico sí, esperando que hablase.
- No le ocurre nada raro. Está como siempre. ¿Has invocado acaso el poder de la tercera ilusión de Mugen?
- Como si acaso hubiese sido necesario...
- ¿Entonces?
Me pasé la mano por la frente, empezando a sentir un leve dolor de cabeza debido a toda aquella situación.
- Mis heridas han dejado de curarse.
Pude escuchar como Komui tragaba saliva.
- ¿Cómo... cómo dices?
- Por culpa de Lavi me hice un corte. Han pasado dos días y ni siquiera ha cicatrizado.
Se quedó en silencio, probablemente sin ninguna idea sobre lo que debía decirme. Cuando volvió a hablar, su tono fue totalmente monocorde.
- Regresa a la Orden. Cuanto antes.
- Estoy en camino.
Colgué sin más, para luego quedarme mirando fijamente por la ventana que daba al andén.
Me lo temía. Aquello estaba durando demasiado y Komui había tenido razón a la hora de advertirme. Perdí de vista mi límite, y ahora me lo había encontrado de bruces para que este me mostrara la realidad tal y como era. Simplemente iba a morir, y el día en el que eso ocurriría se encontraba ya tan cercano que podía sentirlo tras de mí, pisándome los talones.
Tanto para terminar así. Tendría que esperar a que Komui me examinara, pero yo no era estúpido. Si mi cuerpo ya no era capaz ni de curar un arañazo, significaba que no me quedaba demasiado tiempo.
El corazón me latía de forma irregular, haciéndome tomar una decisión de la que era posible que más tarde me arrepintiese. Pero ya daba igual, la decisión que había tomado era irrevocable. Ya no pensaba dar vuelta a atrás, por mucho que se torciesen las cosas.
Salí al exterior y me dirigí a la entrada del tren, el cual se puso en camino con un silbido poco después de que yo subiese.
- Anda, pensé que te habías quedado en la estación. ¿Dónde leches estabas?
- ¿A ti que coño te importa?
Cerré la puerta del compartimento con más fuerza de la necesaria, para luego sentarme y quedarme mirando por la ventana.
Vi pasar los árboles que adornaban los bordes de las vías, uno a uno, hasta que finalmente cerré los ojos. No, no había vuelta a atrás.
- Lavi, cuéntame todo lo que sepas de esa jodida profecía.
Continuará..
El rincón de las estupideces de Hermachis.
Glosario:
(1) Montpellier: Ciudad del sur de Francia. Se encuentra a unos 100 kilómetros de la frontera con España.
(2) Puente del diablo: Antigua leyenda que contaba una historia en la que un pueblo necesitaba un puente para cruzar un peligroso río que había en los alrededores. El demonio construyo el puente en una noche, pidiendo a cambio el alma del primer ser vivo que lo cruzase. Dependiendo de la versión, los habitantes hacían pasar a un gato, un perro o un burro para que así el diablo se apoderase del alma del animal y engañarle.
(3) Séte: Ciudad del sur de Francia, a unos 30 kilómetros de Montpellier y a unos 50 kilómetros de Saint Guilhem le Désert.
(4) Era común en la época, y sobre todo en Francia, debido a la corriente artística del Modernismo (finales del siglo XIX, principios del XX), encontrar joyas en forma de libélula. A lo que Kanda se refiere con "la relación de ideas" es que en inglés, libélula se dice dragonfly, lo que literalmente sería "dragón mosca".
(5) Le grand hotel: Hotel situado a seis minutos del centro de Séte, construido en 1882 justo en frente del canal de la ciudad.
He tardado, lo se x.x Pero tengo una buena razón xP He tenido que trabajar duro en mi cosplay de Allen para el expomanga. Me di una paliza, pero logré terminarlo y ahora soy feliz xD Para haberlo hecho yo, no estaba mal. Me daba un aire y todo lol(¿A quién demonios le importa esto? XDDD) Pero bueno, no más cosplays en una larga temporada, pero empiezan los exámenes x.x Así que hasta después del 6 de Junio no estaré por aquí xP Mundo cruel y déspota T.T
Este capítulo es algo más corto, pero porque no había mucho más que decir xD Ya veremos que pasa con el siguiente xP
Oh, por si a alguien le interesa, lo del pompón en las llaves es cierto. Si no me creéis, meted "Le grand hotel, Séte" en google y tragaros la presentación de la pagina web. No se que pensareis vosotros, pero yo creo que sería la típica cosa que Kanda miraría con muy mala cara xP
Y la opinión de Kanda sobre los franceses no tiene porque coincidir con la mía. Él dice lo que le sale de las narices xP por algo es Kanda. Pero él es un borde anti-social y yo una personita adorable. Soy alguien tolerante que no tiene nada en contra de los franceses. Aun así, si alguien se ha sentido ofendido (o.o) la culpa es de Kanda. Pedidle explicaciones a él xP
Bueno, ya basta de chorradas xD Muchas gracias a KISproductions, Meroko, Lissy Aquarius, Dircray, Noriko, haruhi juliet-pon, Shizuru y Jicalazuxil por vuestros comentarios. Tengo que disculparme por no responderlos ahora x.x Pero quería colgar ya el capítulo porque ya he tardado bastante xP En cuanto saque algo de tiempo, los contestaré poco a poco. Es lo mínimo que puedo hacer puesto que vosotros dedicáis vuestro tiempo en expresar vuestra opinión n.n Los anónimos los iré contestando en mi perfil, pero con paciencia u.u
Muchas gracias a todos por leer n.n
¡Hasta pronto! o0o
