La noche cayó como un manto oscuro que quería tapar una colcha azul, pero que al amanecer volvía a ser recogido dejando a la vista el color azul con el brillante sol destacando sobre éste. La hora de que llegase el tren llegó rápido gracias a una pequeña ayuda de la PSP y la hora de llegada también gracias a la velocidad que brindaba la tecnología haciendo que en apenas unas horas llegase a su destino, Viena.
Comenzó a caminar a la casa de Roderich, que era inconfundible. Gilbert pensó que no había cambiado nada en todo éste tiempo. Era un pequeño palacio con un amplio jardín cercano al centro de la bella ciudad, pero al mismo tiempo estaba lo suficientemente alejado como para no enterarse de la ajetreada vida de los transeúntes ni del tráfico de la hora punta. Antes de llamar a la puerta, Gilbert se colocó la ropa y se pasó una mano por el pelo tratando se ordenárselo un poco, aunque consiguió que le quedase algo más alocado, luego buscó el timbre y lo pulsó. La puerta no tardó en abrirse.
-Hallo, Gilbert.-Dijo Roderich cuando abrió la puerta. A Gilbert le pareció perfecta la ropa que había escogido, recordaba a la de un director de una orquesta sinfónica y al ser de un color oscuro le resaltaba el color violeta de sus ojos.
-Hallo, Roderich… ¿Puedo pasar?-Preguntó algo nervioso.
-Sí, adelante.-Roderich se apartó de la puerta para dejar paso a Gilbert.
El recibidor de la casa se veía muy barroco y recordaba a un salón de baile por su decoración con lámparas de araña, las escaleras al fondo para subir a la planta superior y con el piano a un lado. Gilbert creyó volver al pasado, a la época donde solía pasearse por esa casa para molestar a Roderich y Elizaveta o para quedarse a dormir un par de días. El austriaco cerró la puerta que daba a la calle, caminó un poco y abrió otra que daba al comedor en el que iban a cenar. En él había una mesa larguísima con un plato, una copa y unos cubiertos en cada extremo de ésta.
Gilbert se sentó cuando su anfitrión le retiró la silla de la mesa y Roderich comenzó a entrar y salir de la cocina con los platos de la cena. Comieron en silencio, el austriaco parecía estar sumido en sus pensamientos y parecía haber olvidado que tenía compañía, pero no por ello los ojos de Gilbert se apartaban de él, al revés, los tenía constantemente encima como pidiendo que le dijese algo. Los platos principales terminaron y llegó el postre, que constaba de un café cortado y una tarta de fresas y chocolate que se notaba que era casera.
Para sorpresa de Gilbert, esta vez Roderich no se sentó en el extremo de la mesa, sino a su lado y dijo las primeras palabras desde que le abrió la puerta para ofrecerle un cenicero que el prusiano rechazó porque no fumaba, por lo demás, mantuvo exactamente la misma actitud que había tenido en la cena. El prusiano seguía esperando a que Roderich le diese conversación, pero eso no ocurría y al final no aguantó más, pero en vez de dirigirle la palabra y entablar una conversación, le cogió de la mano.
-Kono obakasan ga… ¿Qué estás haciendo? Suéltame.
-Nein.-Dijo Gilbert apretándole la mano.
-Te he dicho que me sueltes.-Se notaba cierto tono de enfado en la voz de Roderich.
-¿Por qué me evitas? –Preguntó Gilbert clavándole los rubíes en los ojos color lirio del austriaco.
-¿Por qué crees que lo hago?
-Si lo supiese, ¿No crees que no te estaría preguntando?
-Podría ser que sólo te haces el tonto, o que simplemente lo eres, o quizás puede que te olvides de cosas importantes.
-¿Cosas importantes? –Gilbert se quedó pensativo unos instantes y luego creyó dar con la respuesta.-Si es por haberme pagado el menú ayer, puedo devolverte el dinero.-Dijo añadiendo una sonrisa al final.
-No has cambiado nada… Tan idiota como siempre. Parece que no tendré que hacer uso del antídoto. -Roderich miró muy serio a Gilbert.
-¿¡Antídoto!? ¿¡De qué me estás hablando!? –Gritó nervioso y asustado el prusiano.
-Lo sabrás cuando te despiertes.-Añadió Roderich con una perturbadora sonrisa.
-¿¡Eh!? Espera…-Entonces Gilbert entendió todo. Su idea de que la cena era para perdonarle por lo que hizo siglos atrás era equivocada. Lo que Roderich quería… era venganza.
Cuando ese fugaz pensamiento pasó por su cabeza, el prusiano comenzó a marearse y cayó al suelo sin conocimiento, pero agarrando aún la mano del austriaco, quien se la quitó mirando el cuerpo de Gilbert con una mueca de enfado.
