Mis ojos casi se salían de las cuencas. Y estaba segura de que mi boca estaba abierta. Negué con la cabeza y sonreí de manera coqueta. No había nada de malo en que coqueteara con un hombre guapo, que además resulta ser tu sobrino… ¿O sí?
-Tú debes ser Edward –Dije, mientras veía sus maletas. Eran dos de tamaño familiar, de un color rojo escarlata y que a lo lejos llamarían mucho la atención.
Él me regalo una sonrisa.
El aire se me atascó en la garganta. Aquella era la sonrisa más hermosa y seductora que había visto. Y también peculiar. Cuando sonreía torcía la boca hacia la izquierda, levantándola levemente. Le correspondí con otra sonrisa y me hice un lado para que pudiera pasar.
Dejo las maletas a un lado de la puerta.
-Muchas gracias por dejarme quedarme aquí, tía –Agradeció. Torcí la cara en un gesto de desagrado por la palabra que me unía en parentesco con el hombre que me quería llevar a la cama, una y otra vez.
-Sólo Bella, querido –Corregí con una sonrisa seductora. Él se sonrojó y miro sus zapatos.
Me pareció lo más tierno que había visto en un hombre. Por lo general me ven directo a mis ojos… O mis pechos.
Le di un abrazo y un beso en la mejilla. Él rió tontamente.
-¡Vaya! –Rió-. Eres diferente a como me había imaginado.
Caminé al comedor a tomar lo que quedaba de mi desayuno y tirarlo en el triturador. Hizo un mucho ruido, por lo que las risas de Edward se dejaron de escuchar.
Sonreí de manera socarrona.
Apagué el triturador y regresé de nuevo a la sala. Edward estaba sentado en el sillón –sillón en el cual había caído de cabeza y donde me había revolcado con muchos hombres- viendo atentamente sus pies, otra vez.
-¿Y cómo pensaste? –Inquirí sentándome a su lado.
Edward parpadeo, confundido, y me miro.
-¿Cómo?
Vi que sus ojos eran de una preciosa tonalidad verde, como unas esmeraldas. Sentí que me perdía en aquella marea verde. Desperté de mi trance, recordándome que me había hecho una pregunta.
-¿Cómo pensabas que era yo? –Sabía que debía sonar patético, pero deseaba saber cómo pensaba él. Saber que pensaba de mí. Y claro, saber que tan bueno era en la cama.
Él rió.
-Pensaba que sería una señora como mi madre –Dijo viendo sus zapatos-. Que serías como ella de… Mayor…
Reí. Elizabeth y yo nos llevábamos una buena cantidad de años.
-¿Y, entonces, cómo soy? –Pregunté de manera burlona.
Edward se sonrojó y me miró durante una fracción de segundo, para luego regresar su mirada a sus pies.
-Pues… La verdad es que eres muy joven… Y muy g-guapa –Balbuceó. Imagine que se había puesto rojo.
-¿Cuántos años tienes, Edward?
Aquella pregunta era por puro morbo. Nunca había estado con un hombre menor, sin embargo, tendría nada de malo probar.
Era como los cigarros. Si pruebas uno, puede que te guste y quieras más.
-Dieciséis –Susurró, con un tono alegre-. Pronto cumpliré diecisiete.
Le sonreí con coquetería.
Y una loca idea atravesó mi cabeza pervertida. Me pare del mueble, y ante su atónita mirada, me quite el vestido, mostrando mi bien formado cuerpo.
Me senté a su lado de nuevo, pero esta vez, más cerca. Quería sentir como su erección crecía, al borde de pedirme que tuviéramos sexo.
Por supuesto, quedaba en un nuevo nivel de perversión. Además de incestuosa, pedófila.
Reí internamente, por mis conjeturas.
Sentí como Edward se tensó. Yo sonreí aún más y recargué la cabeza en su hombro.
¿Por qué no romper más reglas?
De todos modos voy a ir al infierno.
-¿T-tienes calor, Bella? –Pregunto con voz ronca, cargada de mucha seducción.
Mi ropa interior se mojo, automáticamente. Un ruido sordo salió de mi pecho.
Me gire completamente, restregando mis pechos en su musculoso brazo.
Vestía una playera negra de manga corta con unos pantalones de mezclilla, rasgados de la rodilla. Tenía el aspecto de un chico malo, lo que me hizo mojarme aún más.
Se giró hacia mí, viéndome lujuriosamente. Sus ojos estaban oscurecidos y se veían tan salvajes.
Dirigí mis ojos a sus labios; entreabiertos y muy carnosos y besables.
No lo pensé más y me lancé a sus labios, con urgencia. Él correspondió a mi beso, tomándome de la nuca y acercándome más a su boca. Gemimos fuertemente. Era una posición muy incómoda, por lo que me senté en su regazo, sintiendo su enorme erección.
Gemí aún más cuando me restregué mi sexo con su enorme miembro.
¡Y vaya si era enorme!
Edward sujetó mi pecho izquierdo con muchísima fuerza, haciéndome gemir aún más.
Esto era a lo que yo llamaba: sexo salvaje con un desconocido en tu departamento.
Y no era tan desconocido.
Me separé de sus labios, rojos e hinchados. Sus cabellos cobrizos –y tan sexis- estaban despeinados, dándole un aspecto sumamente salvaje. Gemí. Él aún tenía su mano en mis pechos. Una de las cosas buenas era que mi ropa interior siempre se quitaba con mucha facilidad.
Quitó de manera veloz mi sostén y lo aventó por ahí.
Claro que lo que me gusta nunca dura lo suficiente. El teléfono comenzó a sonar.
Edward aún jugueteaba con mis pechos, por lo que supuse que él no pararía. Estiré una mano al teléfono, entre gemidos.
-Bella, ahh, Swan al, ahh, habla –Contesté entre gemidos. Y aún así gemí aún más cuando Edward mordisqueo mis pezones.
-Bella Zorra Swan, ¿con quién demonios estas teniendo sexo? –Sí, Alice. Siempre tan lindas sus palabras.
Gemí aún más.
-E-Edward –Gemí en respuesta. Ella soltó una carcajada.
-¿Por qué no me sorprende? –Preguntó retóricamente.
Yo gemí aún más.
Edward se separo de mí y me quito las bragas rápidamente. Introdujo tres dedos de un tirón. Levante mis caderas, por el placer que me estaba dando y gemí su nombre.
Esto sí que era nuevo. Había escuchado del sexo por teléfono. Pero esto era sexo hablando por teléfono.
-Te dije que te llevaría bien con él –Respondió, con un toque del `te lo dije´ y del `ajá, te atrape´.
Yo me encontraba con tanto placer que no entendía la mayoría de las cosas que Alice estaba diciendo.
Edward se quito la camisa –con mi ayuda- seguidos de sus pantalones. Sus bóxers azules se veían tan apretados que me hicieron gemir al imaginarme como se sentiría su enorme miembro dentro de mí.
-Bueno, Bella, sólo te hablaba para informarte que estoy ya fuera de tu departamento. Chao –Se despidió.
Me apodere de nuevo de los labios de Edward, con un aire de desesperación.
Lo besé frenéticamente, contando mentalmente cuanto tardaría de llegar Alice.
Quince minutos.
Tenía quince minutos para tener un rapidito con Edward.
Se colocó en mi entrada, sin romper el beso, y entro de una vez. Gemí aún más. Dios, esto era el paraíso. Era el mejor sexo que me habían dado. Ayer pensaba que Mike era el único que me hacía gemir así, pero Edward… Los más calladitos siempre son los más… Salvajes.
¡Y qué decir de lo prohibido!
Me embistió con fuerza. Su ritmo era rápido y le daba tan duro.
-¡Beeellaaa! –Gimió, a punto de llegar al clímax.
Yo estaba tan cerca…
Unos golpecitos en la puerta nos hicieron separarnos velozmente.
Simplemente genial. Alice llegó.
Nunca me había sentido tan enojada con ella, pero en ese momento, la odié.
Ella salió de la puerta, encontrándonos a mí y a Edward desnudos, en el sillón.
Alice danzo hasta a mí. Casi siempre me veía desnuda, pero a Edward no.
-Hola –Saludo, sonriendo de oreja a oreja. Claro que, era su típica sonrisa lujuriosa.
Gruñí en respuesta a su saludo y mi acompañante se sonrojó, cubriendo su miembro con un cojín.
Ya me recordaría más tarde lamerlo y masturbarme con ese.
Me moje rápidamente, otra vez.
Alice rió cuando notó como donde estaba sentada se mojaba levemente.
-¡Pero que tenemos aquí, por de incestuosos! –Rió.
Bien, ya me había tirado a Edward, por lo que supe, no sería virgen. Y era demasiado bueno, por lo que estos meses estaríamos dándole duro, día tras día, sin dejarme tiempo de parar.
Mi amiga saludo con un beso en la mejilla a Edward. Le quitó el cojín y admiró su paquete.
El pobre chico se encontraba tan sonrojado.
-¡Mierda, Alice! –Gruñí, de nuevo-. Lo estas incomodando.
Ella rió de nuevo.
-Lo siento –Se disculpó. Supuse que lo decía sólo para no hacerme enojar más-. Quería ver que tan bien estaba dotado.
Y si que estaba bueno Edward Masen.
Era alto, musculoso pero sin excederse. Con una piel nívea, aún más pálida que la mía. De su rostro resaltaban sus preciosos ojos verdes y sus labios carnosos. Su cabello era de una tonalidad cobriza, era como rubio con destellos rojizos. Y por supuesto su miembro era enorme.
Justo el prototipo de hombre que me gusta a mí.
Sólo que mucho más joven.
Me levante y recogí la ropa de mi, ahora, amante-sobrino.
-El baño esta al fondo –Dije entregándole su ropa. Se sonrojó mientras la agarraba, y salió corriendo al baño.
-Pues si que esta bueno –Comentó, mirando el baño-. ¿Crees que lo podamos compartir?
-¡No! –Gruñí y le lancé el cojín.
Definitivamente, ese día odié mucho a mi mejor amiga Alice Brandon. Y no sólo por interrumpir mi casi orgasmo, sino que también, por desear lo que era mío.
