Tumba.

Un vapor nauseabundo inundaba la habitación y penetraba indolente en las fosas nasales de los huéspedes; si se le pudiera llamar hospedaje a esa clase de estancia obligada. El viejo que los había hecho prisioneros les exhortaba a "sentirse cómodos".

A Número Dieciocho hasta le había quitado las amarras, quizás para que tuviera más libertad de movimientos a la hora en que el anciano le solicitaba favores conyugales.

Diecisiete pensaba, desde su rígida y tortuosa posición, que su hermana podría estarse acostumbrando a dejar de ser persona para ser un número, a que ya no corriera por sus venas el más leve de los ki; al fin que el ser humano se acostumbra todo.

Él se habituaba al ardor de las decenas de llagas que le adornaban la espalda, al olor fétido que de ellas se desprendía; si hubiera aves carroñeras por ahí, seguramente se posarían sobre el muchacho convirtiéndolo en banquete, ignorantes de que el corazón aún latía.

Como la mente humana no se despega (ni en las peores circunstancias) del egocentrismo; al joven castaño le costaba trabajo imaginar que su querida hermana pudiera estar pasándolo mucho peor que él.

La rubia pasaba la mayor parte del tiempo sentada en una esquina, con las piernas recogidas hacia el torso y la mirada perdida en los azulejos verdes que cubrían los muros de su cárcel; tratando así de ignorar la dolencia de su cuerpo vejado, y procurando no ver el reflejo de su ignominia, en los instrumentos metálicos que llenaban el lugar; en los que parecía una muñeca sin cuerda: con los ojos secos; con el cabello convertido en paja; con los labios como jergones impregnados de sangre seca; con el par de brazos que colgaban de su cuerpo como ramas yermas; y con el deseo ferviente de morir al fin, para que la encerraran en uno de esos ataúdes blancos que inundaban aquella mazmorra…

A Trunks nunca le había pesado tanto el silencio de su madre como ahora. Se había disculpado de todos los modos que conocía: pero nada le había valido.

Aquel día, Bulma lo había recibido con el amor y la dulzura que acostumbraba al tratarlo.

Trunks había narrado su experiencia al viajar al pasado, y externado lo emocionado que se sintió; pero guardándose la cruda desilusión que Vegeta le había despertado.

Bulma había preguntado una y otra vez en si acaso se había fijado en lo hermosa que era; Trunks contestó que toda la vida sería bella. Bulma en respuesta preparó lo que se suponía era una cena lujosa.

Cuando se llegó la hora de ir a dormir, la peli-azul despojó a su hijo de la chaqueta oscura que éste vestía "Voy a lavarla mañana" dijo. El jovencito asintió con la cabeza.

La mañana siguiente, Trunks entró en la miniatura de cocina que tenían para encontrarse con una mujer que distaba mucho de ser su madre.

Bulma sostenía entre sus manos un reloj de pulsera, por su cara descendía una cantidad irracional de lágrimas.

Mamá— le nombró él con cautela.

Nadie le respondió.

Mamá, ¿te pasa algo?— interrogó Trunks con el ceño fruncido.

No podría pasarme más— musitó la mujer.

Trunks sintió que se le congelaba la sangre cuando escucho a su madre anunciarle que nunca nacería.

Después de eso, no había vuelto a oír la voz de su progenitora.

Al jovencito le daba la impresión de que Bulma guardaba luto por su hijo, en otro tiempo, no nacido; nunca creyó que la mujer de cabellos azules llorara por el amor que su otro yo no disfrutaría…

Llevaba días observando como Bulma y Vegeta se evadían mutuamente. Ella sabía de la fuerza de voluntad que éstos dos poseían. Según entendía, en las cuestiones de amores e instintos, la fuerza de voluntad era un estorbo: Un estorbo para el que, tarde o temprano, aparecía un valiente que lo hiciera a un lado.

Entonces la lujuria, que solía ser tan o más poderosa que el más noble de los amores, ayudaba a reducir las distancias y a limar las asperezas y a olvidar el pasado rescribiendo la historia. Respondiendo una historia llena de caricias, gemidos y temblores de estertor: actividades impúdicas para las que no valía un simple juramento.

Y si no, que se lo preguntaran al príncipe de los saiyajin, quien todas las noches se soñaba penetrando la carne de la mujer, uniéndose a ella de un modo salvaje, dejándola medio muerta de placer, quedando él medio muerto también ¡pero de desesperación al abrir los ojos y verse solo, acompañado por el recuerdo de la pecaminosa visión!

O que se lo preguntaran a Bulma, quien tenía que recurrir a sus manos para aliviar la presión sofocante que invadía su vientre cuando, sin querer, comenzaba a preguntarse en el probable sabor de la piel y los labios principescos.

Viendo tan concupiscentes pruebas entendía porque al instinto en traje de terciopelo se le llamaba "amor".

La muerte suspiró profundamente mientras sopesaba las posibles consecuencias de sus actos. No podía confiar en la simple palabra de dos niños que destilaban lujuria.

Para quedar tranquila tendría que llevarse a uno de ellos a la tumba, lo había intentado con Vegeta y prácticamente se lo habían arrancado de las manos con el pretexto de un mal entendido, error técnico, negligencia o como quisieran llamar al hecho de resucitarlo sorpresivamente alegando que todo había sido una simple operación de conjuntos mal resuelta; como si la diferencia entre "bueno" y "malo" no estuviera definida desde el principio de los tiempos.

La mujer, perennemente enlutada, esbozo una sonrisa. Quizás diría que no sabía la diferencia entre "bueno" y "malo" cuando se le pidiera una explicación por robarle la vida a una frágil mujer…

Piccolo respiraba lentamente ahora que por fin había logrado dejar su mente en blanco. Entrenar el espíritu, con el fin de hacerlo recto y perseverante (en vez de bueno, como creía la gente corriente) era primordial cuando se planeaba combatir una guerra.

El namek dejó salir un gruñido cuando sintió que alguien se aproximaba a él.

Piccolo alcanzó a pensar que Gohan, en vez de irlo a buscar hasta el mismo desierto con tal de interrumpir su entrenamiento, debería de quedarse con su padre ahora que lo tenía en casa. Definitivamente la mujer vestida de negro riguroso que emergía del suelo pardo del desierto no era Gohan.

La muerte volvió la vista para cerciorarse de que el namek no se hubiera percatado de su presencia. Lo vio, inamovible como siempre, con los ojos cerrados y los brazos cruzados.

"Perfecto" la escuchó musitar. Piccolo rió en sus adentros y pensó que, seguramente, aquella mujer no conocía que el principio de cualquier ente maligno era reconocer a sus semejantes. El entrenamiento había terminado: era hora de jugar.

Ver a la mujer diluyéndose entre la distancia le infundió a Piccolo cierta incertidumbre; quizás temía perderle el rastro. Sin embargo, el namek continuó volando despacio, en línea recta, sobre el desierto. Justo cuando el arenal se iba conjugando con retazos de hierba (por darle un nombre a los matorrales pardos que se erguían entre las rocas y la arena) la mujer enlutada brotó sin un grano de arena sobre sus ropas negras y comenzó a andar…

Mamá Lorenza lo escuchó atravesar la estancia sin saludar.

—Vegeta— le nombró.

El príncipe se detuvo en seco, sin darle la cara a la mujer que lo llamaba.

— ¿Terminaste el entrenamiento?— inquirió Mamá Lorenza, con la vista ligeramente levantada del libro que sostenía entre sus manos.

—Si, ¿cuántas veces le he dicho que ningún ladrón, saldría de aquí con vida?— cuestionó el príncipe al escuchar el tintineo de las llaves que la institutriz velaba celosamente

—No todos los ladrones que entran aquí, están vivos— dijo Mamá Lorenza.

Vegeta se dirigió hacia su alcoba, pensando en que a veces Mamá Lorenza parecía más una especie de perro guardián que una sencilla ama de llaves…

Piccolo había perdido la cuenta del número de vivos que, con el roce de sus finos dedos, la mujer había convertido en muertos.

El namek estaba consciente, desde sus primeros pasos en la vida, de que la existencia humana o animal era obscenamente frágil; lo sabía porque él mismo había puesto a prueba la resistencia de los seres vivos, y lo sabía también cualquiera que ejerciera, o hubiera ejercido, la profesión de asesino.

No obstante, entre él o cualquier otro asesino (incluso accidental) y la mujer a la que rastreaba había una abismal y desvergonzada diferencia: los primeros ponían, en el ejercicio de arrebatar vidas ajenas, un mínimo de esfuerzo y arte; mientras que la segunda requería de una caricia para dejar su camino cubierto de cadáveres (como si fueran migajas de pan para no olvidar el camino) de regreso a su guarida.

Ya se sabe que la inteligencia es la capacidad de establecer relaciones, y gracias a ella se encuentran analogías entre una cosa y otra; analogías que después son utilizadas en forma de metáforas con las cuales (si se tiene buen pulso) se hacen poemas para obsequiar el día de San Valentín; por otro lado (si se tiene buen ojo como el que posee Piccolo) se construyen estrategias.

Gracias a tan complejo (pero nada tardado) ejercicio neurológico Piccolo supuso que su presa desconocía el camino de regreso a "casa" y regalándole ventaja se dispuso a darles cristiana sepultura a todas las aves, serpientes, arañas y demás flora y fauna que había perecido con el fin de fungir como señalamiento de carretera. El namek concluyo: "Al fin que seguirá dejando huellas".

La muerte respiró aliviada al ver como Piccolo limpiaba el rastro de su paso, ¡y ella que pensaba que por no pertenecer al género humano, el namek, podría salir más listo que otros!

—Siempre es lo mismo— musitó para sí mientras apuraba el ritmo de sus pasos, esta vez sin dejar el menor indicio…

Mamá Lorenza echó vuelta a la cerradura de cada una de las alcobas que estaban sin dueño en la mansión, no sin antes asegurar ventanas y respiraderos.

Anduvo hasta el patio central sosteniendo entre las manos una linterna; con el fin de espantar hasta la más pequeña de las sombras, que escurridizas, se escabullían entre las ramas del naranjo plantado en medio del patio; haciendo de escondrijo para los probables intrusos; inundando la noche con el aroma de sus flores.

La institutriz aguardó de pie unos instantes, esperando que alguien la confrontara. Nadie salió a su encuentro…

Piccolo limpió el sudor que corría por su frente con el dorso de la mano. Exhaló con aire triunfal cuando vio que todos los cadáveres dejados por aquella bruja estaban enterrados a cientos de kilómetros de su lugar inicial.

Y dando una vuelta en "U" sobre el cielo se dispuso a proseguir con la cacería.

Mamá Lorenza atrancó la puerta principal de la mansión, aseguró los pestillos de todas las ventanas que daban hacia el jardín frontal, y bajó las cortinas impidiendo que la luz de la calle se colara en el salón.

Deshizo sus pasos lentamente mirando a ambos lados y escuchando sólo el eco de su caminar sobre el entarimado a la francesa; mientras la institutriz subía la escalera, que conducía al ala derecha, se detenía en cada peldaño para mirar hacia atrás y constatar que no hubiera nadie parado en el umbral de la sala viéndole con ojos brillantes: ya fuera bestia u hombre de colmillos afilados e instinto sanguinario.

En el último escalón tomó un profundo respiro mientras pensaba en lo anciana que era: imaginó que esta pudiera ser una de sus últimas rondas. Con un suspiro hondo concluyó que aquello no importaba, su obligación era proteger a quienes habitaba aquella casa.

Resultaba inútil que le hablaran del retiro, "para retiros, la tumba" decía ella molesta; por sentir que a los demás les daba la impresión de estar robándoles oxigeno; molesta porque ellos no pudieran oler lo que ella olía. El aire de la casa estaba enrarecido desde hacía veintiún días, "humedad" había dicho el Dr. Briefs.

Pero ella, ella que en su vida había visto muchos tipos de humedades, no había conocido nunca una que erizara los vellos de la piel o que distanciara a las personas… como lo que sucedía entre Bulma y Vegeta.

En cambio, sí podía dar testimonio de vastos entes capaces de convertirse en todo, incluso en humedades, para hacer con las gentes su conveniencia.

Mamá Lorenza tomó asiento en uno de los sillones que había distribuidos por toda la mansión, y apagó la lámpara de aceite que llevaba en las manos; hundiéndose en una penumbra densa dónde sus ojos trataban de ser adivinos.

Podía escuchar claramente los movimientos de Bulma y Vegeta sobre sus camas, respectivamente; el crujir de las maderas bajo los mullidos colchones; las respiraciones acompasadas, cada vez más profundas.

Tras una calma efímera; un movimiento instintivo de parte del cuerpo para aliviar la presión en el costado derecho de Vegeta. Hacía días que el príncipe llevaba una herida mal atendida, en el costado derecho; una herida, a la que Bulma, sorpresivamente, no había acudido a curar. Una laceración que no terminaba de cicatrizar y por la que, Vegeta, permitía que se le fueran las fuerzas.

Mamá Lorenza escuchó sollozar a Bulma. Al principio la voz de la heredera era sólo un murmullo, como si llamara a alguien entre sueños. La escuchó moverse desesperada entre las sabanas: quejumbrosa, luchando por recuperar la conciencia, para abrir los parpados y reencontrarse con la realidad.

La institutriz no podía verlo, pero sabía que Bulma se adentraba en territorio de Satán; que la tierra bajo la cama en que yacía la peli— azul crepitaba furiosamente, igual que lo hace cualquier corazón bajo la piel y la carne…

Sabía que Bulma andaba con los pies descalzos sobre un suelo ardiente; sintiéndose perdida y muda comenzaba a llorar invadida por el terror.

La luz, en lo sueños de la heredera, se tornaba cada vez más débil hasta convertirse en una trémula flama, que apagada por el soplo sulfuroso de algún demoníaco ente; se transformaba en una oscuridad candente, como si en vez de abismo fuera un fuego nigérrimo acechando la piel blanca de Bulma.

La boca de la mujer se iba amoratando mientras sus manos y sus pies comenzaban a helarse; como consecuencia de los finos dedos de la muerte hundidos en el cuello de la peli-azul.

Vegeta despertó de repente al sentir como el ki de la mujer se desvanecía dramáticamente.

Sin pensarlo dos veces, el príncipe se encaminó furioso hacia la habitación de Bulma; mirando hacia el frente mientras sentía como la rabia se apoderaba de él.

Vegeta derribó violentamente la puerta de la habitación de la peli-azul, haciendo que la cerradura (que Bulma corría todas las noches para evitar el salir en busca del príncipe) volara en todas direcciones, hecha trizas.

El noble saiyajin irrumpió en la habitación buscando, con fiereza, cualquier clase de intruso. No encontró tal por más que sus pupilas y sus sentidos se concentraron en percibir: el más leve movimiento, el más sordo de los murmullos, o la más discreta de las huidas. No vio nada que no fuera Bulma tosiendo convulsa.

Irritado por la debilidad que evidenciaba al correr en auxilio de la mujer; Vegeta encendió todas las luces de la habitación, queriendo herir a propósito las pupilas azules de Bulma.

Vegeta se acercó con cautela a la cama en que reposaba la científica, extrañado por no recibir algún insulto como respuesta.

El príncipe vio las sabanas empapadas de sudor ¿o de llanto?, ¿o de orina?, ¿o de cualquier liquido que pudiera emanar del cuerpo de la mujer? Vio la boca ampollada y los ojos (que tanto le gustaba ver, por claros y transparentes) perdidos en sabría Dios qué punto del delirio.

A sabiendas de que no estaba allí la conciencia de Bulma, para echarlo de cabeza, corrió su mano por la frente hirviente.

Tras aquel roce, Vegeta recordó que uno de sus métodos de tortura era evaporar hasta la última gota de agua que corriera por los cuerpos de sus víctimas. Y el príncipe solía decir a sus condenados: "Una belleza, oírte clamar".

Con las mandíbulas apretadas, el príncipe comenzó a cuestionarse, ¿si acaso alguien, aquella noche, le había dicho a la mujer que era una belleza escucharla clamar?

"No todos los ladrones que entran aquí están vivos", la frase que había dicho Mamá Lorenza apenas un par de horas atrás, empezó a hacer eco en la cabeza del príncipe. Alterado, abrió cada una de las cómodas, los roperos, y los buró que poblaban el cuarto de la mujer; queriendo encontrar al mal nacido que cobraba venganza martirizando a la mujer.

Vegeta se asomó debajo de la cama, arrancó las cortinas, y volcó el contenido de las macetas.

—No tiene caso— dijo Mamá Lorenza al entrar en la alcoba.

Vegeta se detuvo sin dejar de darle la espalda a Mamá Lorenza, para evitar que ella viera en su rostro la preocupación y el temor.

—Ya se fue, sólo dejo su tierra— aseguró la institutriz, mientras retiraba las sabanas que cubrían la figura de Bulma.

— ¿Qué tierra?— preguntó el príncipe volviéndose a la mujer.

—Esta—mencionó al señalar el limo que ensuciaba el cuerpo tembloroso de Bulma—, es tierra de tumba— concluyó la institutriz mientras comenzaba a asear el cuerpo de la peli-azul.

Vegeta salió de la habitación silenciosamente, sintiendo una lástima honda(más que pudor, o siquiera el menor de los deseos) al contemplar, desnudo, el cuerpo de Bulma; desfallecido en fiebre, consumido en una sequía inducida, atrapado en una pesadilla en que el príncipe le estrangulaba una y otra vez mientras le soplaba al oído lo bello que era verla clamar…


Hola! Antes que cualquier cosa debo ofrecerles una enorme disculpa por la tardanza. Nunca me había tardado tanto en actualizar; sin embargo los ultimos meses han sido un torbellino de eventos y contratiempos. Bien dicen por ahí que uno pone y Dios dispone. Les agradezaco infinitamente por sus reviews y el tiempo que invierten al leerme. Agradecimiento especial pa mi querida Miriam Puente, que me betea y me jala las orejas ^^. Si alguna cosa extraña sucede, les deseo anticipadamente una hermosa Navidad, hagan méritos pa' que el Niño Dios les traiga muchos regalos. Que el 2010 les traiga amor, salud, bendiciones, trabajo, exito y todas las cosas buenas y bonitas del mundo. Que Dios los llene de bendiciones. NOMICA