Lobo feroz.

Él tenía unos ojos que incendiaban cualquier cosa; no eran de pólvora, pero quizás sí fueran de petróleo o de esa clase de carbón con que, un día, el infierno fue encendido— Bulma tomó un respiro antes de mirar a través de la pequeña ventana—.Dicen por ahí que aún no se apaga. Tal vez ahora su cuerpo sirve de leña, ¿no?— preguntó la peli-azúl mientras posaba sus ojos celestes en el piso…

Bunny siguió, con sus ojos claros, cada uno de los movimientos que el médico realizaba sobre el cuerpo de Bulma.

—Señora Briefs —inició el galeno—, en otros casos tendrían que pasar tres semanas para que yo pudiera decirle, que no tengo ni la más remota idea acerca de lo que le sucede a la señorita —el doctor dirigió sus ojos hacia la cama en que Bulma reposaba—. Pero hoy voy a violar el protocolo; le diré lo que todos le han dicho: "no es una infección; no es una picadura de insecto; ni mordedura de víbora; y no es una epidemia". No sé qué es. Lo único que yo puedo aconsejarle es que encuentre un modo de bajarle esa fiebre

— ¡¿Nosotras? —Preguntó Mamá Lorenza exasperada— ¡¿nosotras tenemos que encontrar un modo de bajarle la fiebre? ¡De todos los ineptos en bata blanca que han entrado a esta habitación; usted es el peor! No sólo carece de imaginación, sino que tiene el cinismo de decirnos que debemos encontrar la forma de enfriar el cuerpo de esa niña— gritaba la institutriz señalando hacia el lecho de la peli-azul— ¡si supiéramos cómo no los habríamos llamado!

—Lo hemos intentado: compresas de agua, remedios caseros, baños de agua fría, ungüentos… —Bunny se vio interrumpida por el llanto.

—Entonces, ¿no se puede hacer nada por ella?— cuestionó Pita incorporándose lentamente del sillón, en el cual había estado sentada desde hacía tres días.

—No que yo sepa —respondió el doctor, apenado—. Quizás deberían de llamar a los amigos de la señorita, para que se despidan con calma

—Al único que vamos a despedir aquí, pero sin ninguna clase de calma ¡es a usted!— vociferó Mamá Lorenza; conduciendo al medico hacia la salida, omitiendo los buenos modales que la caracterizaban…

Llevaba tres días parado frente a aquella cascada, viendo el agua caer y romperse, con estrépito y sin miedo, en las rocas.

Llevaba tres días, permitiendo a sus sentidos embriagarse de la brisa, del olor y del color ¡del maldito color del agua!

Vegeta apretó las mandíbulas mientras maldecía mentalmente a la mujer, por asemejarse tanto al agua, y al mar; y por ser el océano reflejo del cielo Bulma terminaba pareciéndose, también, al firmamento. En consecuencia, y tras emparejar tantas similitudes, Bulma adquiría la forma del mundo.

El príncipe gruñó para sí mismo, reprochándose el haber dejado que su cabeza fuera tan lejos.

Había ido hasta allí para olvidarse de ella. Para no sentirla. Para permitir que el viento se interpusiera entre él y el aroma de la mujer de cabellos turquesas.

Había ido hasta allí para no estar cuando ella se fuera; Vegeta nunca había visto morir a ningún ser querido, y tampoco quería verlo por primera y única vez, pues estaba seguro de que resultaría doloroso: quizás y hasta podría enloquecer.

Tal vez se desquiciaría por todas las palabras que había ido guardando, mientras pensaba que existiría una oportunidad para pronunciarlas y mientras creía, también, que habría una noche interminable para rozar el cuerpo de la mujer, para besar la boca de la mujer. Todo eso fue cuando imaginaba que habría una noche inolvidable en que conquistaría, por siempre, el mundo de la mujer.

Luego se enteró de que sus sueños se materializarían y temió. Temió como siempre temía: utilizando su orgullo —como un niño usa una frazada para no ver hacia la oscuridad— se escondió en el silencio como se ocultaba en la distancia; con la diferencia de que hoy —con cada latido del minado ki de Bulma— se desmoronaban los sueños y las predicciones, abriéndole paso a un miedo descomunal…

Bulma se encogió de hombros, en un gesto sostenido, mientras estiraba el cuello— cuando yo lo conocí, cuando digo conocer, me refiero al momento en que nos vimos por primera vez a los ojos, algo dentro de mí ardió —Bulma mordió su labio inferior—. Entonces comencé a creer que era cierto lo que la gente decía de él…

Yamcha se internó, lentamente, en la enorme habitación a medio iluminar, y cubierta de alfombras y tapetes. No había pasado tanto tiempo desde la última vez en que había estado allí adentro, por lo que le resultó imposible no darse cuenta de la enorme diferencia: el aire era sofocante –tanto o más que el del desierto del que él provenía-; también habría podido jurar que una niebla —muy discreta— invadía la recámara de Bulma.

El beisbolista tomó asiento en el mismo taburete en que Krillin se había sentado para sostener un monologo frente a Bulma, en el que recordaba los buenos tiempos.

Yamcha tomó asiento en el mismo lugar en que el maestro Roschi se había acomodado, en silencio, durante largo rato, para por fin, besar la frente de Bulma mientras le deseaba dulces sueños.

Yamcha estaba ahí, en el rincón en que Milk había llorado cuantiosamente.

Se encontraba arrellanado en el sitio en que Tien Shin Han no había sabido muy bien qué hacer, salvo dedicar una reverencia profunda en la más absoluta de las parquedades.

Yamcha se hallaba en el mismo dormitorio, al que Chiaotzu no se había atrevido a entrar alegando que aquel espacio era territorio prohibido para él y para todos. Por eso, se mantenía levitando en el umbral, en donde debería de haber puerta —pero no había, porque según decían, Vegeta la había derribado— posando sus enormes ojos en el aparente vacío.

Yamcha estaba en la situación por la que la mayoría de sus amigos ya habían desfilado; sosteniendo entre sus manos las manos de Bulma, sintiendo bajo sus yemas el débil pulso de una vida que alguna vez le había sido ofrecida…

La gente decía que era como una fuente de supersticiones malas: como un gato negro en medio de la calle, que su aliento era como un ave invisible de mal augurio, que sus manos destrozaban todo lo que tocaban y que si algún día me atrevía a besarlo quedaría convertida en piedra— Bulma sonrió irónicamente…

Goku abrazaba el febril cuerpo de Bulma mientras le hablaba al oído.

—No te puedes ir, Bulma; por que si te vas te perderás de muchas cosas buenas —Goku recorría con sus ojos llenos de lágrimas toda la estancia— y lo dejarás solo, y entonces, además de que su soledad nos pesará a todos, lo privarás de otro tanto de cosas buenas. Sabes de quién hablo, ¿verdad que si?— Goku estrechó contra de sí la frágil anatomía de la peli-azul, besando la mejilla sonrojada de su mejor amiga.

Todos los guerreros se tensaron al sentir acercarse el ki de Vegeta. Cada cual, en el sillón, en que reposaban aguantaron la respiración al escuchar los pesados e inconfundibles pasos del príncipe saiyajin ascendiendo, lentamente, por la escalera.

Pese al tiempo, el cambio de costumbres y de atmósfera, Vegeta todavía no perdía —quizás jamás lo haría— la capacidad de dirigir la misma escalofriante mirada a varias personas a la vez.

Todos creían conocerlo, al menos habían comido en la misma mesa que él, y sabían que aquella mirada hosca era un atípico modo de saludo. Sabían también que Goku estaba en la habitación contigua, y que por lo tanto no había nada que temer.

El silencio fue roto por Milk, victima de arcadas; fue entonces que todos los guerreros pusieron atención a lo que Vegeta sostenía…

También se atrevían a afirmar que le gustaba torturar doncellas, hipnotizarlas con sus ojos de fuego, y saltar sobre ellas al divisar sus siluetas recortadas por la luz, o al escuchar el crujir de la hojarasca bajo sus pies desnudos; desollarlas con sus garras y marcarles el cuello con sus colmillos afilados— Bulma ensanchó el cuello de la blusa, que llevaba puesta, para dejar al descubierto la base de su cuello.

Su interlocutora se removió, con incomodidad, sobre el asiento…

—Si no les gusta, se pueden ir —dijo Vegeta al ver gestos de repulsión en los rostros de todos los guerreros presentes.

—¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Yamcha apuntando hacia lo que, no mucho tiempo atrás había sido un venado, o un animal de tamaño considerable.

El príncipe ignoró la pregunta mientras se encaminaba a la habitación de Bulma.

Milk, con una mano en el pecho, dirigió una mirada reprobatoria a todos los hombres que se quedaban sentados e impávidos ante el evidente sacrilegio que Vegeta pensaba cometer en el lecho de muerte de su mejor amiga.

El noble saiya se detuvo en el umbral de la alcoba de la heredera, instigando en el mutismo a Goku para que abandonara la recamara.

Goku deshizo el abrazo en que envolvía a Bulma mientras besaba, a modo de despedida, las mejillas de la peli-azul.

—¿Eso la ayudará?— inquirió el súper saiya, señalando con el dedo índice al cadáver.

—Vete— contestó secamente el príncipe.

Goku se levantó lentamente de la cama de Bulma y se condujo hacia la salida, mirando al príncipe saiyajin en un intento por descifrarle; lo único que notó fue que Vegeta tenía los ojos hinchados.

—¡¿Tú también?— exclamó Milk, exaltada, al ver salir a su marido

El súper saiya observó a su esposa sin saber de qué le hablaba.

—¿Tú también vas a dejar que haga lo que se le antoje en el lecho de muerte de Bulma? —Milk cuestionaba a su esposo con grandes aspavientos— yo lo entiendo de ellos— dijo la morena señalando, sin la menor de las discreciones, al resto de los guerreros— no me digas que tú también le tienes miedo ¿o si?

Goku negó con la cabeza.

—¿Entonces?— pregunto desesperada la señora de Son.

—Milk, no sé qué va a hacer allí adentro, pero estoy seguro de que no es nada malo— explicaba Goku tomando del brazo a su mujer.

—¡Si Vegeta supiera mucho que confías en él seguramente no te odiaría tanto! —se aventuraba a decir Milk como una especie de reproche a su marido por ser tan paciente hasta con quien no lo merecía.

—¿A qué hora se van a callar?— inquirió Mamá Lorenza dirigiendo su mirada hacia Milk, mientras se encaminaba a la habitación de Bulma.

—Creo que Vegeta quiere estar a solas con Bulma— comentó Goku, para evitar que Mamá Lorenza fuera víctima de un insulto por parte del príncipe saiyajin.

—Ya sé—respondió Mamá Lorenza adentrándose en el cuarto de la peli-azul.

Mamá Lorenza tardo apenas unos instantes en acostumbrarse al claroscuro de la habitación —Aquí está lo que me pediste, Vegeta— apuntó el ama de llaves mientras depositaba, sobre una silla, una tina repleta de toallas e instrumentos metálicos —¿necesitas algo más?— interrogó la mujer.

El príncipe negó silenciosamente.

Decían que yo, para él, era sólo la tierra virgen en que celebraba su ritual, sangre para calmar su sed, y nada más que otro cuerpo en el cual ahogaba su deseo —Bulma se encorvó sobre su asiento, de tal modo que los huesos de su pecho se dibujaban claramente debajo de su inmaculada piel.

La científica encendió un cigarrillo, por lo que no pudo ver que su interlocutora se componía la falda…

Vegeta resopló inquieto al verse, a sí mismo, en aquel enorme dormitorio justo como, muy poco tiempo antes, le hubiera gustado estar: a solas con Bulma.

El príncipe clavo sus ojos negros en el cuerpo inconsciente de la terrícola, queriendo adivinar sí la mujer pudiera estar soñando.

Vegeta esbozó una sonrisa al imaginar que la heredera podría estar sumergida en una cándida fantasía, mientras que todos en el mundo real comenzaban a tomarle medidas a su ataúd.

—Como sea— decidió el saiyajin elevando los hombros, y volviendo la vista hacia el animal muerto que reclamaba su atención.

Él nunca lo había hecho, por que nunca antes había tenido la urgencia de sacar a nadie de ninguna agonía. Pero su memoria era buena, y recordaba que Nappa solía prestarle los primeros auxilios a condenadas que fueran medianamente bonitas, para acostarse con ellas, y para después entregarlas a las manos de la muerte: de donde jamás había pensado sacarlas.

Vegeta hundió la navaja en el vientre del animal. Si alguien hubiera estado observando al príncipe, en aquellos momentos, habría podido advertir que las pupilas negras brillaron al instante en que la sangre tibia de la bestia se encontró con los dedos del guerrero, despertando en él su hambre belicosa…

"Hay apetitos que nunca se sacian"

Se repetía Piccolo una y otra vez en medio de su meditación, seguro de que ella regresaría a por más y él estaría allí, dispuesto a no caer de nuevo en su trampa, a no bajar la guardia, y a no permitirle escapar.

La primera noche no sabía con quién trataba; pero ahora, él ya se había dado cuenta del repertorio bien surtido de artimañas que ella usaba, y tenía planeado no darle tiempo siquiera de echar mano de ellas. ¿Dónde se había visto eso de que la muerte venciera al demonio?

Chiaotzu levitaba frente al imponente ventanal—que se alzaba en el centro del segundo piso de la residencia Briefs— observando como el cielo azul se convertía en un abanico color cereza conforme el sol se iba ocultando. El pequeño no entendía por qué el tiempo tenía que avanzar tan rápido, ni tampoco comprendía por qué debían de permanecer en aquella casa.

Decidió hacer un último intento para convencer a Tien de irse, ya.

—¿No sabes que es de mala educación levitar en espacios cerrados?— interrogó Krillin a modo de regaño, pues Chiaotzu no había puesto ni una sola vez sus pequeños pies sobre el entarimado a la francesa de la mansión Briefs

—Yo apoyo a Krillin —dijo Oolong metiéndose un pastelito a la boca — definitivamente eres un malcriado, Chiaotzu

—Es que no quiero sentir— se defendió Chiaotzu.

Los guerreros Z entornaron sus ojos, por enésima vez desde que habían llegado a la mansión, Chiaotzu hacia referencia a sensaciones y percepciones, que absolutamente nadie de los demás era capaz de distinguir.

—Sentir, ¿qué?— preguntó, con una voz maternal, Milk.

Chiaotzu guardo silencio un momento mientras reflexionaba en si sería apropiado o no responder a la pregunta que le hacía la mujer de Goku —La casa vibra— dijo el niño eterno al ver que la morena le apuraba con los ojos para que le contestara.

—Yo no siento nada— declaró Goku poniéndose en pie para estirarse, después de permanecer sentado durante varias horas.

—Si lo pudieran sentir; no estarían aquí— garantizo Chiaotzu con una voz más fantasmal que infantil.

Yamcha suspiro antes de replicarle a Chiaotzu –Si ya te quieres ir, sólo dilo; no es necesario que digas mentiras.

Puar asintió calladamente, en apoyo a la opinión de su amo.

Chiaotzu bajo los ojos al piso pensando tristemente que nada de lo que él dijera haría cambiar de opinión a sus amigos; tras un instante, dedicó una mirada expectante a Tien Shin Han quien a pesar de haberse percatado de la inquietud de su amigo; se negó calladamente.

El pequeño fijo su vista de nuevo en el enorme ventanal, por el que ya se podía ver un cielo ceniciento. Suponía que ése era un buen puesto de vigía para cuando ella llegara…

Decían que nada de lo que él me daba era de buena fe: que si me hubiera envenenado con una manzana, habría sido una manzana robada; que si un día él me hubiera enterrado, lo habría hecho en tierra seca y él ni siquiera habría cavado la tumba —Bulma exhaló dramáticamente mientras se llevaba una mano a la frente.

¿Lo creíste alguna vez? —interpeló la mujer que estaba frente a Bulma, apoyando su rostro sobre sus manos largas

La peli-azúl se detuvo un momento antes de manifestar —Cuando me pongo a pensar, francamente, no sé de dónde sacaban todas esas cosas si nunca vivieron a su lado; otras veces pienso que él se lo ganaba a pulso…

Vegeta seguía, con sus ojos oscuros, el camino que recorría la sangre emanada desde las entrañas del animal hasta la tina plateada en donde se formaba, pacientemente un lago carmesí.

El príncipe inhaló largamente el aroma viciado que desprendía la carne mientras se marchitaba al aire libre. El saiya cerró los ojos permitiéndose retroceder en el tiempo, andar hacia atrás y detenerse en todas y cada una de las ocasiones en que el perfume de la muerte le había coronado, cuando ella y él hacían buena pareja; él había sido su alegre sirviente y ella, en recompensa siempre, inclinaba la balanza hacia el lado de Vegeta; hasta ahora, que Vegeta buscaba desafiarla, por culpa de la mujer.

Vegeta aguzó sus sentidos al percibir movimiento al derredor de él, analizó los recovecos mal iluminados de la habitación, desde el lugar en que estaba parado, procurando no moverse para que, cualquiera que estuviera ocultándose, no pudiera adelantársele en posición.

El príncipe aguardo varios segundos en vano: nada ni nadie salió de las esquinas.

Seguramente su memoria le estaba jugando una mala pasada; tal vez eran sólo los fantasmas de siempre, los de las pesadillas de todos los días, los que siempre acompañaban a las memorias de postrimería.

Reprendiéndose a sí mismo por la paranoia y el desperdicio de tiempo, el saiya reanudó lo que estaba haciendo mientras retiraba las sabanas que cubrían el cuerpo sudoroso de la mujer

Piccolo veía con urgencia como el cielo comenzaba a encenderse de estrellas sin que su esperada visita apareciera. El namek chasqueó los dientes molesto por verse obligado a esperar, quizás, una noche más. Detestaba la idea de atender una vez más a la oscuridad, oteando la densidad de la madrugada, en busca de cualquier señal. Pero si era necesario hacerlo lo haría, esta noche, y todas las noches siguientes, hasta saber hacia dónde dirigía sus pasos la bruja enlutada…

La mujer se apoyo en su asiento, evaluando con la mirada a Bulma, quien buscaba las palabras correctas en la base cristalina de la mesa.

No —dijo al fin la peli-azul al escuchar el suspiro que, inquieta, emitía la fémina frente a ella–. No me arrepiento de nada.

La visitante esbozó una mueca similar a una sonrisa.

Tu hijo volverá con bien —garantizó la mujer haciendo un gesto de despedida con la mano derecha, mientras que con la izquierda alzaba los vuelos de su vestido negro.

Bulma la vio alejarse, pensando en el mucho tiempo en que no veía a nadie andar con tal confianza y despreocupación —casi elegancia— por las calles desdibujadas de aquella maltrecha ciudad…

—Ahí estás— murmuró Piccolo, con una media sonrisa de satisfacción, al ver como ella emergía de entre la arena del desierto pavoneándose, como una celebridad acostumbrada a ser espiada desde la distancia…

Vegeta arrancó de un tirón toda la piel del animal, venciendo con su rabia al pegamento natural que hay entre el tegumento y la musculatura, dejando sólo retazos de una manta blanca sobre la carne del ciervo.

Colocó después el fruto de su disección sobre el colchón en que descansaba la heredera, a modo de sábanas.

El príncipe, entonces, empapó de la sangre recién extraída uno de los paños —que Mamá Lorenza le había proporcionado— frotándolo y exprimiéndolo sobre la piel blanquísima de Bulma; impregnándola de aquel bálsamo primitivo e infalible.

Ese baño de esponja, rústico y prehistórico, era más un señuelo que una medicina por sí misma: un truco barato que sabría Dios en qué civilización del espacio fue inventado.

Lo cierto era que Nappa una vez le contó, a Vegeta, que si la hora final llegaba a un desahuciado —y éste se encontraba envuelto y oloroso a muerte— cuando la emperatriz se presentara a por él; ella creería que el pobre inocente ya había sido borrado de su lista negra.

El guerrero había sido testigo, en repetidas ocasiones, de la efectividad del tratamiento.

Quizás por que la Muerte era ciega y no se daba cuenta de que el individuo en cuestión se hallaba amortajado y embalsamado en cuero y humores ajenos, o probablemente por que la Muerte se divertía mucho más al pretender hacerse de la vista gorda, para después atacar por la espalda y mordisquear a su rejuvenecida victima; igual que una fiera disfruta más de una caza sorpresiva que de un banquete en charola de plata…

Pronto se percató de que Piccolo le seguía de cerca, esta vez no lo distraería, por que estaba segura de que la próxima vez la volvería a rastrear; podía leer la determinación en las pupilas del namek: quería atraparla.

"¡Como si eso fuera posible!" pensó ella, burlesca.

La Muerte se dejaba pisar los talones por Piccolo pues, además de todo, tenía curiosidad de ver la cara del namek cuando por fin le diera alcance.

¿Qué le diría?; ¿qué le preguntaría?; ¿le reclamaría?; ¿o acaso le suplicaría, como todos?; ¿se daría la media vuelta después de verla hacer su tarea de siempre? Sin decir una palabra, sin mover un solo dedo, igual que los niños inquietos cuando ven cómo se cuece un pastel; apoyando las manos, atónitos, en el cristal del horno.

La mujer enlutada se cuestionaba si existía la posibilidad de que Piccolo quisiera intervenir en su quehacer cuando viera la casa a la que se dirigían; cuando supiera, por fin, al lecho que iban y la persona a quien esa noche tomarían…

La taquicardia que había asolado el corazón de Bulma, durante todo el tiempo en que había estado hablando con aquella extraña mujer, se disipó al ver en el umbral de la puerta a Trunks, con el rostro estriado en sangre y a duras penas de pie.

¡Un día de éstos, no vas a volver!— exclamó la peli-azul mientras acudía al socorro de su hijo

¿A qué huele?— cuestionó el muchacho virando el tema de conversación —¿huele a perfume?— inquirió el jovencito arrugando sus facciones en un claro gesto de desagrado –tú no usas perfume, mamá— apuntó rápidamente.

¿Sabes algo, Trunks? Hubo un tiempo en que tu bella madre cargaba algo de vanidad y utilizaba perfume —explicó la científica– pero yo tenía buen gusto, no como esa mujer— descartó haciendo una seña con su mano derecha.

¿Qué mujer?— quiso saber Trunks

Una mujer que encontré en la calle. Jamás la había visto, me asomé por la ventana y ahí estaba: sola. Temí que algo pudiera ocurrirle; hay tanta muerte y tanta destrucción allá fuera — narraba la científica mientras buscaba gasas para curar a su hijo— además parecía ser una mujer con clase, aunque bastante preguntona.

No deberías meter desconocidos a la casa —recomendó Trunks—, es peligroso.

Bulma soltó una risita coqueta.

Una vez, hace más o menos veinte años, metí un desconocido a esta casa y nada malo me paso.

Trunks negó con la cabeza, en un gesto de desaprobación…

Piccolo gruñó en sus adentros al ver que la mujer enlutada aparentemente había optado por la ruta más larga.

Esta era la tercera vez que se internaba en un bosque espeso, lo peor de todo era que la bruja se entretenía mirando a las lechuzas, acariciando las cortezas de los árboles y mimando a los lobos —susurrando cosas en las orejas puntiagudas de éstos— como si quisiera convencerlos de ser sus aliados…

"No tengo miedo"

"No tengo miedo"

"No tengo miedo"

Se repetía a sí mismo el pequeño Chiaotzu al sentir como ella estaba cada vez más cerca, tan cerca que hasta podía respirar su perfume y sentir alrededor de su cuerpo aquellas manos largas y gélidas.

Chiaotzu miró de soslayo a sus amigos; ya no guardaban silencio como lo habían hecho las primeras horas, hablaban en voz baja sobre cosas que al niño eterno le resultaban inverosímiles.

Los pasos cadenciosos, los pasos de ella, ya martillaban en los oídos de Chiaotzu y nadie temblaba de miedo además de él…

Vegeta se sentó pesadamente, en una silla al lado de la cama de Bulma, estiró las piernas, encorvó la espalda y dejo caer los brazos a ambos lados. Sí, estaba cansado y vencido.

Inmediatamente su orgullo le dio la orden de enderezarse, cruzar los brazos y fruncir el ceño. Al instante siguiente el príncipe desobedeció (en un acto sacrílego) a su amor propio. Esta vez el guerrero no tenía las menores ganas de pretender lo que no era. Sólo le apetecía llorar a voz en grito y, después, estrangular al primero que se cruzara en su camino, incluso a sí mismo… tal vez a Bulma, por ponerle en tan penosa situación.

Vegeta borró, en el acto, sus ideas y subyugó velozmente sus deseos de llanto mientras pensaba que apenas muriera la mujer, tomaría sus cosas y se largaría de la Tierra; lo más rápido posible.

Si los androides aparecían, justo como lo había predicho Trunks, y los convertían a todos en mierda, él ya no estaría ahí ni siquiera para aplaudir.

A esas alturas de la vida él andaría por algún recoveco del universo reconstruyendo su fama de asesino, ¿convertido en súper saiyajin? Seguro que sí. Conquistaría planetas, incrementaría su poder y su fortuna; iría de aquí para allá sin prisa pero sin descanso.

Vegeta estaba convencido de que nunca más volvería a detenerse; el único fondeadero donde le hubiera gustado anclar se le estaba escapando de las manos… escapando de las manos… escapando como si fuera agua…

El príncipe alargó su brazo en dirección a Bulma, tomando una de las manos de la peli-azul para que ella supiera que no estaba sola. La Muerte, al final de cuentas, no era tan mala como las personas creían, él ya había estado con ella y hasta podría decir que había sido una experiencia interesante.

—Al principio creerás que es pura oscuridad —la voz del noble saiya salió sorpresivamente quebrada de su garganta– pero pronto te acostumbrarás. Quizás veas muchas figuras terroríficas, mas no debes gritar (como sueles hacer) por que allá eso está prohibido —Vegeta apretó su mandíbula para continuar hablando— las figuras se van a ir y vas a quedar solamente tú…

Lo primero que Piccolo reconoció no fue la forma de la mansión, ni el enorme emblema con el nombre de la Corporación Cápsula en la fachada; sino la voz de Vegeta que llegaba hasta sus agudos oídos de manera tan nítida que el namek habría dado cualquier cosa por encontrar un interruptor y cortar la transmisión.

Él salía sobrando en esa historia.

Había comenzado haciendo un mal trío en la confesión que Trunks le había hecho a Goku, había complementado su error mientras perseguía a la bruja enlutada, y ahora terminaba entrometiéndose en lo que, a todas luces, parecía una despedida.

El estómago de Piccolo se contrajo en una muestra de nerviosismo.

La Muerte se detuvo un segundo antes de penetrar en los jardines traseros de la mansión Briefs, y echando un vistazo a Piccolo, evidentemente congelado.

"Lo sabía" se dijo a sí misma con tono triunfal.

Luego empezó a andar despacio; había demasiadas personas en la casa y ella tendría que moverse con cautela para no hacer más escándalo del necesario…

Hacía un rato que había terminado la conversación de Vegeta con la científica.

Sin embargo el príncipe continuaba ahí, guardando las manos de Bulma entre las suyas mientras trataba de hacer frente a una profunda somnolencia; pero no podía. Todo lo que pasaba —absolutamente todo— estaba fuera de su código moral, de su instinto y de su propia naturaleza.

Hasta el peso, que decaía sobre sus parpados, era invencible…

Goku bostezó largamente sintiendo que sus ojos se cerraban involuntariamente.

El maestro Roschi relajó su postura, acomodándose mejor en el sillón en que había pasado la mayor parte del día.

Oolong y Puar se unieron en un abrazo, para por fin, caer vencidos.

Krillin apoyó su cabeza en las palmas de sus manos, naturalmente acojinadas mientras pensaba que una siesta no le vendría nada mal ahora que la noche ya había caído de lleno; y del cuarto del lado no se tenía la menor novedad.

Chiaotzu vio con horror como todos sus amigos iban cayendo fulminados por un letargo prefabricado que solamente ella hubiera sido capaz de utilizar con tal de librarse de todos los posibles estorbos e imprevistos.

Al pequeño místico le hubiera gustado abofetear a todos los guerreros para que abrieran los ojos y la vieran —justo como él la estaba viendo ahora— indicándole con el dedo índice que guardara silencio.

—Duerme— susurro la fémina al oído de niño eterno, quien de inmediato prefirió hundirse en la modorra que mirar hacia los ojos insufribles de la Muerte.

"Muy bien" la mujer se felicitó a sí misma por aquel efectivo hechizo; no era el mejor de su repertorio, tampoco era su favorito, pero cuando echaba mano de él nunca le había fallado, y no tendría por qué traicionarla esta noche en que ella se disponía a dar un golpe estratégico…

El príncipe no supo si fue aún en la vigilia o en el umbral del sueño cuando pronuncio lentamente el nombre de la mujer de cabellos turquesa.

Soñaba con ella, como siempre desde que la había conocido, desde que había estado lo suficientemente cerca de su inmaculado cuello para desear morderlo.

Vegeta volvía a soñar con Bulma.

El noble saiya corría, con el cuerpo inconsciente de la heredera en sus brazos, a través de una niebla densa e infinita. Justo cuando él creía que había escapado de ella, a la bruma le crecía un par de robustos brazos que le encontraban y le aprisionaban, luego se enganchaban en un juego de resistencia hasta que Vegeta se liberaba del amarre y aventajaba algunos pasos.

El príncipe sentía que la sangre trepidaba por sus venas, que las piernas no le iban a responder y que sus talones se negaban a sostenerle un segundo más.

Un escalofrío, que se colaba desde el centro de su médula espinal, alcanzó, en un instante, las puntas de sus dedos y los nervios de sus músculos; las piernas principescas se colapsaron en medio de aquella neblina.

Vegeta, entre movimientos espasmódicos, notó que la fuerza de sus piernas no era la única en abandonarlo; ahora sus hombros subían y bajaban frenéticamente para conseguir que un poco de aire —aunque fuera de ese aire congelado que le rodeaba— entrara en sus pulmones. Sin embargo, eso era imposible.

Al borde de la asfixia, todo rastrojo de orgullo había desaparecido de la mente de Vegeta; el raciocinio, que solía acompañarle, se estaba esfumando, le quedaba apenas la lucidez suficiente para saber que estaba muriendo. Iban a morir juntos.

El noble saiya acomodó entre sus brazos el cuerpo de la peli-azul y como si Bulma fuera una criatura, el príncipe la estrechó contra de sí encorvando su espalda tonificada para refugiar a la mujer, en aquel armazón de huesos y musculatura.

En esa posición, Vegeta no era ni un amante que se hiciera pasar por héroe, ni un héroe que se las diera de amante y menos que nada era aquel saiyajin arrogante que un día se creyó mercenario.

En esa postura, vio como las primeras figuras espeluznantes de las que había advertido a Bulma se alzaban frente a ellos.

El príncipe quiso despertar a la heredera para decirle: "míralas, aquí están, nos quieren asustar pero ellas no saben que ya las estábamos esperando"

Empero el noble saiya no pudo moverse, pues toda su anatomía se encontraba agarrotada, a excepción de sus ojos que se abrían espantados ante la realidad: en La Muerte la rigidez no existía, lo único que significaba todo eso era que él todavía estaba vivo, y que la enorme bestia con forma de lobo que se lanzaba ciega de ira, babeando algo viscoso que quemaba la tierra en que caía, no pertenecía al elenco de monstruos que se dibujaban en el receptáculo del otro mundo.

Vegeta bramó victima de la desesperación al percatarse de que la bestia le arrancaba a Bulma de los brazos mientras la arrastraba lejos de él…

El encantamiento que la muerte había vertido sobre todos los guerreros Z fue roto por los gritos del príncipe saiyajin, quien aprisionaba contra la pared a una mujer desconocida.

—¡¿Dónde está?— vociferaba el noble saiya apretando sin misericordia el cuello de la fémina vestida de negro.

La Muerte mantuvo su mirada soberbia en los ojos oscuros del príncipe.

—¡¿Dónde está Bulma?— volvió a preguntar Vegeta sin soltar a su presa.

Fue hasta ese momento en que todos los presentes, que miraban la escena atónitos dirigieron sus ojos hacia la cama vacía en que Bulma había reposado.

Goku fue el primero en caminar en dirección a Vegeta, no con la intención de calmarlo y apartarlo de la mujer, sino para colaborar con la tortura a la que seguramente iba a ser sometida aquella extraña.

La intrusa esbozo una mueca socarrona pese a toda la presión a la que su cuello estaba siendo sometido.

—¿Dónde crees que pueda estar?

Vegeta la había reconocido apenas ver la silueta delgada parada al pie de la cama en la que Bulma ya no estaba; por eso no le extrañaba que pudiera continuar hablando, incluso riendo, aunque él le estuviera separando una a una las vértebras del cuello, bien podría arrancarle la cabeza y ella se seguiría riendo de él.

—¿Te preocupa que esté muerta?— inquirió la fémina con una risita burlona.

Milk chillaba, horrorizada, cada vez que Vegeta estrellaba contra los muros de la habitación a la indefensa dama.

Yamcha, Krillin y Tien Shin Han, después de un rato, también descubrieron la identidad de la hembra que estaba siendo atacada por el antiguo mercenario, era por eso que ninguno de ellos se movía en auxilio de la bruja enlutada tal y como Milk lo solicitaba.

Chiaoutzu se decía a sí mismo que si bien Vegeta no era más fuerte que Goku, sí era más bravo o por lo menos más tonto ¿Por qué el príncipe se atrevía a maltratarla de ese modo?; ¿acaso no sabía que ella jamás recibiría daño alguno?; ¿y por qué se había dejado atrapar por él?; ¿por qué se materializaba ante todos?

Al noble saiya no le importaba que todos esos "buenos para nada" le estuvieran viendo, no le interesaba en lo más mínimo que todos fueran a sacar conjeturas de ese espectáculo. Lo único que quería era ver que ella sufriera, lo mismo que él estaba padeciendo: quería destrozarla.

—¡Déjame ya! —ordenó la muerte separándose fácilmente del príncipe— ¿no ves que podrías matarme?— observó con toda la ironía de que era capaz mientras se acomodaba el vestido.

Vegeta, encolerizado, quiso asestar un golpe más en el vientre de la fémina, no obstante ésta lo esquivó dando un saltito con cierta gracia, como si se tratara de una pieza de baile.

—No te enojes, querido mío —dijo rozando con sus delgados dedos las mejillas del príncipe quien le plantaba sus ojos negros repletos de odio– yo vine por ella, pero evidentemente no está— explicaba la mujer.

—¿Por qué?— interrogó Goku escudriñando con sus ojos a La Muerte.

La Muerte dirigió una sonrisa hacia el súper saiya.

–Simples celos. Vegeta y yo hacíamos una buena pareja— argumentaba con fingido dramatismo— pero después Bulma entorpeció nuestra relación; ahora Vegeta vive con ella, sueña con ella, come lo que ella le da, muere si ella muere y ¡hasta ha tratado de engañarme! ¿No es cierto, Vegeta?— preguntó La Emperatriz levantando con sus manos la piel, en la que el noble saiya había envuelto a la heredera.

Vegeta sabía que la mujer enlutada le estaba devolviendo toda la humillación, descubriendo sus sentimientos ante los demás.

—¡Lárgate!— exigió el príncipe saiyajin escupiéndole en la cara

—Si das con ella antes que yo, no dudes en llamarme, Vegeta. Si te vuelves a pasar de listo, la voy a martirizar hasta que te arrodilles frente a mí— La Muerte dejo bailando su amenaza en la estancia y en los oídos de la concurrencia.

El noble saiya no podía soportar, sobre sus hombros, las miradas intrigadas de todos los guerreros Z.

—¡¿Qué me ven, idiotas? —preguntó el príncipe mientras elevaba su ki amenazadoramente— ¡fuera de aquí, si no quieren que los mate! —vociferó con los ojos furibundos.

Los peleadores de artes marciales se dieron la media vuelta inmediatamente, no querían tentar a la suerte.

—¡Y tú también, Kakarotto!— exclamó el saiya.

—¿Por qué no buscas a Uranai Baba? —sugirió el súper saiya— ella, quizás pueda ayudarte a encontrarla, o mejor aún, a esconderla.

—¿Dónde estoy?— quiso saber Bulma, entre sollozos.

Mr. Popo se volvió hacia la peli-azul pidiéndole con el dedo índice que guardara silencio…


Hola a todos ! después de tanto tiempo he aquí un nuevo capitulo que espero les guste. Les agradezco toda su paciencia, sus reviews y su tiempo al leerme. Gracias especiales a Miriam Puente por el beteo y su grandiosa amistad. Que Dios los cuide y los proteja siempre. NOMICA.