Bueno, esto es un "song-fic" que realicé para un reto de la grandiosa Kenshasha en potterfics

La canción es "Colgando en tus manos" de Martha Sánchez y Carlos Baute

Quedó lindo y me gustó tanto que lo traigo acá

Ojalá les guste

Mako

Quizá no fue coincidencia…

La mano pálida sobre el grifo del agua cerró con fuerza, la poca que entre los dedos helados podía quedar, la necesaria para producir un rechinido que no se escuchara, porque la respiración cansada era más sonora que nada; estaba agitado, demasiado, era como si el cuerpo entero le pesara o como si hubiera corrido kilómetros enteros sin descansar una sola vez; algo oprimía su corazón, sabía que eran los años, no es otra cosa, al fin, los años pasaban la cuenta. Sonrió amargamente, pensando las ironías y las vueltas que trae la vida, en otro tiempo, habría estado en un sitio con una enfermería pisos más arriba y su dirigente dispuesta a atenderle; pero ahora está solo, como un perro abandonado, nada queda más que esperar que todo salga como debe, que todo termine de una buena vez.

Dio dos pasos hacia su viejo sillón, esperanzado en apoyar su cuerpo y con eso, hacerlo si no menos doloroso, al menos sí más cómodo; echó sus viejos huesos en el asiento mullido y desgastado, se llevó la mano derecha al cuello, donde el dolor empezaba a causar estragos; el hormigueo bajaba desde su hombro hasta el codo, como si estuviera escurriéndole un líquido denso y bailarín. Cerró los ojos con fuerza e intentó respirar otra vez, pero estaba muy cansado, muy dolorido, el peso era demasiado; sacudió la cabeza como para desperezarse, miró al techo y respiró profundo tantas veces que no supo cuántas fueron, porque dolía, estaba agotado y no importaba.

Era el corazón, el viejo corazón de Severus Snape, profesor retirado y enfermo, el que se estaba muriendo; ojalá nadie lo encontrara, para un traidor de todo, el mejor consuelo es morirse solo, sin molestar a nadie y sin tener que irse dejando una cuenta pendiente con algún "amigo" entrometido y desagradable. Se levantó porque el dolor lo hacía sentir incomodo, se levantó porque quería morirse en movimiento, porque no quería que lo encontraran con la barba de dos semanas, las ropas sucias y apestadas a vacío; dio dos pasos arrastrando los pies y entonces fue como una puñalada directo al corazón.

-Lily…

Frunció el ceño y sintió que la mandíbula se le tensaba, que el cuello parecía encogerse bajo un peso enorme; el hormigueo le había dejado paso a un dolor intermitente en el pecho y en el hombro, la mano y el brazo estaban dormidos; era el fin, estaba llegándole el fin.

-Lily… ¡Ah!…

Repetía cansado, cerrando los ojos con la vana esperanza de poder verla en la penumbra de sus recuerdos; se ahogaba, estaba ahogándose, no pudo dar más pasos, se vino al suelo sujetándose de todo a su alrededor, arrastrando con sus manos los muebles, la mesita de centro, el sillón. El estruendo había sido fuerte, en el suelo boca arriba intentó jalar más aire, intentó llenar los pulmones, pero el corazón parecía haberse vuelto más grande, pesado, comprimiéndolos, quitándole libertad para respirar.

-¡Lily! –Es que era lo único en su mente, era lo único que le quedaba, eso y la puerta que se sacudía bajo los toquidos fuertes de alguien, alguien que quiere ayudarlo; él no quiere que le ayuden, quiere que lo dejen solo, solo para que todo se detenga.

Tal vez esto lo hizo el destino…

Volvió a darse la vuelta envuelta en la manta, no hacía frío, no había viento, pero es que un corazón helado, enfría todo lo demás; no podía dormir, ¿para qué engañarse?, los vanos intentos no hacían más que escocer peor que si aceptara la verdad de su soledad; dio un resoplido y se irguió en la cama, otra vez en medio de la noche, otra vez en medio de su casa, otra vez sola, otra vez nada.

Intentó no volver la cara al buró, no quería mirarlo, no quería aceptarlo; lejos de eso, cerró los ojos con fuerza y quiso pensar en otra cosa, sin saber porqué, se puso a repasar los músculos del pecho, arterias, tendones, huesos, órganos. Uno resaltaba más que los demás y le provocaba un nudo en la garganta y un dolor punzante en las sienes cada vez que lo recordaba.

-Corazón.

Susurró en medio de la noche densa de una casa nueva y una cama a solas, volvió a recostarse, dejando que el cabello, con el golpe precipitado, le cubriera el rostro, quizá así se opacara la visión del vacío a su alrededor; suspiró dolorida, con la respiración pesada de quién se prepara para llorar, pero se contuvo apretando los dientes y mirando el techo. Volvió a tragar saliva con enfado, reprendiéndose por débil e infantil, volvió a envolverse en la manta para el mismo lado de antes y entonces, en medio de las sombras, vio la fotografía en movimiento sobre el buró; ¿realmente era él o su mente le jugaba una extraña broma?, desde lo ocurrido no podía pensar en él, desde lo ocurrido no podía recordarlo bien, ¿realmente el de la foto, el pelirrojo sonriente, el de la corbata maltrecha, el del cabello revuelto, era él? Se sintió idiota, por eso lo murmuró a medias.

-Corazón. -El celular sonó bajo su almohada, metió la mano y contestó apresurada, una emergencia, algo que la distraiga; es la vida que a veces intenta ayudarnos a olvidar.

Quiero dormirme de nuevo…

-¡¿Señor, me escucha? –Preguntaba el chico delante de su cara, salpicándolo de su asquerosa saliva, como si no supiera escuchar, como si fuera un imbécil y babeara por esa condición, no por el dolor. –Lo llevamos al hospital, va a estar bien.

-Déjeme en mi casa. –Pidió de mala gana, haciéndole un gesto despectivo con la nariz, arrugada y altanera. –No necesito un hospital.

-Esto fue un infarto leve, pero es muy probable que tenga otro. –El chico lo examinaba presionándole el pecho, a él sólo le interesaba que el dolor había cedido demasiado, hasta volverse sólo un espejismo inestable. –Vamos a llevarlo con alguien calificado, estará bien.

-No quiero estar bien, quiero volver a mi casa…suélteme. –Quiso incorporarse, en el movimiento el dolor volvió al brazo y sonrió triunfal e irónico. –Viene por mí. –Carcajeó con fuerza, era ella, venía por él al fin, luego de tanto.

-Por favor no se mueva, sus arterias están mal, quédese quieto. –El chico luchaba por contenerlo, pero a él no le importaba nada, él quería recibirla, quería irse con ella y acabar de una buena vez con todo, con absolutamente todo.

-Quiero irme. –Exclamó sofocado por el peso en el pecho, con el peso de todo, como si fuera cierto eso que dicen, de que las mentiras, las traiciones y las muertes son pesos en el alma; sonrió al sentir el dolor punzante en el pecho, con los ojos cerrados le pareció ver reflejos rojos, era ella que venía por él; entonces sólo quiso volver a la inconsciencia para ponérsela fácil, volver a dormir y esperar a que se decidiera a llevárselo.

Y después me despierto…

Conducía lo más rápido que le permitían las calles llenas de los conductores trasnochados de un fin de semana de locos, de esa vida alegre de los jóvenes despreocupados, que ella nunca había tenido pero que quizá le hubiera gustado tener; años ha que sabía conducir, años ha que él sintió curiosidad por aprender, tal vez por eso el auto era rojo, quizá él lo hubiera comprado de ese color. Cierto era que le buscaban a veces para recordar los viejos tiempos, entonces agradecía el ser una doctora ocupada; en cuanto ponía el pie en La Madriguera, el celular sonaba con estrépito y debía salir corriendo, agradeciendo la invitación, ignorando los ojos castaños que reprochan y exigen, y los ojos verdes que sufren e imploran.

Para algunos la soledad y la tragedia son cosas cotidianas con las que se resignan a vivir, para ella, pese a serlo, siguen siendo cosas a las que no es fácil acostumbrarse; entró en el estacionamiento, a tiempo para ver que la ambulancia llegaba por el otro lado, apenas tuvo tiempo de meterse la bata, de guardarse el teléfono en el bolsillo y medio sujetarse el largo cabello. ¿Qué tendría aquél chico, que con su partida, hasta lo rebelde del cabello se le había apagado? Luna había dicho que era cosa de la vibra, de mal de ojo en el sepelio, tal vez un padecimiento de la nariz o de las uñas de los pies.

No era cierto, el cabello de esta castaña doctora se había aplacado el día que despertó en casa y él no estaba ahí para abrazarla.

Tu sexto sentido sueña conmigo…

Era una tarde tibia, soleada en el Lago Negro, no a su lado, no con ella; era una tarde hermosa de verano, con el calamar sacando sus tentáculos y Sprout lavando las hojas de una enorme enredadera a las puertas del Invernadero. Casi podía mirarla en la superficie oscura y límpida del agua, sus cabellos rojos al aire, sus labios delgados, sus ojos verde intenso, sus ojos sobre todo.

Era una de esas sensaciones de recuerdo, una de esas visiones mágicas que a veces la añoranza nos obsequia, para mayor tortura de la vida; si ella viviera todavía, él no estaría aquí pensándola, quizá estaría con ella, quizá…

Abrió los ojos sofocado, lo movían con velocidad, no lograba detener la mirada en nada a su alrededor, todo era ráfaga de líneas, todo era sonido metálico de la camilla, sentía la aguja en el brazo, la presión de una mano ansiosa en el pecho. ¿Es que nadie entiende cuando un viejo desea morir? ¡¿Se han vuelto todos imbéciles de pronto?

¿Qué otra razón hay para vivir solo, en una casa cayéndose a pedazos, en un barrio alejado de los hospitales, sin mirar a los vecinos, sin convivir con alguien? Si tuviera su varita, se cercioraría de dejárselos muy claro a todos, quiere morir, no quiere otra cosa, sólo quiere dejar de respirar para que deje de doler. Porque duele espantoso saberse con vida, obsoleto y cansado, mientras ella no es capaz ya de ni pensarlo, mientras nadie es capaz de saber lo que sufre y lo que los odia, mientras muy dentro, algo aún la recuerda, quizá el instinto, quizá la memoria o un recuerdo escondido, algo dentro de su pecho que duele tanto, intenta recordarla.

¿Será el sexto sentido que le anuncia que está por terminar todo? Si es así, ojalá todo acabara ya. Cerró los ojos y sintió que ahora sí, ya nada lo iba a despertar.

Sé que pronto estaremos unidos…

Entró haciendo que los tacones resonaran sobre el piso blanco de la recepción, en cuanto la enfermera en turno la alcanzó a medio camino, tuvo que soportar el informe de sus pacientes de la noche y la razón por la que había sido llamada: hombre caucásico, sesenta y tantos, tal vez más, encontrado en su casa con principios de infarto, la llamada la había hecho su vecina, en el camino había sufrido dos ataques, lo tenían listo para su revisión y atención; apenas sabían su nombre, estaba solo, como si no hubiera querido ver a nadie, poca higiene en la casa, poco interés en sí mismo. Tuvo que ocultar una sonrisa emocionada, ojalá tuviera ella el valor para encerrarse como ese hombre, para dejarse consumir como él.

Ordenó lo de siempre para estos casos, fue a la recepción y se apoyó en el mostrador a anotar los medicamentos y atenciones para los demás pacientes; entregó la lista al chico que esperaba sus órdenes como todas las noches, al verlo sintió el vuelco de siempre, sus ojos eran azules. Deseó tener las agallas de tomar un bisturí y destrozarse el pecho, arrancarse el corazón para que no doliera; pero Bellatrix había tenido razón esa noche luego de matar a Ron: No tienes siquiera la mitad del valor que se necesita para matar. Verdad. Y ni siquiera para matarse a sí misma.

Pero un día, tarde o temprano volveremos a estar juntos; tarde o temprano.

Esa sonrisa traviesa…

Se apresuró a ver al paciente, que casi se le había olvidado ya, de tan acostumbrada a la muerte que se paseaba a su alrededor sin tenerle clemencia; tomó el expediente que le tendió el paramédico, mientras con una velocidad inhumana le detallaba todos los pormenores del traslado. Hermione no podía escuchar, se había quedado congelada leyendo el nombre del paciente; cada letra le producía un dolor punzante en la cabeza, casi un sofoco, un grito de dolor espantado.

Estiró la mano hasta tocar la cortina que se lo ocultaba, la sujetó por la orilla y tiró de ella a un lado, casi tan fuerte que pudo haberla arrancado; era él, no podía ser otro, en verdad era él con ese aspecto anciano y demacrado.

Severus Snape, moribundo, inconsciente, con un corazón hecho trizas por el tiempo, las enfermedades y la hechicería, yacía en esa cama de hospital; dio dos pasos hasta él con los ojos desorbitados, mirándolo con repugnancia, con resentimiento, ese hombre había sido uno de los causantes de todas sus desgracias, él y nadie más. La rabia la invadió al verle los labios y notar en ellos esa sonrisa maldita de siempre, esa ironía desgraciada y esa petulancia que la volvía loca de rabia. ¡¿Es que la magia iba a seguirla para siempre, en todos lados? ¡¿Qué quería de ella la vida que no la dejaba en paz ni siquiera oculta en el olvido?

-Doctora, debe darse prisa, no puede dejarlo morir. –Exclamó el chico a su lado, se volvió a verlo con profundo desprecio. Ojalá pudiera.