No saben cómo me alegra ver que esta historia tiene buena recepción…
En lo personal fue algo que me causó estragos, pero que me gustó mucho escribir…
Bien, contesto comentarios:
Sely Cat: Jijijiji… muchas gracias por lo de "Makoto+Snape" jajaja, gracias… sé que te gustará… mejor dicho eso espero.
Yue yuna: Pues no sé si podré estar subiéndolos seguido, pero lo haré… o lo intentaré… espero que te siga gustando.
Saludos a todos y ganas por leer!
Mako
Sé que pronto estaré en tu camino…
-Prepárenlo. –No quiso mirarlo antes de comenzar, se fue caminando a toda prisa, corrió al quirófano escuchando a la perfección cómo traían la camilla tras ella, cómo intentaban salvarlo, cómo luchaban por arrancárselo de las garras a la muerte; ella sólo pensaba en que alguien tan dual, tan amante del bien y el mal, merecía una muerte así.
Entró para asearse, se quitó la bata y empezó a ponerse su atuendo azul para estar totalmente desinfectada, aunque ganas no le faltaban de dejar eso de lado y operarlo con las manos sucias; pensaba en todo lo que habían sufrido, en lo que Harry había tenido que pasar pensando siempre que ese sujeto era un traidor, un enemigo, un asesino. No podía olvidar la batalla final, cuando él estuvo en el otro bando, para terminar descubriéndose al final como el ángel guardián de todos, irónico y sarcástico.
¿Cómo es posible que el estuviera aquí, ahora, requiriendo de su ayuda, mientras Ron estaba frío en su tumba? No cabe duda que nadie sabe los caminos que trae el destino; desconsolada pegó su frente ardiente de rabia contra el azulejo blanco del sitio donde se lavaba las manos hasta el codo, dolía mucho, todo dolía.
Sabes que estoy colgando en tus manos…
Estaba inquieto en medio de esas sombras que lo ahogaban, era como tratar de nadar en un líquido denso y oscuro; podía sentir que lo movían, a la perfección pudo notar el golpe de su cadera cuando lo cambiaron de la camilla a la plancha del quirófano, dio un resoplido, estaba impaciente, desesperado, aunque algo bueno iba a salir de todo eso: los idiotas médicos que lo atendían iban a quedarse de un palmo cuando se les muriera en las manos. ¡Cómo iba a disfrutar salirse con la suya incluso con su muerte!, incluso en ese momento, era su maldita decisión y no podían hacer nada.
Lo llenaron de tubos, de medicamentos y le desnudaron lo mejor que pudieron, a cada trasteo, a cada sacudimiento el dolor del brazo y del pecho volvía y la asfixia que lo asustaba y lo acometía dolorosamente, también lo llenaba de gozo, porque iba a hacer lo que tenía que hacer, porque iba a morirse, como tanto había ansiado, como tanto estaba esperando desde siempre. Desde lo de ella, desde su partida.
Casi había perdido la conciencia de todo lo que no era dolor, de todo lo que no era esa pesadez en la que se hundía, en la que la estúpida anestesia lo estaba encerrando, cuando escuchó más voces, un taconeo y lo que le parecía ser el mismo sonido de sus alumnos al verlo entrar al aula; procuró desperezarse, abrir los ojos y enfrentar a esas personas que no tenían ni el razonamiento de un simio y decirles, no, mejor gritarles, que lo dejaran en paz, que quería morirse en casa, solo y a su modo, que no servían para nada y podían ir a tratar de salvar a gente con menos seso que ellos.
Pero la anestesia estaba ya corriéndole por todo el cuerpo y ya ni las manos frías y plastificadas del anestesista le producían efecto alguno en la piel; estaba durmiéndose, perdiendo la fuerza para mandarlos a todos al demonio, cuando una voz aseguró tener todo listo y un nombre brotó en medio del ruido de instrumentos, pasos y murmullos:
-Doctora Granger, estamos listos. –Frunció el ceño o intentó hacerlo, ¡Era lo más absurdo!, no podía ser la insufrible sabelotodo de Granger y si era ella, entonces las cosas iban a resultar más fáciles. Y por qué no decirlo, más divertidas.
Así que no me dejes…
La cabeza cubierta, las manos llenas del talco fino y absurdo de unos guantes de látex justo a la medida, el cubre bocas blanco e impecable, la frente limpia y tranquila, la respiración acompasada y los ojos más fieros que nunca; no sabía por qué, esa era la verdad, no sabía por qué, pero no estaba segura de querer salvarlo y al mismo tiempo, estaba muy segura de no querer dejarlo morir; el corazón le palpitaba como a punto de saltarle del pecho, ¡Qué ironía!, como si fuera a sufrir un ataque.
¿Cuántas personas se te han muerto en el quirófano, Hermione?, pocas, muchas, no lo sabes; porque la verdad es que te has vuelto insensible, cosa de ver el cuerpo de Ron en un ataúd, de ver los restos de McGonagall y de Flitwick luego de la batalla; te quedaste sin corazón y cuando no se tiene corazón, salvar uno, no parece ser sencillo, pero tampoco tan vital.
Se volvió a mirar al anestesista, que asintió en silencio vigilando los monitores, vigilando el pulso demasiado débil para tolerar ruido en la sala; las enfermeras miraban seguras de que iba a salvarlo, de que para esa doctora prodigio que completó los estudios en pocos años, la vida de ese hombre era cosa ya segura, cosa en medio de las manos, como un tesoro a buen resguardo; respiró profundo y tendió la mano al instrumentista, iba a ser quizá lo más difícil que había hecho, miró al reloj, eran las doce con treinta y siete, sujetó el bisturí y sin siquiera fruncir el ceño, trazó una línea sutil, lo suficientemente profunda para que un débil hilo de sangre, oscura, espesa, brotara de la herida; se descubrió a sí misma sorprendida del color, casi parecía ser azul y por un momento recordó aquello de Príncipe Mestizo y se le escapó una sonrisa concienzuda.
¿Se ríe, Granger?
Imaginó que preguntaría, con tono irónico, con esa voz de quien sabe demasiado para explicarse a una niña, de quien presume lo que está obligado a compartirle como mentor; hubiera contestado que era irónico tener la sangre tan oscura y no ser ni la mitad de noble, pero claro, no se hubiera referido jamás a un profesor en ese tono.
Parece que hubiera madurado, ¿será posible tal prodigio o es mi mente anciana que me juega una broma?
Ignoró el comentario impresionada de lo bien que podía recordarlo, parpadeó un par de veces inquieta y siguió en lo suyo, pidiendo instrumentos, avanzando en su trabajo, vigilando cada reacción, al tanto de cada cosa, movimiento y reflejo; el avance era lento, pero estaba haciendo las cosas bien, la operación prometía ser un éxito.
Pensar que incluso en una estúpida profesión muggle presume, como si valiera tanto… Granger se ha convertido en una asquerosa doctora muggle, ¡Bravo, Granger, bravo!... McGonagall salta de gozo en su tumba.
Se turbó, frunció el ceño y casi deja caer el instrumento que la enfermera a su lado le tendía; estaba segura de que eso no era cosa de su imaginación, no podía serlo, el masoquismo que la alentaba a recordar a Ron y los buenos momentos, no había, en ningún momento, alentado sus pensamientos sobre quienes odiaba. Esto era algo más, frunció el ceño tratando de olvidarse de sí misma, tratando de enfocarse en sus manos.
¿De verdad cree que me salvará?, piensa que es posible con sus manos vacías y secas detener una muerte ansiosa… Granger, sigue siendo la misma patética que corría por los pasillos al lado del bruto armatoste de Weasley. No pudo salvarlo a él, ¿o si?
Tembló y se detuvo, no era su imaginación, no era su mente, era él dentro de su cabeza; lo miró a la cara por primera vez desde que pidiera que lo prepararan, esos labios, esa boca tenía la sonrisa, la que solía poner siempre que se sentía triunfante.
-¿Doctora, está bien? –La enfermera que esperaba a su espalda y las otras dos delante de ella, del otro lado del cuerpo, la miraban; respiraba agitada, asustada, porque justo esas palabras eran las que no quería escucharle decir.
¿Lo ve, Granger?, no tiene el valor suficiente, márchese y deje que la vida siga su curso, sea una buena chica y obedezca.
La trataba como a un perro, aún cuando ella era la que lo salvaría, la que tenía su salud en sus manos; apretó los dientes y se acercó de nueva cuenta al cuerpo, volviendo a meter las manos y reanudando el trabajo, temerosa y desencajada; recordó entonces lo mucho que le gustaba a Ron molestar a Snape, un calorcillo le subió desde el pecho y nuevos bríos la azotaron, sonrió malamente, alzando una ceja y asintiendo a las enfermeras que volvieron a sus puestos. Iba a salvarlo, no iba a dejarlo morir.
Sabes que estoy colgando en tus manos…
¿Realmente piensa que puede evitarlo, que puede contener la muerte?, ¡Olvídelo, Granger!, aléjese, no tiene derecho a hacer nada.
Quería que lo dejara morir, pero no iba a hacerlo, podía pensar que tal vez era la mejor opción en su caso, pero no lo iba a dejar morir, no a él; era un profesor, era un hombre, un ser humano, gracias a él muchos podían seguir viviendo, gracias a él, Harry continuaba con vida y ella estaba ahí, salvando las pocas vidas que de sus manos pendían. Iba a salvarlo, sólo porque se lo debía al mundo y su deber ético la obligaba.
Había empezado a sudar, su frente estaba perlada, era de nervios, de temor, de ese embarazo que la acometía cada vez que sabía que estaba desobedeciendo la orden de un superior, de un profesor; el mismo embarazo de aquélla vez en que, desobedeciendo a Dumbledore y a McGonagall, ella y sus dos amigos habían ido a buscar la piedra, rompiendo las reglas, saltando las ordenes, yendo contra lo que se les había dicho.
Pensó repentinamente en Minerva McGonagall, en su autoridad, en su porte y distinción como maestra recia y firme; le pareció verla en el rincón del quirófano, sentada en un banquito, al lado de la mesa con material de curación, era ella, mirándola con reprimenda, con reprobación.
-Granger, ¿qué hace desobedeciendo a un profesor? –Preguntó haciéndola desorbitar los ojos, por un momento dejó las manos estáticas, luego siguió trabajando.
-Profesora, tengo que operarlo, es la única forma de salvarlo… tengo que hacerlo. –Aseguró sonrojada, llena de la incomodidad propia de una niña que ha sido descubierta a media travesura.
-Suelte de inmediato esos separadores... si Severus quiere morir, morirá a su modo. –Aseguró caminando hacia ella y entonces Hermione cayó en la cuenta de las cosas, era una farsa, una ilusión en su mente producida por la Oclumancia de Snape; frunció el ceño y volvió a su trabajo ignorando a la profesora que caminaba de lado a lado, tratando de convencerla. -Granger, ¿es que se ha quedado sorda?
-Yo voy a salvarlo, voy a salvarlo. –Repetía en su mente, consciente del papelazo que hacía frente a todo su equipo médico, que debía mirarla con sorpresa, no hablaba en voz alta, pero su rostro lo decía todo; cerró los ojos y sacudió la cabeza convencida de que podía contra eso y más.
-¡Está sobrepasando los límites, Granger! –McGonagall se paró frente a ella, casi hasta que su túnica rozó el cuerpo pálido y desnudo de Snape, que respiraba con la mascarilla del oxigeno puesta y la sonrisa en los labios.
-Mentira… -repetía lentamente, esta vez sí en un susurro. -… ella me alentaría. –Se daba valor diciendo aquello y Snape comprendió que tendría que ser más duro, porque si no hacía algo, lo sujetaría entre sus manos para impedirle marcharse; ahora él debía hacer que lo soltara.
