Bien dicen que a veces el tiempo libre no deja nada bueno…

Vean nada más el retraso jejeje, mil disculpas

Pero ya aquí les traigo el último capítulo de este "song-fic"

Espero que les guste, tomatazos y reclamos, ya saben qué hacer.

Saludos, gracias por leer!

Mako

4.40…

Alzó la cara para ver el reloj, eran las 4:40, hacía más de cuatro horas que habían comenzado, hacía casi un minuto que luchaba por regresarlo a la vida; el paro seguía, pero ella no se rendía, ella tenía esperanza, iba a lograr salvarlo como había logrado otras tantas cosas en su vida, seguía luchando contra ese corazón cansado, seguía dándole masaje, seguía esperanzada; la enfermera miraba también el reloj, estaban por declararlo muerto, cuando un monitor marcó movimiento, él estaba vivo, entonces no pudo evitarlo, entonces el anonimato dejó de ser importante.

-Vamos Profesor Snape, vamos… ¡No puede morir! –Gritó en medio de la soledad del quirófano, donde compañeros médicos y enfermeras se le quedaron viendo con sorpresa, ella ignoró todo, sólo importaba él. –Vamos, tiene que seguir con vida. –Y el reloj marcó las 4:41.

Y así me recuerdes y tengas presente…

Niña idiota, justo cuando empezaba a verla.

-Usted no va a ver a nadie mientras pueda impedirlo. –Murmuró furiosa, dentro de su mente él reía y parecía contento de verla tan molesta.

Fue casi como tenerla, como si fuera posible… pero, ¿por qué se enoja?, apuesto a que se sintió aliviada al pensarme muerto.

-No sentí nada, ahora cállese de una buena vez. –Dijo volviendo a lo suyo, ahora con más bríos, ahora más decidida y enfadada.

¿Qué debo hacer para que deje de sentirse la todopoderosa Granger?

-Nada. –Empezaba a sentir todo el peso de la realidad de lo que pasaba, de su posición con él; estaba a merced de lo que él le mostrara, estaba a merced de su corazón, era la primera vez que una operación no dependía de sus manos hábiles o sus conocimientos, ahora la operación y la vida de ese hombre, dependían sobre todo de la tranquilidad de su espíritu y sus sentimientos.

Si lo que le preocupa es la culpa, simplemente olvídeme, ni siquiera soy importante para usted, sólo ignóreme.

-No es por la culpa, no quiero que muera. –Cerró los ojos con fuerza y tragó saliva malamente, volviendo la mente a lo que tenía qué hacer, a cómo debía actuar.

¿Entonces?, ¿Es una de esas ideas bobas y patéticas de las mujeres cabales?

-No se trata de ideología, no creo que sea ya siquiera por la ética por lo que intento salvarlo… ¿Es que no entiende que de alguna forma yo siempre lo tengo presente?, si lo dejo morir, lo único que habrá en mi mente es el hecho de que lo maté. –Confesó concentrada en los procedimientos básicos, en volver a unir las arterias, en intentar mantener el corazón lo más caliente posible con ayuda de todos los modernos instrumentos que la rodeaban y ayudaban.

Mejor eso que tener otra cosa en la memoria, piense que ha hecho feliz a un viejo solo y desgraciado… hágame un favor y quítese la máscara de bondad, hace mucho que no le queda.

-¡No es una máscara!, quiero que viva, quiero salvarlo… si no pude salvar a Ron, si no pude salvar a McGonagall, al menos puedo intentar salvarlo a usted. –Musitó a medias en la penumbra de sus recuerdos, donde él se alojaba, sentado en una memoria, como si fuera esta una roca lisa y fría.

De nada le servirá, vivo o muerto, redimido o no por usted… en su memoria siempre voy a estar presente

Un silencio incómodo le siguió a esa sentencia y aunque le pareció terriblemente amarga y espantosa, no le dio importancia y continuó en lo suyo.

Que mi corazón está colgando en tus manos…

Dígame algo, Granger… ¿Por qué se volvió doctora?, ¿algo así como intentar salvar como muggle ya que no pudo como bruja, o sólo le gustan las batas blancas?

-No es algo que le incumba. –Repitió como ya había dicho muchas veces a lo largo del procedimiento, parecía que las armas se le estaban agotando al viejo.

Bueno, quizá sea por la costumbre de ver a sus padres, o el hecho de que le gusta hacer notoria su inteligencia… aunque, podría ser otra cosa… claro, cómo no lo pensé antes…

Reía, una risa rara, inquietante, como el zumbidillo de una abeja molesta llegando hasta su oído; quiso ignorarlo, quiso hacer como que no le interesaba lo que pensara, pero de cierta forma, la curiosidad la mataba y sin poder contenerse, interrumpió su, al parecer, divertido descubrimiento y le preguntó de mala gana.

-¿Qué es lo que no había pensado antes? –Pedía otro instrumento, estaba casi por terminar, empezaba con trabajos de limpieza y de cerrado.

Bueno, que tal vez a usted lo que le gusta es el poder, ya sabe… el control de las cosas, ser médico es una buena forma de mantener el dominio, después de todo, por eso le gustaba Weasley, ¿no es verdad?, para mantener el control de las cosas.

Fue un chispazo, concentrada como estaba en revisar que todo estuviera bien dentro, no notó que la habitación volvía a llenarse de la imagen de Ron, en todos lados, como antes, a distintas edades, con distintos atuendos y estilos de peinado, marcando el desarrollo del chico; intentó analizar las palabras, comprender qué era lo que quería darle a entender al decir aquello y cuando lo logró, frunció el ceño.

-¿Qué está diciendo? –En su mente todo estaba claro, sabía a la perfección de lo que la acusaba, pero era mejor oírlo de él que de sí misma.

Simple, Weasley era un tonto, poco inteligente y astuto, sabemos que tenía el sentido común de un mono… ¡Por Merlín!, incluso Potter con esa cicatriz vacíacerebros era más listo que él… en su relación, usted habría sido la cabeza y él el cuerpo… ¡Mírese!, ahora mismo tiene todo el poder, mi vida está en sus manos, eso la vuelve muy superior a ese papanatas devora todo.

Cuidado, mucho cuidado…

-Ron era perfecto… no era nada de lo que usted está diciendo… y yo no necesito poder. –Refunfuñó aturdida, este nuevo ataque le parecía extremo, de mala gana entregó unas pinzas al instrumentista y pidió otras para continuar; Snape dio un resoplido.

¿Para comer embutidos?... ¡Totalmente de acuerdo!, no era más que un testarudo poca cosa… ¡Vamos, Granger!, es usted más de lo que pudo ser a su lado.

-De eso no está usted seguro, deje de hablar de eso como si hubiera sabido la mitad de lo que había entre nosotros. –Pidió manteniéndose segura en su pose autoritaria y él alzó una risa fresca y natural.

Intenta ordenarme qué hacer, pero mantiene que no le gusta el poder… siempre fue la que luchó por controlar a esos dos, Potter con su delirio de grandeza y de persecución, acentuados por el complejo de Edipo que nunca lo dejó en paz… mientras Weasley con su orgullo destrozado por la miseria y su sangre pura sin poder social, acomplejado por la fastuosidad de cinco hermanos mayores, intentaba hacerle el amor con palabritas bobas y miradas fatuas… ¡Qué trío tan divertido!, y usted al centro, una niña sabelotodo obsesionada con una perfección divina, a la que la orilló siempre la necesidad de sobresalir en algo que no fuera la desgracia de no ser nacida de magos… ¡Pobre asquerosa sangre sucia!

-¡No vuelva a llamare así! –Gritó desesperada, el mundo se le venía encima, era la misma frase que había oído tantas veces en voz de Draco Malfoy, mientras Ron la defendía; era la misma frase que Bella le había dicho justo después de matar a Ron: No tienes siquiera la mitad del valor que se necesita para matar, asquerosa sangre sucia; las mismas palabras malditas soltadas por Lavender en el sepelio: ¡Está muerto por tu culpa, sangre sucia!; la misma frase indeleble en la memoria, calada a fuego, vibrante y ardorosa, no tenía a Ron para defenderla, no tenía a nadie para acallarlo por esa ofensa.

¿Cómo?, ¿Sangre sucia?, pero si es lo que usted es, es lo que siempre ha sido y siempre será… por eso no pudo ser feliz con él, después de todo era un sangre pura, quizá el destino no quiso que esa combinación se diera, quizá fue la naturaleza…

-¡Mentira, mentira!... ¡Eso es una mentira! –Gritó dolorida, él sabía que ella ya lo había pensado, se valía de ese recuerdo, de esa duda, esa maldita duda clavada en el corazón como una estaca.

Si usted hubiera sido pura, tal vez…

-¡Cállese, ya cállese! –Estaba desesperada y sí, esta vez fue la emoción de triunfo en él la que la traicionó, la emoción de pensar que al fin había dado en la llaga, lo que hizo que su corazón se conmocionara y aunque ella estaba a un segundo de matarlo presionando con fuerza para callarlo, no fueron sus dedos los que hicieron el milagro.

No importa qué diga el destino…

-¡Paro doctora, lo perdemos! –Gritó por tercera vez, porque ella estaba como aturdida, como perdida, intentando salvarlo por inercia; el segundo infarto, el segundo durante la operación, y ahora era posible que ya no pudiera recuperarlo.

-¡De prisa, dense prisa, inyéctelo, qué espera! –Ordenó a la enfermera que tenía la jeringa ya alzada, preparándola hacía un momento. -¡Vamos profesor, vamos, no puede morir! –Gritó desesperada mirando todos los monitores, mientras su ayudante se esforzaba por ayudarla y preparaba los desfibriladores, con la intención de intervenir directo al músculo, pero ella no se retiraba ni solicitaba la intervención.

No luche, es el destino…

Repitió la voz apenas audible, como perdida en lo profundo de un tuvo de cobre por el que ella parecía apenas poder entenderlo.

-¡Al carajo con el destino, no creo ni he creído nunca en él! –Le espetó mientras seguía presionando al conteo de su propio corazón, masajeando con todas sus fuerzas, con toda la esperanza de poder darle algo de la vida que a ella se le desbordaba.

Quédate conmigo…

Détengase, no tiene caso ya…

-¡Cállese, no voy a dejarlo ir! –Le declaró, notando que la voz era ya sólo un eco, un murmullo en la penumbra de la soledad en la que la dejaba; las imágenes de Ron se desvanecían como fotografías en una vieja pantalla de televisión, dándole paso a la estática. -¡Profesor Snape, quédese conmigo, quédese conmigo! –Gritó en medio del quirófano, ante la mirada sorprendida de las enfermeras y doctores que callaban, viéndole el sudor por todo el rostro y el desconsuelo en las manos que apretaban sin misericordia. -¡Quédese conmigo, luche, por favor, luche! –Suplicó con el llanto ahogándola, con el llanto extendiéndose desde su pecho.

Esperó que contestara, que volviera a hablarle, pero no lo hacía y la última imagen de Ron, el pequeño de once años con la nariz manchada, le miraba sentado sobre la pierna izquierda del hombre sobre la plancha, poniéndose cada vez más blanco y más cetrino.

-¡No, no, profesor Snape! –Repitió desconsolada, mientras las enfermeras se convencían de que era ya tarde para lograr volverlo.

Mi corazón está…

-¡Vamos hábleme! –Suplicó con las lágrimas resbalándole por las mejillas hasta caer en la herida del pecho, abierta; Snape estaba ante ella abierto de par en par, como una casa vieja y abandonada, como un hogar que nunca fue usado; la vida se le escapaba por la enorme herida y ella se sentía muerta junto con él; se volvió a mirar a Ron, que tenía la boca llena de ranas de chocolate, como ese día en el tren con Harry. –No te vayas, no te vayas. –Le suplicó consciente de que él desaparecería cuando Snape dejara para siempre ese cuerpo ahora más helado, Ron le miró con el ceño fruncido, masticando con despreocupada desfachatez.

Tragó saliva sin dejar de dar masaje, convencida de que aún había una oportunidad, él aún podía salvarse, por eso no desistía, ese corazón aún estaba en sus manos, aún estaba en ella y podía recuperarlo. Ron se bajó de la pierna de Snape y le dio la vuelta a Hermione, que no dejaba de mirar ese corazón tibio, asomó la cabeza parándose en las puntas de sus pies y negó con triste y taciturna apariencia.

-No tiene caso. –Murmuró suavemente y ella desorbitó los ojos espantada.

-Aún puedo lograrlo, aún puedo salvarlo. –Dijo con la voz partida en dos, pero Ron se volvió a verla y sonriendo exclamó.

-Lo mismo intentaste conmigo mucho tiempo… y mírame. –Se detuvo, dejó de darle el masaje y el largo pitido del monitor final casi la dejó sorda, Ron fue palideciendo, quedándose sin color lentamente, sonriendo divertido; era cierto, él había recibido la maldición asesina y sin embargo, ella le había dado la vuelta y se había tirado a darle los primeros auxilios, como si hubiera sufrido un paro cardiaco; Neville y Harry habían tenido que levantarla por la fuerza y Arthur Weasley se había llevado a Ron a cuestas, mientras ella clamaba por un médico; era cierto, no había funcionado.

Está colgando…

-No quiero que muera. –Confesó angustiada, tomándolo por los hombros con las manos ensangrentadas, mirándolo al rostro cenizo y macilento. -¡No quiero que muera! –Le gritó incontrolable, mientras las enfermeras anotaban la hora de muerte y por respeto a una gran doctora, salían sin decir nada. -¡Por favor, no, maldición no se muera! –Empezó a llorar tirada sobre su pecho, sobre la herida abierta que le dejaba de frente a un corazón seco; él ya no estaba.

Ron, parado a su lado, estiró su mano difusa hasta tocarle la cintura y ella sintió un escalofrío que casi la hace caer desmayada; comprendió que cuando el cuerpo de Snape se enfriara, que cuando ya la muerte lo invadiera todo, no habría nadie más que le regresara a Ron tan nítidamente y volvió a llorar a gritos.

-¡Maldición no se muera! –Imploró desconsolada, era incluso capaz de desear que la torturara, con tal de no perder a Ron, de no perder esa imagen, de no perder un recuerdo vivo y fugaz como aquél que tenía a un lado.

Sintió que él intentaba volver a comunicarse con ella, como si estuviera del otro lado de una línea telefónica que se va apagando, que se va diluyendo en el vacío de la infinidad de cables del planeta; se irguió de nueva cuenta y volvió a meter las manos en la herida y a tomar el corazón entre sus manos, pero estaba frío.

En tus manos.

Se sofocó, intentó masajear de nuevo, pero no tenía ya fuerzas, parpadeó y Ron ya no estaba, volvía a estar sola; alzó la cara para mirarlo a los ojos y ver ese rostro odioso, la sonrisa seguía ahí, irónica, triunfante, malvada. Lo odió, lo odió más de lo que ya lo odiaba, la herida que le había provocado todo este incidente jamás iba a cerrarse, era una llama que la acosaría el resto de su vida, ella era la que había dejado morir a un héroe y a un bandido; sollozó a gritos sobre el cuerpo frío de su mentor, recordando a McGonagall y a Ron, fríos en sus tumbas, podridos bajo tierra.

Se sentía asfixiar y se llevó las manos rojas y pastosas a la cara, donde la sangre le formó surcos, líneas que quizá se volverían indelebles mezcladas con el llanto; sufría enormemente la culpa de dejarlo morir, de perderlo y de estar más sola que antes. Entonces hubo una iluminación, un momento de claridad prodigioso en que su corazón y su mente se limpiaron y le revelaron las verdades de esa noche, el prodigio de haber vivido aquello, de volver a ver a Ron y de saber que al menos Snape ya no sufría más lo que ella, y que quizá el dolor se apagara en su corazón como había hecho en el de él; entonces lloró más desconsolada aún, él había tenido razón, muy en lo profundo de sí misma, muy dentro de su mente, un pensamiento secreto la atormentaría para siempre:

Estaba muy contenta, de haberlo dejado morir.