Capítulo 9:
Y se duerme a sobresaltos
Y se sueña con un beso
El amor comienza
…
Él no era de esas personas románticas que tenían sueños de color de rosa y se imaginaba situaciones de película con la mujer de su vida. Por eso, últimamente estaba llegando a la conclusión de que se estaba volviendo tonto. Absolutamente tonto. ¿Y la culpa? Esa pelirroja con la que llevaba soñando ya dos meses. Dos meses en los que el día se lo pasaba imaginando situaciones donde él y Ginny acababan besándose y noches llenas de sueños en los que Ginny se arrojaba a sus brazos, confesaba la gran atracción que sentía por él y luego se besaban como locos.
Siempre la misma imagen en su mente.
Besos. Besos largos. Besos cortos. Besos en los que él toma la iniciativa y otros en los que la toma ella. Besos cargados de pasión y besos lentos en los que disfruta cada segundo. Besos premeditados y besos que te toman por sorpresa.
Pero siempre besos.
Y se estaba volviendo loco. ¿La razón del monotema que había invadido su mente? Aquella imagen que por una extraña razón le torturaba. Ginny y Dean besándose. ¿Desde cuando Ginny besaba a nadie? ¿Desde cuando lo hacía de ese modo? Y sobre todo… ¿Desde cuándo él quería ser el destinatario de esos besos?
Cada noche lo mismo… Cada día lo mismo.
Besos y más besos.
Lo más curioso de todo era que, después de un tiempo había empezado a dejarle de molestar aquello. Ya no intentaba distraerse con otra cosa. Todo lo contrario. Se había sorprendido al notar cómo, cada vez más a menudo, esas imágenes aparecían en su cabeza conscientemente. Como por las noches, cuando cerraba los ojos y esperaba soñar con ella.
Y esa noche sucedió lo mismo. Se tumbó en la cama, apoyó la cabeza cómodamente en la almohada y cerró los ojos esperando que la imagen de la pelirroja inundara su mente.
- Hola Harry.- Le decía Ginny en ese tono encantador que su mente reproducía cada noche para deleite de sus oídos.
El escenario de esa noche era el pasillo en el que comenzó todo este problema. Sólo estaban ellos dos y Ginny se acercaba a él despacio pero con decisión.
- El otro día nos visteis a Dean y a mí aquí… ¿lo recuerdas?
- Cómo olvidarlo.
Hablaba firme y seguro, tal y como le gustaba imaginarse delante de ella. Aunque la realidad fuera un poquito diferente…
- Lo nuestro no funciona, no nos va bien juntos. En realidad…- Imaginaba a Ginny acercándose a él tentadoramente.- No era él con quien me hubiese gustado que me pillaran besándome.
- ¿A no?- Se hacía el desentendido Harry. Aunque sabía perfectamente lo que su mente iba a imaginar segundos más tarde.- ¿Y a quién querías besar?
Se imaginó rodeando la cintura de Ginny lentamente, rozando cada milímetro de sus caderas con la yema de los dedos mientras la atraía hacia él, acercando su cara a la de ella hasta poder sentir su aliento.
- ¿Hace falta que lo diga?
- Me gustaría oírlo…
- Quiero besarte a ti, Harry Potter. ¿Y sabes por qué? Porque me vuelves loca…
Esas palabras, aun producidas por su imaginación, hacían que se pusiera nerviosa y se emocionara.
- Entonces bésame.
Y se imaginó a Ginny terminando de acercarse a él y besándolo suavemente pero con pasión mientras la poca distancia que los separaba a ambos quedaba en el olvido. Y Harry le correspondía. Porque le encantaba la sensación que recorría su cuerpo cuando se imaginaba besándola y rodeándola con sus brazos.
Y así, con una sonrisa tonta en la cara, se acomodó mejor en la almohada y empezó a quedarse dormido, con la imagen de Ginny y él besándose en su cabeza.
¿Por qué tenía que ser Harry Potter?
¿Por qué todo en su vida tenía que suceder de un modo diferente al resto?
¿Por qué no podía tener un noviazgo normal y corriente?
Él era el chico. Él debía ser el lanzado y decido de la relación. Él tendría que tomar la iniciativa.
Pero cuando se acordaba de que Ginny ya había salido con Michael y Dean, aparte de hervirle la sangre, le aparecían unos sudores fríos nada agradables. Porque, ¿cómo iba a estar él a la altura? Antes de estar con Ginny sólo había besado a una chica. Y la cosa no había ido muy bien que digamos… Así que sólo pensar en el hecho de la experiencia de Ginny y de su casi nula trayectoria… le temblaban las piernas.
Con una chica normal, eso hubiese desanimado a cualquiera, pero tratándose de Ginny Weasley era peor. Porque esa preciosa pelirroja había estado enamorada de él desde… ¿siempre? Seguro que por su mente habían pasado miles de situaciones donde él era todo un Don Juan y la besaba con pasión. Pero él de pasión entendía poco. ¿Cómo iba a lograr superar esas expectativas?
Suspiró y apoyó los brazos en su pupitre. Su profesor de pociones hablaba, pero él no le escuchaba. Hermione apuntaba todo en un pergamino mientras Ron parecía tan aburrido como él. Pero seguro que su mente no estaba tan confusa como la suya.
Ginny… A todas horas Ginny.
Pensaba que al empezar a salir con ella los sueños y los quebraderos de cabeza acabarían. Pero no.
Ahora podía hacer realidad todos esos sueños que habían invadido su mente y no era capaz. ¿Vergüenza? ¿Temor? ¿Inseguridad? Ni idea…
Sólo quería cogerla y no soltarla. Hacer realidad los sueños que habían estado pasando por su mente tantos meses…
Ellos dos sentados en los jardines de Hogwarts mientras compartían el tiempo libre hablando de todo y de nada. Con Ginny apoyada en él mientras se reían animadamente y bromeaban juntos.
Y Ginny girándose hacia él, acariciándole la cara con las manos y besándolo como besaba a Dean tiempo atrás. Y él le devolvía el beso, seguro y decidido. Y lo hacia bien. Rematadamente bien. Y a ella le encantaba. Porque era agradable imaginarse que era el mejor chico con el que había estado la pelirroja.
Quizá Ginny se separaría de él, le miraría con picardía y le diría con una sonrisa lo que él quería escuchar.
- Das unos besos magníficos, Harry… Mucho mejor que los de Dean o Michael…
Y él ni siquiera le dejaría tiempo para hablar más, porque la volvería a besar y a volver a demostrarle que tenía razón en sus palabras.
El profesor Slughron le llamó la atención y salió de su ensoñación. Gruñó en voz baja al volver a la realidad. En ocasiones los sueños son mucho más agradables que la realidad. Y sobre todo, si esos sueños te hacen todo un experto besando que hace que tu novia se derrita…
Los días habían pasado. El clima era más caluroso. Los días más alegres… Y los sueños se habían convertido en recuerdos.
Porque ya no necesitaba imaginarse situaciones en las que Ginny se acercaba a él y le besaba con desenfreno. No. Ya no hacía falta. Ahora sólo bastaba con tumbarse en la cama, cerrar los ojos y recordar…
Recordar cómo la había besado rápida e inocentemente al verla por la mañana cuando le había dado los buenos días y ella le sonrió alegre.
Recordar esos besos robados en los pasillos, detrás de las estatuas o en las clases vacías antes de despedirse y tomar rumbo cada uno hacía su respectiva clase.
Recordar la hora de la comida, donde por primera vez veía a un Weasley dejar de lado la comida. Porque había cosas más interesantes que hacer…
Recordar las horas de estudio donde las respuestas correctas eran un premio y el premio el mejor beso del día.
Recordar los momentos solos después de la cena donde la capa de invisibilidad se convertía en el mejor testigo de sus besos a escondidas.
Recordar los besos largos que Ginny le daba antes de dormir para que, como ella decía, soñara con los angelitos y si tenía tiempo, con ella.
Recordar a Ginny…
Recordar sus besos…
Que su imagen, su recuerdo, fuese lo último que viese antes de dormir. Y así, conciliaba el sueño perfectamente.
- Buenas noches.- Le había dicho minutos atrás antes de despedirse.
Y luego había venido un beso. Y otro más. Y otro…
- ¿No te ibas a dormir?
- Sí… Pero es más divertido quedarse aquí. Además… Nadie me asegura que sea conmigo con quien sueñes por las noches.
Y Harry se había soltado una carcajada. Porque Ginny siempre conseguía hacer que se riera.
- ¿Con quién voy a soñar si no?
- No lo sé… Pero tendré que asegurarme.
Y entonces Ginny le había vuelto a besar. Pero esta vez más profundamente, abriéndose paso con la lengua en la boca de Harry y abrazándolo por todos los lados a donde sus manos alcanzaban. Y Harry le correspondía. ¿Cómo no hacerlo?
El único problema de todo esto era recordar demasiado y ponerse demasiado contento con el recuerdo. Después de todo… Ron seguía durmiendo en la cama de al lado…
Hay mil cosas que se le pueden regalar a un amigo por su cumpleaños. Miles de ellas. Desde la más cara y extravagante al más mínimo y preciado detalle. Cualquier cosa.
El problema era que Ginny no era su amiga. No. Era algo más. Algo menos. Pero no solamente su amiga. Por eso, no había tantas cosas que Ginny podía haberle regalado y, sin embargo, su regalo de cumpleaños había sido el más especial de todos.
Le había tomado por sorpresa aquel beso. Sí. Pero tenía que reconocer que había sido el obsequio perfecto para su décimo séptimo cumpleaños.
Y ahora estaba ahí. Tumbado en su cama plegable en el cuarto de Ron y mirando al techo sin poder dormir. Todo el rato venía a su mente lo mismo. Ginny. Su regalo. Su beso…
Si la besaba se olvidaba del mundo. Y le hubiese gustado olvidarse de todos un poco más de tiempo. Ron había abierto la puerta devolviéndole a la realidad, pero una pequeña parte de él, todavía emocionada por la situación, no podía dejar de imaginarse dentro de ese cuarto de nuevo. Con Ginny. Con sus besos. Sin ningún hermano mayor que interrumpiera…
Sólo ellos, ese pequeño espacio y su imaginación para recrear qué podría haber pasado si nadie los molestaba, si ese beso hubiese continuado.
Porque se estaba haciendo mayor. Los dos los hacían. Y los inocentes paseos agarrados de la mano habían comenzado a dejar paso a sueños donde el y Ginny intimaban mucho más. Y le encantaba imaginarse qué hubiese ocurrido en esa habitación…
A lo mejor él y Ginny hubiesen seguido besándose de ese modo en el que nunca lo habían hecho. Con tantas ganas y emoción reprimida. Como si fuese el primer beso. Como si fuese el último. Y entonces él la hubiese abrazado más fuerte, asegurándose que de verdad estaba allí, con él. Y ella hubiera hecho lo mismo.
Y se hubiesen sentado en la cama. Y él le habría mirado a los ojos, esa mirada que tanto le costaba sostener.
Quizá entonces hubiese tenido el valor suficiente para decirle lo que sentía. Para decirle que la quería. Contarle lo que tenía que hacer. Explicarle que podía ser que no regresara. Para despedirse.
Y entonces, si todo dependiese de él, de ella, de su imaginación y de sus deseos... Se hubiesen despedido como él quería. Demostrándole todo lo que sentía. Besándola hasta quedar sin aire y haciéndola suya en esa pequeña habitación.
Pero la realidad era otra. Y no estaba en ese cuarto. Ni estaba con ella. Ni había ocurrido nada de lo que su mente acababa de recrearle para él.
Sólo una cosa. Ese beso. Ese regalo.
Nunca se lo había dicho y era ahora cuando empezaba a intuirlo. Quizá los demás ya lo supiesen. Incluso ella ya se había dado cuenta. Pero él era así, lento para el amor… Y cuando para el mundo seguramente ya era un hecho, Harry comenzaba a darse cuenta de que estaba enamorado de Ginny.
Llevaba tanto tiempo sin verla que casi daría cualquier cosa por verla, por asegurarse de que su pelirroja estaba bien y a salvo. Pero sabía que si quería eso, tenía que hacer todo lo contrario. Alejarse. Protegerla.
Y estando así, pasando tanto tiempo alejados, se estaba dando cuenta de lo mucho que la echaba de menos, de lo que extrañaba verla y hablar con ella, de que cada vez que leía su nombre en el mapa de merodeador algo dentro de él se estremecía. De que daría cualquier cosa por volver a sentir durante un momento el roce de sus labios sobre los suyos.
No tenía que ser un beso largo, apasionado o de esos que te dejan sin respiración. Un beso. Nada más. Sólo un beso.
Sonrió inconscientemente al imaginarse ese beso mientras la observaba en el mapa.
La imagen de ese beso era la prueba. Se había enamorado de Ginny Weasley.
Siento mucho el retraso, pero he estado tres semanas de vacaciones sin hacer absolutamente nada... más que esto.
Un beso!
Iruna
