Capítulo 2: Imperfecto, ¡el mundo es imperfecto!
La primera vez que la vi no me pareció tan diferente del resto. Estaba sentada en la misma banca que yo usaba para sentarme y eso me perturbó.
Ahora todos o por lo menos la mayoría de la gente de este pequeño pueblecito me conocía, yo era el extravagante sobrino de la señora que tenía un taller de carpintería que no usaba a pesar de que un carpintero en el pueblo se vería gratamente agradecido (me había tomado la molestia de escuchar los chismes que se oían de la abuela). Al principio todos pensaban que yo no estaría más que algunos días, cuidando a mi "tía". Luego cuando se volvió evidente que me quedaría a vivir ahí comenzaron las habladurías. "Dicen que es un modelo que escapo de la ciudad para llevar una vida mas cercana a la naturaleza" "Yo escuché que es el hijo de un mercader que lo maltrataba y le pegaba, en realidad ella no es su abuela, alguien me dijo que lo encontró tirado al borde del camino" Todo tipo de historias iban y venían sobre mi y no me creerían lo disparatadas que eran algunas pero tristemente ninguna se acercaba a la realidad, una realidad que yo mismo desconocía. ¿Cómo llegué a ese taller de carpintería? ¿Cómo pasé de humano a títere? ¿Alguna vez fui humano? Le hacía estas preguntas de vez en vez a la abuela quien no hacía más que sonreír y decir:
-Con el tiempo querido, con el tiempo sabrás.
Ahora pasaba casi cada minuto de mi tiempo sentado en el taburete frente a mi piano. Mío porque desde el primer momento que lo vi tuve la sensación de que me pertenecía. Cada día mis dedos recordaban nuevas cosas, yo me limitaba a dejarlos correr en el teclado, sin pensar, confiaba más en la memoria de mi cuerpo que en la mía que tan solo tenía algunos meses de vida.
Los minutos restantes los pasaba frente al espejo, comiendo o paseando por el pueblo. Esto último casi no lo hacía ya pues cada que salía de formaba una pequeña bolita de chicas detrás de mi, me seguían a cada paso que diera, esto no me hubiera molestado tanto de no ser por los grititos que daban. Cada una de estas chicas parecía conocerme más de lo que yo me conocía, sabían pues las horas a las que me sentaba en una banca del parque a ver pasar volando a los pájaros, sabían lo que me gustaba y no me gustaba comer, sabían todo sobre mi, una de ellas cierta vez me regaló un libro de partituras.
-Te puedo escuchar tocar cada vez que paso frente a tu casa- me dijo con una sonrisa del tamaño del mundo.
-Gracias, esto será de mucha ayuda- Le respondí con lo mas cercano a una sonrisa que podía. Sorpresivamente se sonrojó.
Ese fue el momento en el que comencé a notar más a mis extrañas seguidoras, cuando le pedí una explicación a la abuela por esto, sonrió y me dijo:
-Le gustas a la mayoría de la gente Sasori, tu aspecto físico te hace agradable a la vista.
-¿Mi aspecto físico? ¿Qué tiene de especial? Soy igual a la mayoría de los humanos, es el mismo diseño.- Una vez mas estaba desconcertado.
-Es extraño, desde que pasas tanto tiempo frente al espejo pensé que te creerías mejor que los demás humanos.- dijo riendo.
-No, tan solo admiro lo bien que escondiste mis articulaciones de títere, aún no soy humano, pero esto es lo más cercano que tengo a serlo y gracias a ti bueno, parece perfecto. Pero sin embargo lo de las emociones es algo que no entiendo muy bien, la belleza física me confunde.
-Entonces abre bien los ojos querido, por ti mismo debes encontrar el tipo de belleza que te satisfaga.
Y eso fue exactamente lo que hice, observé bien a la gente a mí alrededor y me di cuenta de lo imperfectos que eran estos humanos a quienes yo envidiaba. Continuamente comparaba su diseño con el mío, este se veía demasiado flaco y aquel parecía más bien gordo. Ojos demasiado grandes o bien muy chicos, altos y bajos…
Nadie era perfecto. Comencé a odiarlos cada vez mas y mas, no podía creer que yo pudiera haber envidiado a unos seres tan imperfectos "Estábamos mal Pinocho amigo, ellos son quienes deberían desear ser títeres y no al revés." Yo que desde mi punto de vista era perfecto en todo sentido, no podía creer lo imperfecto del mundo.
Pasaron las semanas y me fui haciendo cada vez mas vanidoso, salía tan solo para sentirme admirado por la bola de chicas "Están en lo correcto en admirarme" me decía al salir "Porque nunca podrán ver a alguien mas perfecto que yo".
Ahora lo único que parecía digno de admirar era la naturaleza, pues para mi guardaba cierto aire de perfección, una belleza que se sentía en lo mas hondo del corazón y era lo único además de mi piano que me hacía sentir algo.
Cada día iba al parque del pueblo, le decían parque por no se que historia pero estaba claro que era un bosque, había algunas bancas regadas por ahí a las que nadie iba y me sorprendió bastante una vez que vi a alguien sentado ahí. Estaba justamente sentado donde yo me sentaba siempre, al acercarme pude ver que era una chica, la había visto de vez en vez en el mercado, no sabía su nombre. Estaba dibujando en un cuaderno, me acerqué:
-Disculpa…
-Oh claro adelante siéntate.
En realidad yo quería decirle que se largara de mi banca, pero me malentendió y justo a tiempo pues recordé aquello sobre los modales con las chicas de lo que tanto hablaba la abuela.
-Me gusta venir aquí y sentarme a intentar dibujar por un rato estos árboles, por cierto soy Deidara.
-Sasori.
-Lo se, últimamente han hablado mucho de ti por aquí y dime ¿es cierto aquella historia del mercader?- "Eso te debe causar risa Sasori, ríe" Sonreí.
-No, pero la verdad es aún más loca.
Deidara era de buen trato, además de que me hacía poner a prueba todo lo que yo sabía sobre expresiones humanas. Nunca había hablado con nadie tanto como ese día hable con ella (a excepción de la abuela claro) me gustaba la manera en la que podía verle el lado bueno a todo, como hablábamos de todo pero de nada a la vez, me gustaba que ella pudiera hacerme olvidarlo todo. También me gustaba como me hacía sentir: Liviano, con el poder de hacer lo que fuese. Ella era la primera humana del pueblo a quien no veía como una imperfección más, sino como a un ser racional, digno de ser escuchado. Deidara me gustó ese día, me gustó más de lo que yo mismo podía decir.
-Fin del capítulo-
