Y ya volvemos :), ahora con el segundo capi de esta enredada historia. esperando, como siempre, k les guste :)

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Time After Time

Capítulo 2

Tu problema


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El plato, sobre la mesa, se depositó gélidamente sin hacer demasiado caso a las impresiones que tal cosa pudiera crear en el futuro devorador de comida. Había cierta carga de presión y cansancio en cada uno de sus movimientos, era natural, las tragedias familiares se congelan en el tiempo cuando no se tratan de forma debida. Como una maldición. Sin embargo, pese al crecimiento personal, formativo y profesional que ella hubiera tenido con el paso del tiempo, la base era la misma. México es México, y las familias se componen sencillamente de las tradiciones morales que ya parecieran caducas en otras sociedades.

No en esta, no en su mesa, no entre sus manos. Tragarse las emociones. Depositó también su cuerpo entero sobre una silla, mientras la respiración agitada se revolucionaba en su alma, temblaba ligeramente, con un colapso adivinándose en el temblor errático de sus pupilas.

— Basta, Marin, basta… —

Remojó de nueva cuenta una cuchara en el interior de la sopa, extrayendo el líquido amarillento invadido en pasta fina para llevarlo a sus labios, y sentir un calor ardiente atacar su lengua, junto con fragmentos de carne blanca que masticó sonoramente para tragar luego dejando entonces que la comida actuara como una especie de sedante. Caldo de pollo para el alma, esta vez, acompañado de fideos.

Sacudió la cabeza tratando de controlar los pensamientos, ella continuaba inmóvil, estática y tiesa sobre la silla, más parecida a un muerto.

— Marin, ya basta… —
— Cierra la boca, Seiya —
— No es el fin del mundo, él va a estar bien —
— ¡¡Dije que cierres la maldita boca!! —

Finalmente, aquella comedia dejó caer el telón, ganando sus emociones al control, los prejuicios o las obligaciones de una buena esposa eran algo con lo cual ella no podía lidiar en esos momentos, no, necesitaba tener a sus hijos a su lado, y sobre todo, saber por qué demonios se cernía, sobre ellos, en esos momentos la tragedia. Saber.

— ¿Qué demonios fue lo que pasó? —
— Marin, no… —
— ¡¡Que pasó esa mañana cuando lo llevaste a la escuela!! —

Seiya sacudió la cabeza enterrando los ojos en la sopa, lo sabía, sabía que tarde o temprano ella querría culparlo por lo sucedido con Aioria… y él, francamente no podía vislumbrar siquiera un motivo que hubiera llevado al menor de sus vástagos a aquel estado tan lamentable… nunca habían sido rudos o duros con ellos… y lo sucedido años atrás definitivamente ya estaba añejo, no era para tanto.

— Estás francamente insoportable, mujer, cuando hayas terminado de buscar culpables y decir estupideces, quizá regrese a la mesa, por el momento — Se puso de pie, tomando la chaqueta entre sus manos — Voy a comprar unos malditos cigarros… —
— Seiya… no me dejes hablando sola… ¡¡Seiya!! —

La puerta se azotó antes de que pudiera seguir exigiendo respuestas… entonces cayó de nuevo sobre la silla, intentando controlar su ira… lentamente se puso de pie, en silencio, y comenzó a recoger la mesa… al llegar a la cocina, apagó la estufa, el caldo recalentado había hervido, y ahora estaba lo suficientemente cálido como para esperar el regreso de su esposo, vaya domingo estaba siendo para ellos… al menos Aioros llegaría pronto.

Comenzó a lavar los platos con agua tibia, sentía como iba remojando sus manos y se recriminaba internamente, ella sabía muy bien que Seiya no tenía la culpa de lo sucedido… pero no podía resignarse a que sencillamente hubiera pasado porque sí, necesitaba encontrar a un culpable, pero debía reconocer que estaba siendo injusta, demasiado injusta.

Seguramente para todos eso era una sorpresa… pero ella recordaba, no era la primera vez que Aioria se veía en una situación semejante… simplemente aquella primera vez había durado solo dos días, y había sido en el seno de su casa, no en una escuela a ojos y chismes de todos los que quisieran ver… había sido diez años atrás, exactamente, luego de que su suegra muriera… recordaba que le pareció extraño, se asustó muchísimo, pero cuando el niño volvió en si ni siquiera recordaba el transe, así que ella misma no le dio mayor importancia.

Que equivocada estuvo, ahora lo comprendía…

Si alguien tenía la maldita culpa de toda esa situación, era ella misma.

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Un número más y él también acabaría demente… sacudió la cabeza con visible estrés mientras intentaba, una vez más, mantener un diálogo coherente con su interlocutor.

— Bueno, ¿y no te parece una forma irresponsable de actuar, lo pongas como lo pongas? —
— Si, si, irresponsabilidades. —
Soltó una risa baja y amarga — ¿Qué crees que vas a conseguir con esto? ¿Arrancarme una fatídica verdad?, tu maldito discurso me lo sé de memoria, y francamente no me interesa… puedo salir de esto en cuanto se me dé la gana —
— ¿Entonces por qué no lo haces? —
— Precisamente por eso, Doc., porque no se me da la regalada gana… si, si, sé que no podrás comprenderlo, pero es sencillo… la vida se pone frente a cada uno de formas insospechadas… ¿Me regalas un cigarro? —
La mirada de reprimenda que le dedicaron fue una concluyente respuesta a su pedido — Ok, supongo que no, en fin, como te decía, la vida se nos pone enfrente, con ayuda del destino, ¿no?, entonces mi destino ya está jodidamente trazado, diez años de mala suerte, y solo llevamos cinco —
— Pensé que decías que tú podías salir cuando quisiera —
— Eso lo dije antes, lo pasado ¿Qué relevancia tiene ene l presente?, incluso las palabras que voy dejando atrás, son caducas, inservibles —
— Bien, bien —
Se sobó las sientes — Volvamos a tu destino… —
— ¿De nuevo?, vamos Doc., eso lo hemos hablado ya demasiadas veces, ¿no te parece? —
— No las suficientes… —
— Bien, es mi destino porque yo lo pedí, las razones me las reservo, pero esos diez añs se acabarán pronto, la luna misma me lo dijo, esa noche… ah, por los dioses, que maldita noche, en más de un sentido… —
— De acuerdo, la luna, el destino… ¿y la droga? —
— Eso no es un problema, simplemente me gusta… pero ¿acaso no ves?, llevo ya tres meses sin consumir y estoy perfecto… —
— Eso es una forma de decirlo —
Cerró los ojos… casi podía ver la afilada sonrisa del otro clavarse en su rostro
— Te estás desesperando, y eso no es… ¿Cómo dicen ustedes? "ético" —
— Simplemente no entiendo, ¿sabes? —
Se puso de pie en un arranque violento — Para mi estás jodidamente cuerdo, enfermo hasta la médula, pero cuerdo, deberías estar encerrado en una maldita prisión… pareciera que solo buscas jugar conmigo… — Ladeó el rostro
— Quizá es porque es así, Kamus — Ahora él se sentaba y tomaba ligeramente los papeles del suelo — Busco jugar, o algo parecido, pero hablemos de ti… ¿sigues saliendo con Radamanthys? — Kamus ladeó el rostro de forma agresiva, con un gesto espantado y los ojos desorbitados — No me mires así… ¿acaso creías que lo había olvidado?, no, no, no, mi querido doctor, un loco sabe muy bien que información le conviene conservar adentro de su memoria… — El pelirrojo tragó pesado apretando los puños — Muy mal, por cierto, he visto las manos del Doc., está casado ¿o no? —
— Mi vida privada no es asunto tuyo… aquí venimos a hablar de ti, no de mi… —
Le arrebató el folder de las manos — Estás enfermo… —
— Pensé que estaba cuerdo, no te pones de acuerdo, jeje—
Se miraron por instantes que casi parecieron eternos — Si quieres saber mi opinión (y sé que así es), tu quisieras que él dejara a su esposa y te llevara lejos… dentro de tu cabeza no eres más que una niña romántica, ¿no es así? —
— Tú no sabes nada de mi cabeza… —
— Se lo suficiente, lo que me dejas ver… pero a al vez sabes que nunca va a hacerlo, ¿no es así?, vamos Doc., no te alteres, tu sabes mejor que nadie que los locos tenemos algo de genios… tu lo tienes. —
Su sonrisa se hizo burlesca — Y no estás precisamente cuerdo. —

No pudo soportar más, le dio la espalda y salió de la habitación como un vendaval, escuchando una carcajada cruel soltarse al momento que azotaba la puerta, su respiración subía y bajaba aceleradamente… sacudió la cabeza… ese maldito era demasiado para él, no podía seguir dándole terapia, o iba a terminar volviéndolo loco, pero renunciar era reconocer que no podía con el problema, era reconocerse insuficiente delante del jefe médico.

Delante de Radamanthys… y si algo no podía negar es que un poco de razón se escondía en las palabras de Afrodita…

— ¡Con un demonio, Kamus!, Afrodita no, Alexis, su nombre es Alexis, Alexis, Alexis. —

Maldito él y su astucia. Temblaba de pies a cabeza, la voz sibilante y aguda del loco dentro de la habitación aún sonaba pesada en su cabeza… intentó modular su respiración y conseguir la calma… puras estupideces, palabras vacías de un demente.

— Kamus. — Una mano se posó sobre su hombro — ¿Estás bien? —
— Milo… —

Soltó el nombre casi como un gemido asustado, había estado perdido en sus pensamientos, pero alzó el rostro posando sus zafiros en las turquesas del peliazul

— No te ves nada bien… Te volvió a alterar — Se refería al paciente número novecientos cincuenta y ocho
— No te preocupes, Milo — Sonrió, no podía mentirle a su mejor amigo — Solo necesito un poco de aire y quizá una copa, jajaja —
— ¿En horas de trabajo?, Muy mal, Doctor —
Rió divertido
— Si, si, lo sé… el director me correría, ¿no es así? —

Miró con cierto extravío hacia el pasillo obviando la visible molestia en los ojos turquesa de su mejor amigo, finalmente era la verdad. Las relaciones entre ellos eran complejas, pero dentro del ámbito estrictamente laboral, Radamanthys era totalmente inflexible.

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— Vaya… ahora comprendo la tragedia, no, si es terrible, terribleeeee — Soltó la última palabra con ironía y burlas tan marcadas que resultó ofensivo — Deberíamos organizar una cacería de brujas y terminar con la ofensa de su vida, porque es un monstruo desalmado y… —
— ¡¡Ya basta Aiacos!! —
Azotó una charola sobre la mesa mientras trataba de contener la furia que le ocasionaban — Suficiente tengo ya con la maldita situación como para, encima, estar soportando tus malditas burlas — Le miró con lágrimas contenidas — ¿¿Acaso no ves lo duro que esto es para mí?? ¿¿¿ACASO NO TE IMPORTA??? —

El pelinegro se llevó una mano a la cabeza rascando ligeramente y con gesto visiblemente arrepentido, entonces dio otra mordida a su manzana y tragó mientras pensaba en su respuesta, analizando los cambios en el rostro desencajado de su hermana… si, él entendía, pero lo que ella no veía era que de nada servía que los dos estuvieran como locos.

— No sis, si de importarme si me importa pero… — Se encogió de hombros — ¿Qué quieres que haga? —
— ¿Qué que quiero que hagas? ¿Hablas en serio? —
Se acercó presurosa, casi furiosa para mirarlo a los ojos — ¡Habla con él! — Le urgió de forma desesperada — Enfréntalo… ¡¿Eres mi maldito hermano mayor o no?! — Temblaba llena de rabia — Quiero que te le plantes enfrente… ¡¡de la manera que quieras!! — Le apuntó con un dedo en el centro del pecho, presionando hasta que el otro hizo un gesto de dolor — Y cuando estés frente a él… ¡¡Hazle comprender que tiene que ocuparse de su maldita familia!! — Sacudió el rostro — Quiero que me apoyes, Aiacos… ¿no ves que no puedo sola? ¡Ya no puedo!, y si no lo tengo a èl… entonces te necesito a ti… eres mi hermano ¿no? — Comenzó a llorar desconsolada, sintiendo el peso de las presiones sobre ella — Es tu sobrino… somos familia… Aiacos… Radamanthys ya no me ama, no soy estúpida… pero necesito que sea el padre de Shaka… Shaka está tan solo, necesita una figura paterna, necesita una familia, ¡no me importa cuántas amantes tenga! —
— Pandora, eso sí que no —
Se adelantó hincándose frente a ella y tomándole el rostro por las mejillas, sus ojos rojos se clavaron significativamente en su hermana — No digas esas tonterías… ¿Cómo podría tener amantes contigo? —
— Ay, Aiacos… no seas ingenuo, por dios, no te queda… —
Sacudió la cabeza con mucho pesar — Prácticamente es un fantasma en esta casa, no viene ni a dormir, ni a comer… pero eso no es lo que me importa… si quiere mil amantes, bien… pero que deje de torturarnos… por piedad… —
— Pandora… —
Sacudió la cabeza — Escucha, es por su trabajo, él —
— ¡¡Deja de querer convencerme de algo que sabes que no es cierto!! —
Explotó mientras temblaba — Se que es tu mejor amigo, pero yo soy tu hermana, Aiacos, yo soy tu hermana… y los necesito… — Lloraba en una mescla violenta y amargada — Por favor, habla con él, hazle ver que Shaka y yo… lo necesitamos… no le voy a reclamar nada… si lo que quiere es que hagamos vidas separadas… ¡las hacemos! — Hablaba histérica, casi ida — No me importa… es decir, me mata, porque todavía amo a mi esposo, pero prefiero eso, ¿entiendes?, prefiero eso a que sea un fantasma en nuestras vidas… que me hable claro, que me diga las cosas tal cual son… pero que no deje a su hijo a la deriva, Shaka no tiene la culpa, y lo necesita… —
— Pandora… si me dice algo como eso voy a romperle la cara…. —
— Hazlo… por favor, hazlo… —
Soltó una risa amarga — Solo no quiero que Shaka sufra por sus errores… él no tiene la culpa, Aiacos, prométeme que tu no vas a dejarnos solos… prométemelo, hermano, te necesito… ¿Qué no ves que estoy desesperada?, Te necesito, Aiacos… te necesito… —

Se aventó sobre su hermano llorando alterada, Aiacos no pudo menos que abrazarla y mecerla entre sus brazos con los ojos fijos en la pared… estaba alterado, eso no era bueno, un enojo potente se esparcía por todo su interior. Pandora sabía que él no sabía controlar sus emociones, por eso nunca lo llamaba, además, él haría lo que ella le pidiera, pero los dioses y todo el mundo sabían que sería una pésima influencia para su sobrino, no era precisamente una buena persona, sino todo lo contrario, vicio de la sociedad sería un sinónimo que se ajustaría más a su carácter…

Pero no podía dejarla sola, verla le hacía comprender que el estado en que se encontraba era lamentable, preocupante, y Radamanthys era un verdadero animal por dejarla así… tendría una seria plática con su "amigo", ya era hora de que le diera carpetazo a su estúpido amante (el cual por cierto no le agradaba), y comenzara a ocuparse de su familia, de Pandora… si Radamanthys no lo entendía así, entonces él tendría que hacer algo al respecto.

Y no sería precisamente bonito… no iba a permitir que su hermanita siguiera llorando, ¿Qué dirían sus padres si no la defendiera?, no, él iba a poner las cosas en su lugar aunque tu viera que soltar un par de golpes y balas en el proceso. Era el mayor. Era su maldita y adorada responsabilidad. Ese idiota iba a aprender, de una forma u otra.

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— Así que a tu hermanito se le botó la canica… —
— ¡¡Kanon!! —
— ¿Qué cosa Saga? —
Se encogió de hombros — No dije nada que no fuera cierto, nuestro nuevo mejor amigo Aioros nos lo acaba de contar — Sonrió de forma extraña al castaño que no pudo menos que sonrojarse — ¿No es así. Aioros? —
— Yo… este… — Sacudió la cabeza — No me gusta mucho el término… pero sí, creo que eso es lo que pasó… —
— Ah, no te preocupes —

Habló como restándole importancia, mientras Saga sacudía la cabeza y hacía gestos de disculpa hacia Aioros… el ojiazul no podía menos que reprimir risas sinceras que de cierta forma mitigaban un poco su actual desesperación, ambos gemelos eran tan contrastantes que parecían protagonistas de una comedia artística, soltó un profundo suspiro y nuevamente sus pupilas se posaron sobre las cuatro esmeraldas.

— Bueno, esa es mi historia, o al menos lo que se de ella. —
— Pues puedo declarar, mi querido amigo que es por demás interesante. —
— No son precisamente las palabras que elegiría para describir lo que yo siento, pero creo que debo agradecerte por ellas. —
— No le hagas caso, Aioros, Kanon no es más que un payaso —
Saga miró con reproche a su hermano
— ¡¿Payaso?!, ¡¡Eso nunca!!. Soy Mimo, M-I-M-O y hay una gran diferencia entre ambas —

Esta vez Aioros si que soltó una risa ante los gestos teatrales de Kanon al declarar la indignación que le producía la equivocación con respecto a su profesión, entonces ambos gemelos se observaron con sonrisas alegres y cómplices, contentos de haber podido espantar por un instante la lógica amargura que embargaba al castaño.

— Si, si, Mimo, o lo que sea, eres un inútil. —
— No, ya en serio… ¿De verdad eres Mimo? —
— ¡Claro! —

Los ojos del más alegre de los gemelos se iluminaron en el acto, y en seguida hizo ademán de comenzar con una representación de gestos y movimientos, tanto cómicos como exagerados, mismos que provocaron más risa en el castaño. El más serio de los peliazules comenzó a sacudir su cabeza visiblemente avergonzado, pero sin poder reprimir risas sinceras que siempre le despertaban las patéticas representaciones de su hermano.

Pero las risas se hicieron más sonoras a medida que el estar encerrado dentro de una caja le hizo contraerse, haciendo exageradas muecas de dolor histérico, solo para romperla con una extraña especie de súper poder (cosa nunca antes vista por Aioros en un espectáculo de ese tipo). Y finalmente arrancar una carcajada sonora incluso del taxista que tuvo que dar un ligero volantazo por que casi perdía la vuelta indicada para acercarse más al domicilio señalado.

El pequeñísimo Volkswagen (por no decirle bocho) se tambaleó como si quisiera reír también en la estructura metálica, y ante la aprobación del público ante su Acto, Kanon no pudo menos que mostrar una sonrisa triunfa.

— Verás, estudio en un colegio de Arte dramático — Se retiró el fleco de los ojos — Pero mi sueño siempre ha sido ser mimo. —
— No develes tu patetismo, Kanon —
— Ah, cállate Saga, lo que sucede es que tu no comprendes mi arte —
Habló con voz sufrida y cínica
— ¿Arte?, mover las manos como un inútil y pintarte la cara de blanco definitivamente no es un arte… actuar, danzar, incluso cantar son artes… —
— Saga está molesto porque lo único que me interesa es ser mimo —
— Molesto no, avergonzado —
— Si, si, lo que sea —
— Bueno, yo siempre he sido de la idea que cada quien puede hacer con su vida lo que quiera —
— Es lo mismo que yo digo, pero Saga y nuestros padres nunca han estado de acuerdo con mis necesidades dramáticas —
Un nuevo gesto de molestia en el rostro del mayor le dio la pauta para continuar con su comedia — Y usted, señor, ¿Qué opina? —
— ¿Yo? —
El taxista le miró por el espejo retrovisor
— Si, usted —
— Ah, Kanon, deja de molestar a la gente, no le haga caso, señor —
— Ya, Saga, déjale que hable —
— Bueno, ¿no dicen que los artistas esos se mueren de hambre? —
— ¿Lo ves? —
El mayor le miró ahora con un gesto de triunfo — Y más cuando son patéticos mimos que ni siquiera hacen verdadera gracia a la gente… vas a terminar trabajando en los semáforos y yo no te voy a dar limosna —
— ¡¡Pues yo acojo la muerte con agrado si ella me engrandece el alma!! —
— Deja ya de decir tonterías, de verdad que tú no paras… —

Nuevamente hubo una risa generalizada, y el taxista dobló una vez más para salir definitivamente del Viaducto, una de las avenidas principales de la gran capital mexicana, la ciudad más grande del mundo, manejó entre los retornos cercanos a la ciudad deportiva (un enorme parque lleno de canchas y espacios adaptados para la ejecución de casi todos los deportes), llegando a la colona Jardín Balbuena.

Cerca del centro, un lugar puramente clase media que reflejaba aquella tranquilidad que alguna vez se vivió en el monstruo de concreto, por fin, entrando a uno de los retornos con casas ni extensas ni pequeñas, camellones con palmeras, y tranquilidad absoluta, fue que el destartalado vehículo hizo alto definitivo, ocasionando que los tres pares de ojos volaran del taxímetro al taxista y de este a sus carteras.

— Son setenta y tres pesos, jóvenes. —
— Ah, que ratero —
Kanon estalló
— Cállate Kanon, ¿Qué no ves que es lo que marca el taxímetro? —
— Aún así, es un robo —
— Pues ni modo, joven, ya ve que como dice su hermano, es lo que marca —
— Si, si, —
— No se preocupen —
El castaño extrajo un rosado billete de su cartera — Yo pago —
— No, como crees… si ya es mucho que nos vayas a dar asilo por esta noche —
Saga sacó otro billete de tonalidad purpurea extendiéndoselo al ojiazul —Mitad y mitad —
— Ok, como quieran. —
— Bueno, le recibo cien y entonces son veintisiete de cambio, tome, señor, le debo los dos pesos —
— ¡¡Y encima no nos da cambio completo!! —
El menor de los gemelos parecía indignado mientras sacaba una maleta colorida y parchada por todos lados de la patética cajuela
— Kanon, ya cállate —
— ¡Si por eso estamos como estamos!, ¡Porque nadie nunca dice nada! —

El castaño cerró la puerta tras bajar la última malera y el taxista arrancó gritándole alguna palabra altisonante al menor de los gemelos.

— ¡¿Lo oíste?! —
— Si, si, lo oí, te lo merecías. —
Saga parecía fastidiado
— Pero… —
— Ya Kanon, vas a terminar de desesperar a Aioros, y sus padres seguramente no están de humor para leseras. —
— Por eso no se preocupen, están en su casa. —

Cuando Aioros abrió la puerta de la casa de dos pisos, al fin, se encontró con el espectáculo más triste que pudo observar alguna vez en la vida, su madre parecía diez años más vieja, y se hallaba clavada junto al teléfono, sus ojos apagados parecieron revivir cuando lo vieron, y se lanzó a sus brazos bañada en lágrimas, mientras su padre salía de la cocina con dos tes en las manos… Aioros ya imaginaba encontrarlos en mal estado.

Pero los conocía a la perfección… y sabiendo la alegría que les caracterizaba, nunca se imaginó que tanto. Aunque eso, obviamente le indicaba que su hermano verdaderamente estaba en muy mal estado.

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Las manos tienen marcas, son líneas delgadas que con el paso de los años y el trabajo van agrietándose más hondo. Las de un niño normalmente son lisas, suaves. No las de alguien que de continuo se encaja las propias uñas en la palma. Por la presión de su minúscula fuerza ejercida sobre la piel suave que a su edad y condición en este caso caracterizan. Son marcas pequeñas, curveadas, dolorosas.

Los ojos azul claro se clavan en sus propias manos mientras reposa solitario en una banca, escuchando a su alrededor el barullo normal y común de niños corriendo, divirtiéndose, y él, en su soledad, piensa, pues Shaka entendía ya en esos momentos que nunca sería alguien normal, o común, siempre había sido señalado por los demás como un fenómeno, alguien de cuidado, las madres, no queriendo sentir responsabilidad sobre sus cabezas, prohibían a los hijos el invitarle a dormir, o a las fiestas, y los chiquillos por su parte, eran crueles (no exageradamente, sino apenas lo común entre todos los infantes).

Y él estaba enfermo desde muy pequeño, pocas veces había sufrido ataques en la escuela, pero en aquellas contadas ocasiones, el miedo y la burla de los demás le hizo meya en el corazón, era solitario por segregación, y también por decisión propia.

Alzó la mirada observando cuidadosamente los juegos infantiles que sucedían en el patio, luego soltó un suspiro y abrió un libro que reposaba entre sus manos, un clásico juvenil, bueno para las distracciones, un libro más… ¿para que esforzarse en jugar algún deporte?, en cuanto pisara la cancha los que allí jugaban se apartarían, o harían todo lo posible para no tener que elegirlo. Igual terminaría sentado en una banca. Pero con el desprecio de otros ojos haciendo que se recriminara el interés en ser parte de ellos.

Él nunca sería parte de ellos.

A veces sentía que no era parte de nada.

Con todo, los lunes siempre eran su día favorito, eran los únicos en que su padre llegaba sin asomo de duda a cenar a la casa. El resto de los días era apenas una esperanza, pero los lunes, esa seguridad le hacía creer que finalmente podrían continuar con la partida de ajedrez que siempre dejaban a medias, y su madre sonreiría con un poco más de sinceridad, quizá incluso nadasen un rato en la piscina de la casa, y hasta salieran a ver alguna película.

Su padre había estado especialmente ausente al final de la semana pasada. Seguramente un paciente que le necesitaba.

— Yo también te necesito. — Esas habían sido las palabras de su madre tras su último ataque, había alcanzado a escucharlas. — El problema, madre, es que él no nos necesita, solo intenta hacernos un poco felices, a cuenta gotas. —

Sonrió con un poco de pesar mientras soltaba otro suspiro al volver la hoja.

Las marcas de las manos no debieran evidenciarse en palabras amargadas, menos cuando salen de la boca de un infante. Menos cuando crece rencor hacia desconocidos, a causa de la soledad que se va haciendo más dolorosa y más palpable.


Pues este fue el segundo capítulo, como siempre, espero sus comentarios, y nos veremos pronto, en otras letras.

Leto.