Capítulo cuarto, ahora nos toca desentrañar un poco lo que ha sumido a Aioria en el catatonismo, jejeje, la historia es algo trágica, pero bueno, espero que les guste :).
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Time After Time
Capítulo 4
Mi Secreto
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Otra sonrisa curvó sus labios mientras le miraba recargado en un poste, relajó la postura mientras cruzaba los brazos, el sol tostaba su piel y era verdaderamente una visión interesante, entonces sus penetrantes ojos se clavaron sobre su rostro, haciendo que se tambaleara ligeramente y con nerviosismo, su sonrisa se contrajo con un temblor muy ligero en el labio, por el lado izquierdo, y ladeó el rostro para intentar alejar esos ojos, solo para encontrarse con una mirada de misma intensidad pero contraria carga.
Fuerte y serena hasta la médula, que parecía asestarle un puñetazo justo en el rostro, mientras el ceño inflexible de otra piel igualmente bronceada le recorría la nerviosa faz, entonces ocurrió algo que prácticamente no había visto en su estancia en aquél lugar, los labios de Saga se curvearon lentamente hasta dibujar una sonrisa dantesca en su cara.
Tragó pesado, prefiriendo calar los ojos en el suelo.
Casi se escuchó una risa baja y divertida mientras el rostro de Saga giraba lentamente hasta clavar sus pupilas en las de Kanon, y nuevamente la agresividad momentánea de sus ojos pareció no solo una reprimenda, sino un golpe, uno que sacó de concentración al mimo principiante, quedando congelado, apenas por un instante…
Después todo volvió a tomar su cauce. Y ninguno de los tres se animó a hablar más sobre la escena, que si Kanon había coqueteado, que si Aioros se había avergonzado, que si Saga había terminado con sádica intervención el intercambio. Él sabía, comprendía, conocía, a los hombres y a su propio hermano, e igualmente sabía perfectamente hasta donde dejaría llegar el juego con cada persona que se iba cruzando en su camino.
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— Estás exagerando. —
— ¿Eso crees? — Sus ojos sangre se clavaron sobre las dos petitas doradas que le miraban intensamente
— No lo creo, lo sé —
— Bien — Asintió levemente — Me da gusto que sepas algo, ahora, dime otra cosa, ¿acaso sabes si yo pedí o me importa tu opinión al respecto? —
— … — Guardó silencio apretando los labios y las manos
— Bien, me da gusto que también sepas eso, por favor no vuelvas a opinar sobre mis asuntos con Pandora, Minos. —
— Eres un completo imbécil. — Soltó un bajo bufido
— ¿Yo? —
— Tengo tanto derecho como tú a meterme en esto, ella… —
— No me hagas reír — Le miró despectivamente — Esto no se trata de derechos, sino de que no te llamó, ni tampoco te pidió un carajo. —
— Eso es porque sabe lo que yo le diría — Retiró la mirada — Que es una estupidez, que tú no tienes por qué meterte, y que los asuntos de pareja, se arreglan en pareja. —
— Si, si, te vas a ganar un maldito premio a la civilidad y el buen proceder — Aceleró ligeramente
— No aceleres. —
— Yo hago lo que se me da mi real gana. —
— Aiacos, si te metes en esto vas a salir raspado, y lo sabes, cuando se contenten Radamanthys va a pintar la raya. —
— Ella me lo pidió, y estaba llorando, Minos. —
— Pandora ya está lo suficientemente grandecita como para cuidar de sí misma ¿no te parece? —
— No se trata de eso — Suspiró — Soy el mayor, haría lo mismo por ti… además… ¿no fuiste ayer a casa? — El menor ladeó el rostro — Si, fuiste, y lo viste también, maldita sea, el bastardo no se da cuenta de lo que está haciendo con Shaka… y no está bien, Minos, no está nada bien… alguien tiene que abrirle los malditos ojos. —
— Y ese alguien tienes que ser tú. —
— ¿Quien más va a hacerlo? — Apretó el volante subiendo un poco más la velocidad — Es decir, es nuestra hermana, Minos, ¿Cómo no voy a hacer nada?, y Shaka es mi sobrino, y es un gran chiquillo, algo testarudo y soberbio, pero realmente es hora de que Radamanthys se dé cuenta de lo que tiene o definitivamente se haga a un lado. —
— A veces creo que eso es lo que realmente quieres —
— ¿Qué? —
— Ah, nada, olvídalo — Clavó los ojos en la ventana — Esto no va a salir bien, pero tú no vas a entenderlo hasta que pase. —
— Sí, claro. —
— La vuelta es… —
— Se donde tengo que dar la vuelta. —
— No aceleres. —
— ¡¡Carajo, déjame manejar, Minos!! —
Finalmente el menor rodó los ojos con visible fastidio mientras se conminaba a guardar silencio observando el pavimento, y el pasar paralelo de los autos. Era un error, o al menos él lo sentía de esa forma, Pandora no debió recurrir a Aiacos, conocía su carácter fatalista y violento, parecía no entender que en un arranque era capaz de sacar un arma.
O quizá eso quería ella, librarse del problema de una vez por todas. Lo que ninguno de los dos estaba viendo debajo de esa superficie viscosa de sentimientos tan revueltos, era precisamente que Pandora aún amaba profundamente a su esposo.
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Una semana más. La segunda. Miró atentamente a su hermano intentando sonreír sinceramente, pero sin conseguir que la torcedura de sus labios fuese del todo honesta, cuando finalmente dejó salir un profundo suspiro fue uno que contenía una comprensible carga de pesar. Allí estaban, en silencio. Sacudió la cabeza mientras sus ojos se sellaban conteniendo la preocupación, lo suyo no era arrojarse sobre el suelo en un mar de llanto.
Dejó su cuerpo y huesos en un estado flojo, permitiendo que cayesen sobre una silla mientras apoyaba el codo en la rodilla y la barbilla en la palma… observar, solo y en silencio, pues además de todo no tenía ni la más remota idea de que hacer para ayudar a la situación que les envolvía.
— Ahora sí que la estás armando gorda, ¿Eh cachorro? —
Sonrió de manera triste, enredó las manos mientras sus piernas se movían incesantemente haciendo un eco limpio el golpeteo de sus pies sobre el suelo. Característica infalible de los cuartos de hospital. Su respiración se aceleraba dentro del cuerpo mientras miles de preguntas se agolpaban en su cabeza, quería hacerlas, pero no sabía a quién dirigirlas, solo le quedaba sentir aquél remolino ideático haciendo círculos interminables.
Entonces sucedió algo insólito.
Aioria ladeó el rostro,
Sus jades parecieron poseer vida de pronto, clavándose intensamente en el semblante de su hermano… Aioros se sintió invadido de pronto por una sensación desoladora, y avasalladora, fue como ver toda la tristeza del mundo reflejada en las pupilas felinas de su hermano, una expresión cruda, madura, los ojos de alguien que ha vivido demasiado y visto otro tanto. Su boca se abrió queriendo decir algo, pero inmediatamente contuvo aquel impulso, porque aquella energía, manada de las pupilas del castaño menor, exigía y urgía silencio, una decrépita atmósfera comenzaba a rodearles, y sintió el aliento mortecino de la pérdida besar alegremente sus mejillas, casi frío en todo el cuerpo. Odio. Si. Era odio puro lo que reflejaban aquellos ojos usualmente alegres.
— A… Aioria… —
Tartamudeó como si quisiera pedirle disculpas por faltas que bien sabía él no había cometido, pero la intensión se murió fuera de sus labios cuando quiso externarlas de alguna manera, Aioria se puso de pie, los músculos del chiquillo estaban totalmente tensos y engarrotados, casi podía escucharse la fricción de los tobillos y las rodillas cuando daba un paso, la trayectoria le llevó a la puerta, sus palmas se posaron planas sobre el metal liso que constituía la barrera.
— No las tengo. — Su voz sonaba casi metálica, ausente, no hablaba con Aioros — No tengo las llaves. No puedo abrir la puerta. —
— Aioria… —
— ¡¡¡¡NO PUEDO ABRIR LA PUERTA!!!! —
Se dejó caer de rodillas con todo el peso de su osamenta y musculatura haciendo presión sobre el suelo… Aioros se puso de pie casi de un salto, y la silla fue a dar lejos mientras él se acercaba corriendo… pero se detuvo a prudente distancia, el otro estiraba ya el brazo con la mano amplia obligándole a hacer alto.
— Está muy bien cerrada. —
— Aioria… —
— Tan bien cerrada que debería propagar el silencio. Contener el sonido. —
— Hermano… no… —
— ¡¡¡¡NO PUEDO ABRIR LA PUERTA!!!! — Y comenzó a abrazarse a sus rodillas mientras gemía con llanto. — Seika… —
El corazón de Aioros se paralizó en aquél momento… su respiración se aceleró un poco y se alejó un paso de su hermano. Él sabía que algún día toda la mierda iba a estallarles en la cara… simplemente nunca pensó que fuera tan pronto, miró alrededor y se acercó corriendo a su hermano sosteniéndolo con firmeza con los hombros, poniéndole incluso de pie para azotarle la espalda contra la pared, sus bellos ojos azules fijos con fiereza sobre el semblante ausente y lloroso de Aioria… abrió los labios para decir algo. ¿Pero qué demonios iba a decirle?
Se acercó a su oído, temblando ligeramente por la fuerza que ya ejercía el menor para soltarse.
— Ella está muerta. Y nada va a cambiar eso. —
Una voz que se extendió punzante por la memoria del chico, se soltó violentamente temblando de ira, con las pupilas jade nuevamente muy bien perfiladas… hacia su hermano… se miraron así unos instantes… y entonces la puerta se abrió violentamente dando paso al doctor, que no tenía un aspecto afable en su semblante.
— Vaya, que violencia… esta clase de arranques no están permitidos en este sitio, Aioros, al menos no sobre los pacientes. — Se acomodó los lentes. — Pero por lo que pude ver, quizá tú y yo debamos compartir algunas palabras, sígueme. —
El mayor de los Marcus tragó pesado y desvió la mirada, recriminándose por el súbito ataque de furia que había tenido, se arrepentía por haber explotado de esa forma con Aioria… pero había sido necesario, lo volvería hacer. El simple nombre le hacía revolver tantas cosas adentro de él que no sabía a cual aferrarse. Ahora ¿hablarlo?, no lo necesitaba.
Pero al parecer se habían terminado las opciones.
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Sus dedos titubearon nerviosos sobre las teclas… sonó el reloj. Las cuatro. Hora de la comida, el traje, buen comportamiento. Fingir.
El aire pasaba tranquilo por sus fosas nasales, el ataque había sido hacía dos semanas. Por ahora estaba seguro, pero pronto regresaría, quizá era cuestión de días, para convertirse durante el lapso entero de un instante en no otra cosa que pateticidades convulsas sobre el suelo. Saliva en la alfombra. Inutilidad en los huesos. Músculos infames.
Cayó sobre la silla acolchada junto a la mesa… tamborileó los dedos adolescentes sobre el cristal, al lado del teléfono. Amargura de trece años en las falanges que se enterraban entre sus cabellos. ¿Qué otra cosa hacer?, pensar, esperar. Y luego pensar de nuevo.
Hasta que se hartara la mente. Trece años. No más. No menos. Trace como el número de la mala suerte. Solo que esa se extendía desde el inicio y se alargaría hasta el final.
O quizá no. Realmente a pesar de las pretensiones no era tan complicado, sencillamente extrañaba un apoyo, o la simple voz. Y sabía las razones de estar lejos, el eterno trabajo de alguien que se debe a cualquier cosa que le necesite, excepto ellos. Él. Su madre lloraba otra vez adentro de su cuarto, creyendo, de alguna forma, que él no la escuchaba.
Sacudió la cabeza. Celos de todos esos muchachos enfermos que no congeniaban con la realidad, ellos tenían el privilegio de su padre, y él se quedaba con un mundo hostil que le repudiaba, cuando ellos regresaban a sus casas tenían amigos y fiestas esperando, él siempre estaba en aquellas paredes, solo. Envidia. Casi odio.
Ojalá se pudrieran entre los seguros de camisas blancas. Dejaran de fastidiar. De una vez por todas. Y regresara alfa a casa.
Finalmente un suspiro muy pesado escapó por su nariz, acompañando a la decisión tomada, a él siempre terminaba contestándole. Repicó. Uno. Dos. Tres. Sonidos metálicos y desesperantes al otro lado de la línea, algunos más. Agudos. Sus dedos se enredaron en el cordón negro que unía la bocina con el aparato de botones, o teclas, no importaba, allí reposaban inertes los números. Quizá diez. Entonces una contestadora.
Y no pudo más. Era hijo de sus padres, dos dementes racionales que le habían heredado como pilón un complejo muy justificado a su ya de por si embrolladla mente. Arrancó el teléfono con la escaza fuerza que había en su musculatura pequeña, y aventó el aparato con rabia, como si tuviera la culpa el plástico y los engranes de la eterna indiferencia.
Sus mejillas estaban enrojecidas, sus ojos llenos de lágrimas iracundas… él estaba allí, ayudando a alguien que no eran ellos, alguien a quien ya odiaba sin conocerlo, pero lo peor de todo el cuento, es que ya enojaba más de lo que le dolía, y en poco, comenzaría a dejar de importarle por completo.
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— Bueno… si… — Sonrió de lado mientras enredaba su ambiciosa lengua en una cuchara, dejando que el helado endulzase su paladar. — Me gusta. ¿Y? —
No hubo respuesta, él se recargó con sorna contra una baranda mientras daba otra cucharada al postre frío fuera del elegante edificio a cuyas puertas estaban, incluso le dolió un poco la cabeza, pero no importó. Soltó un gemidito bajo para observar las reacciones de su semejante con cínico detenimiento. Celos. Deliciosos.
— No pongas esa cara — Casi soltó una carcajada — Se que a ti también… ¿acaso estás celoso? —
— Deja de decir estupideces. Una vez que comienzas, no paras. —
— Si. — Nuevamente soltó una risa sonora — Estás celoso — Afirmó sin dudas — ¿Pero por quién, Saga? — Se acercó de forma coqueta a su gemelo — ¿Por él o por mi? —
El mayor de los gemelos apretó con firmeza el tubo de metal en que su latoso semejante se hallaba recargado, justo a su costado, mientras uno le miraba con cinismo, él mantenía su mirada entre rabiosa muy fija en alguna puerta. Sin titubeos. Tratando de calmarse con los tonos terrosos prodigados a la obra arquitectónica que encerraba tantos sueños delirantes.
No tenía por qué confirmárselo, él se había dado cuenta desde el aeropuerto, y no le gustó nada, conocía a Kanon perfectamente, y sabía que ahora no planeaba parar en sus intentos, lo que menos le agradaba era la sensación que le provocaba el castaño, una poco habitual para él, y tan ajena que le era totalmente incómoda. No entendía por qué accedía a permanecer en la casa de Aioros, todo parecía ser un juego del cual saldría mal parado.
— Deja de decir estupideces. Esto se termina hoy —
— Saga… —Le miró con ojos suplicantes
— Ya basta — Se soltó en un ademán furioso encarando luego el rostro parecido — Sabes que detesto estos jueguitos, me exasperan… y… —
— ¡Pero si te gusta! — Estalló al final de forma melodramática — No entiendo por qué nunca me quieres dar gusto, yo… —
— ¡Con un demonio! — Le aferró por los hombros — No es que me guste, Kanon, sino que me agrada ¿entiendes la diferencia?, me cae bien… y por dios, estamos afuera del instituto nacional de psiquiatría infantil, esperando a Aioros… ¡Porque su hermano está internado en este lugar! ¿Tú crees que le interesan estas tonterías ahora? —
— Bueno — Tragó pesado, desviando la mirada — Le ayudaría a relajarse, a distraerse. —
— No puedo creer que no te canses de decir estupideces… —
— ¡Ya suéltame! — Se deshizo del agarre posesivo del mayor
— Escucha, lo único que haría sería arruinar toda posibilidad de una amistad, sería una bajeza, y algo de poca lealtad… él ha confiado en nosotros, como amigos, y ya te dije que me agrada… — Tragó pesado — De verdad… — Ahora él miró con intensidad a su gemelo — Y no quiero arruinar eso… —
— Entonces… — Kanon apretó sus puños, ahora inundando sus ojos una rabia descomunal que iba dirigida a su gemelo — ¿Lo que intentas decirme es que con él si quieres algo de verdad? ¿Algo serio? — Por un momento se quebró su voz — ¿Me estás diciendo que quieres esperar para poder… estar con él? Más tiempo… —
— ¡Por dios! ¡Claro que no! — Tomó con fuerza la diestra de Kanon — Quiero conocerlo, quiero ser su amigo, por un día, Kanon, que esto no se trate de… sexo… o… coqueteos… Kanon, me cae bien, podríamos ser amigos de verdad, y no quiero arruinarlo. —
— Y claro, yo siempre lo arruino todo. —
— No quise decir eso. —
— No era una pregunta — Se soltó con recelo — Pero haremos lo que tú quieras. —
Giró hasta dar la espalda al gemelo, terminando aquella discusión de forma definitiva, extrajo un pequeño libro entre su chamarra, comenzando a leer para dejar muy bien sentado que no pensaba hablar más con su gemelo… pero Saga solo rio internamente, él sabía que era hipócrita, Kanon solo quería callarlo de momento, al final, como siempre, terminarían haciendo exactamente todo lo que el menor quisiera.
Como era ya su costumbre.
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Era un silencio muy incómodo el que les envolvía… Aioros no podía dejar de recriminarse por soltar las cosas, pero había sido lo mejor, quizá ese era precisamente el motivo de todo, y por culpa de las eternas apariencias nadie estaba haciendo nada.
— ¿Y bien? — Radamanthys le miró fijamente
— ¿Qué? — Evadía la pregunta lo más posible
— ¿Quién es ella? —
— ¿De qué habla? — Igualmente se escondía de las respuestas
— Bueno — El rubio soltó una risa baja — Creo que sabes muy bien lo que te pregunto, tus padres no me hablaron de nadie con ese nombre —
— Claro que no lo hicieron — Se cruzó de brazos mirando hacia un costado — Es un secreto incómodo… algo de familia… algo que no es de su incumbencia. —
— Todo lo que se relacione a Aioria y el inicio de su enfermedad es de mi incumbencia. —
— Diantres… — Enterró el rostro entre sus palmas — Por esto fue que… se enfermó… ¡Maldita sea! —
— Bueno… eso es posible, parece ser alguien importante y conflictivo — Sonrió detrás del expediente — Seguramente es alguien que le representa un dilema, alguien a quien extraña… o a quien desprecia… que se yo… —
— No — Sacudió pesarosamente la cabeza al unísono de su palabra — Aioria ni siquiera la recuerda. — Clavó sus ojos azules en las pupilas ardientes del doctor — Ni siquiera sabe demasiado acerca de ella…él… era muy joven… escuche Doc, esto no s fácil. —
— Lo sé… pero si tienes que sacarlo… —
— ¡Aclaremos algo! — Le miró con molestia — Usted no es mi maldito sicólogo, porque en principio, yo no necesito a uno — Apretó los puños. — Maldita sea… ¡No puedo creer que no se lo hayan dicho! — Soltó un quejido, no, por supuesto que no se lo habían dicho, tampoco esperaban que él lo hiciera. — Dios santo, escuche, Doctor… no es… es decir… Aioria ni siquiera tendría que recordarlo. — Sacudió la cabeza — No, no lo recuerda… es solo que… —
— Bueno, chico, veo que esto es realmente incómodo, ¿no?, ¿tan grave es? —
— No es cosa de gravedad, doc. — Suspiró — Escuche… yo… —
— No te compliques, muchacho, comencemos por el inicio, dime quien es Seika. —
— Seika… — Sonrió con tristeza — Seika es mi hermana, mi hermana mayor. —
— Vaya, su hermana ¿eh?, Y debe llevarle que a Aioria, ¿diez años? —
— No — Sacudió la cabeza — Dieciséis años, le lleva dieciséis… —
— Mucho tiempo para una hermana mayor, tus padres no me parecían tan viejos. —
— Seika es mi hermana, comencemos por aclarar eso, Seika es mi hermana… no de Aioria. —
— ¿Qué quieres decir? —
— Me parece un tanto más lento de lo que yo le creía. — Sonrió de medio lado — Seika es mi hermana mayor. Y es la madre de Aioria. —
— Vaya… —
Eso definitivamente si le había tomado por sorpresa, no había nada indicativo en los papeles de Aioria, sus actas, todo estaba al nombre de sus padres, o abuelos, o lo que fueran, ambos hombres se acomodaron sobre sus asientos
— La madre de Aioria… y está muerta —
— Bueno… no exactamente —
— Eso fue lo que tú dijiste. —
— Yo he dicho muchas cosas, y por principio no debería estarle contando esto… hay muchas cosas incompletas y que nadie sabe en esa casa pero… si eso es lo que lo está afectando… supongo que es mi obligación. —
— Si no está muerta, ¿entonces? —
— Entonces nada… es tanto como si lo estuviera, solo que es más fácil fingir que no la recordamos. — Suspiró — Está en una clínica, con el cerebro frito, Aioria no se acuerda de ella en principio porque era muy chico, y en secunda porque no le da la gana. — Sonrió de forma frustrada — Su padre, por otro lado, está en una prisión… — Su voz se iba haciendo gruesa, iracunda — Un maldito desgraciado sin un gramo de inteligencia… ¿el doc quiere saber más? ¡Perfecto!, permítame contarle — Hablaba con cierto cinismo que resultaba francamente molesto — Veamos, Seika tuvo a Aioria a los dieciséis, yo tenía seis en ese tiempo, era todo un polluelo, ¿no le parece?, mis padres registraron a Aioria porque ella lo iba a regalar, vender, o dar en adopción de cualquier manera… no estaba bien, ya desde entonces, no estaba nada bien. Así que para evitar que le quitaran a su nieto, mis padres lo registraron, y se quedaron con él, no me acuerdo muy bien de esas cosas, yo era muy niño, pero cuando Aioria tenía cosa de dos años, Seika se fue con él de la casa. Ni siquiera se fue lejos, apenas a una cuadra, en un cuchitril, con el inútil de su novio… si ya de por si ella era un caos, la cosa se volvió peor, drogas, alcohol, pésima alimentación, nula madurez… luego ocurrió la tragedia, ella se quedó sin poder hacer nada, y el otro imbécil casi la mata… y a Aioria… y yo, de haber tenido más de diez años le juro que lo hubiera matado. —
— Aioros —
— Si, ya sé que tengo que decirle que pasó, pero demonios, no es fácil — Suspiró — Yo iba casi diario a verlos, es decir, ella era mi hermana, y además estaba peleada con mis padres, así que era la única forma en que ellos podían saber sobre Aioria… ¿comprende eso?, ellos no son malas personas… en fin, un día llegué y escuché mucho ruido… nadie me abría el departamento, así que bajé corriendo por el conserje, y cuando me abrieron la puerta, descubría ese idiota, más drogado que… más drogado de lo que hubiera visto nunca, a Seika en el suelo, sangrando ligeramente por la boca, e inconsciente, y él estaba sobre ella… creo que no tengo que decirle haciendo que cosa ¿cierto? — Mantenía los puños firmemente apretados, la mandíbula tiesa, todo él en completa tensión — Me le fui encima… pero, es decir, yo tenía diez años, él tenía veinte… me despidió como si fuera una mosca… el conserje llamó a gritos a los vecinos, lo agarraron entre varios, el resto es cosa de historia, Seika sangraba por que entre ambos se habían metido una sobredosis… se le fue el conocimiento, y el otro idiota estaba tan drogado que… ni siquiera se dio cuenta de nada… Aioria estaba encerrado en el clóset, al parecer los molestaba, así que el idiota lo agarró a golpes y lo encerró en un armario… Aioria lo escuchó todo, las convulsiones, los gritos, los golpes, los delirios… y no podía abrir la puerta… Mi padre se fue a buscar abogados en ese tiempo, apenas se dio cuenta del estado de Aioria… estaba concentrado en encerrar al tipo, usted sabe, uno encuentra con quien sacar su coraje y no se detiene. — Suspiró. — Aioria pasó por algo parecido en ese tiempo, apenas le duró unos cuantos días… cuando volvió en sí, no recordaba que Seika no era su madre, se bloqueó, y a todos les pareció que eso era algo bueno… él solo sabe que Seika se frió el cerebro con ácidos y heroína, que está en un hospital, y que su novio está en la cárcel, casi no hablamos de ella, él no recuerda mucho de esa época… — Bufó — Eso fue lo que pasó… —
— Suena algo… —
— Telenovelesco. —
— Si, algo así… — Suspiró — Escucha, Aioros… yo… yo creo que vale la pena investigar qué elementos había en su pasado, en esa época, porque por lo que él ha dicho en sus delirios, y el tipo de ataque que tuvo, solo puedo suponer que algo de pronto le devolvió todos esos recuerdos, de golpe. Y no puede manejarlos, como no pudo en ese tiempo. —
— No tengo idea de que pudo haber sido. —
— Vas a tener que hacer algo por mí, y por Aioria… — El castaño asintió — Necesito que investigues si su padre sigue en prisión, o si ha habido cambios en la situación de tu hermana… —
— Usted cree… —
— Creo que Aioria los vio… a alguno de los dos. —
El corazón del ojiazul casi se detuvo de pronto… eso era posible… haciendo cuentas, Dónovan no debería pasar mucho tiempo más en la cárcel… era posible que el imbécil estuviera suelto… ¿habría buscado a Aioria? ¿Le habría dicho algo? Sus músculos se tensaron solo de considerar la idea… era aberrante… casi le provocaba nauseas…
Asintió con lentitud… si tal era el caso, era comprensible el súbito ataque, Aioria no podía controlar lo que le pasaba, no quería enfrentar las posibilidades… y sus padres tampoco querían hablar sobre el pasado, porque era más fácil la vida si nada de eso había ocurrido.
Radamanthys le parecía un buen hombre, en aquellos momentos, de corazón, al pensar que muy posiblemente su hermano se mejoraría pronto, le quedó eternamente agradecido.
Mientras salía de aquél lugar. Con rumbo a la correccional, en búsqueda de saber qué demonios podía haber pasado con la sique de su hermano, porque algo era cierto, a él nadie iba a venir y decirle que Aioria no era su hermano.
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Cuarto capítulo!! como siempre, espero sus comentarios, y nos veremos pronto, en otras letras.
Leto.
