Lupin recorrió pasillo por pasillo y habitación por habitación. No podía dar credito a sí mismo, no podía creer lo que acababa de pasar. No caía en lo que acababa de hacer. ¿BESÉ A TONKS? se preguntó él. Se siguió repitiendo esa pregunta mientras caminaba y caminaba hacia la salida del Ministerio. Se seguía preguntando cómo iba a salir, peo luego de caminar bastante por pasillos y pasillos que parecían interminables, se encontró con Kingsley Shacklebot, que le dijo que habían levantado la restricción de aparecerse en el Ministerio. Lupin, sin dudarlo un segundo, fue donde Dumbledore, que le daba un traslador a Harry, y le avisó que partía.
-Mis disculpas, pero es un tema personal. No puedo quedarme aquí.-dijo apurado. Dumbledore asintió y Lupin se desapareció lo más rápido que pudo.
Apareció casi en medio de la nada, diría cualquiera. Caminó y caminó por las pequeñas colinas de Nothing Hill por un buen rato, tratando de calmarse, de ordenar las ideas en su cabeza y de no hacer estupideces precipitadas. ¿Qué estupideces precipitadas podía hacer? Matarse, enloquecer, volver a aparecer y besar a Tonks de nuevo. "Besar a Tonks de nuevo" se repitió. Eso había sonado profundamente extraño. La confusión lo invadía. Había besado a Tonks.
Tonks quedó atónita en el auditorio. No había nadie a su alrededor, gracias a Dios, y nadie había visto lo que había tenido lugar allí. Ella rápidamente salió de aquel ensueño, salió de aquel atontamiento que le habían producido los labios de Lupin sobre los suyos y salió disparada a buscar a Lupin. Corredores y más corredores, y más pasillos y más cuartos sin sentido. Ninguno era la salida, y, sobre todo, en ninguno se encontraba Lupin. Él debía de haber encontrado la salida mucho antes que ella, porque luego de tanto buscar, ella apareció frente a la fuente principal del Ministerio de Magia, mientras Alubs Dumbledore le decía con parsimonia, "él se fue hará 15 minutos".
Ella se sentó en la fuente del Ministerio y no hizo nada más. Simplemente se sentó e ignoró a cualquiera que se le acercase. Nadie pudo conseguir su atención, o su respuesta, al menos por una hora. El cerebro de Nymphadora Tonks parecía embriagado con el aroma de Lupin, y su mente simplemente podía pensar en una cosa: aquellos quince minutos habían sido los mejores de toda su vida. Al fin había sentido que era ALGO para ALGUIEN. Al fin se había sentido útil. En ese momento, había dejado de sentirse prescindible al menos unos minutos.
Lupin trató de recordar la situación que se había desarrollado apenas hacía menos de cinco minuto: Caer en la muerte de Sirius lo debilitó, ¿y cómo no estar debilitado luego de perder a su mejor amigo?. Estaba débil, frágil, indefenso a cualquier intromisión ajena. Sobre todo, suceptible a que Tonks, aquella persona en la cual había encontrado un soporte, alguien que lo escuchase, y hasta fantaseó con que fuese aquella persona indicada para llenar el hueco que la sociedad le había obligado a tener, aquel que sólo se llenaba con... amor. En tal grado de sugestión estaba que la dejó entrar en su mundo: dejó que ella viese su lado humano, lo real, lo intenso y lo crudo de su lado humano. Remus Lupin humano no era más que eso: un humano. Un humano que lloró con la muerte de su mejor amigo, y que tenía sentimientos. Remus Lupin era una persona, y se sentía solo, sentía que ya no tenía a nadie. Así se sintió y eso dijo: simplemente eso le mostró, la cruda realidad de su soledad y su aislamiento. Y ella aceptó eso que veía, eso que escuchaba. Recibió a ese Remus Lupin humano, imperfecto y herido, y trató de hacerle un bien. Trató de convencerlo de que ella estaría para él, y trató de demostrárselo. Trató de ponerlo mejor, y de convencerlo de que todo no estaba tan mal. Ella sabía que con simples gestos de afecto bastaría. Porque en momentos de debilidad no importa si todo queda en silencio: los actos hablan. Y mucho. Cada gesto es un sin fin de palabras, que no se acallan, sino que comienzan en susurros y terminan en gritos, gritos que nos llenan de euforia y de alegría en el interior... porque en ese momento ESO es lo que tenemos: pequeños gestos de cariño para apalear las adversidades. Sólo tenemos abrazos, caricias, solo éso, cuando tenemos el corazón hecho trizas y estamos juntando con los ojos empañados de lágrimas los pedazos de nuestra alma estrellada contra la realidad. Remus Lupin maldijo y volvió a maldecir por lo que había hecho: había tomado aquel afecto, aquel cariño y aquel apoyo que Nymphadora le había brindado, y había malentendido todo... Había tomado gestos insignificantes como algo tan complejo como el amor. Se había ilusionado, había jugado ese beso a todo o nada. Y ahora tal vez no se quedase con nada. ¿Si Tonks no sintiese lo mismo por él? ¿Si ella estuviese ofendida por ese gesto? O peor, ¿podía ser que ella no hubiese mirado a Lupin como algo más anteriormente, y aquel hecho fuese a desencadenar que sí comenzase a mirarlo como algo más? Lupin quería morir.
Tonks se tranquilizó por un momento: eso le era claramente más facil de lo que le había resultado a Lupin quien, sin saberlo, había seguido en estado de estupefacción por bastante rato más de lo que había permanecido Tonks. Ella respiró hondo, y le echó un vistazo a su cabello sobre su hombro, estaba rosa claro. Su propio aspecto la delataba: simplemente le faltaba un cartel que le colgase de la frente que dijese "ACABO DE BESAR A REMUS LUPIN, ME SIENTO LA PERSONA MÁS AFORTUNADA DEL MUNDO". Volvió a tratar de calmarse y apalear su estupefacción y emoción por lo ocurrido. Respiró hondo una, dos, tres, mil veces, hasta que pudo caer en todo: ¿qué había desencadenado todo? La muerte de su primo Sirius Black. Con tristeza pero más calmada y con el cabello oscuro, comenzó a recordar... Lupin se había sentido devastado. Nunca había visto a un hombre llorar, y pensaba que nunca lo vería. Pero ahí estaba Remus Lupin, llorando porque acababa de perder a su mejor amigo. Tonks no se pudo sentir más devastada: simplemente viendolo tenía ganas de llorar, y de asesinar con crueldad a su maldita tía Bellatrix. Pero antes que correr tras Bellatrix, antes que empezar a llorar ella misma, Tonks abrazó a Lupin, simplemente para que se sintiese apoyado. Luego de idas, vueltas, y más llanto, y rabia, mucha rabia de Lupin, ella lo confesó: no confesó nada expectacular, su confesión no cambiaría el curso del universo. Dijo simplemente lo más sincero que había dicho en toda su vida. "Me tienes a mi. Yo estaré para tí siempre". ¿Cuando ella había comenzado a considerar a Remus Lupin como algo más que un miembro de la Orden? Ella no podría haber dicho cuando: si luego de aquella charla sobre la Primera Guerra Mágica, o si cuando comenzaron a hablar sobre Sirius. O tal vez desde siempre, ella había sentido esa atracción por aquel fascinante licántropo cuya aura irradiaba tristeza y soledad. Y Tonks simplemente no podía ver a alguien así. Y mientras más lo divertía, más lo hacía sonreir y veía que a pesar de todo, él podía llegar a ser feliz, ella pensó que era la indicada: la indicada para hacerlo feliz. Y se propuso a llenar el hueco que él tenía: aquel que la sociedad le había impuesto, cuando lo marginó de la sociedad y le dejó en claro que "los hombres lobo no pueden amar, los hombres loco no pueden estar enamorados". Ella quería llenar ese hueco, o al menos mostrarle que ese hueco sí se puede llenar. Quería mostrarle que amar está permitido, y que no es algo que esté mal. Ese vacío no debería estar ahí, y ella quería demostrarle que podía llenarse.
No había caso. Remus Lupin, en las lejanas colinas de Nothing Hill, lugar en el que se encontraba su hogar de niño; Nymphadora Tonks, sentada entre las estatuas destruidas del Ministerio de Magia. Ambos trataban de caer en lo que había pasado. Y tomar una decisión al respecto, ya fuese para remendar aquel beso, que tal vez hubiese sido un error, o para continuar con aquello que ese beso había iniciado, aquel fuego interior que los dos sentían, y que quemaba sus almas justo en ese instante.
Nymphadora Tonks volvió a sonreir y su cabello volvio a ser rosa. "Remus Lupin me besó", pensó ella. Se sintió por un instante como una nenita tonta de cuentos de hadas, o como una adolescente que acababa de recibir su primer beso. Pero, al fin y al cabo, aquel era el primer beso real de Tonks. Era el primer beso que enserio sentía, más allá de idiotas con los que salió los cuales valían poco para ella. Ese era su primer beso real. Y mientras, ella fantaseaba el momento de volver a encontrarse con Lupin, y decirle aquellas cosas que tenía guardadas: nada más y nada menos que aquellas cursilerías tontas que las niñas dicen, cosas como "te amo" y palabras vanales que uno usa para expresar sentimientos pero sobre todo quedar en ridículo, ya que esas cosas raramente pueden explicarse.
Remus Lupin se agarró la cabeza, tirado en el pasto. Se revolcó y se volvió a maldecir. Se odió a sí mismo, se detestó y quiso morir. Pero, luego de haber derramado por primera vez lágrimas por una mujer, lo decidió: no volvería a ver a Tonks.
