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Nueva vida

Al día siguiente, Percy se despertó con esa sensación de irrealidad propia de esas mañanas que siguen a los acontecimientos extraños, como si todo hubiera sido un largo y terrible sueño. Sólo le bastó mirar a su alrededor y darse cuenta de que no estaba en su habitación para recordar todo lo ocurrido.

No se sentía culpable. En absoluto. Lo que sentía era más bien una profunda decepción.

Ese día no tenía que trabajar, así que decidió que después de desayunar iría a tomar un poco el aire al Callejón Diagón, y así de paso compraría algunas plumas nuevas y frascos de tinta para remplazar los que se habían roto al salir precipitadamente de casa.

Salió al callejón por el muro de ladrillos del patio, al brillante sol de la mañana; echaba de menos aquel lugar. No había vuelto a acercarse desde que dejase Hogwarts hacía dos años…

Ya había salido con la compra de Flourish & Blotts cuando oyó una voz familiar.

— ¡Perce!

Era Oliver Wood. El muchacho de pelo oscuro se dirigió alegremente hacia él; parecía hasta más corpulento que la última vez que le vio. Habían sido muy buenos amigos en Hogwarts y no se veían prácticamente desde el mundial de Quidditch, hacía un año.

— ¡Oh, hola, Oliver! —le dio la mano con solemnidad; Oliver rió divertido— ¿Qué tal te va todo con el equipo?

— ¡Muy bien! Este año no lo estamos haciendo nada mal en la liga.

Percy se alegró por él; el Quidditch siempre había sido la gran pasión de su amigo y jugaba en un equipo llamado Puddlemere United, que según lo poco que entendía sobre el deporte, era uno de los más antiguos del país. Se sorprendió pensando qué lejos parecía que quedaba el día en que habían ganado por fin la Copa de Gryffindor…

— ¿Cómo estás? Tú siempre tan ocupado, sin darles señales de vida a tus amigos, ¿eh? —le dio un golpe cariñoso en el brazo; luego se puso serio de repente— He leído en El Profeta todo lo que ha pasado con el señor Crouch.

A Percy el corazón le dio un vuelco cuando recordó aquello.

— El señor Crouch estaba muy enfermo —dijo en un hilo de voz—. Yo debí darme cuenta, pero…

¿Qué te esperabas, Perce? le parecía oír las voces de sus hermanos, burlonas Estabas tan orgulloso de tu puesto que no te diste ni cuenta de que tu jefe estaba muy enfermo, tan enfermo que al final…

Sacudió la cabeza para acallar las voces. Su desazón debía notarse desde fuera, porque Oliver le puso una mano en el hombro, que temblaba ligeramente.

— Lo siento. Espero que todo saliera bien contigo al final— le dijo el muchacho.

— Bueno, ha salido mejor de lo que esperaba— dijo Percy; el orgullo empezaba a inflarse dentro de él— Tienes ante ti al asistente personal del Ministro.

Oliver se quedó boquiabierto.

— ¿Asis… asistente de…? ¿En serio? ¡Vaya… enhorabuena, Perce!... Debes estar muy contento… —parecía incómodo y cambió de tema— ¿Y qué dice Penélope? ¿Cómo está ella? No la he vuelto a ver desde…

Entonces, por la expresión de Percy, pareció darse cuenta de que estaba hablando demasiado.

— Ah… Entonces, aquella discusión en el tren… Al final rompisteis en serio… Por eso no os vi nunca juntos en los Mundiales, supongo… Vaya, yo… Lo siento. ¿Qué ocurrió?

Percy no lograba apartar la voz desdeñosa de la chica de su cabeza.

¡Pues quédate con tu estúpido Ministerio, Percy Weasley! ¡Se acabó!

— Digamos que seguíamos caminos diferentes…

Oliver torció el gesto.

— Sí, eso ya lo veo…

Percy empezó a sentirse incómodo; una extraña sensación de desconfianza, como la que había sentido en su casa ante la mirada de su padre al darles la noticia de su ascenso, empezó a colarse en sus entrañas.

— ¿Qué quieres decir?

Oliver miró alrededor y bajó la voz.

— Perce, eso del ministro… ¿No te parece… no sé… muy pronto? ¿No es un poco raro?

— ¡Ooooh, esto es estupendo! —exclamó Percy con sarcasmo— ¿También mis amigos están en mi contra?

— Percy, no te pongas paranoico —le dijo Oliver sin alzar la voz, mirando alrededor; algunos curiosos les miraban de reojo—. Sabes perfectamente que no quiero decir eso…

— Sé perfectamente lo que quieres decir, Oliver —dijo Percy sin hacer esfuerzo alguno por bajar la voz, con lo que la gente ya les miraba ante la incomodidad de Oliver—. Nadie es capaz de entender lo importante que es esto para mí...

— Pues claro que lo entendemos, Percy, por todos los cielos —dijo Oliver, empezando a perder la paciencia— Es solo que… Tan de repente… y asistente del Ministro, nada menos… ¿No te ha parecido un poco raro, cuando todo eso que ocurrió con el señor Crouch… quiero decir, tú estabas a su lado, y…?

— ¿Acaso no crees que esté capacitado? —exclamó Percy fuera de sí— ¡Estupendo! Primero mi familia y ahora…

— Percy, no me refiero a…—calló de repente, como dándose cuenta de algo— ¿A qué te refieres con primero tu familia? ¿Os habéis peleado?

— ¡Os demostraré a todos que estáis equivocados!—continuó Percy, haciendo oídos sordos— ¡Yo me lo he trabajado, he llegado hasta aquí esforzándome, por eso confían en mí en el Ministerio! Y ni mi familia ni mis amigos van a impedírmelo.

Oliver entornó los ojos.

— Eres un imbécil.

Percy le mantuvo la mirada y no dijo nada; intentó disimular con un altivo movimiento de su cabeza. Oliver empezó a alejarse de él, dispuesto a marcharse.

— Mucha suerte. Si es lo que quieres, que te vaya bien —le dijo bruscamente.

Percy se quedó allí parado, viendo como se alejaba el que había sido su mejor amigo en Hogwarts. Vio que se reunía con una chica que salía de la librería y reconoció a su novia, Courtney, otra ex compañera del colegio; intentó ir hasta Percy con una enorme sonrisa, pero Oliver meneó la cabeza y se la llevó de allí. Apretando los puños con rabia, el chico pelirrojo emprendió el camino de vuelta.

No le importaba que sus amigos tampoco le apoyaran, claro que no le importaba. Después de todo, tenía todo lo que quería.

Tras volver al Caldero Chorreante y tomar un almuerzo suave (la conversación con Oliver le había puesto el estómago del revés), se puso a buscar piso en los anuncios de El Profeta. Tras descartar una casa adosada con ciertos problemas de ratas (aunque domesticadas y nada agresivas, decía el anuncio) y una fábrica abandonada convertida en una preciosa casa victoriana con el inconveniente de que olía siempre a café, finalmente dio con algo que parecía interesante.

Había oído hablar de ese edificio; era una comunidad exclusivamente de magos. Creía estar seguro de que lo que los muggles veían desde fuera era un viejo y destartalado edificio, plagado de antenas de televisión oxidadas, donde se refugiaban por las noches los indigentes. Nada que, según su cerrada forma de ver las cosas, debiera preocuparles, por tanto. Pero en realidad, a ojos de los magos, era un edificio muy bonito, advirtió una hora más tarde cuando se plantó delante de él. Era de un agradable color vainilla suave; las ventanas, numerosas, relucían en tonos azulados y verdes, como vidrieras.

Era perfecto, al menos por el momento. Con un poco de suerte, empezaría allí su nueva vida.

Llamó a la puerta y salió una señora bajita, de pelo fino y grisáceo, con una gran y amable sonrisa dibujada en el rostro.

— Buenos días, señor, soy la señora Spenser, la propietaria. ¿En qué puedo ayudarle?

— Buenos días, señora Spenser —saludó el muchacho—. Me llamo Percy Weasley. Verá, necesito alquilar un apartamento y he leído su anuncio en El Profeta. Buscaba un buen lugar por esta zona… Trabajo en el Ministerio, ¿sabe? —dijo, no sin cierto orgullo— Y este sitio me viene muy bien, pues como sabe, el Ministerio se encuentra por esta zona, concretamente detrás de…

— El Ministerio, ¿eh? —interrumpió la mujer, mirándolo de arriba a abajo— Veré qué puedo hacer…

Y le dio con la puerta en las narices. Percy, lamentando la falta de educación de la gente, pensó por un instante que mejor iba buscando otro sitio cuando la puerta volvió a abrirse y la mujer apareció al otro lado, con una sonrisa extrañamente amable dibujada en su rostro.

— Tengo el apartamento ideal para usted.

— ¡Ah, estupendo! —dijo Percy alegremente, siguiéndola hasta la recepción, pulcramente decorada con un par de sillones y una mesa de café—. ¿Podría alguien encargarse de mi equipaje? Lo he hechizado para que llegue dentro de un… —le interrumpió un ruido sordo tras ellos, en el vestíbulo de la entrada— Oh, ahí está.

La casera dibujó una sonrisa que, más que amable, le pareció un tanto espeluznante.

— Oh, cuánto lo siento… —dijo con una compasión que a Percy no le sonó muy convincente—. No puedo, hoy estoy sola.

Percy frunció levemente el ceño. Le pareció ver a alguien esconderse al fondo del pasillo, pero no dijo nada. De repente ya no estaba tan cómodo en aquel lugar. La señora Spenser siguió con su tan amable como falsa cantinela.

—Lo llevaría yo, pero padezco de lumbago y mi varita se ha roto, no puedo hacer ningún hechizo para aligerarlo...

Sin añadir nada más, Percy le dio las buenas tardes y lo hizo él mismo; por suerte con un buen hechizo aligeró el baúl lo suficiente.Leyó en la llave que le había dado que su apartamento estaba en el último piso, al final del pasillo; preveía un lugar bastante tranquilo, por lo tanto, aunque de todas maneras el edificio estaba hechizado para que no se oyeran los ruidos del tráfico muggle allá abajo, en la calle.

Al entrar al pasillo para subir las escaleras (la casera le dijo que el ascensor estaba roto, aunque le había parecido ver entrar a alguien; ella le dijo que era el del mantenimiento), advirtió que en la pared, a ambos lados, había varios carteles y fotografías. Reparó en una fotografía enmarcada de Albus Dumbledore; su penetrante mirada le hizo sentir incómodo y apartó la vista, topándose de repente con una fotografía del Ministro. Alguien había pintado un enorme bigote a una del señor Fudge, que parecía enormemente molesto, y había escrito debajo "Idiota del Siglo". Una fotografía de Harry Potter que parpadeaba con aire confundido estaba justo en la pared de enfrente; parecía formar parte de una especie de panfleto. Debajo habían escrito "Quien-nosotros-sabemos ha vuelto, ¿cuándo vamos a darnos cuenta? YO CREO A HARRY POTTER"

Asqueado, empezó a entender a qué se debía tanta "simpatía" por parte de la casera. Meneó la cabeza con reprobación, lamentando lo inocente y manipulable que era la gente. Si supieran la verdad… Le hubiera encantado intercambiar ideas políticas con la gente que llevaba aquel lugar, pero algo le decía que no era buena idea si no quería encontrarse alguna desagradable sorpresa en su piso, y eso en el mejor de los casos…

Sin más incidentes, afortunadamente, llegó a su apartamento. Tras recuperar el aliento y dar un rápido vistazo a la estancia, se dispuso a deshacer el equipaje.

En el fondo del baúl encontró sus insignias de Prefecto y de Premio Anual, relucientes como siempre. Las iba a colocar en el lugar más visible, pero entonces cayó en que Fred y George adoraban quitárselas y escondérselas, para encontrarlas él luego con alguna burrada grabada en ellas, hasta que los gritos de su madre les convencían de que las dejaran como estaban...

Estaba a punto de ponerlas en lugar seguro cuando recordó que ellos no estaban allí. Qué extraño era todo de repente.

Un golpeteo le sacó de sus pensamientos. Venía de su habitación, justo de una vieja cajonera que previamente había llenado de ropa, aunque uno de los cajones estaba atascado...

Entonces lo entendió todo. ¿Había un boggart? ¿Había un maldito boggart en la cajonera? ¿Qué clase de apartamento le habían dado?

Entonces recordó los pósters y las fotografías. No había que ser demasiado listo para intuir lo que estaba pasando.

Genial, había caído de lleno en el club de fans de Harry Potter y Albus Dumbledore.

No tenía ningunas ganas de intercambiar opiniones con la casera sobre la importancia de entregar apartamentos en buenas condiciones, así que se decidió a acabar con aquello él mismo. Se arremangó la túnica y se plantó delante de la cajonera. En Hogwarts les habían enseñado a luchar contra ellos; no había nada más fácil. Había logrado convertir el suyo, la profesora McGonagall arrancándole el emblema de Prefecto delante de todos sus compañeros, en su hermano Fred gritando "¡JA, JA; te lo has creído!" con las ropas y sombrero de la profesora (más tarde, aquello le había hecho reír hasta las lágrimas).

Preparándose para esperar algo del mismo estilo, se arremangó y cogió la varita. Por un instante creyó que el boggart había adoptado su propia forma; parpadeó y se dio cuenta de que estaba equivocado.

No era él. Era su padre.

Sabía que no era real, pero el odio que había en su mirada parecía penetrar en lo más profundo de su ser.

Dejad que se vaya…

Percy, desconcertado, se quedó paralizado un instante. ¿Por qué se le había aparecido aquella visión? Si a su familia ya no le importaba, y por tanto, a él tampoco…

¿Estás seguro de eso, Percy? De nuevo, la voz de sus hermanos.

La palabra riddíkulo no salió de su garganta; en su lugar, profirió una especie de gruñido. El señor Weasley le señalaba con un dedo amenazador.

Tú ya no eres mi hijo, eres una deshonra para nosotros…

— ¡No me importa! ¡NO ME IMPORTA! ¡Riddikulo…!

Con un crujido, el boggart cambió. El ministro le miraba desde lo que a él le parecieron metros y metros de altura; había un gesto de desprecio en su rostro…

¡RIDDÍKULO!

El boggart volvió a la cajonera con un estruendo.

Percy se dejó caer en la cama, con la respiración agitada. Las fuerzas le habían abandonado de repente. Se ocuparía mejor de ese boggart en otro momento. Después de todo, viviendo durante dieciséis años con sus hermanos gemelos, estaba más que acostumbrado a los ruidos molestos. Amargamente, pensó que al menos le haría algo de compañía.

Sintiéndose muy estúpido, se dirigió al escritorio. Había pensado en adelantar algo de trabajo pendiente; le relajaría un poco. Pero las palabras se le mezclaban apenas echó un primer vistazo a los pergaminos. Apenas iba a lograr concentrarse, así que decidió dar un paseo para coger algo de aire. Se arregló un poco y se puso una chaqueta (no quería llamar la atención de los muggles) para protegerse del aire fresco del atardecer. Al abrir la puerta, dio un respingo; la casera le miraba con su misma sonrisa socarrona, que esta vez que le dio escalofríos.

— ¿Está todo a gusto del señor? —preguntó con cierto deje burlón, dejando escapar una risilla; miró hacia adentro con gesto teatral—Me ha parecido oír gritos…

Percy la acompañó riendo sarcásticamente. Supuso que lo mejor era seguirle el juego.

— Francamente, señora Spenser, no puedo quejarme… —dijo, colocándose mejor las gafas— La cama parece cómoda, la despensa muy espaciosa y el estudio es francamente perfecto para lo que necesito, pero verá, en la cajonera hay…

— Que tenga un buen día —le interrumpió la casera alegremente, y le cerró la puerta en las narices.

Percy oyó risitas ahogadas a medida que se alejaba. Ya no tenía ganas de salir.

NOTA:

Aunque este fanfic es algo independiente de mis otros fanfics inspirados en Hogwarts, he de contar con algunos personajes de ellos a los que les he cogido demasiado cariño para dejarlos fuera: es el caso de Courtney O'Connor, personaje que aparece en la historia de Anabel y que pertenece a mi mano derecha en cuanto a fanfiction: mi prima Pri. Otros irán surgiendo a medida que avance esta historia de Percy y su nueva vida.

Gracias por leerme.