Gracias viviana y gloriacor por sus comentarios =D éste capítulo no es tan interesante, pero después se pone mejor
La historia es de Erich Segal y los personajes de Jane Austen.
Fitzwilliam Darcy IV Último curso
Nacido en Ipswich, Mass. Phillips Exeter
Edad: 20 años 1'78 m. 83 kilos.
Materia: Estudio Sociales
Cuadro de Honor: 1961, 1962, 1963
All-Yvy Primer Equipo: 1962, 1963
Carrera proyectada: Derecho
En aquellos momentos, Lizzy ya habría leído mi ficha en el programa. Me aseguré por partida triple de que el manager hiciera llegar un programa a sus manos.
¡Válgame Dios, Darcy! ¿Es tu primera conquista?
Cierra el pico, o te tragarás los dientes.
Durante el precalentamiento, ya en la pista de hielo, no la saludé con la mano (¡vaya cursilería!) ni siquiera miré hacia donde ella estaba. Y sin embargo, sospecho que Lizzy creyó que la miraba. Supongo que no se quitó las gafas durante el himno nacional por respeto a la bandera, digo yo.
Hacia la mitad de la segunda parte, estábamos ganando al Darthmouth por 0 a 0. Es decir, Davey Johnston y yo estábamos a punto de perforar sus redes. Los malditos Verdes lo intuyeron y empezaron a jugar duro, con la esperanza de rompernos un par de huesos antes de que los dejáramos para el arrastre. Sus hinchas ya empezaban a chillar exigiendo sangre. Y en hockey eso significa literalmente sangre, o, de lo contrario, un tanto. Por aquello de noblesse oblige, jamás les he negado ninguna de las dos cosas.
Al Redding, el centro del Darthmouth, cargó a través de la delantera azul, y yo me lancé contra él, le arrebaté el tejo y corrí hacia su puerta. Los hinchas rugían. Vi a Davey Johnston a mi izquierda, pero decidí realizar la jugada yo solo, puesto que el guardameta era un tipo cobarde a quien yo ya había metido el miedo en el cuerpo cuando jugaba con el Deerfield. Antes de que pudiera lanzar un gol, los dos defensas contrarios se arrojaron contra mí, y tuve que patinar por detrás de la puerta para no perder el tejo. Allí andábamos los tres, pegando fuertes a los maderos y unos a otros. En las agarradas de esa clase siempre adopto la táctica de zurrar con fuerza a cualquier cosa que luzca los colores contrarios. Por aquí, debajo de nuestros patines, andaba sin duda el tejo, pero por el momento los tres nos dedicábamos a zurrarnos de lo lindo.
El árbitro tocó el silbato.
- ¡Eh, tú, dos minutos de suspensión!
Miré hacia él. Me señalaba a mí. ¿A mí? Pero, ¿qué había hecho yo para merecer un castigo?
- ¡Hombre, árbitro, ¿qué he hecho yo?
Bueno, el tipo no estaba para diálogos. Gritó en dirección a los de la mesa de control: Número siete, dos minutos sin cesar de agitar los brazos señalándome a mí.
Me hice un poco el remolón, como es de rigor. El público siempre espera una protesta, por más clara que sea la falta. El árbitro me echó de la pista, gesticulando. Hirviendo en cólera, patine hacia la jaula de los castigos. Mientras subía a la tarima, entre los golpes de mis patines contra los maderos, oí los ladridos de los altavoces:
- Castigo, Darcy de Harvard. Dos minutos. Suspensión.
La multitud aulló; varios fanáticos del Harvard pusieron en duda la visión y la honradez de los árbitros. Yo me senté, y procuré concentrarme en recobrar el aliento, sin atreverme a mirar hacia la pista, donde el Darthmouth nos aventajaba en número.
- ¿Por qué te quedas ahí sentado mientras todos tus amigos están jugando?
Era la voz de Lizzy. Ignorándola, empecé a animar a mis compañeros.
- ¡Adelante, Harvard, a por el tejo!
- ¿Qué fue lo que hiciste mal?
Me volví hacia ella y le respondí. Al fin y al cabo yo la había invitado.
- Me pasé de la raya.
Y volví a mirar cómo mis compañeros de equipo intentaban anular los decididos esfuerzos de Al Redding por marcar.
- ¿Y es una falta grave?
- Lizzy, por favor, estoy intentando concentrarme
- ¿En qué?
- ¡En cómo voy a pasar por la piedra a ese cerdo de Al Redding!
Miré de nuevo hacia la pista, para apoyar moralmente a los míos.
- ¿Eres un jugador sucio?
Mis ojos estaban clavados en la meta, en nuestra portería, que en aquel momento era un hervidero de cerdos Verdes. Ardía en deseos de saltar de nuevo a la pista. Jenny insistió.
- ¿Serías capaz de pasarme a mí por la piedra?
Le respondí sin volverme.
- Eso es lo que voy a hacer si no cierras el pico.
- Me voy. Adiós.
Cuando me volví, Lizzy ya había desaparecido. Al tiempo que me levantaba para buscarla con la mirada entre el público, me dijeron que mi suspensión de dos minutos había tocado a su fin. Salté la barrera, y al hielo otra vez.
La multitud celebró con vítores mi reincorporación. Con Darcy en el extremo, seguro que ganaremos. Donde quiera que se hubiese escondido, sin duda Lizzy oiría el entusiasmo que suscitaba mi reaparición, así que, ¿qué me importaba dónde estuviera?
¿Dónde está Lizzy?
Al Redding disparó un tiro mortal, que nuestro guardameta desvió hacia Gene Kennaway, quien lanzó el tejo en dirección a mí. Mientras corría en pos del tejo, creí que me sobraba una décima de segundo para echar una ojeada a las gradas en busca de Lizzy, y así lo hice. Y la vi. Allí estaba.
Inmediatamente después me encontré sentado en el santo suelo.
Dos cochinos Verdes me habían embestido, me encontraba de culo en el hielo, y me sentía - ¿Válgame Dios! -–abrumado de bochorno. ¡Darcy derribado! Oía a los hinchas del Harvard gimiendo por mí, mientras resbalaba, intentando levantarme, y a los hinchas del Darthmouth, sedientos de sangre, coreando:
- ¡Dadle, dadle, dadle!
¿Qué pensaría Lizzy?
El Darthmouth volvió a lanzar el tejo hacia nuestra puerta, y nuevamente nuestro guardameta lo rechazó. Kennaway la pasó a Johnston, quien lo lanzó hacia mí. (Al fin me había levantado de nuevo.) La multitud estaba que ardía. Aquello tenía que ser un tanto. Agarré el tejo y me arrojé como un rayó contra la línea azul del Darthmouth. Dos defensas enemigos se lanzaban contra mí.
- ¡Vamos, William, vamos! ¡Hazles papilla!
Oí la voz aguda de Lizzy por encima del rugido de la multitud. Un grito exquisitamente violento. Le hice un quiebro a uno de los defensas, choqué con el otro con tal violencia que quedó sin aliento y entonces –en lugar de disparar en posición falsa- pasé el tejo a Davey Johnston, que había aparecido a mi derecha. Y Davey lo incrustó en la red. ¡Tanto para el Harvard!
Un instante después nos abrazábamos y besábamos. Yo y Davey Johnston y todos los muchachos. Venga abrazarnos y besarnos y darnos palmadas y saltar como cabras (sobre patines). La multitud chillaba. Y el tipo del Dathmouth seguía de culo en el hielo. Los hinchas arrojaban los programas a la pista.
El Darthmouth se desmoronó; se le quebró el espinazo. (Bueno, es una metáfora: el defensa se levantó cuando hubo recobrado el aliento). Los dejamos para el cubo de la basura: 7 a 0.
Dejé que todo mi cuerpo, agradablemente dolorido, se deslizara bajo el remolino de agua, cerré los ojos, y me quedé allí sentado, con el agua caliente hasta el cuello. Ahhhhh.
¡Santo Dios! Lizzy estaría esperándome fuera. Bueno, así lo esperaba. ¡Todavía! ¡Dios santo! ¿Cuánto rato me había demorado en aquel baño placentero mientras ella esperaba fuera, en el frío de Cambridge? Me vestí batiendo una nueva marca de velocidad. Cuando empuje la puerta principal de Dillon para salir, apenas me había secado.
El aire frío me abofeteó. Dios, cómo helaba. Y qué oscuro estaba ya. Había todavía un pequeño grupo de hinchas. La mayoría ex veteranos del hockey, licenciados que, espiritualmente, aún no se habían despojado de las defensas. Muchachos como el viejo Jordan Jencks, que asistía a todos los partidos, en casa o en campo contrario. ¡Cómo se las componía? Quiero decir que Jencks es un banquero importante. ¿Y por qué lo hacía?
- Vaya revolcón te dieron, William.
- Sí, mister Jencks, ya sabe cómo las gastan esos tipos.
Yo miraba en torno, buscando a Lizzy. ¿Se habría marchado? ¿Habría regresado sola a Radcliffe, y a pie?
- ¿Lizzy?
Me aparté tres o cuatro pasos de los admiradores, buscando desesperadamente, de pronto Lizzy asomó detrás de unas matas, la cara tapada con un pañuelo de cuello, de modo que sólo se le veían los ojos.
- Eh, Preppie, hace un frío de mil diablos ahí fuera.
¡Cuánto me alegró verla!
- ¡Lizzy!
Como por instinto, la besé ligeramente en la frente.
- ¿Acaso te di permiso? – dijo Lizzy
- ¡Cómo?
- Si te di permiso para besarme.
- Perdona. Perdí la cabeza.
- Pues yo no.
Estábamos prácticamente solos allí, y estaba oscuro, y hacía frío y era muy tarde. Volví a besarla. Pero no en la frente, y no ligeramente. La cosa duró lo suyo. Cuando dejamos de besarnos, Lizzy seguía agarrada a mis mangas.
- No me gusta nada –dijo.
- ¿Cómo?
- Que no me gusta el hecho de que me guste.
Mientras regresábamos, a pie (tengo coche, pero ella prefirió andar), Lizzy continuó cogida a mi manga. No a mi brazo sino a mi manga. No me pidaís que lo explique. Ante la puerta de Briggs Hall, no la besé ara despedirme.
- Oye, liz, a lo mejor paso unos meses sin llamarte.
Lizzy guardó silencio unos instantes. Muy pocos. Finalmente preguntó:
- ¿Por qué?
- Aunque a lo mejor te llamo en cuanto llegue a mi cuarto.
Me volví y eché a andar, alejándome.
- ¡Cerdo! – la oí mascullar.
Me volví en redondo y marqué un tanto a la distancia de seis metros.
- Ya lo ves, Lizzy: pegas bien, pero no sabes encajar.
Me ubiese gustado ver la expresión de su rostro, pero la estrategia me prohibía volverme otra vez.
Mi compañero de habitación, Charles Bingley, estaba jugando al póquer con dos muchachos del equipo de fútbol cuando yo entré en el cuarto.
- Hola, bestias.
Respondieron con gruñidos apropiados.
- ¿Cómo te fue esta noche, Will? – preguntó Charles
- Un pase y un tanto- dije.
- Con la Bennet
- A ti qué te importa – contesté.
- ¿Quién es esa? –pregunto uno de los muchachos.
- Lizzy Bennet –respondió Charles-. Esa que anda loca por la música.
- La conozco –dijo el otro-. Es una estrecha, la niña.
Hice caso omiso de aquellos cerdos groseros y encallecidos, y desenredando el hilo del teléfono, me dispuse a llevarme el aparato a mi dormitorio.
- Toca el piano en la Sociedad Bach – dijo Bingley
- ¿Y con Darcy, qué toca?
- ¡Vete a saber!
Gruñidos, ronquidos, resoplidos. Los bestias se reían.
- Señores –les comuniqué, haciendo mutis-. ¡A la miera!
Cerré la puerta, ahogado otra oleada de ruidos infrahumanos, me quité los zapatos, me eché en la cama y marqué el número de Lizzy.
Hablamos en susurro:
- Oye, liz…
- Dime
- Liz… ¿qué dirías si te dijera…?
Vacilé. Lizzy esperaba.
- Creo… creo que me he enamorado de ti.
Se hizo una pausa. Después Lizzy contesto, en voz muy baja:
- Diría… que así reventaras.
Y colgó.
No me sentí desdichado. Ni sorprendido.
Pronto se viene más cercanía entre la pareja, espero sus comentarios...
