Lizzy está telefoneando, abajo.

La información me fue facilitada por la chica de recepción, a pesar de que no me identifiqué ni dije a qué había ido a Briggs Hall aquel lunes por la tarde. Inmediatamente llegué a la conclusión de que el dato resultaba halagüeño para mí. Era evidente que la chica de recepción leía el Crimson y sabía quién era yo. Bueno, eso era corriente. Pero lo importante era el hecho de que Lizzy hubiese explicado que salía conmigo.

-Gracias –dije-. La esperaré aquí.

-Qué lástima lo de Cornell. El Crimson dice que fueron cuatro los que te atacaron.

-Sí. Y el castigo me lo impusieron a . Cinco minutos.

-Sí.

La diferencia entre un amigo y un hincha es que con uno de estos últimos pronto se acaba el tema de conversación.

-¿No ha terminado todavía Lizzy?

La chica consultó la centralita.

-No –dijo.

¿Con quién podía estar hablando Lizzy que fuese digno de usurpar unos momentos que debían estar consagrados a una cita conmigo? ¿Algún tipejo del ramo de la música? Yo no ignoraba que Martin Davidson, alumno del último curso de Adams House y director de la orquesta de la Sociedad Bach, se consideraba con derecho a las atenciones de Lizzy. No en sentido físico, desde luego; no creo que el muchacho sea capaz de mover otra cosa más que la batuta. Bueno, en todo caso, me dispuse a poner fin a aquella usurpación de mi tiempo.

-¿Dónde está la cabina telefónica?

-Ahí en la esquina.

La chica señaló en la dirección indicada.
Me dirigí, sin apresurarme, al vestíbulo. Desde lejos vi a Lizzy al teléfono. Había dejado abierta la puerta de la cabina. Me acerqué despacito, en plan de paseo, con la esperanza de que Lizzy me vería, vería mis vendajes, el lamentable estado en que había quedado, y ello la induciría a colgar el teléfono y a arrojarse corriendo en mis brazos. Al acercarme, pude captar algunos fragmentos de su conversación.

-Claro que sí. ¡Desde luego! Muchísimo. Sí, yo también, Ben. Yo también te quiero, Ben.

Me detuve bruscamente. ¿Con quién estaba hablando Lizzy. No podía ser Davidson: Davidson no se llama ben ni nada parecido. Tiempo atrás ya me había preocupado de buscar su ficha en nuestro Anuario: Martin Eugene Davidson, 70 Riverside Drive, Nueva York, Escuela Superior de Música y Arte. Su retrato sugería sensibilidad, inteligencia y unos veinticinco kilos menos que yo. Pero, ¿por qué preocuparme por Davidson? Estaba claro que Elizabeth Bennet nos engañaba, a él y a mí, con un tipo a quien en aquel preciso instante (¡Qué falta de decoro!) estaba enviando besitos por teléfono.
No había pasado más de cuarenta y ocho horas alejado de ella, y algún cerdo llamado Ben se había deslizado en la cama de Lizzy (no podía ser de otro modo).

-Sí, Ben, yo también te quiero mucho. Adiós.

Al tiempo que colgaba, Lizzy me vio, y sin el más ligero rubor me sonrió y me mandó un beso con la punta de los dedos. ¿Cómo podía ser tan falsa?

Lizzy me besó levemente en la mejilla sana.

-Oh, estás horrible.

-Estoy herido, Liz.

-Espero que el otro estará mucho más horrible todavía.

-Desde luego. Muchísimo más. Es mi estilo: el otro siempre queda peor que yo.

Lo dije en tono amenazador, como dando a entender que eliminaría a puñetazos a cualquier rival que osara deslizarse en la cama de Lizzy mientras yo me hallaba ausente de su lado… y evidentemente de su corazón. Lizzy se agarró a mi manga, y echamos a andar hacia la puerta.

-Buenas noches, Lizzy –dijo la recepcionista.

-Buenas noches, Sara –respondió Lizzy.

Una vez en la calle, a punto de subir a mi MG, oxigené mis pulmones con una bocanada de aire nocturno, y formulé la pregunta en un tono tan indiferente como me fue posible adoptar.

-Oye, Liz…

-Dime.

-Eh… ¿quién es Ben?

Mientras subía al coche, Lizzy respondió, con la mayor naturalidad:

-Mi padre.

No estaba dispuesto a tragarme el cuento.

-¿Y a tu padre lo llamas Ben?

-¡Claro! Así se llama. ¿Cómo le llamas tú al tuyo?

Lizzy me había contado, en otra ocasión, que la había criado su padre, una especie de panadero o pastelero de Cranston, Rhode Island. Cuando era muy niña todavía, su madre había muerto en un accidente de automóvil. Me contó todo esto para explicarme por qué no tenía carnet de conducir. Su padre, que por lo demás era "un bueno muchacho a carta cabal" (palabras textuales de Lizzy), se mostraba increíblemente supersticioso en cuanto a permitir a su única hija conducir automóviles. La cosa resultó sumamente fastidiosa para ella durante sus últimos cursos de la escuela superior, cuando estudiaba piano con un tipo de Providence. Aunque pudo aprovechar los largos trayectos en autobús para tragarse todo Proust.

-¿Cómo le llamas tú al tuyo? –volvió a preguntarme.

Yo andaba tan obsesionado que no había captado la pregunta.

-¿A mi qué?

-¿Qué término empleas para referirte a tu progenitor?

Le contesté con el término que siempre había deseado emplear.

-Cachobestia.

-¿Se lo dices a la cara? –preguntó Lizzy.

-Nunca le veo la cara.

-¿Acaso usa máscara?

-En cierto modo sí. De piedra. De piedra maciza.

-Vamos, hombre… Con lo orgulloso que estará de ti, sin duda. Eres un gran atleta de Harvard.

La miré. Sospecho que Lizzy no lo sabía todo, al fin y al cabo.

-También lo fue él, Lizzy.

-¿Más importante que un extremo del All-Yvy?

Me encantó ver cómo se enorgullecía de mis títulos atléticos. Lástima tener que rebajarme a mí mismo contándole los de mi padre.

-Papá se dedicaba al remo. Participó en los Juegos Olímpicos de 1928.

-¡Caramba! –Dijo Lizzy-. ¿Y ganó?

-No –contesté.

Apuesto a que Lizzy sospechó que el hecho de que mi padre llegara sexto a la final me servía de algún consuelo.
Se produjo un breve silencio. Tal vez ahora Lizzy comprendería que ser Fitzwilliam Darcy IV no significaba tan sólo apechugar con el edificio de piedra gris de Harvard Yard. Entrañaba también una especie de intimidación muscular. Quiero decir que la sombra de los triunfos atléticos se cierne sobre uno. Sobre mí, quiero decir.

-Pero, ¿y qué hace tu padre para que le califiques de cachobestia? –preguntó Lizzy.

-Abusa de mí –contesté.

-¿Cómo, cómo?

-Que abusa de mí –repetí.

Lizzy dilató los ojos, asombrada.

-¿Te refieres a algo así como un incesto? –preguntó.

-No me atribuyas tus propios problemas familiares, Liz. Me basta y me sobre con los míos.

-Entonces, ¿qué quieres decir, William? –preguntó-. ¿En qué sentido abusa de ti?

-Obligándome a hacer "lo que está bien" –dije.

-¿Y qué hay de malo en "lo que está bien"? –preguntó Lizzy, recreándose en la aparente paradoja.

Le conté cuánto odiaba el hecho de verme "programado" dentro de la Tradición Darcy, cosa que ya hubiese debido intuir al ver cómo me crispaba cuando me veía obligado a mencionar el número de orden detrás de mi nombre. Y no me divertía la obligación de exhibir un número x de logros en cada curso.

-Desde luego –dijo Lizzy, sarcásticamente-, ya me he fijado que te fastidia mucho sacar sobresaliente y ser del All-Yvy…

-¡Lo que me fastidia es que mi padre no espera menos de mí!

El solo hecho de formular con palabras lo que siempre había sentido (sin haberlo dicho jamás a nadie) me produjo una sensación de incomodidad terrible, pero al punto a que habíamos llegado no tenía más remedio que hacérselo comprender todo a Lizzy.

-¡Y se muestra tan frío e indiferente cuando logro mis éxitos! Quiero decir que los da por descontados.

-Es un hombre muy atareado, hazte cargo. Creo que dirige varios bancos y cosas por el estilo, ¿no?

-¡Por Dios, Lizzy! ¿De qué bando eres?

-¿Acaso se trata de una guerra? -Preguntó.

-Exactamente –contesté.

-No seas ridículo, William.

Lizzy parecía incapaz de dejarse convencer, sinceramente incapaz.
Intenté exponerle un ejemplo de lo que yo quería decir: la ridícula no-conversación con mi padre después del partido de Cornell. La impresionó ciertamente. Pero al revés de como debía, maldita sea.

-No me digas que hizo todo el viaje hasta Ithaca para ver un asqueroso partido de hockey.

Intenté explicarle que en mi padre no había más que pura forma, sin contenido alguno. Lizzy seguía obsesionada por el hecho de que mi padre hubiese realizado un viaje tan largo para presenciar un acontecimiento deportivo tan (relativamente) trivial.

-Bueno, Lizzy, ¿vamos a dejarlo?

-Gracias a Dios que te veo obsesionado con tu padre –contestó-. Eso quiere decir que no eres perfecto.

-Oye, ¿acaso lo eres?

-¡Qué va, Preppie! Si lo fuera no saldría contigo.

A vueltas con lo de siempre, una vez más.