Me gustaría decir algo acerca de nuestras relaciones físicas.
Durante un período de tiempo curiosamente prolongado no las hubo, en absoluto. Quiero decir que no hubo nada entre nosotros aparte los besos que ya he mencionado (y que recuerdo todavía con el mayor detalle, sin olvidar uno solo). Por mi parte, no era ciertamente mi proceder habitual, puesto que soy más impulsivo, impaciente y partidario de la acción. Si alguien le contara a cualquiera de una docena de chicas de Tower Court, Wellesley, que Fitzwilliam Darcy IV estuvo saliendo con una señorita diariamente durante tres semanas sin irse a la cama con ella, sin duda se echaría a reír y sentiría graves dudas acerca de la feminidad de la muchacha en cuestión. Pero, desde luego, la verdad fue muy otra.
La verdad fue que yo no sabía qué hacer .
No se me vaya a interpretar mal, ni se tome la cosa al pie de la letra. Yo conocía perfectamente los movimientos a realizar. Pero no me veía con ánimo para realizarlos. Eso era todo. Lizzy era tan inteligente que yo temía que se echara a reír ante lo que yo había considerado tradicionalmente como el suave estilo romántico (e irresistible) de Fitzwilliam Darcy IV. Sí, temía que me rechazara. Y también temía que me aceptara, pero no por las buenas razones. Lo que estoy luchando por decir es que en el caso de Elizabeth yo sentía algo diferente, y no sabía qupe decir, ni siquiera a quién consultar mi caso. ("Debiste contármelo a mí" me dijo ella, más tarde.) Sólo sabía que sentía lo que sentía. Por ella. Por toda ella.
-Te van a catear, William.
Estábamos los dos en mi habitación, un domingo por la tarde, estudiando.
-William, te van a catear si te limitas a quedarte ahí sentado mirando cómo estudio yo.
-No estoy mirando cómo estudias. Estoy estudiando.
-Un cuerno. Me estás mirando las piernas.
-Sólo de vez en cuando. Cada capítulo.
-Ese libro tiene unos capítulos muy cortos.
-Oye, gatita narcisista, que no estás tan buena como para eso.
-Ya lo sé. Pero, ¿qué culpa tengo yo si para ti lo estoy?
Arrojé mi libro y crucé la estancia hasta llegar a ella.
-Lizzy, por el amor de Dios, ¿cómo puedo estudiar a John Stuart Mill si no paso un solo segundo sin morirme de ganas de hacer el amor contigo?.
Lizzy levanto las cejas y arrugó la frente.
-Oh, William, por favor…
Me senté en el suelo, junto a su silla. Lizzy volvió a fijar los ojos en el libro.
-Lizzy…
Cerró el libro suavemente, lo dejó de lado, y apoyó ambas manos en mis hombros.
-William… por favor.
Todo ocurrió inmediatamente. Todo.
Nuestro primer encuentro físico fue el polo opuesto de nuestro primer encuentro verbal. Todo se produjo sin prisas, suavemente, dulcemente. Nunca había adivinado que aquélla era la auténtica Lizzy: la suave, cuyo contacto era tan leve y adorable. Pero lo que me sorprendió de veras fue mi propia reacción. Estuve suave, estuve tierno. Yo. Yo. ¿Era aquél el auténtico Fitzwilliam Darcy IV?
Como ya he dicho, jamás hasta entonces había visto a Lizzy con un solo botón del jersey desabrochado más allá de lo correcto. Me sorprendió un tanto descubrir que llevaba una minúscula cruz de oro colgando de una cadena, de esas continuas, sin cierre. O sea que mientras nos hicimos el amor siguió llevándola puesta. En un momento de reposo de aquella maravillosa tarde, en uno de esos instantes en que todo y nada tiene importancia, toqué la crucecita y pregunté a Lizzy qué diría su director espiritual si supiera que estábamos juntos en la cama y todo lo demás. Lizzy contestó que no tenía director espiritual.
-¿Así que no eres una buena chica católica? –pregunté.
-Bueno, soy una chica –dijo Lizzy-. Y soy buena.
Me miró esperando confirmación, y yo sonreí. Lizzy correspondió a mi sonrisa.
-Total: dos de tres.
Le pregunté entonces por qué llevaba la cruz, y soldada, nada menos, y Lizzy me contó que había sido de su madre, de modo que no la llevaba por motivos religiosos sino sentimentales. La conversación volvió a versar sobre nosotros, sobre los dos.
-Oye, William: ¿te he dicho que te quiero? –me preguntó Lizzy.
-No, Liz.
-Entonces, ¿Por qué no me lo has preguntado nunca?
-Porque me daba miedo, francamente.
-Pregúntamelo ahora.
-¿Me quieres, Lizzy?
Me miró, y no para rehuir la respuesta que yo esperaba, ciertamente, me preguntó a su vez:
-¿A ti qué te parece?
-Que sí, digo yo, tal vez.
La besé en el cuello.
-William…
-Dime…
-No es que te quiera…
¡Santo Dios, con qué saldría ahora!
-Es que te adoro, William.
Este cap es muy tierno, espero les esté gustando el fic, saludos, dejen sus comentarios =D
