Quiero mucho a Charles Bingley.
Tal vez no sea un genio ni un gran jugador de fútbol (un poco lento en los remates), pero siempre fue un buen compañero de cuarto y un amigo leal. Lo que sufrió el pobre imbécil durante la mayor parte de nuestro último curso. ¿A dónde se iría a estudiar cuando veía la corbata atada en el tirador de la puerta de nuestra habitación (la señal tradicional que advertía: "acción en el interior")? Desde luego, no es que estudiara mucho, pero alguna vez tuvo que hacerlo sin duda. ¿A dónde se iría a dormir las noches de los sábados en que Lizzy y yo decidíamos saltarnos a la torera el reglamento interno y quedarnos juntos? Seguramente se vería obligado a pordiosear cobijo –el diván de los vecinos, etc.-, suponiendo que éstos no tuvieran su plan. Menos mal que la temporada de fútbol ya había terminado. Y yo hubiese hecho lo mismo por él.
¿Y cuál era la recompensa de Charles? En otros tiempos yo había compartido con él los menores detalles de mis hazañas amorosas. Ahora no sólo debía ver cómo yo le negaba esos derechos inalienables del compañero de cuarto, sino que jamás me solté el pelo, y nunca quise reconocer ante él que Lizzy y yo éramos amantes. Me limitaba a avisarle cuándo necesitaría el cuarto, y adelante con las hachas. Si Bingley quería sacar sus propias conclusiones, allá él.

-Pero bueno, por todos los dioses, Darcy, ¿lo hacéis o no? –me preguntaba.

-Charles, si te consideras amigo mío te ruego que no me lo preguntes.

-Pero, por todos los dioses, Darcy, las tardes, los viernes por la noche, los sábados por la noche… Por todos los dioses, seguro que lo hacéis.

-Entonces, ¿por qué te tomas la molestia de preguntármelo, Charles?

-Porque esto es morboso.

-¿A qué te refieres?

-A la situación en conjunto, Will. Quiero decir que antes no eras así. Me refiero a eso de no confiarle ni un solo detalle al bueno de Charles. Quiero decir que no es justo, vamos. Es morboso. Por todos los dioses, ¿qué puede hacer esa muchacha, para que se tan diferente?

-Mira, Charles, cuando se trata del verdadero amor…

-¿Amor?

-No me digas que es una palabra soez.

-¿A tu edad? ¿Amor? Válgame Dios, muchacho, temo lo peor, compadre.

-¿Por qué? ¿Por mi salud mental?

-Por tu soltería. Por tu libertad. ¡Por tu vida! Pobre Charles. Y lo decía en serio.

-Temes perder a tu compañero de cuarto, ¿no es eso?

-Un cuerno, en realidad he ganado uno más, con la de tiempo que la chica se pasa aquí.

Yo me estaba vistiendo para ir a un concierto, así que el diálogo no podía prolongarse mucho más.

-No te preocupes, Charles. Tendremos nuestro apartamentito en Nueva York. Chicas diferentes cada noche. Nuestros planes no variarán.

-No me digas que no me preocupe, Darcy. Esa chica te ha podido.

-Sigo manteniendo el control –contesté-. Tú tranquilo.

Me ajusté el lazo de la corbata y me acerqué a la puerta. Bingley no parecía muy convencido.

-Oye, Will.

-¿Qué hay?

-Lo hacéis, ¿verdad? ¿Verdad que sí?

-¡Por todos los dioses, Bingley!

No iba al concierto con Lizzy; iba a escucharla a ella. La Sociedad Bach debía interpretar el Quinto Concierto de Branderburgo en Dunster House, y Lizzy se encargaba del solo de clavicémbalo. La había oído tocar muchas veces, desde luego, pero nunca dentro de un conjunto ni en público. Santo Dios, me sentí orgulloso de ella. Y cómo. No cometió ni un solo error, que yo supiera.

-Eres grande de verdad. Eres increíble –le dije, después del concierto.

-Esto demuestra lo que entiendes tú de música, Preppie.

-Lo necesario.

Estábamos en el patio del Dunster. Era una de esas tardes de abril en que parece como si la primavera esté a punto de lograr por fin instalarse en Cambridge. Los colegas de Lizzy andaban por allí cerca, entre ellos Martin Davidson (quien no cesaba de arrojar contra mí visibles bombas de odio) de modo que no podía ponerme a discutir sobre técnica musical con ella.
Cruzamos el Memorial Drive para dar un paseo por la orilla del río.

-Toca de pies en el suelo, Darcy, por favor. Toco correctamente. Pero no soy estupenda. Ni siquiera "All-Yvy". Simplemente correcta. ¿O.K.?

¿Cómo discutir con ella cuando se empeñaba en rebajarse?

-O.K. tocas correctamente. Sólo quise decir que no debes dejarlo.

-¿Y quién dijo que pienso dejarlo? ¿Acaso no voy a estudiar con Nadia Boulanger?

¿Qué demonios inventaba, así de pronto? Por la manera como cerró el pico inmediatamente comprendí que se le había escapado la noticia.

-¿Con quién? –pregunté.

-Con Nadia Boulanger. Una famosa profesora de música. En París.

Dijo estas dos últimas palabras muy deprisa, como de pasada.

-¿En París? –pregunté yo, muy despacio.

-Acepta muy pocos discípulos americanos. Tuve suerte. Y conseguí una buena beca, además.

-Elizabeth… ¿Vas a marcharte a París?

-No he estado nunca en Europa. Estoy deseando conocer aquello.

La agarré por los hombros. Tal vez estuve demasiado brusco, no lo sé.

-Oye… ¿desde cuándo tenías esos planes?

Por primera vez en la vida, Lizzy fue incapaz de mirarme a los ojos.

-Will, no seas tonto –dijo-. Es inevitable.

-¿Qué es lo que es inevitable?

-Terminamos el curso y cada uno sigue su camino. Tú ingresarás a la escuela de Derecho…

-Un momento… ¿Qué estás diciendo?

Ahora sí, ahora me miró a los ojos. Y había tristeza en su rostro.

-Will, tú eres un preppie millonario. Socialmente, yo soy un cero a la izquierda.

Yo seguía agarrándola por los hombros.

-¿Y eso qué demonios tiene que ver con seguir caminos separados? Ahora estamos juntos, y somos felices.

-Will, no seas tonto –repitió Lizzy-. Harvard es como el calcetín de Santa Claus. En él cabe todo, aun lo más disparatado. Pero pasada la Navidad, te echan… - Jenny vaciló- …y cada uno debe volver a lo suyo.

-¿Quieres decir que piensas marcharte a freír buñuelos en Cranston, Rhode Island?

Yo hablaba a impulsos de mi desesperación.

-Pasteles –dijo Lizzy-. Y no te burles de mi padre.

-No me abandones, Lizzy. Por favor.

-¿Y mi beca? ¡Y París, donde no he estado en toda mi condenada vida?

-¿Y nuestra boda?

Fui yo quien pronunció estas palabras, aunque por espacio de una décima de segundo me pareció increíble haberlo hecho.

-¿Quién habló de boda?

-Yo. Estoy hablando en este mismo momento.

-¿Quieres casarte conmigo?

-Sí.

Lizzy ladeó la cabeza; y, sin sonreír en absoluto, se limitó a preguntar:

-¿Por qué?

La miré a los ojos, fijamente.

-Porque sí .dije.

-Oh –dijo Lizzy-. Es una razón excelente.

Me cogió del brazo (no de la manga, esta vez) y echamos a andar por la orilla del río. Realmente no había más que decir.