Ipswich, Mass, se encuentra a unos cuarenta minutos del puente Mystic River. Depende del tiempo y de la manera de conducir. Yo he llegado a hacerlo en veintinueve minutos. Cierto distinguido banquero de Boston asegura haberlo hecho en menos tiempo aún; pero cuando se barajan tiempos inferiores a los treinta minutos entre el puente y la casa de los Darcy resulta difícil distinguir las realidades de las fantasías. Por mi parte considero los veintinueve minutos como el límite absoluto. Porque, vamos, no es posible saltarse las señales de tráfico en la Carretera 1, digo yo.
-Conduces como un loco –dijo Lizzy.
-Estamos en Boston –contesté-. Aquí todo el mundo conduce como un loco.
En aquel momento acabábamos de detenernos ante un semáforo rojo en la Carretera 1.
-Nos vas a matar antes de que tus padres puedan asesinarnos
-Oye, Lizzy, mis padres son gente estupenda.
Cambió la luz. A los diez segundos, mi "MG" ya estaba en los cien por hora.
-¿También el cachobestia? –preguntó Lizzy.
-¿Quién?
-Fitzwilliam Darcy III.
-Bah, es un buen muchacho. Apuesto a que te gustará.
-¿Cómo lo sabes?
-A todo el mundo le gusta –contesté.
-¿Y por qué a ti no?
-Porque le gusta a todo el mundo –dije.
¿Por qué llevaba a presentarla a mis padres, en el fondo? Quiero decir ¿de veras necesitaba yo la bendición del Viejo Cara de Piedra, o lo que fuese? En parte, la llevaba porque Lizzy quería conocerles ("Así es como debe hacerse, William") y en parte por el simple hecho de que Fitzwilliam III era mi banquero en el sentido más literal de la palabra: pagaba mis condenados estudios.
Tenía que ser un domingo, a la hora de la cena, ¿no? Quiero decir que así es comme il faut, ¿verdad? En domingo, cuando todos los piojosos domingueros obstruían la Carretera 1 y me cortaban el paso. dejé la autopista para tomar la variante de Groton Street, una carretera cuyas curvas yo había tomado a grandes velocidades desde mis trece años.
-Por aquí no hay casas –dijo Lizzy-. No hay más que árboles.
-Las casas están detrás de los árboles.
Corriendo por Groton Street hay que andar muy alerta para no pasar de largo de tu propia casa, en efecto, aquella tarde se me pasó por alto el desvió. Trecientos metros más abajo frené bruscamente.
-¿Dónde estamos? –preguntó Lizzy.
-Pasamos de largo –murmuré, entre unos cuantos tacos.
¿Hubo algo simbólico en el hecho de que tuve que retroceder en marcha atrás unos trescientos metros hasta la entrada de nuestra finca? En todo caso, una vez en tierras de los Darcy empecé a conducir lentamente. Hay cerca de un kilómetro desde Groton Street hasta la Dover House propiamente dicha. Sospecho que el paraje resulta impresionante la primera vez que uno lo ve.
-Carajo –dijo Lizzy.
-¿Qué pasa, Lizzy?
-Frena, William. En serio. Para ya.
Detuve el coche. Lizzy estaba temblando.
-Caramba, no creí que fuera así.
-¿Cómo?
-Tan señorial. Quiero decir que apuesto a que tenéis siervos en la finca.
De buena gana la hubiese acariciado, pero tenía las palmas húmedas (cosa extraordinaria en mí), así que me limité a tranquilizarla verbalmente.
-Vamos, Liz. Será un suspiro.
Condujimos el resto del trayecto en silencio, aparcamos y nos acercamos a la puerta principal. Mientras esperábamos que acudieran a nuestra llamada, Lizzy sucumbió al pánico el último minuto.
-Huyamos –dijo.
-Vamos, Lizzy, a la lucha –dije yo.
Sospecho que ni ella ni yo bromeábamos.
Nos abrió la puerta Florence, una fiel y antigua sirvienta de la familia Darcy.
-¡Oh, el señorito William! –dijo, saludándome.
Santo Dios, ¡cómo me fastidiaba que me llamen así! Detesto esa distinción entre yo y el Viejo Cara de Piedra, que me rebaja implícitamente.
Florence nos comunicó que mis padres nos esperaban en la biblioteca. Lizzy quedose pasmada al ver los retratos por delante de los cuales pasamos. No sólo por el hecho de que algunos eran obra de John Singer Sargent (en especial el de Fitzwilliam Darcy II, que algunas veces ha sido exhibido en el Museo de Boston) sino al comprender, de pronto, que no todos mis antepasados se habían llamado Darcy.
-Santo Dios –dijo Lizzy-. Veo aquí colgados la mitad de los edificios de Harvard.
-Pura basura –dije yo.
-No sabía que estuvieras emparentado también con la Sewall Boat House –dijo Lizzy.
-Sí. Procedo de una larga estirpe de madera y piedra.
Al final de la larga hilera de retratos, muy poco antes de llegar a la puerta de la biblioteca, hay una vitrina. Una vitrina con trofeos. Trofeos de atletismo.
-Son maravillosos –dijo Lizzy-. Son los primeros que veo que parecen de veras de oro y de plata.
-Lo son.
-Santo Dios. ¿Tuyos?
-No. Suyos.
Consta indiscutiblemente en los archivos que Fitzwilliam Darcy III no obtuvo medalla en los juegos Olímpicos de Amsterdan. Pero no es menos cierto que logró importantes triunfos en remo en otras varias ocasiones. Varios. Muchos. La reluciente prueba de ello se hallaba en aquel momento ante los deslumbrados ojos de Elizabeth.
-No dan trofeos de esa clase en los campeonatos de bolos de Cranston.
Creo que entonces quiso lanzarme una pulla.
-¿Y tú, tienes también trofeos, William?
-Sí.
-¿En una vitrina?
-En mi habitación. Debajo de la cama.
Me lanzó una de sus mejores miradas-de-Lizzy y susurró:
-Luego subiremos a verlos, ¿verdad?
Antes de que yo pudiera contestar o siquiera calibrar las verdades intenciones de Lizzy al sugerir una incursión en mi dormitorio, alguien nos interrumpió.
-¡Ah!, hola, muchachos.
¡Cachobestia! ¡Era el cachobestia!
-Hola, papá. Te presento q Elizabeth…
-Hola, qué tal…
Papá le estrechaba ya la mano y se la sacudía antes de que yo pudiera terminar la presentación. Observé que no lucía ninguno de sus Vestidos de Banquero. En modo alguno; Fitzwilliam III se había endosado una chaqueta deportiva de cachemira, de fantasía. Y en su rostro habitualmente pétreo aparecía una insidiosa sonrisa.
-Venid a saludar a mistress Darcy.
-Mi esposa Anne… Elizabeth…
Papá ya había usurpado las funciones de presentador.
-Bennet –agregué, puesto que el Viejo Cara de Piedra ignoraba su apellido.
Mamá y Lizzy se estrecharon la mano, y tras del habitual intercambio de trivialidades del cual jamás se pasaba en mi casa, tomamos asiento. Todos callábamos. Procuré adivinar lo que estaba ocurriendo. Sin duda mamá le tomaba las medidas a Elizabeth, examinando su atuendo (nada bohemio, aquella noche), su actitud, su comportamiento, su acento. En ese aspecto, el Acento de Cranston persistía aun en los momentos de máxima cortesía. Tal vez Lizzy, por su parte, estuviera también tomándole las medidas a mi madre. Según dicen, las chicas suelen hacerlo. Se supone que ese examen les revela muchas cosas acerca de los muchachos con quienes van a casarse. Quizá le tomara también el pulso a Fitzwilliam III. ¿Se daría cuenta de que era más alto que yo? ¿Le gustaría su chaqueta de cachemira?
Fitzwilliam III, desde luego, concentraba sus disparos sobre mí, como de costumbre.
-¿Qué tal marcha todo, hijo?
Para tratarse de un erudito de Rhodes, es un pésimo conversador.
-Estupendamente, papá. Estupendamente.
Mamá se dirigió a Elizabeth:
-¿Habéis tenido buen viaje?
-Oh, sí –contestó Lizzy-, bueno y rápido.
-William es un conductor rápido –intervino el Viejo Cara de Piedra.
-No tanto como tú, papá –repliqué.
¿Qué podía decir el hombre?
-Bueno… sí. Supongo que no tanto.
Apostaría cualquier cosa a que no, papá.
Mamá, que siempre lo apoya decididamente, en cualquier circunstancia, pasó a un tema de interés más general: música o arte, creo recordar. La verdad es que no entendí demasiado, de pronto, me encontré con una taza de té en la mano.
-Gracias –dije; y agregué-: Tendremos que marcharnos pronto.
-¿Cómo? –dijo Lizzy.
Por lo visto los tres estaban hablando de Puccini o algo por el estilo, y mi observación fue considerada un tanto desplazada. Mamá me miró (cosa excepcional).
-Pero, ¿no habéis venido a cenar?
-Es que… no podemos quedarnos –dije.
-Claro que sí –dijo Lizzy, casi al mismo tiempo.
-Tengo que estar de vuelta –dije a Liz, con afán.
Lizzy me miró como diciendo: "¿Qué diablos estás diciendo?" Entonces el Viejo Cara de Piedra dictó sentencia:
-Os quedáis a cenar. Es una orden.
La falsa sonrisa que apareció en su rostro no le quitaba un ápice de rigor a la orden. Y yo no aceptaba esa clase de imposiciones ni siquiera de un finalista olímpico.
-No podemos, papá –repliqué.
-Tenemos que quedarnos, William –dijo Lizzy.
-¿Por qué? –pregunté.
-Porque estoy hambrienta –dijo.
Nos sentamos a la mesa, en cumplimiento de los deseos de Fitzwilliam III. Papá inclinó la cabeza. Mamá y Lizzy lo imitaron. Yo ladeé ligeramente la mía.
-Bendice este alimento en provecho nuestro y para tu servicio, y ayúdanos a pensar siempre en las necesidades y el bien de los demás. Te lo pedimos en nombre de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo. Amén.
¡Jesús, me sentí mortificado! ¿No podía haber dejado de lado la piedad, por una vez? ¿Qué pensaría Lizzy? Santo Dios, era como volver a la Edad Media.
-Amén –dijo mamá (y también Lizzy, en voz muy baja).
-¡Al ataque! –dije yo, en plan chistoso.
A nadie le hizo gracia el chiste, al parecer. Y menos que a nadie a Lizzy. Desvió de mí su mirada. Fitzwilliam III, en cambio, me lanzó una ojeada.
-Por cierto que me gustaría verte lanzarte al ataque de vez en cuando, William.
No comimos en silencio total gracias a la notable capacidad de mi madre para sostener conversaciones insubstanciales.
-¿Así que tu familia es de Cranston, Lizzy.
-Casi toda. Mi madre era de Fall River.
-Los Darcy tienen fábricas en Fall River –observó Fitzwilliam III.
-Donde han explotado a los pobres durante generaciones –agrego Fitzwilliam IV.
-En el siglo XIX –agregó Fitzwilliam III.
Mi madre sonrió, al oírle; era evidente que se alegraba por el hecho de que su William hubiese ganado el set. Pero no habíamos terminado.
-¿Y cómo andan esos planes para automatizar las fábricas? –repliqué, devolviendo la pelota.
Se produjo una breve pausa. Yo esperaba una réplica fulminante.
-¿Y si tomáramos el café? –dijo Anne Darcy.
Pasamos a la biblioteca, donde debía desarrollarse el último y decisivo asalto. Lizzy y yo teníamos clases al día siguiente, el Viejo sus bancos y demás, y sin duda mamá tendría planeada alguna actividad benéfica para las primeras horas de la mañana.
-¿Azúcar, William? –preguntó mamá.
-William toma siempre azúcar, querida mía –dijo mi padre.
-Esta noche no, gracias –dije-. Café solo, mamá.
Bueno, allí estábamos los cuatro, con nuestras tazas, sentados tan lindamente, sin absolutamente nada que decirnos. Así pues, busqué un tema de conversación.
-Dime, Elizabeth –pregunté-. ¿Qué opinas del Cuerpo de la Paz?
Lizzy me miró, frunciendo el ceño, y se negó a colaborar.
-Oh, ¿se lo dijiste, F.D.? –dijo mamá a mi padre.
-Aún no es el momento, mujer –dijo Fitzwilliam III, en un tono de falsa humildad que pregonaba: "Pregúntame, pregúntame." Así que tuve que hacerlo.
-¿De qué se trata, papá?
-Nada importante, hijo.
-No sé cómo puedes decir tal cosa –dijo mi madre, y se volvió hacía mí para anunciarme la buena nueva con toda la vehemencia (ya he dicho que estaba en favor de papá)-. Van a nombrar a tu padre director del Cuerpo de la Paz.
-Vaya.
También Lizzy dijo "Vaya", pero en un tono de voz muy diferente, un tono admirativo.
Mi padre fingíase turbado, y mi madre parecía esperar de mí que me inclinara en una reverencia ante mi padre o algo por el estilo. Bueno, no lo nombraban Secretario de Estado, digo yo.
-Mi enhorabuena, míster Darcy –dijo Lizzy, tomando la iniciativa.
-Eso es, la enhorabuena, papá.
Mamá ardía en deseos de comentar la noticia.
-Estoy segura de que será una experiencia maravillosa, en el plano educativo –dijo.
-Desde luego que sí, convino Lizzy.
-Sí –dije, sin demasiada convicción-. Eh… pásame el azúcar, por favor.
