-Bueno, Lizzy, al fin y al cabo no lo han nombrado Secretario de Estado.
Por fin corríamos de regreso hacia Cambridge, gracias a Dios.
-Aun así, William, pudiste mostraste un poco más entusiasmado.
-Le di la enhorabuena.
-Fue muy generoso de tu parte.
-¿Pues qué esperabas, por todos los dioses?
-Válgame Dios –respondió Lizzy-. En conjunto, me da asco, vamos.
-Y a mí –agregué.
Seguimos corriendo un largo trecho sin decir una sola palabra. Pero había algo que no marchaba, desde luego.
-¿Qué es, concretamente, lo que te da asco, Liz? –pregunté después de pensarlo mucho.
-La manera asquerosa como tratas a tu padre.
-¿Y qué me dices de la manera asquerosa como me trata él a mí?
Con mis palabras acababa de destapar la cazuela. Porque Lizzy se lanzó a una filípica en forma sobre el amor a los padres. Y dale de reprocharme mi falta de respeto.
-Tú venga a pincharle, y pincharle, y pincharle –dijo.
-Y él a mí, Liz. ¿O es que no te diste cuenta?
-Sospecho que nada te detendría con tal de fastidiar a tu padre.
-A Fitzwilliam Darcy III no hay manera de fastidiarle.
Siguió una breve pausa antes de que Lizzy replicara:
-Salvo casándose con Elizabeth Bennet…
Conservé la serenidad el tiempo justo para entrar en el aparcamiento de un restaurante marinero. Entonces me volví hacia Elizabeth hecho un basilisco.
-¿Eso es lo que piensas, entonces? –le pregunté.
-Creo que hay algo de ello –respondió Lizzy, sin perder la calma.
-Lizzy ¿es que no crees que te quiero? –chillé.
-Sí –contestó ella, con la misma serenidad-, pero en cierto modo harto curioso también te atrae mi condición social negativa.
No se me ocurrió otra cosa que decir más que "no". Lo dije varias veces y en varios tonos de voz. Bueno, me sentía tan profundamente trastornado que hasta consideré la posibilidad de que hubiera unos gramos de verdad en la horrible sugerencia de Lizzy.
Tampoco ella estaba muy en forma, no se crea.
-No puedo juzgarte, Willy. Sólo pienso que forma parte de ello. Quiero decir que me doy cuenta de que no sólo te amo a ti. También me atrae tu nombre. Y tu número de orden.
Apartó de mi los ojos, y pensé que se echaría a llorar. Pero no lo hizo; acabó de formular su pensamiento:
-Al fin y al cabo, todo ello forma parte de ti.
Permanecí en silencio unos instantes, contemplando un anuncio luminoso que parpadeaba anunciando: "Almejas y ostras." Lo que más me había enamorado de Lizzy era su capacidad para leer en mi interior, para comprender cosas sin que me fuera preciso formularlas en palabras. Y eso era lo que estaba haciendo ahora. Pero me resultaba muy duro enfrentarme con el hecho de que yo no era perfecto. Santo Dios, Lizzy ya se había enfrentado con mi imperfección y aun con la suya propia. ¡Santo Dios, cuán indigno me sentía!
No sabía qué diablos decirle.
-¿Te apetece una almeja o una ostra, Liz?
-¿Te apetece un puñetazo en las narices, Preppie?
-Sí –dije.
Lizzy cerró el puño y lo apoyó suavemente contra mi mejilla. Se lo besé, y cuando me disponía a abrazarla, me rechazó y ladró, como el individuo de los altavoces en las regatas:
-En marcha, Preppie. ¡Al volante, y a correr!
Así lo hice. Y tanto.
Básicamente, el cometario de mi padre se refirió a lo que él consideraba como un exceso de velocidad. Prisa. Precipitación. He olvidado sus palabras textuales, pero sí recuerdo que el tema de su sermón durante nuestro almuerzo en el Club Harvard versó primordialmente sobre mi velocidad excesiva. Empezó, en plan de precalentamiento, sugiriendo que yo no masticaba bastante lo que comía. Por mi parte, sugerí cortésmente que yo ya era mayorcito, y que ya no le correspondía corregir –ni siquiera comentar- mi forma de comportarme. El hombre manifestó que hasta los grandes conductores de la humanidad necesitan de las críticas constructivas de vez en cuando.
Como ya he dicho, estábamos comiendo en el Club Harvard de Boston (yo demasiado de prisa, en opinión de mi padre). Por consiguiente, nos hallábamos de pleno en su ambiente. Condiscípulos suyos, clientes, admiradores, etc. O sea que el montaje era perfecto, si jamás hubo alguno. Aguzando un poco el oído se podía oír a algunos de ellos murmurando: "Ahí va Fitzwilliam Darcy." O bien: "Es Darcy el gran atleta."
Y, sin embargo, no pasó de ser un asalto más en nuestra serie de no conversaciones. Con la diferencia de que la naturaleza no específica de nuestra charla resultaba deslumbradoramente conspicua.
-Papá, no me has dicho una sola palabra acerca de Elizabeth.
-¿Qué puedo decirte yo? Presentaste la cosa como un fait accompli, ¿no es cierto?
-Bueno, pero, ¿tú qué piensas, papá?
-Elizabeth me parece admirable. Y para una chica de su procedencia familiar, haberse abierto camino hasta Radcliffe…
El hombre quería escurrir el bulto a base de su potaje seudo igualitario y tal. Pura basura.
-¡Al grano, papá!
-El grano nada tiene que ver con esa señorita –dijo mi padre-, sino contigo.
-¿Sí? –dije yo.
-Con tu rebelión –prosiguió mi padre-. Porque por tu parte se trata de eso, de una rebelión.
-Papá, no es cierto a ver cómo el hecho de casarse con una alumna de Radcliffe, linda e inteligente, puede constituir una rebelión. Quiero decir que no es precisamente una de esas hippies…
-Ni eso ni otras muchas cosas.
Estábamos llegando. Las malditas diferencias.
-¿Qué es lo que más te fastidia, papá? ¿Qué sea católica o que sea pobre?
Mi padre contestó, en una especie de murmullo, inclinándose ligeramente hacia mí.
-Y a ti ¿qué es lo que más te atrae?
Me dieron ganas de levantarme y dejarle solo. Y se lo dije.
-No te muevas de ahí, y habla como un hombre –dijo.
¿Cómo un hombre en lugar de como qué? ¿Cómo un chiquillo? ¿Cómo una niña? ¿Cómo un ratón? En cualquier caso, no me moví.
El cachobestia extrajo una satisfacción enorme del hecho de que yo permaneciera sentado. Quiero decir que me di perfecta cuenta de que lo consideraba como una de sus numerosas victorias sobre mí.
-Por mi parte, sólo me permito rogarte que esperes un poco –dijo Fitzwilliam Darcy III.
-¿Quieres definir ese "poco", si no te importa?
-Termina la carrera de derecho. Si eso vuestro es serio, resistirá la prueba de la espera.
-Es serio, lo es, pero, ¿por qué demonios tendría que someterlo a una prueba arbitraria como esa?
Creo que lo que yo quería decir estaba claro. Me enfrentaba con él. Con su arbitrariedad. Con su instinto de dominar y controlar mi vida.
-William –papá iniciaba un nuevo asalto-. Todavía eres menor…
-¿Menor de qué?
-No has cumplido los veintiún años. Legalmente no eres todavía un adulto.
-¡A la mierda tus legalismos, maldita sea!
Tal vez algunos de los comensales de las mesas vecinas alcanzaron a oír mis palabras. Como para contrarrestar mis voces destempladas, Fitzwilliam III me lanzó las siguientes palabras en un murmullo entre dientes:
-Cásate con ella ahora, y ni la hora te daré.
Que lo oyera todo el mundo: ¿qué importaba?
-Papá, el caso es que no la sabes, la hora en que estamos viviendo.
Salí de su vida, y empecé la mía.
