Míster W. Thompson, segundo decano de la Escuela de Derecho de Harvard, no podía dar crédito a sus oídos.

-¿Le he entendido bien, míster Darcy?

-Sí, señor decano.

No me había resultado fácil decírselo la primera vez. Ni me lo resulto más repetírselo.

-Necesito una beca para el próximo curso, señor decano.

¿De veras?

-Por eso he venido a visitarle. Usted preside la Ayuda Económica, ¿no es cierto, señor Thompson?

-Sí, pero me parece muy raro. Su padre…

-Mi padre ya no tiene nada que ver en ello, señor.

-¿Cómo?

El decano Thompson se quitó las gafas y empezó a limpiarse los cristales con la corbata.

-Entre mi padre y yo se ha producido una especie de ruptura.

El decano volvió a ponerse las gafas, y me miro con esa especie de expresión inexpresiva que solo un decano puede llegar a dominar a la perfección.

-Es muy lamentable, míster Darcy –dijo.

"¿Para quién?", estuve a punto de decir, el tipejo empezaba a cargarme.

-Sí, señor decano -dije-. Muy lamentable. Pero por eso he venido a verle a usted, señor. Me caso el mes que viene. Durante el verano trabajaremos los dos. Luego, Lizzy, es decir, mi mujer, trabajara como profesora en una escuela partícular. Nos bastara para vivir, pero no para sufragar mis estudios. Su escuela resulta muy cara, señor Thompson.

-Eh… muy cierto –contesto.

Pero nada más. ¿Acaso aquel tipo no captaba la onda? ¿Para que creía entonces que había ido a verle?

-Señor decano, necesito una beca –dije, sin rodeos, y por tercera vez-. Estoy sin blanca, y ya he sido admitido en la escuela.

-Oh, sí –dijo míster Thompson; e inmediatamente se refugió en el reglamento-. Pero el plazo para la solicitud de ayudas económicas quedo cerrado hace ya muchos días.

¿Qué quería, el muy cerdo? ¿Los detalles morbosos, acaso? ¿Quería un escándalo? ¿O qué?

-Señor decano, cuando solicité mi ingreso yo ignoraba lo que debía ocurrir.

-Lo comprendo, míster Darcy, pero debo decirle que considero que nuestra institución no debe intervenir en modo alguno en una discordia familiar. Y tan lamentable, por cierto.

-Perfectamente, señor decano –dije, levantándome-. Comprendo a lo que va usted. Pero aun así no estoy dispuesto a besarle el trasero a mi padre para que consiga usted un Darcy Hall para su Escuela de Derecho.

Cuando di media vuelta para retirarme, pude oír como el decano Thompson murmuraba:

-Eso no es justo.

Desde luego. Completamente de acuerdo.