A Elizabeth le entregaron el titulo el miércoles. Toda clase de parientes procedentes de Cranston, Fall River –y hasta una tía de Cleveland- acudieron en masa a Cambridge para asistir a la ceremonia. Por previo acuerdo, no fui presentado como novio suyo, y Lizzy no lució el anillo de prometida; así nadie se sentiría ofendido (prematuramente) por el hecho de perderse nuestra boda.
-Tía Clara, te presento a mi amigo William –decía Lizzy, sin olvidarse ni una sola vez de añadir-: El todavía no es licenciado.
Hubo gran cantidad de codazos, de susurros y hasta franca especulación, pero los parientes no lograron arrancar ni la menor información de ninguno de los dos… ni de Ben, quien sospecho no deseaba otra cosa que evitar tener que hablar de aquellos amores entre ateos.
El jueves logré equipararme académicamente con Lizzy al recibir mi título de Harvard, como el suyo, magna cum laude. Además, en mi calidad de delegado de curso tuve que conducir a los nuevos licenciados a sus asientos. Ello implicaba que me tocaba preceder hasta a los primeras serie, a los súper-súper-cerebros. A punto estuve de ceder la tentación de decir a aquellos tipos que mi presencia como jefe de todos ellos demostraba el acierto de mi teoría según la cual una hora en la Dillon Field House valía lo que dos en la biblioteca Widener. Pero me reprimí. ¡Felicidad para todo el mundo en tal día!
No tengo idea de si Fitzwilliam Darcy III estuvo presente. En la mañana de la distribución de títulos, se apretujaban en el patio de Harvard más de diecisiete mil personas. Y, desde luego, no me dedique a escudriñar entre las filas con unos prismáticos. Como es lógico, cedi a Ben y Lizzy los dos asientos que me correspondian para mis padres. Claro que, en su calidad de ex alumno, el Viejo Cara de Piedra podía entrar y sentarse con la Promoción del 26. Aunque, ¿Por qué debería haberlo hecho? Quiero decir teniendo en cuanta que los bancos estaban abiertos aquel día.
La boda se celebró el domingo. Si no invitamos a los parientes de Lizzy fue, sinceramente, porque temimos que nuestra omisión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo resultase demasiado penosa para tan fieles católicos. La ceremonia tuvo lugar en la Phillips Brooks House, un viejo edificio del lado norte del Patio de Harvard. La presidio Timothy Blauvelt, el capellán unitario de la Universidad. Naturalmente, Charles Bingley estuvo presente. Lizzy invito a una amiga de Briggs Hall y- tal vez por motivos sentimentales- a su larguirucha colega del mostrador de los libros de reserva. Y, desde luego, a Ben.
Puse a Ben en manos de Charles Bingley. Lo hice con la intención de que no se sintiera demasiado violento. Y no es que Bingley se mostrara muy sereno. Los dos permanecieron de pie con una expresión de profunda incomodidad, y cada uno de ellos confirmo con su ominoso silencio el prejuicio que su compañero sentía acerca de aquella "boda estilo sírvase usted mismo" (según la expresión de Ben) que debía resultar, según las predicciones de Bingley, "un increíble espectáculo de horror". ¡Y todo ello por el solo hecho de que Lizzy y yo íbamos a dirigirnos uno a otro la palabra, directamente!
Aquellas primavera habíamos presenciado una ceremonia semejante cuando Marya Randall, una de las amigas de Lizzy, música como ella, se había casado con un estudiante de diseño llamado Eric Levenson. Fue una ceremonia realmente hermosa, que nos convenció por completo.
-¿Están dispuestos? –nos preguntó míster Blauvelt.
-Sí –dije yo, por los dos.
-Amigos –dijo míster Blauvelt dirigiéndose a los demás-, hemos venido para asistir a la unión de dos vidas en matrimonio. Escucharemos las palabras que ellos mismos han querido leer en esta ocasión sagrada.
Primero la novia. Lizzy, de pie ante mí, recito el poema que había elegido:
Cuando nuestras dos almas se yerguen,
erectas y fuertes, frente a frente, en silencio,
atrayéndose cada vez más, hasta que las alas tendidas se inflaman…
Por el rabillo del ojo vi a Ben, pálido, boquiabierto, con los ojos dilatados por el estupor y la adoración al mismo tiempo. Escuchamos de labios de Lizzy el final del soneto, que era en cierto modo una plegaria en busca de
un lugar donde permanecer y amar todo un
día, con las tinieblas y la hora de la muerte
rondando en torno.
Luego me tocó a mí. No me había sido nada fácil encontrar un fragmento poético que pudiera leer sin sonrojarme. Quiero decir que no me veía con fuerzas para levantarme en público y empezar a soltar melosidades. Que no, vamos. Pero un fragmento de la canción del camino abierto, de Walt Whitman, aunque un poco breve, lo decía todo para mí:
…¡La mano te doy!
Te doy mi amor más precioso que el dinero;
a mí mismo te doy, antes que los sermones y
las leyes;
y tú, ¿quieres darte a mí?, ¿quieres viajar
conmigo?
¿permaneceremos unidos, siempre, mientras
vivamos?
Termine, y se hizo en la sala un silencio maravilloso. Entonces Charles Bingley me paso el anillo, y Lizzy y yo recitamos personalmente los votos matrimoniales, comprometiéndonos uno para con otro, desde aquel día, a amarnos y querernos hasta que la muerte nos separara.
Por la autoridad que le había sido conferida por el Commonwealth de Massachusetts, míster Blauvelt nos declaró entonces marido y mujer.
Pensándolo bien, nuestra "fiestecita de después del partido" (como la llamo Bingley) resulto de una falta de ostentosidad ostentosa. Lizzy y yo habíamos rechazado decididamente el champaña tradicional, y como éramos tan pocos que cabíamos perfectamente en los dos bancos de un rincón de taberna, fuimos a beber cerveza a la de Cronin. Recuerdo que el propio Jim Cronin en persona nos invitó a una ronda, en homenaje al "jugador de hockey de Harvard más grande desde los tiempos de los hermanos Cleary".
-¡Un cuerno! –protesto Ben, pegando un puñetazo en la mesa-. William es más grande que todos los cleary juntos.
Supongo que Ben (que en su vida había presenciado un partido de hockey) quiso decir que por más perfecto que fuese el juego de Bobby o de Billy Cleary, ninguno de los dos había logrado casarse con su adorable hija. Bueno, la verdad es que estábamos todos un tanto achispados y eso fue solo una excusa para achisparnos más aún.
Permití que Ben pagara la nota, decisión que más tarde me valió uno de los raros cumplidos de Lizzy sobre mi intuición ("Todavía puedes llegar a convertirte en un ser humano, Preppie"). La cosa se puso un poco tierna cuando llego el momento de acompañar a Ben al autobús. Quiero decir que hubo ojos empañados y tal. Los de Ben, los de Lizzy, y tal vez también los míos; yo solo recuerdo que fue un momento líquido.
En todo caso, después de echarnos toda suerte de bendiciones, el hombre subió al autobús, y esperamos y le saludamos agitando la mano hasta que se perdió de vista. Fue entonces cuando la terrorífica verdad empezó a imponérseme.
-¡Lizzy, estamos legalmente casados!
-Sí, ahora ya puedo comportarme como una perra.
