Si cabe describir con una sola palabra nuestra vida cotidiana durante aquellos tres primeros años de matrimonio, esa palabra es "escatimar". Mientras estábamos despiertos nos consagrábamos a estudiar la manera de reunir la pasta suficiente para hacer lo que debíamos. Por regla general llegábamos justamente a cubrir gastos. Y conste que la cosa nada tenia de romántica. ¿Quién no recuerdo la famosa estrofa de Omar Khayyam, me refiero al libro de versos bajo la rama en flor, la rebanada de pan, el jarro de vino, etcétera? Sustitúyase el libro de poesía por Scott on Trust y se vera como esa poética visión choca con mi idílica existencia. ¿Qué, el paraíso? Un pepino. Lo único que podía pensar yo era cuanto me costaría el libro (¿no podría comprarlo de lance?), y dónde nos fiarían (si alguien nos lo fiaba) el famoso pan y el famoso vino. Y en como reunir la pasta para liquidar nuestras deudas.
En semejantes circunstancias la vida cambia. Aun la mas simple decisión debe ser examinada por la vigilante comisión presupuestaria que lleva uno en la mente.
"Oye, William, vamos a ver Becket esta noche."
"Que son tres pavos, Lizzy."
"¿Qué quieres decir?"
"Quiero decir pavo y medio por ti y pavo y medio por mí."
"Bueno, ¿y eso que quiere decir? ¿Qué si o que no?"
"Ninguna de las dos cosas. Quiere decir eso: tres pavos."
Pasamos la luna de miel en un yate con veintiún chiquillos. Es decir, yo gobernaba un Rhodes de once metros desde las siete de la mañana hasta que mis pasajeros se hartaban, y Lizzy, por su parte actuaba de monitora de los críos. Ello ocurría en un paraje llamado el Pequod Boat Club de Dennis Port (no lejos de Hyannis), una especie de colonia con un hotel muy espacioso, un pequeño puerto y unas pocas docenas de casitas de alquiler. En uno de los bungalows mas pequeños he colocado una lapida imaginaria: " Aquí dormían William y Jenny… cuando no estaban haciéndose el amor". Creo que habla muy a favor de los dos el hecho de que, después de una larga jornada consagrada a mostrarnos amables con nuestros clientes -porque la mayor parte de nuestros ingresos procedían de sus propinas-, nos quedara cuerda, a Lizzy y a mí, para mostrarnos amables uno para con otro. Digo simplemente "amables" porque me falta vocabulario para describir lo que es amar a Elizabeth Bennet y ser amado por ella. Oh, perdón, quiero decir Elizabeth Darcy.
Antes de partir para el Cabo, encontramos un apartamento barato en North Cabridge. Yo lo llamaba North Cambridge, aunque, técnicamente, la dirección era Comerville, y la casa se hallaba, según la expresión de Elizabeth, "en período de destrucción". Originalmente había sido un edificio para dos familias, pero más tarde lo habían dividido en cuatro apartamentos, desmesuradamente caros a pesar de su "bajo" alquiler. Pero, ¿qué diablos pueden hacer una pareja de estudiantes recién casados? Es la ley de la oferta y la demanda.
- Oye, Will, ¿por qué crees tú que el Departamento de Incendios no ha declarado inhabitable esa barraca?
- Probablemente porque tienen miedo de entrar en ella para inspeccionarla -dije.
- Yo también.
- No lo tenias en junio -dije. (Este diálogo tuvo lugar con ocasión de nuestro regreso, en septiembre.)
- Entonces no estaba casada. Como mujer casada, considero este lugar peligroso a cualquier velocidad.
-En vista de lo cual, ¿qué piensas hacer?
- Decírselo a mi marido -contestó Lizzy-. Él lo solucionará
- Oye, que tu marido soy yo -dije.
-¿De veras? Demuéstramelo.
-¿Cómo - pregunté, al tiempo que me decía a mí mismo: "Bueno, supongo que no querrá que en plena calle…"
- Llévame en brazos para cruzar el umbral -dijo Lizzy.
- No me digas que crees en esas tonterías.
- Tú llévame, y lo decidiré luego. De acuerdo. La levanté en brazos y subí los cinco peldaños que conducían hasta el porche.
- ¿Por qué te detienes? -preguntó Lizzy.
- ¿No es éste el umbral?
- Ni hablar -dijo Lizzy.
- Veo nuestro nombre junto al timbre.
-Pero no es el umbral oficial, maldita sea. ¡Arriba, alfeñique!
Había veinticuatro peldaños hasta nuestro hogar "oficial", y a mitad de la ascensión tuve que detenerme para cobrar aliento.
- ¿Por qué pesas tanto? -le pregunté.
- ¿No se te ha ocurrido nunca pensar que puedo estar embarazada? -replicó Lizzy. Confieso que ello me ayudó a cobrar aliento.
- ¿Lo estás? -pude decir, al fin.
- ¡Ja, ja! ¿Qué susto, verdad?
- ¡Qué va!
- A mi no me lo pegas, Preppie.
Pues sí. Por un momento, quedé helado. La llevé hasta arriba.
Aquel fue uno de los pocos y preciosos momentos que puedo recordar en los cuales el verbo "escatimar" no tuvo en absoluto nada que ver.
Mi ilustre apellido nos permitió abrir una cuenta de crédito en un colmado donde de lo contrario habrían negado todo crédito a unos estudiantes. En cambio, nos perjudicó en un lugar donde menos lo esperábamos: en la Shady Lane School, donde Lizzy iba a trabajar de profesora.
-Desde luego, la Shady Lane no puede competir con los sueldos de las escuelas públicas -le dijo a mi mujer miss Anne Miller Whitman, la directora, a lo cual agregó que, de todos modos, a los Darcy no podía importarles mucho "aquel detalle".
Lizzy intentó desengañarla, pero lo único que logró, además de los tres mil quinientos al año que ya le había ofrecido la directora inicialmente, fueron dos minutos de "OH, OH, OH". A miss Whitman le parecieron muy ingeniosas las observaciones de Lizzy acerca del hecho de que los Darcy tenían que pagar alquiler como el resto de los mortales.
Cuando Lizzy me contó la escena, formulé unas cuantas sugerencias imaginativas acerca de lo que miss Whitman podía hacer con sus -OH, OH, OH- tres mil quinientos. Pero entonces Lizzy me preguntó si estaba dispuesto a renunciar a la escuela de Derecho y a mantenerla a ella mientras sacaba los títulos necesarios para poder enseñar en una escuela estatal. Consagré al asunto una profunda meditación de dos segundos de duración, y llegué a una conclusión tan exacta como sucinta:
- Mierda.
- Muy elocuente -dijo mi mujer.
- Pues, ¿qué se supone que debía decir, Lizzy? ¿"Oh, OH, OH"?
- No. Lo que debes hacer es procurar que te gusten los spaghetti.
Así lo hice. Aprendí a aficionarme a los spaghetti, y Lizzy aprendió todas las recetas imaginables para conseguir que la pasta se pareciera a cualquier otra cosa. De modo que con nuestras ganancias del verano, el sueldo de Lizzy, y el anticipo cobrado a cuenta del trabajo que me proponía realizar en la Oficina de Correos durante la afluencia de Navidades, todo marchaba. Bueno, nos perdíamos muchas películas (y ella muchos conciertos), pero las cuentas cuadraban, salíamos del paso.
Desde luego, este "salir" del paso era prácticamente nuestra única manera de "salir". porque lo cierto es que, en el aspecto social, nuestras vidas habían sufrido un cambio drástico. Seguíamos viviendo en Cambridge, de modo que, en teoría, Lizzy hubiese podido continuar frecuentando sus círculos musicales. Pero no había tiempo para ello. Llegaba de la escuela de Shady Lane exhausta, y todavía le tocaba preparar la cena (los restaurantes se hallaban fuera de nuestras posibilidades). En cuanto a mis amigos, fueron lo bastante delicados para dejarnos en paz. Quiero decir que no nos invitaban, para no obligarnos a corresponder, se comprende, ¿no?
Hasta del rugby prescindimos.
Como miembro del Varsity Club, yo tenía derecho a ocupar la mejor tribuna de la línea de los cincuenta metros. Pero la entrada costaba seis pavos, en total doce.
- Que no -argüía Lizzy-, que son seis. Puedes ir tú solo. Yo no entiendo jota de rugby, salvo que la gente chilla "A por ellos", que es lo que a ti te encanta, y por eso quiero que vayas, ¡Maldita sea!
- Ni hablar -contestaba yo, que al fin y al cabo era el marido y el cabeza de familia-. Además, más vale que aproveche el tiempo para estudiar.
Sin embargo, me pasaba las tardes de los sábados con el transistor pegado al oído, escuchando el rugido de los hinchas, quienes, aunque geográficamente no estaban ni a dos kilómetros de distancia, se hallaban para mí en otro mundo.
Hice uso de mis privilegios de miembro del Varsity Club para conseguir entradas para el partido de Yale en beneficio de Robbie Wald, un compañero de la Escuela de Derecho. Cuando Robbie, deshaciéndose en muestras de agradecimiento, se despidió de nosotros, Lizzy me rogó que le explicara una vez más quiénes tenían derecho a los asientos de la tribuna del Varsity Club, y, una vez más, le expliqué que ello era un privilegio reservado para todos los que, independiente de su edad, su estatura o su condición social, habían defendido con nobleza el nombre de Harvard en las competiciones.
-¿También sobre agua? -preguntó Lizzy.
- Un campeón es un campeón -contesté-. Seco o mojado.
-Excepto tú, William -dijo-. Tú estás congelado.
Abandoné el tema, dando por supuesto que todo obedecía simplemente a la afición de Lizzy por los juegos de palabras, y deseando creer que no había segundas intenciones en sus preguntas acerca de las tradiciones atléticas de la Universidad de Harvard, tal como, por ejemplo, la sutil sugerencia de que aunque el Soldiers Field tenía capacidad para 45.000 espectadores, todo los antiguos atletas se sentarían en aquella única sección preferente. Todo. Jóvenes o viejos. Secos, húmedos… y hasta congelados. ¿Y eran solamente seis dólares lo que me mantenía alejado del estadio aquellos sábados por la tarde?
No; si Lizzy llevaba alguna otra intención oculta, prefería no hablar de ello.
Chicas lamento la demora, prometo subir más seguido los capítulos, ya queda poco, espero lo hayan disfrutado, bye.
