Los personajes son de Kishimoto

Las musas me abandonaron a mitad de este capítulo y no estoy demasiado contenta con el resultado ¡no seáis muy crueles conmigo T_T

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"Mis ojos son dos cruces negras

Que no han hablado nunca claro.

Mi corazón lleno de pena

Y yo una muñeca de trapo"

Muñeca de Trapo

(La oreja de Van Gogh)

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Mientras deshace las cajas en las que se encuentran todas sus pertenencias no puede evitar pensar en la ironía del asunto. Desde el día de su boda deseaba el momento en que pudiesen irse a su propia casa y abandonar la mansión Uchiha. Lo deseaba tan fervientemente porque necesitaba escapar de las miradas escrutadoras de sus habitantes. De la forma que Uchiha Fugaku analizaba sus avances en el matrimonio, de las continuas atenciones de Mikoto destinadas a paliar su culpabilidad, de las miradas apesumbradas de Sasuke cuando la veía. Creía que aquello sería más fácil, solos ella e Itachi. Y ahora se daba cuenta de que la mansión Uchiha era algo mejor, podía repartir sus horas en los miembros de la familia, ayudar a su suegra, hablar con su mejor amigo ¿pero que le quedaba ahora?

Hinata sabe que en aquella enorme casa, con un cartel a la entrada donde luce en grande el apellido Uchiha, se sentirá más sola que nunca. Más perdida. Y de nuevo, las ganas de llorar hacen mella en su persona.

Hinata sabe que los nombres de la entrada situados bajo el apellido, donde dice: Itachi – Hinata, están más juntos, más cerca, más unidos; que ella y su marido. Y eso le parece tan ridículamente triste que en vez de llorar, sonríe.

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Itachi descarga la última caja de su coche y la apoya en la entrada de la casa. Seca el sudor de su frente y observa como Hinata vacía algunos de los cartones situando las cosas en su sitio. La ve llevar platos y cubiertos a la cocina y situar libros en la estantería del enorme salón. Ve como amontona cajas de ropa para luego cargarlas al piso superior. Cada cosa en su lugar. Excepto él, y quizá Hinata. Aquel no es su lugar, no es su casa, no es su hogar.

_ Ésta es la última caja_ anuncia a la chica. Ve como ella simplemente gira la cabeza mientras asciende por las escaleras y asiente.

Sale al exterior para cerrar el coche y se asegura de que no queda nada sin introducir en la casa. Cierra el maletero y sin pretenderlo alza la vista al cielo, pero detiene su camino antes. Sus ojos se fijan en Hinata, que está situada quieta en el enorme balcón de la habitación principal. Tiene sus manos apoyadas en la barandilla y la ligera brisa bambolea algunos mechones rebeldes que se han soltado de la improvisada coleta. Itachi se da cuenta de que es la primera vez que la observa tan detenidamente desde la boda. Ve algunas gotas de sudor que empapan su camiseta, que se ciñe discretamente a su cuerpo. Ella mantiene sus ojos cerrados. Itachi piensa que parece disfrutar de la fresca brisa que se levanta después de la enorme jornada de calor y trabajo.

Sonríe, Uchiha Itachi sonríe y él cree que es una situación bastante dantesca la suya. Allí parado absorto en observar a su esposa, la que no ama y la que siempre ha considerado una niña pequeña. Sonríe y emprende su camino hacia el interior con un nuevo pensamiento. Puede que no ame a su esposa, puede que tarde tiempo en considerar aquella casa su hogar, puede incluso que todos esos pensamientos no sean más que producto del calor, pero acaba de ser consciente de una cosa: Hinata ya no es una niña.

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En el balcón Hinata abre los ojos cuando oye la puerta de entrada de la casa cerrarse. Baja su vista hacia el jardín donde hace unos minutos estaba Itachi parado. Hinata no entiende porque él la ha estado mirando tan fijamente, pero se da cuenta de que algo ha cambiado. Aquella mirada fija que otrora la habría intimidado, no ha producido esa sensación esta vez. Aquella mirada, ese análisis visual al que la acaba de someter, ha sido agradable. Hinata sacude la cabeza y coloca un mechón tras su oreja. Piensa que se ha vuelto loca, que tiene pensamientos ridículos y que aún hay mucho trabajo que hacer. Pero lo que no entiende y se esfuerza en ignorar es que entra a la habitación con el deseo inconsciente de que Itachi la vuelva a mirar de esa forma.

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Los días pasan con rapidez e Hinata sabe que el mantenerse ocupada influye de forma considerable. Hace más de dos semanas que se han mudado a su casa y si alguien le pregunta ella contesta que ya se ha acostumbrado a ella. No la considera un hogar, no puede. A pesar de que ella misma ha decorado el lugar en su mayoría, ella ha elegido los muebles, los colores de las paredes, todo. Pero piensa que aunque es la casa de sus sueños, no es un hogar.

Un hogar no es un lugar al que día tras día retrasas tu llegada alargando tu jornada laboral, no es un sitio al que llegas con la esperanza de encontrarlo vacío deseando que tu esposo haya tenido una reunión de última hora o que suene el teléfono para decirte que esa noche dormirá en casa de sus padres, no es tampoco en donde mantienes toda la distancia posible con tu marido. Esa casa no es su hogar, al menos no todavía.

Mientras corta de forma delicada y experta un trozo de zanahoria para la cena de ese día oye como el teléfono de la casa suena. Suspira y continúa cortando el vegetal haciendo oídos sordos al repetitivo sonido. Alza la vista un segundo recordándose que Itachi está en casa y podría coger el teléfono, pero hace una hora que se ha metido en el garaje y ella no cree que pueda oírlo. Hinata ignora el teléfono porque sabe quien la llama. Su padre ha colapsado su móvil con sus llamadas perdidas y ella continúa sin hablar con él. No puede, no quiere. Y por una vez, va a cumplirse el maldito capricho. El primero en 21 años, no cree que nadie pueda reprochárselo. Perdida en sus pensamientos mientras corta con más fiereza de lo normal la zanahoria, siente una presencia tras ella y se gira.

Itachi está allí, con el brazo extendido ofreciéndole el teléfono.

_ Es tu padre.

Hinata suelta el cuchillo mientras asiente y coge el aparato, no aparta su vista de su marido intentando averiguar si él se pregunta porque no ha cogido la llamada.

_ Hola papá.

Su saludo es automático, desmotivado.

_ ¿Dónde estabas metida? Llevo todo el día llamándote.

_ Me he dejado el móvil en el trabajo.

Cuando dice eso mira hacia la mesa de la cocina, donde el aparato en cuestión reposa. Itachi sigue su mirada y después la fija de nuevo en ella. Hinata puede sentir que el color rojo apodera sus mejillas y se siente idiota, idiota y adolescente, porque eso es exactamente lo que parece soltando aquella excusa ante su padre. En ese instante, fugaz, se pregunta por primera vez que estará pensando Itachi de ella.

_ … y Fugaku me ha dicho que apenas os veis, ni siquiera vas a comer con él cuando te sobra el tiempo…

Su padre no ha dejado de hablar en todo ese rato, pero ella sólo oye palabras sueltas. Palabras que su padre le repite siempre.

Cumple con tus deberes. No metas la pata. Sé buena esposa.

Cierra los ojos y se repite, como si de un mantra religioso se tratase, que tiene que escucharlo. Y lo logra. Lo hace justo a tiempo para oír la invitación de su padre.

_ El sábado venid a comer los dos.

_ Sí, papá.

Y la conversación termina. Ha durado algo más de cinco minutos y ella ha dicho tres frases. Apoya el aparato sobre la mesa y de nuevo es consciente de que Itachi continúa allí, observándola.

_ Nos ha invitado a comer el sábado_ le dice. Itachi sólo mueve la cabeza de forma afirmativa y ella se gira para continuar con su labor.

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Itachi se queda en el sitio, observándola. Oye como tararea una canción en susurros mientras se mueve con ligereza por la cocina. Y es entonces cuando se da cuenta de que existen dos Hinatas. Está la que tararea mientras cocina y sonríe al probar lo que preparara. Después está la Hinata creada por su padre. La que ignora las llamadas telefónicas y tensa inconscientemente cada músculo cada vez que habla con Hiashi.

Ha sido muy consciente del movimiento nervioso que su esposa realizaba con la mano que tenía libre al hablar con su padre, de su forma infantil y asustadiza de bajar la cabeza como si su padre estuviese delante y morderse el labio inferior. Itachi se ha dado cuenta de que, aunque de verdad lo desee, Hinata jamás diría que no a su padre. Y entonces es cuando piensa que aquella chica que tiene ante él es más fuerte de lo que su apariencia deja ver. Porque canta cuando claramente se ve que desea llorar, porque le ha sonreído antes de volver a cocinar aún cuando él no ha hecho nada por ella.

Itachi no sabe quien envía esa orden a sus extremidades, pero en un instante se coloca a su lado y se pone a fregar los utensilios que Hinata va usando. Siente como ella le mira estupefacta, pero no le dice nada.

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Hinata piensa que quizá la llamada de su padre la haya trastocado demasiado y aquello que ve no sea más que una ilusión, pero entonces lo siente. Siente como mientras ambos están inmersos en sus tareas sus brazos se rozan con el movimiento.

El primer roce que se da entre ellos de forma natural. Sabe que ella puede apartarse unos centímetros más a su izquierda y evitarlo, también sabe que Itachi podría hacer lo mismo hacia su derecha. Pero ella no se mueve. Él tampoco.

Y es entonces cuando Hinata piensa que ese lugar, donde no está la escrutadora mirada de Hiashi ni sus continuos reproches, puede llegar de verdad a convertirse en su hogar. Porque la piel de Itachi es cálida y necesita comprobar si en su interior, dentro de aquel frío semblante tan inexpugnable que le recuerda tanto al de Hiashi, hay también un corazón cálido. Quiere decirle algo, pero no lo hace.

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Itachi nota la piel fría de Hinata y cree que es irónico que la mujer de ojos blancos como la luna, tenga la piel fría como su superficie. Y por un segundo, por un breve instante, pasa por su cabeza abrazarla y compartir su calor. Pero no lo hace.

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Y mientras ambos borran pensamientos de su cabeza, que califican como patéticos, el silencio hace la brecha entre ellos aún más grande.

Y sus brazos dejan de rozarse.

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