Disclaimer: Ya sabéis que estos personajes no son míos, que Rowling es su dueña. No me lucro (desgraciadamente), pero me divierto, que es casi ,-casi-, mejor.

Nota de la autora: Otra viñeta/drabble (nunca conocí la diferencia) sobre un miembro de la casa verde. Esta vez, no tan alegre.


Snakes

Draco Malfoy

Draco Malfoy siempre fue un insatisfecho con todas sus letras y entonaciones. De niño, quería más y más, y, si veía a otro infante con una vestimenta, un juguete, una chuchería, o cualquier minucia de la que él careciera, aún más.

Por la educación que le dieron sus padres, pobre en cariño pero ominosa en recursos, el chico bueno que podría haber sido creció pensando que el dinero era siempre, en todo momento y en toda ocasión, lo más importante.

Como ya he mencionado, Draco era un insatisfecho. No se sentía nada a gusto con que sus notas fueran inferiores a las de Granger, alias la sabionda de los dientes de conejo, pero aún así, no hacía nada para mejorarlas. No aceptaba con facilidad que Theodore fuera infinitamente más capacitado para los juegos de ingenio, aún así, ya no intentaba superarlo. No había logrado hacerse a la idea de que Zabini tuviera una intuición mucho más desarrolada que la suya. No soportaba que siempre se viera a los Griffindor como la primera y más brillante casa de Hogwarts. No obstante, se conformaba con maldecir a unos y a otros y con humillar a los más pequeños que él. Eso era algo en lo que era insuperable. Pero lo que, -sobre todas las cosas-, se le daba bien, era quejarse.

Era un reflejo que había adquirido con los años. Siempre que algo no le encajaba en su esquema de vida perfecta, corría sin más dilación a reclamarle a su padre la atención que ese asunto (cualquiera que fuera) necesitaba. Y Lucius Malfoy desempolvaba su chequera, aunque esta nunca lograra acumular polvo, y sacaba la cantidad que dicho asunto requiriera. Una nueva escoba, una pluma más resistente, matar a un hipogrifo, hacer despedir a Hagrid. No era nada nuevo para él.

Sin embargo, con los años, Draco Malfoy había ido acumulando algunas pequeñas frustraciones, como las que hemos citado anteriormente. Y esas piezas sueltas de su engranaje amenazaban con romper el reloj. Esas piezas, sumadas a otras que llegaran con el tiempo, podían hacer que su frágil personalidad se desmoronara.

Y así fue. El día que se dio cuenta de que el dinero no podía resolver sus problemas principales, fue cuando su débil estructura cayó sin estrépito y sin anunciación. El dinero no podía comprar un verdadero amigo, de esos que te sonríen en la desdicha. El dinero no podía evitar que la furia de Voldemort se manifestara contra su padre, y mucho menos podía parar ese ataque. El dinero no podía matar a Dumbledore, ni siquiera limpiar su apellido o su nombre.

Aquel día, Malfoy maduró. Y hablo de día, metafóricamente hablando, porque esa revelación no llegó a él bajo la apariencia de una iluminación divina, no le avasalló como un trueno, sino que fue lenta, como el deterioro paulatino de una máquina a la que le falta una pieza. La madurez le llegó, no como a los demás, con pequeños conflictos inconclusos e ilusiones rotas, sino con una gran y pesada responsabilidad, -la de sacar adelante a su familia-, y con muchas, incontables preguntas.

Empezaba a pensar en quién era realmente: ¿Lo había olvidado, o simplemente nunca lo había definido? ¿Llegaría a cumplir su misión? ¿Valía la pena intentarlo? ¿Serviría verdaderamente de algo? ¿Cómo le afectarían sus actos: le dejarían dormir por la noche o le hundirían como una avalancha?

Draco Malfoy no sabía quién era. No tenía claro quién quería ser. No tenía ni idea de qué hacer cuando todo acabara, fuera como fuese que terminara. No conocía sus virtudes, aunque sí se creyera mejor y diferente a los demás. Conocía sus vicios y sus errores, pero no cómo arreglarlos.

Habían demasiadas cosas, demasiadas preguntas, demasiadas preocupaciones, que le sentaban tan mal como beber nitroglicerina. Todo lo que la vida le había ocultado antes, le saltaba encima. Y así pasó de ser el niño que presumía de hacer llorar a Granger al hombre que lloraba en los baños y se hacía atacar por Potter. Su misión, su vida, su deber, le venían grandes. Él nunca había aprendido a luchar por lo que quería, y su falta de rodaje emocional le había perdido. Y es que aveces es más provechoso sufrir un poco en la vida y estar preparado, que tener en el bolsillo la solución a todos, -o casi todos-, los problemas.

Por eso, si alguien le preguntara quién era, qué le definía, ¿Qué podría responder? Soy un chico al que le han mandado matar al director de mi escuela y me caracterizo por ser soberbio, orgulloso y totalmente desagradable no sonaba como una buena opción. ¿Soy un chico que no tiene amigos reales, que se confía a un fantasma y que no sabe si morirá el día de mañana? Tampoco eso parecía lo más apropiado. Si él mismo dudaba de su valía, ¿Cómo iba a demostrársela a los demás?

Todas las cosas en las que destacaba, en aquél momento le eran bastante inútiles. Y esa es una sensación bastante angustiosa. Ser guapo, saber combinar la ropa muy bien y tener un don para ahondar en las heridas ya abiertas no iba a ayudarle ahora.

Por eso, cuando, dos años más tarde, ella apareció, Draco Malfoy tuvo que darle las gracias a Merlín. Ella lo era todo, amiga, amante, pero sobretodo, y más primordial, era una razón por la cual vivir. Ella le entendía, le hacía reír, destacaba sus virtudes y parecía olvidar sus fallos. Ella le ayudó a redefinirse como persona, y por eso, pese a que las malas lenguas habían mancillado su honor y masacrado su orgullo, pese a ser un pez en aguas de nadie, supo crearse a sí mismo sin importar lo que dijeran los demás. Porque sí, había sido débil, era cobarde, cruel, ruin, hipócrita, pagado de sí mismo, estudiante mediocre, pero era, que es lo importante. También había logrado ser fuerte, seductor, detallista, adulador. Tenía astucia, maldad y una mujer a la que amar. Tenía todas las de ganar.


Bueno, éste es mi Draco Malfoy. No sé, supongo que es así como me le imagino, aunque no sé si he logrado introducirlo muy bien. Yo lo he intentado. Mi objetivo ha sido retratar a un chico que está perdido, que empieza a cuestionarse si el mundo es como él se lo imaginaba, que crece por obligación y no por inercia. En fin, si os ha gustado, si éste no ha sido el caso, ya sabéis, abajo hay un link que pone "Review this chapter".

Besos y abrazos,

Sirop de Framboise.