Disclaimer: todos sabemos que no soy Jotaká, no uso billetes de quinientos como papel higiénico ni escribí esta saga. Por tanto no hago pasta con esto, así que desilusionaos, no podéis acudir a mí en busca de auxilio económico.
Nota de la autora: Si alguien lee esto, por favor, que lo notifique. Que anuncie su presencia, de verdad. Llevo tres viñetas escritas y mi única motivación es mi sentido del deber y mi incontinencia literaria. En serio, no hace falta que os extendáis en párrafos kilométricos sobre lo maravillosísima que soy, pero agradecería una opinión, una palabra de apoyo, ya sabéis. Un poco de reconocimiento
Fun
Tercer curso
Cuando Draco Malfoy conoció a Astoria, este encuentro no le dejó especialmente contento. De hecho, le dejó clara e injustificadamente descontento. El día en sí, ya se precipitaba irremediablemente hacia el abismo de la angustia y la desolación.
Y eso que al despertar pregonaba a los cuatro vientos que gracias a sus influencias, -a las que el resto de mortales llaman sobornos-, la inmunda mascota del semigigante de Hogwart iba a ser decapitada. Narraba a quien quisiera oírlo, y a quien no quisiera, también, que, al recibir su carta redactándole lo ocurrido, su padre clamó venganza y se dispuso a hacer lo posible para que el nuevo cachorrito del guardabosques dejara pronto de malgastar el aire respirando. Era, por supuesto, una versión edulcorada y elevada a la quinta potencia de lo acaecido en realidad. Los hechos habían sido, como podréis imaginar, bastante más planos: Draco escribió una carta que bien podría haber servido de disertación fantástica, en la que arremetía contra el profesor de Cuidados a las criaturas mágicas y contra toda la especie de los hipogrifos. Si hubiera conocido algo de ciencia moderna, habría dicho que sus genes (tanto los del guardabosques como los de esas aves crueles y desconsideradas) eran defectuosos y que eso explicaba sin duda su malformación del comportamiento. Inventó toda una historia en la que él era un héroe trágico que, por acercarse demasiado a un animal peligroso, bajo órdenes de un malvado preceptor, había resultado herido de gravedad, pudiendo perder hasta la vida en aquel valeroso y teatral acto. Su progenitor, que, pese a no ser un gran padre, conocía a su hijo como la palma de su mano, no creyó una palabra aparte "yo", "brazo", e "hipogrifo". Aún así, complació los deseos del niño que, por suerte o por desgracia, se encontraba bajo su tutela.
Sin embargo, cuando la jornada no podría haber empezado mejor, y había continuado hasta el momento en esa línea, Draco se encontró con una de sus pequeñas frustraciones. Se deleitaba molestando con garbo y maldad a sus más conocidos objetos de ira y desprecio, cuando una ráfaga de aire le cruzó el rostro. Una ráfaga de aire causada por un tremendo y apocalíptico tortazo. Y digo apocalíptico porque con total seguridad auguraba el fin. El fin y el perecimiento de su orgullo y de su hombría.
Así pues, Draco se había liberado del yugo de la compañía de sus secuaces a duras penas, y había reposado su trasero al pie de un árbol, rumiando para sí pensamientos de ofuscación y desdén. Pasado un periodo de tiempo razonable, -léase, dos horas-, logró calmarse. Nadie tenía porqué enterarse. Por supuesto, el slytherin de tercero era todavía un niño malcriado e ingenuo.
A su lado, una figura femenina se instaló. Con la espontaneidad y la gracia de las criaturas salvajes, se había acercado sin ruido, y, por tanto, sin presentación. El chico se sorprendió y pegó un diminuto salto que amenazaba con rematar su ego masculino.
-Toda la Sala Común habla de cómo la hija de muggles de arreó, ¿sabes?- anunció la rubia que se encontraba a su derecha.
Ni siquiera se dignó a mirarla. No quería desvelar o demostrar su debilidad: no había predicho que ninguno de sus dos esbirros, tontos y crueles, conocería el concepto de secreto. Aunque debería, ¿Cómo iban a saber el significado de una palabra que no podían deletrear? Sin embargo, la realidad era otra: los dos siameses separados al nacer que parecían Crabbe y Goyle, bien lejos de saber escribir correctamente dicha palabra, sí vislumbraban de manera nítida sus implicaciones. Simplemente, la actitud despreciativa y ruin que había tenido Draco con ellos les había ofendido y había fisurado la confianza y el respeto que ellos anidaban en él.
-Hubiera pagado por verlo- declaró nuevamente la fastidiosa niña – dicen que te caíste y todo- rió con ganas.-¿Es cierto?
Esta vez, el atractivo niño que ya era sí la obsequió con su mirada. Temió que aquella cría se convirtiera en lo que había sido y era la enana de Ginny Weasley para el niño-que-desgraciadamente-no-la-palmó. Pero le observaba con sorna en los ojos y burla en la sonrisa, así que esa opción quedaba descartada. Volvió a deslizar su campo visual hacia el centro y no contestó. Primero porque ya no se sentía con fuerzas para iniciar una batalla de pullas, y segundo porque tenía la esperanza, la irreal y pequeñísima esperanza, de que si veía que no se daba por aludido la hermana de su compañera de clase se iría y le dejaría disfrutar de su tranquilidad.
Pero esa esperanza se reveló totalmente infundada. La niña le agredió clavando repetida y picudamente su dedo índice en su homoplato, en un insidioso y perturbante masaje.
-Te he hecho una pregunta, mal educado.- le reprendió mientras continuaba con su ofensiva- Que sepas que todos se ríen de ti y que todo Hogwarts sabrá mañana que eres una nenaza.
La estrategia de ataque había sido simple pero eficaz: acercamiento, pinchamiento, recochineo y hundimiento. Astoria se sabía vencedora de este asalto y se había ido tan discretamente como había venido, habiendo cumplido su objetivo. Cuales quiera que fuesen los motivos que motivaban dicha embestida, Draco no las sabría nunca.
Afortunadamente para él, Crabbe y Goyle habrían olvidado su enfado al día siguiente, y se dispondrían más serviciales que nunca. Y sus compañeros habrían dejado atrás sus risas y sarcasmos. El día que Draco odió a Astoria, en el que había recibido un duro golpe tanto de parte de esta última como de la de la Griffindor de pelo de arbusto, había escapado por segunda vez, y ante los ojos del ministerio, el criminal Sirius Black.
Del cual el chico conocía su inocencia, al menos en cuanto a lo que sus cargos de mortífago incube. No era el único que tenía información, y era obvio que ninguno de sus compinches, y menos él iba a revelarla. No obstante, el escozor del látigo que había penetrado en su elevada autoestima seguía ahí. Si los demás no recordaban uno de los hechos y desconocían de la existencia del otro, él si recordaba con una nitidez cristalina cómo aquel día hubiera preferido no sacar los pies de la cama. Y es que ese había sido su primer impulso, ¿porqué no le había hecho caso?
Soy consciente de la poca presencia de los demás personajes de Slytherin en esta viñeta. Finalmente, todo me sale con romance. O con todavía-no-romance. En a próxima decidiré si hacerlo primero por parejas y luego con momentos de todo el grupo, ya adultos, o incluir estos pequeños atisbos de amor en los momentos. Otra vez te insto, lector, no sé si existes, pero manifiéstate. No muerdo, no araño ni rezumo veneno por los poros o el teclado.
Besos y abrazos, gracias por leer.
Sirop de Framboise.
