Disclaimer: blablabla. No soy Rowling, no gano dinero y no me imagino a Draco Malfoy desnudo. Bueno, eso último sí.

Nota de la autora: He vuelto irremediablemente pronto empujada por la inspiración que me ha llegado súbitamente mientras planeaba echar un sueño. Pero aún así, bienvenida seas, Musa, ojalá no te vayas nunca.


Snakes

Astoria Greengrass:

Astoria era todo lo que su hermana había decidido, por infortunio o motivación propia, no ser. Mientras que Daphne gozaba de una belleza clásica, sobria y perfecta, con sus ojos pardos misteriosos, su cabello castaño y su fina línea, la benjamina poseía unas pupilas azules retadoras, un pelo rubio sinuosamente ondulado y largo, y unos atributos algo más exuberantes. No era una belleza vulgar que salta a la vista a la primera observación, pero los pequeños detalles la conformaban, y llenaban de manera perfecta el concepto de hermosura. Su sonrisa de medio lado que no pretendía ser tan sexy como resultaba, sus gestos con la gracia de una danza, sus sarcasmos marcados de verdad y su forma de caminar.

A Astoria se le había relegado el privilegio rechazado por su mayor, la rebeldía. No era una amotinada ruidosa y feroz que defendía sus creencias con todas sus armas, pero tenía a bien ser lo bastante libre para pensar por su cuenta y dejar ver sus opiniones cuando creía conveniente.

No era la típica niña que se esconde tras las faldas de la primogénita de sus padres, como antes había tenido el inoportunismo y la desgracia de ser. Tenía entidad propia y, por tanto, pensamientos propios, sentimientos propios y gustos propios. Pensamientos, sentimientos y gustos que, como bien presumía ella, eran totalmente opuestos a los de su hermana.

Astoria prefería la ostentación a la prudencia, la sinceridad a la hipocresía y la luz abierta a la noche. No quiero decir con esto que fuera el paradigma de chica independiente, gritando a los cuatro vientos los derechos de las mujeres y de los elfos domésticos. Si tenía que mentir, lo hacía, pero más como una acción desagradable y necesaria para un fin más elevado que como un placer maligno.

Tenía maldad, sí. La maldad que se esconde en la revelación de detalles que sabías que otros no querían oír, en destacar con fuerza los puntos débiles de tus adversarios cuando la batalla verbal comienza, y en sonreír cuando otros sufren.

No comprendía el odio a los muggles como tampoco entendía la obsesión por borrarlos de la faz de la tierra. Si eran inferiores, peor para ellos. ¿No les hacía eso sujetos de compasión, más que de ira? Con sinceridad, admitía que no pensaba que los no mágicos fueran una especie de eslabón perdido entre el ser humano y el mono. Había simplemente que observar con detenimiento para darse cuenta de que la magia era un asunto más genético que arbitrario y de que convertir a quien consideras por debajo de tu nivel en objeto de cólera era a la par que estúpido, contradictorio.

Así pues, por suerte o no, Astoria no era una maníaca de la sangre ni una futura mortífaga como muchos de sus compañeros de curso presumían de ser. No confesaba a Potter, Weasley y Granger una furia que rayaba la adoración, si bien la irritaban ligeramente. En especial la fémina, siempre con la mano levantada y la barbilla bien alta intentando demostrar algo. Quien realmente conoce su valía no intenta protegerla en todo momento.

A la menor de las hermanas Greengrass le molestaban con precisión y fuerza tres cosas: la ignorancia y el regodeo en ésta última que parecía profesar la mayoría de su generación, la inseguridad, sensación que ella desconocía por no haberla experimentado y el miedo.

A pesar de estar en Slytherin, en el lugar más opuesto y contrario a Griffindor, nada ni nadie parecía hacerla padecer esos ridículos temblores, esos patéticos balbuceos, las pupilas dilatadas con horror ni las manos que se enredaban sin miramientos por la dignidad de su dueño. Astoria Greengrass nunca temía; respetaba, admiraba. Si un profesor la regañaba tenía la decencia de mirar a su cuaderno como si fuera lo más interesante de la sala, pero no era por aprehensión a un castigo, sino por una reflexión pragmática y fría sobre lo engorroso que sería eso.

No solía escapársele nunca nada que ella no quisiera decir, aunque a veces fingiera que así era ("Oh, no lo sabías. Madre mía, lo siento.", sonrisa de disculpa número dos). Era incisiva, curiosa en la justa medida y desinteresada del mismo modo.

Sin embargo, pese a haberla descrito como una raza entre el robot y la piedra, Astoria sí sentía. Conocía la amistad, la risa, el compañerismo, la frustración y el amor. Éste último había sido una adquisición reciente, que estaba planteándose devolver a la tienda por su escaso margen de aceptación.

Conocía a Malfoy por lo que su hermana contaba de él y su presencia en la Sala Común, y podía declarar que ambas informaciones no podían ser más contradictorias. Daphne definía a su antítesis como atractivo, simpático, gracioso y aristocrático. Su visión, no obstante, distaba mucho de esta lista de cualidades. Según sus conclusiones, Draco Malfoy era desagradable, vulgar, grosero y grotescamente malhumorado, lo cual no congeniaba con su acepción del término aristocrático. Para ella, Theodore era más cercano a ese concepto de lo que el rubio jamás podría estar, su aspecto inteligente, su sonrisa discreta y su carácter flemático le convertían en lo que un buen mago inglés debe ser. Si bien no era delgado y fino como lo era Draco, única característica que le acercaba mínimamente a la aristocracia, su espalda ancha no podía tildarse de desproporcionada y, al contrario de lo que podría imaginarse, no le resultaba colosalmente imponente sino paternalmente hogareña. Era una espalda por la cual repartir miles de besos y racionar las caricias de modo que ningún ápice de piel escapara a ellas.

Y es que Astoria sólo coincidía con su mayor en una cosa: su primer amor había sido Nott.

Más tarde, dos o tres años después, hubo de admitir que, pese a ser despreciable en su estima, su cuerpo no le hacía ascos a la imagen de Draco Malfoy. Imagen que su subconsciente consideró oportuno y sádicamente divertido recrear y magnificar en la inconsciencia de sus sueños y de sus momentos de distracción.

Por más que seguía pensando que el amante de su hermana era infinitamente mejor, vio con estupor y disgusto cómo sus hormonas se despedían de éste para dirigirse, cuales guerrilleros a la ofensiva, clamando por la atención debida, hacia el niño mimado de mirada displicente.

Esa fue sin duda, la primera vez que Astoria Greengrass conoció el miedo. Miedo que, tras presentarse cordialmente, decidió invadir su cuerpo de ridículos temblores, de patéticos balbuceos, pupilas dilatadas de horror y manos que se enredaban sin miramiento alguno por su dignidad.


Así es como imagino yo a Astoria, decidida, independiente y muy lúcida. Lo bastante temeraria como para enamorarse de Draco Malfoy, en conclusión. He renunciado a pediros que expreséis vuestro agrado, pero aquí tenéis.

Besos,

Sirop de Framboise