Disclaimer: Como ya he dicho en los capítulos anteriores y espero con sinceridad que habréis entendido, estos personajes, su escenario y las ganancias que provocan NO me pertenecen. Tampoco soy J.K y etcétera.
Nota de la autora: tanto vosotras como yo esperábamos con impaciencia este capítulo. Oh, sí, ha llegado nuestro adorado señorito Nott. El hombre de mítica espalda en la que todas quisiéramos acostarnos, cuya conocida sonrisilla devoraríamos si tuviésemos ocasión. Desgraciadamente, no creo que eso ocurra. Disfrutad, féminas impregnadas en estrógenos.
Snakes
Theodore Nott:
Si quisiéramos describir a Theodore Nott en una solo palabra, seguramente todos coincidirían en ésta: misterioso. Iba siempre envuelto en un aura de secretismo y reserva. Solía estar presente en su sala común con aire de desinterés, hojeando un libro y escuchando sólo de una oreja la conversación adyacente. Aún así, de alguna extraña e inexplicable forma, veía en los comportamientos de los demás como quien lee un libro particularmente sencillo. Identificaba a sus compañeros por colores, según su carácter podían ser cromáticamente cálidos, como Blaise y Draco, que se encontraban en una gama desde el amarillo al rojo, o fríos, como Daphne,- que era un presuntamente inofensivo rosa pálido-, Pansy, que se encontraba en un lugar entre el fucsia y el morado rojizo, y Astoria, que era con total garantía un verde oscuro. Él mismo se retrataba certeramente en un azul oscuro. Melancólico, de aspecto triste y oculto como la noche en la que pocos se atrevían a adentrarse. Aún así más franco que el negro impenetrable y algo más alegre. Un color peculiar que con la euforia se aguaba un poco, embebiéndose lenta y prudentemente de los otros, y con la soledad se volvía más verdoso.
Nott tenía los ojos, justamente, azules. No muy claros del modo que resultaran visibles con el primer vistazo. Desde unos metros podían parecer negros o grises dependiendo de la luz, pero observados desde la cercanía, eran del color del océano en una noche despejada. Poseía una mirada inteligente y un poco fría, la sonrisa estricta y desprovista de expresión y los hombros anchos en comparación con la cadera. El pelo oscuro y peinado con sencillez, las manos grandes y la piel blanca sin recaer en la palidez.
Caminaba con soltura y desarrollaba todas las actividades con un descaro para los demás algo desmedido. No parecía que tuviese que concentrarse en nada. Comía sin casi mirar su plato, escribía sin comprobar su letra o su ortografía y podía repetir una conversación en la que no había participado y a la que tampoco parecía haber prestado ninguna atención. No tenía la costumbre de conmoverse ante nada y su papel en cualquier batalla era más bien la de observador desde la distancia.
Aún así, era un hombre. Como tal tenía deseos, aspiraciones, sueños, emociones y necesidades. Esas cosas que sólo su humanidad había alimentado, puesto que desde su niñez, había hecho suyo el dogma de que todo eso no eran más que tonterías que debilitan la fortaleza de una persona. Desengañado hasta la médula, era la encarnación del pesimismo y tenía por creencia principal que los sueños no se cumplen, sólo se debe aspirar a lo seguro y que lo que la gente llama emociones son en realidad obstáculos en el camino a la meta. En especial la compasión y la conspiración hormonal a la que el resto de mortales y de cursi solían titular como amor. Para él ese sentimiento sólo era una acumulación de pequeños impulsos sensitivos y neuronales. La unión entre la atracción sexual y la afinidad. Si se empujaba un poco más lejos también la necesidad de seguridad y apoyo para la autorrealización. En conclusión, un engorro.
No obstante y si bien había intentado librarse de esos molestos baches en su viaje, seguía sintiendo. No estaba hecho de mármol y,- además de las obvias y evidentes necesidades fisiológicas-, algunos hechos de su entorno le perturbaban. Un buen escote a la vista, un niño desconsolado derramando lágrimas, un amigo de verdad. Y qué fastidioso es que enturbien tu fachada supuestamente hermética. Pero se contentaba con enmascarar en la medida de lo posible esas ligeras sacudidas en una cara que pocas veces representaba el espejo del alma.
Theodore no hablaba mucho, y evitaba las mentiras como a la peste. Antes que responder con una patraña, callaba con una sonrisa laberíntica y arcanao simplemente contestaba con una de sus famosas frases que no significan nada. Por eso, cuando Pansy le preguntó una mañana de mayo si su amado y adorado Draco se veía con otras mujeres, él respondió con sorna y cinismo:
-Pues creo que a primera hora, en Transformaciones, vio a McGonnagal.- hizo un gesto teatralmente pensativo y añadió- También molestó un poco a la sangresucia y tengo la ligera impresión de que entabló conversación contigo justo después para contártelo todo, ¿ O no es así?
Con una mueca de desdén, Parkinson se alejó, dándose por vencida y desistiendo con raciocinio a informarse por él.
Y es que Theodore Nott no era un gran orador, y su imagen irradiaba mutismo por sus cuatro dimensiones. Era como la habitación a la que tus padres te prohíben entrar, y que, como no confían en ti, cierran con llave. Y tú te quedas sentado en la puerta esperando oír algún ruido, vislumbrar alguna pista de lo que puede contener. Intentas forzarla cuando sabes a tus padres dormidos, envueltos en la bruma del sueño. Pero nunca se abre, y podrías quedarte intentándolo toda la noche que con toda seguridad acabarías sintiendo el cosquilleo del día por debajo de la puerta, acariciándote los pies con una calidez amarillenta. Mas aún sientes la llamada del cuarto y te acercas sin sigilo pues no ignoras que nunca podrás entreabrir la verja de tu cárcel que no es otra que tu desconocimiento.
Theodore era un acertijo particularmente arduo que ni él mismo había conseguido discernir. Y que ya ni siquiera intentaba solucionar. Era un problema que no se podía solventar con la razón sino con la intuición, y que todos abordaban desde una perspectiva equívoca.
Era, en conclusión, el enigma que residía en los dormitorios de Slytherin, comía en el Gran Salón y leía los volúmenes de la biblioteca. Un enigma reservado y suspicaz, que se servía en demasía de la ironía y que asistía a un baile de máscaras constante. Un chico, un genio, un alumno, un amigo pocas veces y una parte más del decorado de Hogwarts que carecía del cuidado que merecía pero que tampoco reclamaba. Era simple y llanamente, el único Theodore Nott.
Espero que os haya gustado aunque a mí no me acaba de convencer del todo y seguramente le haré protagonista de la próxima escena que escriba. Duro como la roca caliza este adorado Nott, ¿eh? En fin, ya sabéis que Theo es el amo y que si comentáis soñaréis con él por las noches (mmmmmm).
Besos y abrazos,
Sirop de Framboise.
